Literatura infantil y pornografía: Félix Salten

Ekatombe Literaria

Por: Félix J. Fojo

Bambi, la historia del amable y dulce cervatillo de los bosques, debió haber sido la segunda película de dibujos animados producida por Walt Disney, pero no lo fue.

Los derechos legales de la novela original fueron comprados en $5,000 por Disney a la productora Metro-Goldwyn-Mayer en el año 1937. Esta compañía, utilizando al director de cine Sidney Franklin como mediador, los había adquirido a su vez del autor de la obra en 1933 por solo $1,000, pero aparentemente no le vieron posibilidades y se deshicieron de ellos. Al principio todo marchó sobre ruedas. Para 1939 las decenas de miles de dibujos y cartones, un trabajo arduo, titánico en verdad en aquellos tiempos en que ni se soñaba con las facilidades de la computación, estaban básicamente terminados. Bambi, el personaje principal de la trama ya tenía una imagen muy semejante a la definitiva, el guion, escrito y vuelto a escribir varias veces, reposaba sobre el escritorio del jefe y se contaba con la inversión monetaria necesaria para la producción. En fin, bastaba con repasar la obra y ponerla a punto para convertirla en otro éxito de la entonces joven compañía del genial cineasta y animador de «muñequitos» en camino de convertirse en el exitosísimo empresario que sería poco después.

Pero el exquisito perfeccionismo del productor norteamericano, ese talante artístico que ya se había demostrado plenamente en la muy bien acogida Blancanieves y los Siete Enanitos, de 1937, puso a un lado, por un tiempo, la obra basada en el libro Bambi, una vida en el bosque; del autor austriaco Felix Salten. Disney no la retomó con entusiasmo hasta que el concepto quedó completamente claro en su mente —Walt pensaba, al igual que Leonardo DaVinci y Einstein, en imágenes, lo que le hacía difícil entenderse, mediante la palabra, con sus subordinados, y en general con casi todo el mundo— y los dibujos y los diálogos le satisficieron plenamente.

Así, en lo que el puntilloso, obsesivo más bien, Walt Disney daba vueltas y más vueltas en su cabeza al inconcluso personaje de Bambi, se estrenaron antes, provenientes de sus creativos y bien afinados estudios, Pinocho y Fantasía, en 1940 y el Dragón chiflado y Dumbo en 1941.

Fue en el comienzo del tormentoso año de 1942, el aciago año que se inició a poco menos de un mes del ataque nipón a Pearl Harbor (diciembre 7, 1941) y la subsiguiente entrada de Norteamérica en la Segunda Guerra Mundial, que Walt decidió por fin lanzar su largometraje animado de setenta minutos de duración —dirigida por David Hand y algunos otros colaboradores y producida por él mismo, la película fue proyectada inicialmente para durar por lo menos hora y media, pero la realidad económica se impuso y hubo que acortarla— sobre el cervatillo virginiano de grandes y redondas manchas blancas y bondadosos e inmensos ojos negros.

La distribución masiva —Disney aún no había entrado en ese lucrativo segmento del negocio fílmico— quedó en manos de la RKO, que la llevó a cabo con la eficiencia esperada en una compañía que en ese entonces se hallaba en la cúspide de Hollywood. El 13 de agosto de 1942 Bambi se proyectaba en las tandas infantiles, y en algunas de adultos, de los más importantes cinematógrafos de los Estados Unidos. Pero las cosas son como son y no siempre como uno espera que sean. El estreno —sin demasiados bombos ni platillos, que la batalla de Guadalcanal había comenzado una semana antes y el horno de la guerra no estaba para galleticas— en las salas de cine de las más importantes ciudades fue, como suele ocurrir con algunas obras maestras, una suerte de inesperado fracaso.

Costó hacer la ambiciosa película $1,700,000, una cifra astronómica para aquellos tiempos, no nos olvidemos, entre otras cosas, de la guerra, y recuperó en la taquilla $1,640,000 en los primeros tres años de proyección. O dicho más crudamente, Bambi se quedó corta, muy corta en recaudación para un hombre, Walt Disney, que aún no poseía la soberbia fortuna que habría de tener una década después.

Pero Walt, un tipo de carácter difícil, pero con una confianza absoluta en sus obras, estaba convencido de que el éxito llegaría. Y así fue. Para el año 1947, ya terminada la contienda y comenzado el boom económico posbélico, Bambi comenzó a hacer caja, a ganar dinero de verdad, y de ahí en adelante se reestrenó —con pequeños retoques de colores y sonido, o incluso sin ninguno— nueve veces, la última en el 2011 (la Diamond Edition. Blue-ray and DVD combo pack).

Se calcula que la cinta ha ganado hasta el momento unos doscientos setenta millones de dólares, sin contar, por supuesto, todo lo generado por los parques de diversiones de Disney, los juguetes, las camisetas y demás artilugios relacionados con Bambi, que perfectamente pueden haber doblado (hay quien dice que triplicado) la cifra anterior.

Pero mi interés hoy no se centra en hablar de Bambi y mucho menos de la cinematografía para niños, sino de literatura, y específicamente del escritor judío-austriaco Felix Salten (1869-1945), el autor de Bambi (Bambi: Eine Lebensgeschichte aus dem Walde, en alemán), una fantasía infantil novelada publicada por él bajo el sello editorial austriaco Paul Zsolnay Verlag, en el año 1923.

¿Quién era en realidad Salten, ese escritor que nos ha dejado —Walt Disney interpuesto— un personaje infantil que ya es, desde hace tiempo, inmortal? Pues Felix Salten era un escritor de literatura infantil, por supuesto, pero…

Pero hay otro Salten, o quizás muchos otros.

Salten (su verdadero nombre era Siegmund Salzmann) había nacido en Budapest, Hungría, pero fue llevado por sus padres a los tres años de edad a Viena, la capital del recientemente creado Imperio Austro-Húngaro (1867). Los judíos, Felix y su familia eran fervientes practicantes del judaísmo, se sentían más a gusto en la zona austriaca, mucho más liberal y permisiva con la práctica religiosa que los territorios más al este.

Aunque por razones económicas —a su padre no le fue bien en los negocios— Salten tuvo que entrar desde la adolescencia, con solo dieciséis años, en la industria de los seguros, pero al mismo tiempo comenzó a darse a conocer en el mundillo literario y de la farándula de Viena con pequeñas obras de teatro, poemas enviados a los periódicos y revistas, críticas, muchas veces no solicitadas, de libros y noveletas cortas y luego novelas de más aliento. En el año 1901 fundó un centro nocturno dedicado a la música y la literatura —lo llamó «Cabaret Literario» o «Jung-Wiener Theather Zum lieben Augustin»— pero, aunque quedó para la historia como el primero de ese tipo en Viena, pronto el empeño fracasó, probablemente porqué Salten era un prolífico escritor y un hombre de farándula, pero no un buen administrador.

Salten fue, entre otras muchas cosas, el sucesor del reconocidísimo escritor, médico y amigo de Freud, Arthur Schnitzler como presidente del P.E.N. Club austriaco. Casado con la actriz Ottilie Metzl y estrechamente relacionado con el deslumbrante mundo de la opereta vienesa, piezas para las que escribió guiones y libretos, Salten era, sin la menor duda, un hombre de farándula. Y no solo de farándula, de cine también, para el que escribió por lo menos once guiones.

Como escritor de libros infantiles no se conformó con Bambi; escribió en 1939 una secuela, Los hijos de Bambi (nunca ha sido llevada al cine) y dos libros más que también fueron comprados por Walt Disney para utilizar sus argumentos, muchos años después, en las películas Perri y The Shaggy Dog.

Parodiando a Hemingway, podíamos decir que la vida de Salten era una fiesta. Pero en eso, casi sin avisar, apareció en el horizonte la negra nube del nazismo. En 1936 Hitler, que además de odiar a los judíos aborrecía la felicidad ajena, prohibió expresamente los libros y demás obras de Felix Salten, y dos años después, cuando Alemania se anexó Austria, los judíos austriacos comenzaron a abandonar precipitadamente el país. La familia Salten recaló —tuvieron la enorme suerte de poder escapar, aunque, salvo la vida, lo perdieron todo— en Zúrich, Suiza, donde pasaron los duros años de la guerra y sobrevivieron como pudieron. Salten murió, derrotado y triste, en octubre de 1945. Había perdido su alegría y su productividad literaria, pero por lo menos pudo presenciar, a diferencia de millones de europeos, el catastrófico final del nazismo, pero no pudo superar las horrorosas imágenes del Holocausto y la enorme destrucción material y moral de su amada Viena.

Hasta aquí les he presentado a unos cuántos de esos Felix Salten, pero como les advertí más arriba, hubo otro.

En el año 1906 se armó un enorme revuelo en Viena, y en varios otros países europeos, ante la aparición —el editor fue Fritz Freund— de una sorprendente novela titulada Josephine Mutzenbacher oder Die Geschichte einer Wienerischen Dirne von ihr selbst erzahlt, un título complicado (el alemán, como sabemos, es así) que quiere decir, más o menos, Josefine Mutzenbacher, la autobiografía de una prostituta vienesa. El libro fue un escándalo y fue también un rotundo éxito económico (lo sigue siendo hoy en Austria y Alemania), pero además fue un misterio, porque el autor era desconocido. Aunque por no mucho tiempo.

El argumento es sencillo en apariencia. Una prostituta en retiro, de unos cincuenta años de edad, narra sus aventuras y desventuras de niña y adolescente, pero las cuenta desenfadada y crudamente, sin circunloquios ni concesiones a la moral al uso. No hay tema de índole sexual que no se trate en la obra: pederastia, incesto, homosexualidad masculina y femenina, orgías, felación, onanismo, masoquismo, vouyerismo, en fin, un recorrido explícito y acucioso por los bajos fondos de la prostitución y de paso por los bordes oscuros de la condición humana. Pero eso sí, con una gran calidad literaria.

Y precisamente por esa calidad en la redacción y la escritura; por el estilo claro, nítido, profesional, que hacía tan amena la novela, todos se dieron cuenta de que el autor debía ser, con muy pocas dudas, Felix Salten. Con el tiempo él mismo reconoció, a regañadientes, que la honesta y atrevida narradora, Josefine Mutzenbacher, era su personaje.

El libro se ha llevado al cine unas diez veces, se ha traducido a unos veinte idiomas y ha vendido, solo en alemán, tres millones de copias. Se estudia, por su perfección gramatical y sus aportes a la lingüística, en varias universidades europeas.

Cosas de la (buena) literatura. Un solo escritor y dos personajes inmortales que, por supuesto, no se dirigen la palabra ni se presentan juntos en ninguna parte:

El cervatillo Bambi y Josefine Mutzenbacher.

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