¿Selección, domesticación y crianza en El domador?

Literatura y Lingüística

Por: Ángel  Velázquez callejas

Que la doma del hombre formara parte del léxico de un programa de zoo-política durante siglos no hay discusión al respecto para ocultarlo. Ese no es el problema; lo problemático comienza cuando de pronto nos hallamos en la base de su compresión más oculta. Lo invalorado sigue siendo hasta el momento sobre aquello que la literatura apartó la vista desde el principio: se vislumbra la punta del iceberg y sobra la prueba para saber cuál profunda es la mistificación y el enmascaramiento llevado a cabo por la literatura y la educación.  Allí donde profundizamos sin poder regresar, nos colma la certeza de que en todas las épocas y en todas partes prevalece la lucha y el poder de la doma literaria por medio de la lectura. De hecho, hay una historia no reconocida, oculta, que se trata de minimizar entre el hombre como animal doméstico y la forma de crianza.

El dominio del saber leer y escribir constituyeron, de hecho, el poder de la pedagogía, pues este acontecer jugo, en suma, un rol importante en la educación del hombre hasta el presente. Educación que también en su época de esplendor se reconocía como una forma de domesticación y un modelo para la crianza. De modo que lo impensado sigue siendo modelado por la imperceptible selección literaria, la formación de un canon literario, tal y   como se presentó en los juegos sobre el dominio de saber leer y escribir, quien lograra: detrás de la literatura se ocultaba el poder de unos pocos, en el renacimiento como en el barroco. Lo que produce la doma literaria es de suyo la selección cultural, para quienes ostentan el poder de leer y escribir sobre los lectores, casi como si existiera una especie humana aparte de alfabetizadores. Por mucho tiempo esta fórmula de dominación por medio de la literatura se concibe con la voluntad de un bien del humanismo.

La escritora Lourdes Tomas Fernández escribió hace una década El domador, novela que por lo visto no ha tenido la recepción merecida en el público local, quizás porque se trata de una temática proclive a un debate peliagudo. La pregunta por el hombre viene aquí a reformatear el viejo asunto sobre la existencia del humanismo literario y la sentida decadencia en los días que corren de la labor literaria.

Hasta dónde hemos sido capaces de limitar la perspectiva de la narrativa sobre la entrada del hombre en la casa de los lenguajes y hasta qué punto ignoramos la casa, el habitad, como el medio para la domesticación y la crianza en la segunda naturaleza, es algo que no resulta descabellado cuando se aducen referencias martianas y nietzscheanas sobre la concepción de la Casa como referente lingüístico y literario. Lo que se propone la literatura según estos domesticadores es enfatizar el constructo real de la naturaleza del lenguaje en la vida hogareña de la Casa; es decir, exponer con cautela como la domesticación y la crianza constituyen también modelos literarios. Habría que interiorizar a fondo en qué sentido la proposición de Martí en la sección periodística En Casa establece el intento de reconocer en ello el papel de la literatura como doma y crianza en la formación de hombres

Desde En casa se difundía un modelo libertario para la domesticación. Bien porque a Lourdes no le cabe la menor duda y se empeña en demostrar que la literatura sigue siendo un poderoso recuso humanístico capaz de transformar y mejorar en el hombre de los instintos salvajes. Bien porque la literatura haya dejado de ser el medio por el cual la doma del hombre cobra sentido. El hecho es que Lourdes habla de domar mediante literatura (el acto de leer y escribir), y esto implica y sin proponérselo y mencionarlo dirigir implícita la reflexión sobre la existencia también de una selección de domadores. Bien porque en el capo actual de la literatura no se quiera vislumbra hoy una frenética lucha por el poder entre domadores literarios. Quienes representan esta doma, estos grupos de selección, en canon, ontologías, talleres, nunca los hemos tomados rigurosamente en cuenta como una postulación de la batalla en el claro.

Ahora, de El domador cito en extenso:

“Ya en mi asiento, mientras daban las instrucciones previas al despegue, me vi de nuevo en la clase en que Estela había comparado el Amadis con Cien años de soledad, y de nuevo presencié el enojo de Rodolfo y las burlas del colombiano que se sentaba en la última fila. Luego evoqué el almuerzo con Estela y la larga conversación de aquella tarde en la cafetería de Miguel Ángel 8. Habíamos hablado de Tres tristes tigres y el choteo cubano, de la nación y la patria.  Poco antes de marcharnos, a fin de encontrar un papel donde anotarme sus señas, Estela había vaciado parte de su bolsa sobre la mesa de la cafetería. Entre los libros que había sacado, se hallaba de cubierta amarilla y azul. Por el camino de la estación de Rubén Darío, Estela me había contado un pasaje de El mundo alucinante.   Se trataba de una alegoría en la que el motivo bíblico del diluvio cobraba un sentido inusitado. En vez de exterminar al hombre, la inundación, en este caso, ponía a prueba la firmeza de su humanidad. Los oportunistas, que se adaptaban fácilmente a las aguas, no tardaban en transformase en peces. Los indecisos, cuya adaptación resultaba más lenta, desarrollaban escamas por todo el cuerpo. Conservaban intacta su figura humana solo aquellos que, pese a las dificultades y el peligro de perecer, se mantenían todo el tiempo fuera de las aguas. En ese punto, Estela me había preguntado quienes eran aquellos hombres que preferían morirse a renunciar a su humanidad. Yo, que no tenía la menor idea de quienes eran, no había podido contestarle. “Son los domadores”, resonó la imagen de su voz. Entonces mire por la ventanilla, y advertir que ya volábamos más allá de las nubes.”

Retomo de este texto, último de la novela de Lourdes Tomas Fernández, las siguientes calves (en palabras) de la doma como domesticación encubierta en literatura. Asiento, intrusiones, clase, humanidad, sentada, diluvio, domadores. La doma literaria como cuidado y transformación de sí en animal doméstico. La literatura pudo ayudar a comprender el atavismo del barbarismo de la animalidad, pero debido a su candidez dejo de mirar en la doma como domesticación y producción de hombres sensibles y desinhibidos. Tanto el asiento como las instrucciones pertenecen a un programa de domesticación. Lo que Dany Robert Dofour denomina la trasformación del lobo en perro. Y la literatura se escribe sentado desde un asiento, en un lugar cobijado donde el lobo del escritor es domesticado en perro. Lo que se vislumbra oculta en la doma literaria es el poder detrás del poder. Qué papel juega el canon literario como domesticación y detentores del poder sobre los domesticados, no he posible una referencia ordinaria.  La doma literaria se ha propuesta a la formación de hombres, pero ha ocultado la temeridad del poder que ello implica.

Surge así las siguientes interrogantes:

¿Cuál es el sentido de la novelística? ¿Cuál es el objetivo de la literatura? O ¿cuál es el sentido del humanismo? En El domador (Editorial Vinciguerra, 2007), la apasionante novela que puede ser al mismo tiempo de carácter ontológico y autobiográfico, Lourdes Tomás Fernández de Castro destaca pro nobis que solo la instrumentación de la doma da sentido literario a la novela y al mejoramiento humano. Domar bestias, esa que pasta en el mundo de los hábitos interiores, hace humano al hombre. Humanizar es, en el sentido estricto de la escritura novelada, la razón de ser de la literatura nos propone la narrativa de El domador.

El domador cuenta la historia de la “formación” literaria del Yo, alter ego narrativo de Lourdes Tomás, y de los otros donde la narradora da cuenta de cómo en esa “formación” se transforman en costumbres secularizadas de estilo de vida, en ejercicios cotidianos, en los pragmatismos conscientes que dan configuración a la vida literaria. El ejercicio de la doma literaria configura al domador literario en tanto constituyen ambos, por añadidura, una vida letrada.

Nunca pude encontrar a lo largo de la novela el nombre alter ego del yo narrativo de Lourdes Tomás. No me interesaba saberlo, no tenía importancia existencial. Confieso que domar no sería la palabra adecuada para externalizar el proceso de la formación de la vida literaria, aunque señalaría hacia ese objetivo. Me gustaría mejor usar la frase cuidado de sí, término que resonaba en los tiempos en que Cervantes escribió la primera novela moderna, El Quijote. El cuidado de sí funcionaba como un riguroso entrenamiento interior para enfrentar el descubrimiento de que en la persona existen dos caras enigmáticas: el animal y la humana. El animal como fuerza impulsora que bulle a través de hábitos secularizados y la humanidad que asoma deberán ser protegidos y cultivados mediante técnicas. Una de ellas se convirtió en literatura.

Tal tergiversación literaria queda expuesta en el relato a partir de la definición de dos tipos de obras: de pasatiempo (que de literaria no posee nada) y de ética, la cual expone el mandato de doma por la bestia. Es interesante en este sentido leer las advertencias y los argumentos que, sobre obras como Cien años de soledad, de García Márquez, y Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, figuran como pasatiempo, en la estirpe de las novelas de caballería. “Los personajes de Cien años de soledad –expone Estela, personaje clave dentro de la novela– quedan reducidos a cuatro rasgos básicos: ira, deseo sexual, miedo al incesto y nostalgia”.

La experiencia histórica demuestra que el experimento de la doma (cuidado de sí) literaria no consiguió los objetivos esperados a partir de El Quijote –humanizar al hombre, conceder libertad, exponer los intentos de la compasión por encima de lo bestial–, sino que dio paso, mediante el proyecto de la Ilustración, a la manipulación a través de la escritura y los textos. La literatura pasó muy pronto a protagonizar la cursilería del menor esfuerzo.

Según la ascética visión nietzscheana a la que me sumo, el gran problema del hombre no está en tener que domar la fiera que es, sino en crear conciencia de su condición humana. El hombre es una cuerda tendida entre lo animal y lo humano. El hombre es un proceso, un puente. Y esa cuerda a veces tira de lo animal, a veces de lo humano. El hombre no es ni animal ni humano. Pero es la tensión la que produce la cuerda. Se trata de realizar, más que una doma sobre la cuerda, un ejercicio de habilidad artística.

En función de esa necesaria habilidad, Nietzsche propone, fuera del campo espiritual, el entrenamiento riguroso (existencial) encima de la cuerda, dominar la tensión del balanceo que oscila entre lo animal y lo humano. Ha sido así siempre, el hombre ha buscado desde la antigüedad los diversos métodos, técnicas e instrumentos culturales con que extirparse el espíritu de la animalidad. La primera gran retirada ética, espiritual, para separarse de la animalidad, se conoce en el periodo Axial, en que algunos hombres avezados toman conciencia del yo perceptivo y pueden ver la doble imagen constitucional de la conciencia, el animal y la humana. La otra gran retirada espiritual en el plano ético se la debemos a Cervantes, el cual, en el orden literario, se hizo consciente de la existencia del yo narrativo. El Yo para crear literatura a imagen de lo humano.

Para concluir cito otra vez en extenso lo que pudiera ser un panorama de la situación actual de la narrativa y de la novela en particular. Lourdes Tomás nos estremece:

“Hoy creo que los estudios literarios constituyen una estafa. Lo razonable, pues, es eliminarlos de todos los niveles escolares… Pero, ¿cuál es la diferencia entre la literatura artística y la viandantística? ¿Alguien puede detectarla? ¿Alguien puede explicar en qué consiste? ¿Alguien se atrevería a negar que la literatura artística resulta innecesaria? ¿A alguien le interesará escuchar? Antes yo sabía distinguir el arte de la artesanía, la impostura inocente, el cretinismo satírico, el idiotismo mágico, lo vulgar maravilloso, el puerilismo pornográfico, etcétera, y me parecía muy fácil explicar en qué difería el arte de lo demás, porque veía la diferencia como veo la luz los objetos sensibles. Antes yo me creía expuesta a la luz; pero lo más probable es que llevara una venda en los ojos, y que cuanto viera y la luz no fueran sino fantasmas”.

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