¿El último hombre en Cuba?

Ascetología Politología

Por: Ángel Velazquez Callejas

El último hombre en Cuba es como un cruce de razas, o como una raza sin cruce, que ha llegado a ser homo antropologicus mediante una simbiosis cultural en la larga duración. Se mezclan en él, múltiples hombres. Cada discurso intelectual cubano se inventa su propio hombre: el hombre eclético vs el hombre escolástico; el hombre moral vs el hombre colonial; el hombre patriótico vs el hombre anexionista; el hombre magno vs el hombre arrogante; el hombre revolucionario vs el hombre contrarrevolucionario; el hombre disidente vs el hombre totalitario; el hombre nuevo vs… El último hombre ha llegado tarde, pero ha llegado por fin a Cuba.

Como advertía uno de los más preclaros de los intelectuales cubanos, Alberto Lamar Schweyer, en el pequeño libro La crisis del patriotismo: Una teoría de las migraciones (1929): después de nosotros –retomando la famosa frase de Jeanne -Antoinette Poisson, Madame de Pompadour– no hay otra alternativa que la del diluvio. Todo lo que pueda implicar sobre el concepto  “patriotismo nacionalista” se viene abajo. Cuba no tiene solución sino se supera a sí misma, si no sobrepasa  al último hombre.

En este sentido, la vía por la cual, en Cuba, en los días que corren, se ha abierto al debate acerca sobre un posible espacio cívico para hablar del posnacionalismo viene dada, fundamentalmente, porque en el fondo subyace el desarrollo de un discurso  sobre el nacionalismo eugenésico.

Durante la primera mitad del siglo XX, la eugenesia con carácter político influyó de alguna manera sobre la vida social, política y cultural de la Isla. Durante ese periodo, como apunta Rafael Rojas en Motivos de Anteo, la evolución política cubana había entrado de lleno en un poscolonialismo con ribetes seculares que transformaron al concepto de criollismo en ideología nacionalista. Sin embargo, a diferencia de los nacionalismos éticos, cívicos y culturales que a propósito dominaron la República hasta 1959, el “nacionalismo eugenésico” se fue radicalizando hacia una tendencia política, más allá de la consabida propuesta inicial eugenésica del patriciado –como se infiere del libro de Armando García y Raquel Álvarez Las trampas del poder: Sanidad, eugenesia y migración: Cuba y Estados Unidos (1900-1940), para sanar al país de sus vicios y males culturales. Cuando hablamos de nacionalismo eugenésico, entramos per se en el terreno de la política.

Una vez que la eugenesia tomó carácter político, y proporcionó un discurso, éste se convirtió en una contrapartida simbólica a los conceptos “patria”, “nación” y “nacionalidad” en que se basaban los relatos políticos, ideológicos y culturales de mayor reconocimiento en la Isla. Los eugenésicos cubanos, como el caso del intelectual Alberto Lamar Schweyer, quien escribiera en la década de 1920 el libro Biología de la democracia (ensayo de sociología americana), representarían un pensamiento diferente al del nacionalismo republicano y democrático, abocado a salvaguardar la integridad cultural de la nación. En el discurso eugenésico, que se apoya en la condición biológica –más allá del carácter racial–, reaparece una alternativa política que muy poco pudo hacer, porque fue tildada de fascista. La biología de la democracia buscaba crear un Estado que privilegiara la vida del hombre, no las simbologías jurídicas, sociales y culturales.

La propuesta de Lamar Schweyer estaría en la misma línea defendida por aquellos que vieron en el concepto de biopolítica del poder la noción adecuada para resolver los problemas de su tiempo. En 1909 el eminente politólogo sueco Rudolf Kjellen apuntaba en su diario de viaje, después de una visita a Japón y China, algo impresionante: “El alma del Japón es romántica mientras que la de China es realista-clásica; el alma de Japón es progresista mientras que la de China es burocrática-conservadora”. El realismo clásico frente al progresismo romántico (visión positivista de la geopolítica) lleva a Kjellen a plantear la aparición en los estados modernos de la dicotomía geopolítica del poder. Pero la fallida profecía de Kjellen, en el contexto de la política de entonces, fue aceptada: Japón marchaba hacia una geopolítica socialista y China hacia una geopolítica liberal. Una creciente función del Estado en Japón y muy poca intervención del Estado en China.

En cualquier caso, lo que sufre el revés en esta profecía no es la opinión de Kjellen, sino la caducidad del concepto de geopolítica ante la evolución de los estados nacionales. Hoy sabemos que, después de la Segunda Guerra Mundial, China instauró un estado socialista-totalitario y Japón avanzó hacia el liberalismo y la economía de mercado. ¿Qué pasó entonces? China no pudo evolucionar más allá de una geopolítica del poder (el control territorial) y Japón se deslizó hacia la biopolítica del poder (el interés del Estado por la vida (bio) del sujeto gobernado).

En los estados modernos la administración está en función de la vida, de proteger la biología conciudadana; es porque el poder se concentra ahora en la dirección de la natalidad, la mortalidad, la higiene, la salud. Pero en los estados totalitarios, como Cuba, la biopolítica deriva hacia una consumación ideológica y propagandística.

Ahora mismo, a nivel mundial, la geopolítica ya no cuenta tanto como la biopolítica del poder. Pero en los estados totalitarios la geopolítica sigue su marcha y marca la pauta del poder del Estado sobre la sociedad (en los estados liberales la biopolítica asume el poder de representar a los individuos). En los estados totalitarios la biopolítica se asume como poder para la esclavización y control del pueblo.

En busca de la raza perfecta (de los autores Armando García y Raquel Álvarez) es un estudio que considera a la eugenesia política republicana como un intento fallido dentro del discurso ideopolítico de la nación cubana, sin tomar en cuenta que esa búsqueda no se enrumbaba únicamente hacia el cuerpo de la nación. En este sentido, no es solo el cuerpo de la nación cubana el que está roto, fracturado, sino el cuerpo humano, el sujeto histórico. No es la retórica, el discurso ideológico o político, lo que está agrietado en Cuba, sino el cubano y su forma de vida. Una vida bajo tensión horizontal, según señala Sloterdijk, sujeta al poder del Estado y el nacionalismo como discurso operable. Quien diga que la política nacional es la culpable de que los dioses estén rotos, que la espiritualidad y la ética individual están disminuidas por la ideologización del discurso, incurre en otra forma de retórica.

Es lamentable, pero el cubano camina dentro y fuera de su país con los brazos rotos, las piernas quebradas y, lo peor, descabezado. Todo por haber creído en un concepto civilizatorio inmunológico (amparo garantizado): la identidad. En otras palabras: el cubano ha vivido pensando que posee en verdad una identidad cultural, que es, sociológicamente hablando, una declaración de principios sobre la estabilidad y el consenso nacional. Pero no recuerda que esta supuesta “identidad” no constituye otra cosa que un arma, un escudo para repeler las críticas que hacen palidecer la justificación del inmovilismo individual. Ante la retórica del discurso utópico según la cual “hay que cambiar la vida”, habría que decir: “tenemos que cambiar nuestras vidas”. Se trata de un impedimento existencial que señalamos todos los días pero que no queremos asumir como posibilidad de cambio.

La identidad cultural es la metáfora del inmovilismo. Va en contra del sentido de repararse así misma. Odiamos el campo de concentracións, pero el campo, paradójicamente, se  hace operable, insuperable. Nos movemos por medio de la identidad cultural en la cual  creemos encarnar, pero permanecemos inmóviles respecto a nosotros mismos. La identidad cultural no permite que miremos nuestros cuerpos rotos. No admite que la vida nos proporcione un atisbo de existencialidad ni concede un espacio para mirar hacia adentro, para saltar al interior del cuerpo roto.

La nación, la nacionalidad, el nacionalismo, siempre operan sobre los dioses rotos; operan reduciendo al hombre a pura sexualidad, desprendiéndole los miembros para que no infrinja los límites de la domesticación. Eso es el cubano, un animal domesticado por el concepto de nación, de identidad cultural.

¿Cómo reconstruir ese cuerpo roto? Virgilio Piñera ha señalado el problema, pero la cuestión de la integridad corporal del cubano sigue en pie. ¿Cómo devolverle sus partes al cuerpo y hacer del cubano un hombre íntegro, natural y sano? ¿Cómo transformarlo en un superhombre, en un individuo? ¿Cómo dejar atrás la modernidad e internarse en la era de la posmodernidad? ¿Cómo ir más allá del posnacionalismo?

Con la cubanidad nace el cuerpo roto. Martí señala en el ensayo Prólogo al poema del Niágara que el hombre vive el centro de la modernidad como un lisiado, como un impedido físico. Le resulta inaceptable la libertad. Le resulta imposible convertirse en un hombre magno. Por eso acude al pasado, a la memoria, a la identidad cultural, para elaborarse una protección. El cubano tiene sus dioses rotos pero piensa la nación, la nacionalidad, como última alternativa de vida. Se niega a reconstruirse a sí mismo. Niega el avance hacia una eugenesia posnacionalista. Y ningún discurso ideopolítico, basado en criterios culturales y sociales (democrático, cívico), podrá resolver el problema de Cuba.

Si los objetivos de la cultura fueran establecer una orden capitular y reglamentaria, una jerarquía reformista –como la veía el último Wittgenstein– donde se pudiera ejercitar el habla en una determinada dimensión, las perspectivas de conocer la función estrategia del lenguaje cultural cambiarían radicalmente de esfera. Estaríamos de pronto ante la irrupción de un contexto singular con el avistamiento al frente, a dos pies de distancia, de un nuevo fenómeno elaborado por la conciencia, un avance y un crecimiento hacia lo que es reglamentario y político en la cultura, y todo en función de acometer una perentoria cruzada contra cualquier tipo de discurso ideologizante o de salvación que intente apoderarse del lenguaje-otro. Se trata de una práctica para no perder el lenguaje dentro de una orden reglamentaria. Un fitness sobre el lenguaje.

En lo que respecta a Cuba, no tenemos ningún caso de esta índole, a no ser en la existencia o experiencia espiritual. Pese a los esfuerzos de Lezama Lima por llevar adelante un modelo cultural al estilo de los manifiestos literarios europeos, la separación en este campo no ha ocurrido. No ha habido una reglamentación de la cultura, a no ser la dictada por el régimen totalitario. Algún día debería estudiarse en profundidad en qué consiste la dependencia de la cultura en Cuba a una fuerza “trascendente” que no es cultural.

Todo lo que en Cuba es producto de una orden, de un estricto reglamento, es antiguo y sobrepasa la geografía de la isla. Allí donde la cultura se ha establecido en base a una transculturación del lenguaje ordinario o popular, crece paradójicamente la potencialidad de la dictadura para manipular y poner a su servicio el lenguaje de la cultura. En un texto publicado aquí, LTC: Hablar la lengua del castrismo, expresaba yo que “a falta de estudios concretos sobre este importantísimo problema lingüístico, podemos aducir un inventario de las totalidades, de cómo el habla en Cuba ha sido sustituida por la ideología para perpetuar un orden totalitario”. El hablante en Cuba no tiene conciencia de lo que habla, pero habla. No tiene conciencia del ejercicio del lenguaje. Está dormido en un onirismo lingüístico mediante el lenguaje ordinario. De ahí que sea fácil penetrarlo y dominarlo.

Esta dominación del lenguaje no sucede en los sistemas de cultos afrocubanos. Me voy a referir, para concluir este breve trabajo, a una orden cultural de la esfera espiritual: la orden del Palo Monte, donde confluye cierta conciencia del lenguaje palero. ¿Por qué? La cultura así entendida busca vivir bajo el influjo de los hechos retornados: ejercicio (juego) cotidiano en relación lingüística con su reglamento propio, modelo ascético del lenguaje. Aun cuando existan matices, cruzamientos y diferencias en el caso del “lenguaje palero”, no se puede infringir por ningún concepto la “regla”. No se puede alterar el contenido del habla si no es por los propios practicantes. Y esto es decisivo para casos en que se estudia el lenguaje ordinario. Porque la “regla” constituye un tipo de “disciplina”, de entrenamiento de cohesión comunitaria como sostén de la práctica cotidiana.

Una transformación en la jerarquía espiritual del practicante. El palero, en estricto entrenamiento del lenguaje propio a través de cierto reglamento, logra ir ascendiendo a partir del proceso iniciático hasta llegar a lo más alto de la jerarquía y convertirse en propietario de una Nganga, alcanzando la categoría simbólica de Tata Nganga. Pero debe existir una conciencia del lenguaje palero. Cada palero repetirá bajo esa regla las palabras que le corresponden como hablante.

En un lugar del ensayo La brujería cubana: el Palo Monte. Aproximación al pensamiento abstracto de la cubanía, el antropólogo Joel James trajo a colación la idea del autor de Juegos del lenguaje, Ludwig Wittgenstein, para dejar establecido que nada podrá erosionar el carácter privado de la regla del habla palera. Pero a James, devoto de la cultura tradicional, nunca le quedó claro sin embargo que el arte de la palería era una separación respecto a la cultura popular. Somos populacho o populistas a falta de un reglamento propio del lenguaje. Somos la encarnación real del último

 

1 thought on “¿El último hombre en Cuba?

  1. Realmente profundo e interesante. El autor conjuga uno a uno los elementos que según él conformarían el llamado “hombre nuevo” cubano. Usa suficiente material desde Lamar hasta uno que otro filósofo y pensador contemporáneo. Reconozco al Dr. Callejas en esta manera de abordar fenómenos actuales sobre mi patria, a la que quiero sin olvidar que tengo otra adoptiva. La mención de Joel James es otro elemento que trata de resaltar su descripción del cubano como hombre nuevo. No sé si todo es realmente como él lo explica porque conozco ciertas tendencias especiales de Ángel que no siempre coinciden con mi manera de pensar; pero de que va al fondo de muchas de esas disyuntivas con un pensamiento crítico, ese mérito no se lo quita nadie.

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