El mandato del cerdo y el erotismo del lechón (relato)

Ekatombe Literaria

Por: El poeta en actos

Llamo mandato a una cuestión-objeto con cierta autoridad oculta. ¿Puede el cerdo, ese animalito querido,  significar una autoridad para el hombre? Aun no lo sé. Lo cierto que, hace años encontré en la hemeroteca de la biblioteca Elvira Cape, en Santiago de Cuba, en documentos inéditos escritos por Emilio Bacardí, un dato que proporcionaba algo insólito sobre vida de Epicuro de Samos: “su jardín no estaba poblado de hombres, sino de cerdos”. Lucrecio, el albacea literario de Epicuro, que nunca menciona el hecho, lo deja claro para sumirlo en una leyenda. De modo que, no sé hasta qué punto es real la afirmación de Bacardí; si el misterio de la lógica que se cierne sobre ello.

En los meneos jadeantes del cerdo se hace plausible observar el espíritu de la “cadencia del placer” mas  que en los evanescentes y rígidos movimientos del hombre. Animal por animal, Epicuro parece haber optado, según el manuscrito, por asumir la realidad del cerdo y no del sueño del hombre para poblar su jardín. El materialismo epicúreo parece haber sido, en su más estricta posibilidad y grandeza, la de un cerdo-hedónico. El cerdo en el placer y al mismo tiempo en la felicidad. Ahora bien,  ¿cabe la idea en la actualidad de un jardín poblado de cerdos? ¿Es decir, cabe la idea en la actualidad cambiar el espíritu humano por la del cerdo? De ser cierto ese hecho que nos cuenta Bacardí en sus documentos, se podrá aducir con qué voluptuosidad y erotismo el pirata Malver Adenauer veneraba con vehemencia, allá por los 1600, una iconografía porcina (que da forma, sentido e identidad). Como imágenes gravitando sobre su cabeza, Adenauer estuvo dispuesto a encarar, por siempre, el deleite de  la  posible racionalidad epicúrea del cerdo.

Que esa iconografía porcina desapareciera del espectro imaginario de aquel espacio y aquel tiempo  tras la muerte del “pirata de la manos de hierro” no debió ser gratuita,  nos da cuenta también el pergamino   inédito de Emilio Bacardí. En ese códice, al final,  se lee la sentencia: “hay en el hombre  inevitablemente espíritu de cerdo y hay en el cerdo espíritu de  hombre. Que el hombre haya adoptado en lo adelante al hombre como  su propio animal, es  ya  otra cosa”.  El legajo no solo contiene la historia de un pasado humillado por los nuevos advenedizos, sino la propiciatoria idea fundadora y ética sobre la nacionalidad cubana: la inquebrantable fuerza de la heroicidad y el amor a la tierra, a la vista por el adiós intermitente.

Que el cerdo nos persigas aun cuando hemos adaptado los ideales de la nacionalidad a otro terreno como el Internet,  es ya un hecho que acapara una densidad discursiva irreversible. De qué el mandato del cerdo, de qué la sensibilidad iconográfica del cerdo,  reaparezca en el nuevo jardín cibernético nos prueba una vez por toda la verosimilitud que cuenta el códice de Bacardí. A este hecho cabe la siguiente pregunta: ¿Qué papel juega el icono del cerdo, por ejemplo,  en la novela Erótica de Armando Añel;  es la autoridad sobre nosotros o un mero reflejo de una época ya pasada? Por el contrario: ¿es la naturaleza hedónica de nosotros de por sí la de la invención en un águila tridente? Habría que dar importancia al cerdo como una cuestion-obeto de autoridad artística: El arte al proyectar su mirada desea decirnos algo. El himeneo del cerdo, ese sí que es un arte irreprochable. Para decirlo de algún modo analógico: tengo un amigo que de vez en cuando les decimos El Lechón. Curiosamente sonríe, pero no de buenas ganas. Se ve ofendido, molesto y hasta beligerante.  Pero no tiene forma como escaparse de las representaciones iconográficas lechoneras. Habla como un lechón, ríe como un lecho, camina como un lechón, piensa como un lechón y es por naturaleza un lechón; y, sin embargo, es uno de los hombres más felices en la tierra.

 

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