Rosalind y las demás

Historiografía

Las damas ocultas de la ciencia

Por: Félix J. Fojo

Para algunas personas el éxito merecido (o no tanto) parece llegar con suma facilidad y rapidez. Para otras personas, en cambio, prevalecer, mereciéndolo, es una tarea que puede requerir más de una vida. Este último es el caso de la biofísica, química y cristalógrafa londinense Rosalind Elsie Franklin (1920 – 1958).

Nació Rosalind en la ciudad de Londres (Notting Hill) el 25 de julio de 1920 en el seno de una familia judío británica de banqueros y servidores públicos. Estaba destinada, como era natural para las familias de clase alta en aquellos tiempos, a tener una educación esmerada pero típicamente femenina: hablar poco, sonreir todo el tiempo salvo a los criados, casarse tempranamente con un buen partido que incrementara la fortuna y las conexiones familiares, tener muchos hijos y disfrutar con elegancia y discreción de la vida muelle y los saraos burgueses propios de la era postvictoriana.

Pero nada de esto estaba escrito en el genoma de la precoz y extraordinariamente inteligente, aunque muy reservada, hasta quizás un poco arisca, Rosalind.

Fue enviada por sus padres —que la querían mucho pero al estilo británico más rancio, con distancia— a las costosísimas Day School at Norland Place (West London), la St. Paul’s Girls’s School y la Lindores School for Young Ladies (Sussex) y muy pronto la adolescente descolló en las asignaturas de ciencias y en los deportes, dos materias que no solo se consideraban secundarias para una mujer sino que incluso el solo interés en ellas despertaban extrañeza y murmuraciones entre sus compañeras de estudio y sus familias.

Pero ese fue el principio.

Los verdaderos retos comenzaron para ella en 1938, justo al cumplir los dieciocho años de edad. Se matriculó, enfrentando la áspera oposición de su padre (tuvo que intervenir a su favor un tio más moderno que se llevaba muy bien con la chica), en la Universidad de Cambridge, donde en solo tres años rindió con honores los exámenes de Ciencias Físicas y Ciencias Químicas, pero donde también le negaron el doctorado porque… porque no era del sexo masculino. Ese doctorado no lo recibiría, y con las máximas calificaciones, por supuesto, hasta 1945 en la Universidad norteamericana de Ohio.

Pero volvamos un poco atrás. La Segunda Guerra Mundial, que puso a Inglaterra ante la posibilidad real de una catástrofe, también sirvió para que Rosalind, y muchos otros jóvenes, realizaran tareas y alcanzaran posiciones a las que en condiciones normales nunca hubieran accedido.

Durante el enfrentamiento contra el nazismo Rosalind participó con entusiasmo del esfuerzo bélico aliado sumándose a la investigación intensiva (era un asunto de sobrevivencia, de vida o muerte para la nación) del óptimo empleo del carbón, tanto en su aspecto energético como en sus posibles usos industriales y militares. De esos primitivos estudios del equipo de Rosalind, de sus observaciones y conclusiones, surgiría, casi cincuenta años después, el grafeno, un material que amenaza con cambiar el mundo, pero esa es otra historia en la que no podemos detenernos ahora.

Al finalizar la contienda, y cansada de las dificultades que confrontaba con sus compañeros de trabajo, a los que le costaba aceptar que una mujer pudiera brillar en una rama de la ciencia considerada habitualmente como masculina —en realidad practicamente toda la ciencia era «masculina» en ese tiempo— Rosalind se fue a Francia para una breve pasantía y se quedó en aquel mundo latino y más amable por los siguientes tres años.

Rosalind Elsie Franklin
Rosalind Elsie Franklin

En Paris Rosalind encontró, trabajando con el profesor Jacques Mering, un pionero en esta rama de la ciencia, la especialidad a la que se dedicaría hasta el prematuro fin de su vida, la cristalografía por difracción de rayos X. Rosalind se convirtió, en un espacio de tiempo brevísimo, en una reconocida experta en esta bastante novedosa especialidad de la fisicoquímica. Fue también para ella una época de paz espiritual y quizás, solo quizás, los años en que encontró el amor, aunque prefirió permanecer siempre sola.

Como necesitaban un cristalógrafo competente —no abundaban para nada en aquel tiempo— y teniendo en cuenta las calificaciones que ya ostentaba Rosalind en ese campo, en 1951 la invitaron a trasladarse a colaborar en el proyecto más ambicioso del laboratorio Randall del King’s College de Cambridge, su antigua Alma Mater: la investigación de la configuración molecular del ácido desoxiribonucleico, el núcleo de la vida. Y aunque ella se tomó su tiempo y lo pensó un poco —se sentía muy bien en París— el reto era demasiado interesante y prometedor como para negarse a participar. Al fin, ella aceptó.

Y así comenzó una historia que ha sido contada de diversas maneras por sus participantes directos, excepto ella, Rosalind Franklin, que no dejó nada escrito sobre el espinoso asunto y que no ha estado presente para narrar su versión de los acontecimientos.

No vamos a contar aquí toda la historia del descubrimiento de la configuración molecular y estructura del ADN, uno de los hechos clave del siglo XX (centenares de libros y miles de artículos al alcance de todos nosotros lo narran con pelos y señales); nos limitaremos a mencionar solo tres hechos incontrovertibles que tienen que ver directamente con la Doctora Rosalind Franklin y su participación en los mismos.

El primero es la animosidad manifiesta del profesor neozelandes Maurice Wilkins, jefe del laboratorio londinense del King’s College, hacia ella, quizás incrementada, es justo reconocerlo, por el difícil carácter de Rosalind, que cuidaba con celo su independencia y no se prestaba a los juegos y chanzas de sus compañeros. Todo esto lo cuentan, entre muchos otros, James Watson, uno de los descubridores, en su libro La doble hélice y lo reconoció hasta el propio Maurice Wilkins andando el tiempo.

El segundo hecho es que la famosa fotografía por difracción de rayos X # 51 de la molécula de ADN tomada por ella, le fue mostrada sin permiso (incluso sin el conocimiento de Rosalind) a Watson por el propio Wilkins, lo que les confirmó que la doble hélice constituía la verdadera estructura espacial del complejísimo entramado molecular del ADN, quedando entonces el equipo de trabajo a un paso (entre otras cosas a un paso también del Premio Nobel y de la gloria) de definir el ensamblaje químico de sus bases.

Fotografía No. 51
Fotografía No. 51

Y el tercer hecho es que el 7 de marzo de 1953, fecha de entrega para publicación del histórico artículo de Watson y Crick en la revista Nature, en el que se describe precisa y elegantemente la estructura completa del ADN, Rosalind Franklin no fue mencionada (hay en realidad una mínima mención bibliográfica acotada en letra pequeña al final del trabajo) aunque la foto # 51 sí fue mostrada y se le atribuyó a Wilkins.

Para el mundo científico internacional, no podía ser de otra manera, el equipo de trabajo que había logrado semejante éxito tenía tres nombres: Watson, Crick y en menor medida el profesor Wilkins. Nadie más.

Rosalind, con suprema elegancia, asimiló el golpe, los felicitó a todos y se dedicó entonces —su tarea en el descubrimiento de la estructura del ADN estaba cumplida, muy bien cumplida— al paciente estudio del virus del mosaico del tabaco, investigaciones que fueron muy importantes en la determinación de la estructura íntima de las pequeñísimas estructuras virales, pero esa también, como la del grafeno, es otra historia.

Moneda conmemorativa
Moneda conmemorativa

El 16 de abril de 1958, unos cinco años después de la saga del ADN, Rosalind Franklim murió a causa de una carcinomatosis pulmonar, complicación de un carcinoma de ovario. Tenía treinta y siete años de edad y había trabajado intensivamente por más de quince años con los rayos X, probablemente descuidando las medidas de seguridad, que por otra parte, no eran del todo comprendidas en aquel entonces. Investigó estoicamente en el laboratorio hasta tres semanas antes de su fallecimiento.

En 1962 James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins recibieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por el trascendental hallazgo de la estructura de la molécula transmisora  de la vida, el ADN, sin dudas uno de los grandes hitos de la humanidad.

Nadie mencionó allí, en aquella enorme sala de la Academia Sueca, a la tenaz investigadora Rosalind Franklin. Nadie.

Esta es una historia triste con un final digamos que relativamente feliz, pues hoy se le reconoce abiertamente a Rosalind Franklin su decisiva participación en la batalla por definir la estructura del ADN, pero lo cierto es que aunque nos choca extraordinariamente la historia de ella y su relación de trabajo con los hombres que invariablemente la rodearon, y la humillaron en muchas ocasiones,  no es, ni remotamente, la única saga de este tipo en la historia de las ciencias modernas.

Mencionemos, solo de pasada, algunas otras científicas e investigadoras que sufrieron, en algún momento de sus carreras, humillaciones y marginaciones parecidas, y en algunos casos, mucho peores:

  • La matemática alemana Emmy Noether (1882–1935). Ideó muy joven el teorema fundamental que lleva su nombre y fue una adelantada de la denominada álgebra abstracta. No pudo ser profesora (sus alumnos y colaboradores en la Universidad de Gotinga sí lo eran), no pudo percibir nunca salario (no se contemplaba pagarle a las mujeres) y al final tuvo que huir de Alemania por judía. Albert Einstein escribió su obituario en el periódico The New York Times.
Emmy Noether
Emmy Noether
  • La cosmóloga irlandesa Jocelyn Bell Burnell (1943). Descubrió las estrellas pulsares en 1967, cuando todavía era estudiante de posgrado en la Universidad de Cambridge. El Premio Nobel de Física se lo otorgaron en 1974 a Anthony Hewish (el jefe de ella) y a Martin Ryle (miembro del equipo de ella), pero no a Jocelyn. Fue un escándalo cuando se supo que no la tomaron en cuenta para el Premio Nobel porque… porque estaba embarazada en ese momento.
Jocelyn Bell Burnell
Jocelyn Bell Burnell
  • La bacterióloga norteamericana Esther Zimmer Lederberg (1922–2006). Sus investigaciones en genética bacteriana fueron y siguen siendo fundamentales. Ideó técnicas (como la denominada «replica plating» que sigue en uso hoy día). En 1958 le dieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina… a su marido Joshua Lederberg, colaborador de ella, pero no a ella.
Esther Zimmer Lederberg
Esther Zimmer Lederberg
  • La física nuclear austriaca Lise Meitner (1878–1968). Descubrió, entre otras cosas, la fisión del núcleo atómico. El físico alemán Otto Hahn, su profesor, la ayudó a escapar de los nazis (Lise era judía) pero aprovechó al mismo tiempo para atribuirse en solitario la teoría sobre la fisión nuclear, razón por la que lo recompensaron con el Premio Nobel de Física a él solo.La historia de Lise Meitner es aún mucho más compleja, en realidad toda una novela de aventuras, y está marcada todo el tiempo por el sexismo y el más feroz racismo. Un elemento de la tabla periódica lleva su nombre.
Lise Meitner
Lise Meitner
  • La genetista norteamericana Nettie María Stevens (1861–1912). Descubrió y definió, en 1901, muy claramente las bases cromosómicas de la herencia sexual. O sea, las funciones reales de los cromosomas X e Y en la transmisión de los caracteres sexuales primarios y secundarios. Durante decenios se le atribuyó en inumerables libros de texto ese mérito al investigador Edmund Wilson, a pesar de que el propio Wilson menciona los trabajos previos de Nettie Stevens en sus publicaciones. Como en los demás casos mencionados, esa falta se ha corregido hoy, pero ni que decir que muy muy tarde para ella.
Nettie María Stevens
Nettie María Stevens

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El caso de Nettie Stevens suele utilizarse siempre como uno de los ejemplos clásicos de machismo absoluto en las ciencias pues siempre se supo que ella tenía la primacía científica del descubrimiento, una primacía incluso reconocida por Wilson, al que se le atribuía el descubrimiento festinadamente.

  • La astrónoma y astrofísica británico-norteamericana Cecilia Payne-Gaposchkin (1900 – 1979). Fue la descubridora de la composición química del Sol y de las estrellas en general (básicamente constituidas por hidrógeno y helio casi en su totalidad y algunos pocos átomos de otros elementos). Su profesor en Harvard, Henry Norris Russell le impidió publicar completa su tesis sobre la constitución atómica del Sol, escrita a los 25 años de edad, y más adelante se atribuyó los hallazgos de ella. Con el tiempo la verdad salió a flote y en 1956 Cecilia pudo acceder a la cátedra de astrofísica de la Universidad de Harvard que se le había negado hasta ese momento.
Cecilia Payne-Gaposchkin
Cecilia Payne-Gaposchkin
  • La física chino-estadounidense Chien-Shiung Wu (1912–1997). Participó como especialista en radiactividad en el Proyecto Manhattan, que permitió la cosntrucción de la primera bomba atómica. Fue profesora de física teórica en las universidades de Princeton y Columbia. Los físicos teóricos Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang solicitaron su ayuda para refutar la denominada Ley de conservación de la paridad, refutación fundamental para explicar las fuerzas internas (débil y fuerte) de las partículas subatómicas. Chien-Shiung no solo los ayudó sino que refutó matemática y experimentalmente la teoría ella sola. Pero Tsung-Dao y Chen Ning recibieron el Premio Nobel de Física y ella no.
Chien-Shiung Wu
Chien-Shiung Wu

Pudiéramos continuar por decenas de cuartillas narrando estas historias, a veces tristes, a veces exasperantes, pero el patrón de conducta social sería más o menos el mismo. Creemos que con estos pocos ejemplos basta para demostrar que la Ciencia, la gran Ciencia, no ha estado en realidad nunca completamente libre de lacras sociales como el sexismo, el machismo más desaforado y el racismo.

Las historias que hemos contado tienen, generalmente, finales satisfactorios —aunque sus autoras no siempre hayan visto y vivido esos finales— pero no podemos dejar de pensar cuántas veces no ha ocurrido lo mismo, cuántas mentes brillantes se han perdido en el trayecto y cuántos homenajes, quizás no del todo merecidos, hemos hecho o cuántos muy merecidos hemos dejado de hacer.

Por eso, no está de más recordar, una vez más, estas historias.

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