El telescopio, el palacio y José Martí

Críticas y Reseñas Literatura y Lingüística

Ángel Velázquez Callejas

«A poco que mire en sí, –afirma Martí– la reconstruye»: la vida. Pero la mirada hacia el interior del hombre, solo por ahora, en época de Martí, se deja observar misteriosa y místicamente a través de un telescopio simbólico. ¿Por qué reaparece explicito con Malabre, el rico intelectual de Memorias del subdesarrollo? El subdesarrollo es aquí la falta del telescopio, el instrumento, el antropoarte para escudriñar en la esencia de la vida ejercitante y sus riegos. Para mirar hace falta un telescopio simbólico. Lo que se construye después sobre esa base con la revolución del 59 no es reconstruir la vida, es decir, lo que ha sido dañado por la filosofía y las ideologías políticas, sino el espacio donde se levanta la muralla, en virtud de alejar al hombre de lo abierto, para no dejar mirar la naturaleza orgánica y humana. A la larga, en pleno campo comunicativo, el proceso revolucionario dirigió la mirada sin telescopios para construir a partir de ello un gran palacio de reuniones. En ese espacio cerrado, que constituye la gran ciudad en miniatura, los cubanos decidirán cómo llevar adelante la paz y la tranquilidad de su existencia mediante el tono del universo ideológico. La revolución se instaura bajo el mismo esquema de la metafísica clásica: un solo discurso. Para ella el individuo y el micro-relato no cuentan.

Es más, el emblema material para dar significado a ese sistema simbólico e ideológico se hizo palmario cuando en 1979 se inauguró el Palacio de las convenciones de Cuba.

Si, sobre esas convenciones ideológicas y metafísicas se «deforma –decía Martí– la existencia verdadera». A partir de la inauguración de del palacio se unificará el ideal cubano en un solo discurso. Y, por consiguiente, dejar atrás completamente la idea de lucha por la dictadura del proletariado y abalanzarse hacia el progreso en el consumismo de la ideología del miedo, motivada por el fantasma de la historia. En ese palacio, o globo interior, o capsula simbólica –para usar una metáfora de Sloterdijk– se encierra toda la poshistoria de la ideología del socialismo cubano. Cuba vive a partir de entonces dentro de un palacio de reuniones en el que se pueden visitar hoteles, restaurantes, librerías, tiendas y disfrutar de la recreación después de una larga jornada de trabajo parlamentario y comunicativo.

Este palacio es el emblema, entre otras cosas, para ocultar en la totalidad la irritación existencial de las masas y convertirlas en consumidoras de ideología parlamentaria y oficialista. No en balde esa institución, que fue creada por el estado cubano, se inauguró para celebrar la VI Conferencia Cumbre del Movimiento de Países No Alineados. Desde entonces ha sido el recinto de reuniones para eventos nacionales e internacionales donde Cuba, a través de sus intelectuales, artistas y políticos, ha hablado para informar al mundo acerca del socialismo, acerca de cómo los cubanos viven en una «eterna felicidad».

Lo que ve Sergio al triunfo de la Revolución (el intelectual, el burgués, el que se queda en Cuba para ver qué pasa más adelante) desde el telescopio es la en ciernes ideología revolucionaria que destruye los viejos espacios de protección simbólicos, donde se había incubado el desdén por las masas. Desde el telescopio Malambre vislumbra el deterioro del paisaje habanero, en el cual venían los cubanos viviendo una etapa ya pos-histórica. El telescopio de Malambre es un instrumento símbolo de la telecomunicación entre el espacio vivido dentro de una gran urna de cristal que fue la nación y el resquebrajamiento de esa estructura para recobrar nuevamente el curso de la historia.

     Memorias del subdesarrollo es la crítica sobre la agudización ontológica del tedio existencial visto desde el telescopio en el que se esconde un legado secreto. El telescopio simboliza la apertura de estar en el mundo los cubanos al comienzo de la revolución. El telescopio es el ojo escrutador de una memoria soterrada entre el modernismo y el pos-modernismo cubano. Por ese telescopio podemos ver en retrospectiva los lineamientos de un libro secreto, de un proyecto que no perteneció a un hombre sino a varias generaciones perdidas. Martí es quien por primera vez mira desde un telescopio imaginario. Mira y ve la formación del interior del palacio y presiente que algún día viviremos ideologizados en un palacio de reuniones. La ideología de consumo socialista será el disfraz en el cual se esconde el insondable cansancio existencial.

Martí no trata de recuperar la historia como historiografía, como discurso ideológico, como hechos fenomenológicos ocurrentes en la vida social y política, sino de empujar al hombre por los precipicios de la peligrosidad existencial: trata de redimir el sufrimiento de esa historia que se sobrelleva ante la aceptación del dilema del destino y la certeza de la muerte. Este intento de rescribir con sangre la historia del globo, se hará para dar a conocer la esencialidad de la pos-historia: el hombre como tal es un ser incompleto y sumergido en la angustia existencial.

Según una reciente teoría antropológica, considero que Martí nace en medio de la formación de un globo. El globo en el que se le da inicio a la globalización  humana por medio de las redes mercantiles del capitalismo industrial. Se va inflando el globo, y en este caben todas las esferas de la vida social, entre ellas el tedio existencial. En ese globo nace la imagen y la comprensión intelectual del antiimperialismo martiano como una manera de crear el tedio pos-histórico. Martí es, en esencia, un alfiler puntiagudo como los nefastos pistoleros del romanticismo, que busca derramar el aire, el clima, que se contienen en ese globo. Martí pincha y agujerea el globo, pero no sabe qué sucederá a posteriori. Todo hombre, a fines del siglo XIX, vive inmerso en ese globo, pero nadie sabe cuánto se agrandará. El globo es el espacio en el que nace todo hombre del siglo XIX, y su propensión a estallar, que está en su naturaleza intrínseca, reanimara los cimientos ontológicos de la angustia existencial. Ocultar esta realidad de la naturaleza humana, es el objetivo fundamental de todo nacionalismo.

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