Revelaciones del filósofo al poeta

Críticas y Reseñas

Mulá Nasrundí 

No seamos malintencionados. Nunca quise llenar sus cabezas de historias y conceptos. Ni arrebatar lo que con tanto esfuerzo ustedes han ganado. Tampoco socavar las mitologías y el inconsciente colectivo. No voy a profanar a Cemí. Intento regalar el feeling y ofrecer de buena voluntad el acto poético. ¡Deseo dar un empujón para movilizar el estado actual de la identificación para despertar!

Y, por supuesto, me apoyo en los medios de comunicación necesarios para generar la sed. Para acelerar la provocación con la esperanza de que algún día evalúen con sus propias manos, con sus propios deseos, hasta donde hemos llegado.

Pero mal, muy mal me han entendido. Creen que soy un impostor (cosa que, paradójicamente, es verdad).   Desde luego, ni soy intelectual, ni alguien que busca descifrar y entregar el mito que falta y el consuelo que necesita, sino asumir el papel de ayudante, a partir de una escritura de ensayo ni convencional y política, con el objetivo de duplicar las fuerzas de voluntad y poder y traspasar el limbo de los sueños, tal y como lo he sentido y del cual no se obtiene nada.

Los oigo roncar, inmersos en una inconsciencia profunda letrada. He querido regalar un acto poético, un impulso de escritura esotérica, para despertar y de que tengan en cuenta que el ensueño, imbuidos de la influencia de las palabras, los conceptos y los maestros gramaticales, son ramales extendidos de la tradición y de la muerte. Han preferido ser renacentistas, románticos, ilusos, lezamianos, cadáveres, por encima de ser ustedes mismos no hay que remarcarlo.

En verdad, he negado sus historias y su pasado y me cruzo de muchas maneras, deliberadamente, en el camino de ustedes y sus héroes sin pedir permiso. Posición que a veces asumo como el antihéroe traspasando el área de su privacidad. Por tal razón deben sentirse agredidos y profanados. Entiendo la situación, créanme que ha sido por compasión y respeto. Sin embargo, a veces les veos tristes y demacrados, soberbios y repugnantes y angustiados, que no sé de qué felicidad hablan, de qué placer se alimentan, qué gusto por la vida los anima. Han hecho lo imposible por sabotearse a sí mismos, para destruirse y suicidarse, negar y despreciar el acto poético, el feeling que su grandioso intelecto rechaza. Pero es la lógica del avestruz.  No aparece el coraje para enfrentar al enemigo cara a cara, al soberbio intelecto frente a frente, al que poco a poco los arrinconan hasta llegar al punto de desaparecer.

A Nasrudín se le invitó hablar de lo supremo y la ética. El pueblo donde vivía este cuentista de la calle se interesaba para saber los pormenores de cómo comportarse bien, porque allí no se podía tolerar el egocentrismo de las personas. Era un pueblo egocéntrico, donde cada habitante poseía su propia regla de comportamiento. A gritos los habitantes pedían una reforma ética, establecer un convencionalismo para todas las reglas. Llamaron al sabio Nasrudín el cual llegó al del encuentro montado en un burro. Montado de espalda a la cabeza del burro la escena  parecía una estupidez. La gente reía.   Por qué montaba de esa manera el burro, de espaldas a la cabeza del animal, Nasrundí respondió: “¿Captaron el mensaje? Porque así es como suceden las cosas en este pueblo, ustedes viven de espaldas al mundo sin importar siquiera que el mundo vive en el interior de cada uno de ustedes. “Saben   por qué ustedes viven del egocentrismo individual –dijo Nasrudín–, la metáfora del burro se los ha explicado”.

Entonces, el pueblo de Nasrundí comprendió la ensoñación….

El libro del poeta en actos no es un acto por la poesía convencional. Ni poema, ni verso. Es un examen privado. Una escritura de ensayo esotérico que busca estimular los sentidos a través de la resolución del feeling. Y si encuentran en esa escritura de ensayo el feeling, el mensaje oculto, el empujón, entonces el acto poético habrá pasado del regalo a la verdad. Habrá hecho justicia.

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