La culpa fue de la manzana

Historiografía

Félix J. Fojo

 

¨Secas están nuestras almas, nada ven nuestros ojos, sino maná¨

Numero, 116

 

Hablemos algo de la Biblia… y la comida.

La Biblia, por definición, es una suma de libros, algunos de ellos aceptados por todas las religiones monoteístas y otros solamente por una o dos de ellas, e incluso otros, denominados libros, o evangelios apócrifos, por ninguna.

Es correcto dejar claro que de algunos de esos libros solo se conocen partes. De otros, de los que hay algunas referencias —orales o aisladas menciones escritas— nunca han aparecido sus originales, por lo menos de una forma pública.

El período histórico temporal que abarcan los libros de la Biblia es de casi treinta siglos, tres milenios redondos.

Una larga, y reconocida, historia.

En líneas generales la Biblia no es más que la narración de un largo y tortuoso recorrido por la historia del sufrido pueblo hebreo. La división en Antiguo y Nuevo Testamento es cristiana, y esta última recopilación de libros, el Nuevo Testamento, es mucho más moderna —pertenece a los primeros siglos de nuestra era— y está escrita con un talante muy diferente al del Viejo Testamento. Lo cierto es que el Nuevo Testamento no es aceptado (reconocido) por las otras religiones monoteístas.

El Génesis, primer libro reconocido de la Biblia, es como una introducción o un prólogo que justifica la existencia sobre la tierra del pueblo judío (de paso narra brevemente, y con majestuosa concisión, la creación del mundo), historia que comienza a contarse entonces en el segundo libro, el Éxodo.

La comida y su historia, nuestro objeto de interés en este breve trabajo, ya está estrechamente relacionada al Génesis.

El hombre cae en el pecado original y pierde el paraíso terrenal por culpa de la serpiente del mal, que ofrece a Eva, la primera mujer —en realidad la segunda, pues Lilit, para los hebreos, fue la primera— una manzana, fruta que cuelga, roja, apetitosa y solitaria, del llamado Árbol de la Vida, nombre en verdad contradictorio si tenemos en cuenta los resultados, aunque si se piensa con detenimiento, ¿quién sabe?

Por tanto, el mal y la desgracia del género humano, que se traducen en la obligación de trabajar para vivir y, además —y esto es un acto de ensañamiento con la mujer, supuesta culpable y tentadora del hombre— parir con dolor, comienzan con una fruta.

Hoy atacamos las grasas y promovemos las frutas, pero parece ser que los antiguos, o por lo menos el dios de los judíos, no pensaban de la misma forma.

Los hijos de Adán y Eva, Caín y Abel, crearon —porque al perder el paraíso, no les quedó más remedio— la agricultura y la crianza de animales. Fueron ellos entonces, según la Biblia, los que nos trajeron todas las bondades y delicias de la comida y luego de la gastronomía, pero también todos los descalabro que les debemos, incluidos el futuro exceso del colesterol en sangre, la diabetes y la odiada gordura.

El que Caín asesinara a Abel por la ira que le inspiraba la buena recepción de Dios a la calidad de las ofrendas que le hacía este último, todas relacionada con la comida, ya es una premonición de lo que vendría después.

En el Éxodo se cuenta la ya clásica historia del maná que cayó del cielo durante el cruce obligado del desierto, supuestamente un regalo de Dios para mantener nutridos, y vivos, a sus hijos en exilio y desgracia. El maná es un vegetal parecido al cilantro, rubicundo, que debe ser tostado y molido, reducido a una especie de harina con la que se fabrica un pan (o algo semejante a las tortillas mexicanas) de muy difícil digestión y proclive a provocar serios trastornos digestivos (esa es la visión de los estudiosos e investigadores de hoy en día, y se basan en la cantidad de fibras insolubles del maná) y diarreas.

Podríamos decir entonces que el maná es, teniendo en cuenta el poder que se le atribuye al dios bíblico, un regalo envenenado, y parece ser que así lo veían y lo comentaban los judíos de la diáspora:

«Acordándonos estamos de aquellos pescados que de balde comíamos en Egipto; se nos vienen a la memoria los cohombros y los melones, y los puerros y las cebollas y los ajos».

Con semejante comida y caminando todo el día por un arenal infinito y bajo el castigo —uno más— de un sol de justicia, era casi imposible, no solo estar satisfecho y engordar, sino mantenerse más o menos vivo.

El pueblo hebreo no tenía, ni tiene, una cultura culinaria amplia —aceptar el maná como único alimento y no buscar algo diferente de cierta manera ya es una premonición de esa futura limitación— carencia que se ha extendido, con algunas mejoras impuestas por la civilización y el contagio, hasta nuestros días. Sus tierras de labranza no eran nada fáciles de cultivar y ellos tampoco experimentaban mucho con nuevos renglones o ideas novedosas.

En cuanto a consumir animales como fuente nutritiva (proteica y grasa principalmente), los judíos estaban limitados por las ordenanzas y prohibiciones que imponían sus estrictas y muy precisas reglas religiosas. La prohibición absoluta de ingerir carne de cerdo puede haber tenido una razón práctica —sanitaria— pues la triquinosis, una infección grave producida por un parásito nematodo denominado Trichinella spiralis, transmitida por la carne contaminada no muy bien cocinada del marrano, tenía una incidencia muy grande entre los cerdos y no tenía cura alguna en aquel tiempo y terminaba siendo físicamente incapacitante para la población, lujo que no podían permitirse los hebreos.

En el Levítico, tercer libro del Antiguo Testamento, se regulan, entre otras muchas cosas, los sacrificios hechos a Yavhe. Queda claro que Dios prefiere la carne y la sangre del cordero o cualquier otro animal y los vegetales y verduras quedan para los siempre maltratados seres humanos. Aunque no se nos escapa que esa exigencia, la de dejar la carne para Dios y los vegetales para los hombres, la avalaría cualquier vegetariano o vegano actual, salvando, claro está, que el vegetariano de hoy puede comprar lo que quiera en el supermercado.

Pero viene, ya era hora, algo bueno.

Los hebreos eran bastante liberales en el consumo de vino —llegaron a adquirir cierta fama en la producción de caldos—, lo que puede confirmarse leyendo Números, el cuarto libro. Por lo menos libando de sus rústicas vasijas, el hombre hebreo podía olvidar (ahogar las penas como en el bolero mexicano) por unas horas tantas reglas, limitaciones, maldiciones y castigos que se abatían sobre él.

El Deuteronomio (Libro de la Segunda Ley) es, en cierto sentido, la historia de la despedida de Moisés, y en el capítulo XIV, versículo 21 de este libro se encuentra un párrafo que ha sido citado muchas veces como referencia a cierto grado de maldad y doblez:

«De la carne mortecina no comas nada, la darás al extranjero que se halle dentro de tus muros para que la coma, o se la venderás, por cuanto tu eres un pueblo consagrado al Señor Dios».

Hoy, cualquier organismo sanitario que se respete cerraría y multaría un expendo que funcionara de semejante forma, ¿o no?

El Nuevo Testamento, mucho más moderno, como su nombre indica, no es compartido ni aceptado por la religión judaica. Este libro es la fuente básica del cristianismo actual y también está compuesto de varios evangelios, 27 en total, escrito en forma de epístolas (cartas). Nos ofrece bastante más información sobre las costumbres sociales, culturales y culinarias diarias del pueblo hebreo y su temática está más centrada en los problemas que incidían en la comunidad.

Leyendo con detenimiento el Nuevo Testamento nos queda la sensación de que aquel pueblo era, casi siempre, vegetariano: pan ácimo, frutas secas, dátiles, aceitunas, cebollas, habas, pepinos, legumbres, algunos cereales, potaje de lentejas y alguna que otra vez, muy espaciadas, pescado. Los hebreos desconocían el azúcar y su principal fuente calórica era el aceite. La carne, sobre todo la de cordero —por demás un bien muy costoso— se preservaba para el sacrificio en el templo.

Es posible que en la Pascua (Pesaj), después que el sacerdote degollara el animal y ofrendara su sangre a Dios —y se quedara con una parte, la mejor, en pago a sus servicios—, la familia se llevara la carne restante para la casa y, como una excepción anual, la comieran.

«No quedará nada de él (el cordero) para la mañana siguiente; si sobrare alguna cosa, la quemareis al fuego».

Las aves capturadas —no era habitual la crianza hogareña— se comían a veces, pero resultaban sumamente caras, ajenas al presupuesto de una familia normal. Los grillos, langostas y saltamontes, los únicos permitidos, pues los demás insectos se consideraban anatema, eran una comida común y, esto lo sabemos hoy, una apreciada fuente de proteínas.

De esa única proteína vivió Jesús durante su estancia de cuarenta días en el desierto.

En los Evangelios del Nuevo Testamento se cuentan 27 milagros realizados por Jesús de Nazaret. Tres de ellos tienen que ver con la alimentación:

  • La pesca milagrosa en el Mar de Galilea.
  • La conversión del agua en vino durante las bodas de Caná.
  • La multiplicación de los panes y los peces para la multitud de sus seguidores. Este último milagro es el único que aparece narrado de una u otra forma en todos los Evangelios.

Observe que ninguno de estos milagros tiene nada que ver con carnes de res, carnero o aves.

En la Ultima Cena, uno de los acontecimientos evangélicos más conocido (y pintado por los grandes maestros, entre ellos el soberbio fresco de Leonardo DaVinci, y filmado, y representado, y utilizado como tema para libros de todo tipo, incluyendo, por supuesto, El Código DaVinci, escrito por Dan Brown) Jesús solo brinda pan ácimo y vino.

«Comed (el pan), este es mi cuerpo; bebed (el vino), esta es mi sangre».

El párrafo anterior es, realmente, una reducción simple de un discurso más largo y sustancioso de Jesús poco tiempo antes de enfrentarse, por decisión propia, a la tortura y la muerte, pero refleja muy bien el valor de estos dos productos, el pan y el vino, para los judíos.

La sal también tiene una estrecha relación con la Ultima Cena, pero negativa, pues Judas Iscariote, el traidor, la derrama sin querer, sobre la tabla donde se disponen los comestibles, y así se forja el mito de la mala suerte y la sal vertida.

Mito, superstición, que ha perdurado hasta hoy en muchos pueblos y culturas. El hecho podría explicarse sociológicamente, teniendo en cuenta que la sal era difícil de obtener —era carísima—, por lo que su pérdida resultaba casi insustituible.

Quizás, y solo quizás, ese sea el fundamento de una superstición tan arraigada.

Una nota final sobre la gula.

La gula es un vicio y además es un acto de mala educación. También, para los cristianos es un pecado capital, uno de siete, y como tal se describe en la Biblia. Los proverbios del Viejo Testamento son durísimos —todo es duro y asfixiante en el Viejo Testamento— para con los golosos (los practicantes del pecado de gula), recomendando…

«El cuchillo al cuello para detener el mal».

¡Terrible!

Dante, en su Divina Comedia, condenó a los practicantes de este vicio a permanecer entre dos árboles cargados de frutos sin poder alcanzar nunca ninguno de los dos, padeciendo así hambre por los siglos de los siglos.

Stalin, Mao, Pol Pot y sus devotos, deben haber estado encantados con semejantes (tanto el cuchillo al cuello como los dos arbolitos frutales) castigos…

Siempre y cuando no se les aplicara a ellos.

¡Claro está!

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