El poeta que nunca fue

Críticas y Reseñas Literatura y Lingüística

El poeta en actos

¨La poesía no se impone, ella se expone¨.

Paúl Celan

 

La búsqueda del poeta, ―de la “nueva ascética”, como la llamase José Martí en término religioso―, continúa siendo la mayor tragedia de la cultura cubana. La cultura cubana ha logrado todo, o casi todo, en lo que respecta a los intríngulis definitorios del ser cubano, de la esencia como sujeto histórico social, como voluntad “identitaria” y nacionalista, pero tiene pendiente un hallazgo: al poeta que nunca fue. En otras palabras, no ha logrado “producir felicidad”. La productividad en términos de felicidad equivale en cierto modo a verificar parte de las esencias de un no poeta, de un productor de alegría.

Como tradición poética, la cubana ha sido muy seria, lógica y fundamentalista. Se ha empeñado en pulir la forma y el estilo bajo viejos términos. Y se ha olvidado del espíritu de la poesía, del camino que conduce a la nueva religión. Ha llegado a un límite:  al espacio de la crisis existencial del sujeto poético. La tradición poética ha producido la formalización de lo ritual, los viejos lemas, el camino trillado, el amor al pasado, el culto a lo conocido y el miedo a la muerte. Ha solapado la conciencia del tiempo con la ética del derecho “deber hacer”. La tradición está obligada al “deber”, de la patria y la nación.

Siento que en la tradición poética cubana hay búsqueda inconsciente de lo oculto; respetables poetas, comprometidos con la existencia de una isla y su naturaleza social y geográfica, comprometidos con la naturaleza del Ser cubano. La tradición cubana de poetas ha llegado, como dije, a un punto límite:  Orígenes y la oblicua construcción de un Sistema poético del mundo, ha muerto. El recorrido a través de la Poesía se ha detenido. La búsqueda del poeta que no fue se ha interrumpido. Nada nuevo se vislumbra entre los poetas contemporáneos: ¿Por qué? Hay una curiosa tradición, muy permanente y arraigada como psicología en el cubano: el miedo a la muerte, el temor a perder su identidad corporal y social. Y la tradición, precisamente por ser tradición, no tiene manera de producir “dicha”.

Nada mejor que una fútil tradición de poetas en versos, o simples constructores de poesía formal. Ha existido siempre un esfuerzo por crear la tradición, pero no dar a luz al poeta que no fue. Emerson tiene una declaración que he citado en otra ocasión y que resume este parecer: “La esencia de la poesía es abolir todo el pasado”. Que no es más que abolir toda la tradición. Lo que fue no podría seguir andando.

El brote del poeta que no fue es posible, pero a medias. A no ser entre Martí y Lezama, la búsqueda no ha estado arraigada en la larga tradición de la poesía cubana. El intento por ser un poeta que no fue dentro de la tradición ha menguado la búsqueda: se trata del “poeta que nunca fue”: la desdicha, consciente e inconsciente, de la tradición poética en Cuba. Regino Boti se dio de bruces con el sentimiento de estar por un tiempo separado de la tradición, pero el motivo que hoy desconocemos lo subsanó lo trajo de vuelta a ella. Cintio Vitier, en Lo cubano en la poesía, afianzó por pura lógica hegeliana el carácter tradicional de la poética cubana, asumiendo correctamente que el poeta se hallaba en conexión con la identidad, vinculado al ego poético de ser cubano. Esos espacios de separación entre lo cubano, no reconocidos hasta el momento se vislumbran en tres grandes poetas que no fueron: José Martí, Regino Boti y Lezama Lima.

El espacio de vacuidad, de pura alegría, es el espacio del poeta que no fue. El ser cubano, durante el siglo XX, se fue alejando cada vez más de su naturaleza poética, del acto de no ser poeta, productor de felicidad. Emerson advirtió para América ―y esto cabe para Cuba―, en su imprescindible ensayo El poeta, el advenimiento de ese fenómeno de lejanía, de separación entre la realidad del poeta y la formación del ego poético. Uno de los problemas que emana de esta separación es el del “poeta que nunca fue”, cuya situación se debe a la intelectualización del ser. Todo ha de volver a su naturaleza, a su raíz, a su origen, dice Emerson. Por eso la angustia que sobreviene al ego poético cubano se explica por medio de la pérdida del contacto con la naturaleza poética, espacio que deja anónimo al “poeta que nunca fue”.

Tengo un ejemplo: El poema del Niágara. Atribuido a Pérez Bonalde, con prólogo en forma de ensayo de José Martí. Un texto de la poesía romántica insólito pero muy significativo. Un poema no común dentro de la producción poética del movimiento romántico hispanoamericano. La huella es mística y, aunque no logra apuntar a lo trascendental, se sitúa entre el sentir y la percepción poética. Debido a que el poema funge como puente, cuya elaboración está en tránsito a lo moderno, a lo actual, lo produjo un poeta que no fue. Un místico lo puso en conocimiento. Un no poeta casi moderno vislumbró la gallardía de la verdad, el ímpetu del significado y puso en perspectiva las exigencias poéticas del eco del torrente del Niágara, la dicha en el crepúsculo de los ídolos, entre el sentir y la percepción poética.

¿Cuántas veces el eco esperó por este momento, por la percepción poética y cuántas veces puso en labios de poetas su canción para expresarse cabalmente? En realidad, lo que Pérez Bonalde nos entregó fue un poema en tránsito, aun todavía incompleto, aun viviente. Nos entregó el sentir vislumbrando por la percepción del eco. Pero completarlo tarda en llegar. Heredia fue puente; Bonalde aún también lo es. Ambos lo sienten, pero más cercano al final, a la totalidad, a la percepción, a lo que no es, el ensayo en prosa poética de Martí. En la poética hispanoamericana nadie mejor que Lezama Lima heredero de la poética perceptiva, pero el eco no es de su incumbencia.

Quizás nunca llegue a completarse la canción del eco; de ahí el prólogo de Martí al poema de Bonalde. Sabiendo que el poeta es incapaz de completar la llegada del significado del Niágara, del eco, aparece el ensayo. La escritura pasa de poética a ensayística. En toda la trayectoria el eco del Niágara, cuya canción no encuentra el vehículo idóneo para expresarse en forma total, la tradición queda muerta de herencia. Quien no fue, es ahí acudir al poeta, al romántico, al vehículo tendencioso y angustiado. Una vez más, el Niágara pone en manos del poeta su canción. Pero el poeta no puede atrapar la totalidad del mensaje del eco.  El poeta no puede fusionarse con la poesía. Por eso el poema se torna un tanto escurridizo, extraño, confuso. El poema pudo convertirse en un canto y evocar el comienzo de la búsqueda espiritual. El mensaje es mucho más amplio, pero el poeta pudo retener el principio, pudo saborear la imagen en ciernes. La esencia del romanticismo siempre balbuceando en los principios. ¿Por qué, entonces, el eco no escoge a un poeta como Lezama, perceptivo y evoca el canto y llenar la brecha de la totalidad del sistema poético del mundo? Lezama se reiría como acostumbraba a esa no elección.  ¡Qué extraño! ¿Lezama no estaría dispuesto, no estuvo disponible?

Lo más cercano ya tampoco está:

!Oh,  don Luis Ángel Casas donde esté!

¿Y lo más íntimo dónde?…

¡Oh, gran poeta que no fue!

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