La ciencia cojea en el agujero negro del lenguaje

Literatura y Lingüística

Por: María Eugenia Caseiro

Heidegger, quien desarrolló la fenomenología existencial, propulsa la filosofía a partir de una nueva interpretación del mundo y del hombre por medio de la que puede escucharse la voz del ser: “el ser es lenguaje y tiempo” nos dice, y los prejuicios y expectativas como consecuencia del uso del lenguaje, se interponen entre nuestro contacto con las cosas. Su escuela existencialista denuncia las habilidades etimológicas en las que ciertos criterios idealistas pretenden que una palabra valga, no por lo que significa con arreglo al desarrollo histórico de su empleo real, sino por lo que debería denotar dado su origen.

Volviendo sobre uno de los ensayos que conforman mi libro ESCRIVISIONES (Miami, 2002), ¿acaso hay una ciencia capaz de recoger el cuerpo espacial y cifrado de las voces, convertirlo en el monolito decantado arquetípicamente del lenguaje, para tratarlo como se trata un cuerpo físico? La riqueza, el volumen que ha ido adquiriendo esa riqueza conceptual del lenguaje humano, es un caudal semántico que corre paralelamente a ese otro de la interpretación en base al especulativismo. A diferencia de la semántica, la lingüística, de mayor predisposición científica, estudia la estructura de las lenguas naturales, su evolución histórica, configuración interna y hasta el grado de comprensión y el conocimiento que los hablantes poseen de su lengua, entre otros aspectos.

¿Por qué podemos tener una interpretación propia del mundo que nos rodea guiados por la manifestación de las palabras, ya sea de una palabra por sí misma o de un conjunto articulado como estructura formativa del lenguaje? ¿Podemos someter a las palabras, someter al lenguaje, acomodarlo a conveniencia? Esto sucede de forma natural y espontánea sin que en ello tenga que ver el conocimiento o la cultura del individuo; o bien, usando esa cultura, ya sea para un análisis profundo y propio de un vocablo x, como para crear otro de uso personal. Por ejemplo, el término escrivisión, que he creado y utilizo como título para el ensayo citado al inicio. De manera que -y esto es semántica- sumada la combinación de las primeras cinco letras del verbo escribir (lat. scribere) que significa representar las palabras o las ideas con signos convencionales trazados en papel u otra superficie, con la palabra visión (lat. visionem) que es la percepción por el órgano de la vista, pero que a su vez asume el concepto de la percepción imaginaria y la representación de la memoria (todo ello utilizando los apóstrofos correspondientes a las reglas ortográficas y fonéticas) da lugar a este vocablo, escrivisión, de un léxico como ese que puede usar cualquier persona cuando concibe una palabra  y no obstante, como voz, no tome en cuenta a la Real Academia, escape o no de las reglas gramaticales, aunque sirva al propósito de comunicar, característico en el ser humano. “…la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.”, sentencia Gustave Flauvert en Madame Bovary. La palabra, por encima de toda intención, desde la legitimidad de su alma de acepción prehistórica, se revela ante la imperfección y hasta la indolencia de la historicidad.

El habla se fue componiendo con el uso del llamado protolenguaje (primeros vocablos) y posteriormente hilvanando por medio del uso de la sintaxis (ordenamiento o enlace de las palabras en una oración). Las palabras, que con el paso del tiempo han venido transformándose, o simplemente se han ido reajustando con el cambio de una sociedad a otra, de una lengua a otra, nos han servido para nombrar estos elementos originales y capitales que forman parte de la existencia. Aunque al hablar usamos un lenguaje en el que las palabras nos están dadas para nombrar todo lo asociado a un concepto equis, los conceptos solo se ajustan a éstas de manera sistemática mientras que el lenguaje es afectado por caprichosas torceduras que arrastran consigo a la denominación de los conceptos. Según el filósofo español Gustavo Bueno, “sólo a través de los conceptos, podemos, en nuestro presente, enfrentarnos con nuestro mundo de un modo crítico (una crítica que puede afectar, desde luego, a los propios conceptos).”

Humboldt, lingüista y humanista reformador del sistema educativo en Alemania, en su Tratado Sobre la Diversidad de la Estructura del Habla Humana, concedió al tiempo, debido al creciente desarrollo de ideas, el aumento en la capacidad reflexiva y una mayor sensibilidad del hombre, el poder de introducir en el habla lo que anteriormente no poseía, sin ser por ello modificada en sus sonoridades, formas y leyes; sin embargo, en “Confesiones”, San Agustín se expresa acerca de un significado cabal para la voz cogito, derivación del verbo cogitare, que significa pensar, la que dice queda reservada a la función del alma, y de la que afirma sólo puede usarse cuando se trata de recoger lo que se ha juntado, no en un lugar cualquiera, sino en el alma. Más allá de ese pensamiento de una memoria prehistórica, que se supone obedece a un fondo común, o la memoria del alma de la que habla San Agustín, aún cuando en su trayectoria hasta nuestros días, la diversidad de escuelas filosóficas se hayan encargado de especificar, desglosar y pormenorizar términos, no se logra adecuar la producción cambiable del lenguaje a la condición prehistórica e imperecedera del concepto. Dice Nietzsche que “Hay muchas cosas que no se quieren saber, pues la sabiduría pone límites hasta al conocimiento.” Hasta qué punto puede hablarse de un referente científico abarcable, cuando se trata de  poner en una especie de microscopio lingüístico los conceptos que hemos ido encasillando en los sonidos y grafías del lenguaje a través de generaciones, si dada la magnitud de esas manifestaciones originales y capitales llamadas conceptos, en confrontación con el revolucionario desempeño de la vida en su recorrido hasta nuestros tiempos, no abarcan en toda su plenitud y encanto, la realidad y la virtualidad simultáneas de su razón.

El compendio de las palabras, según la lengua, esa especie de cuerpo físico que la recoge en la mayor extensión posible, es el diccionario, que ha servido para -organizadas alfabéticamente- identificar a las palabras por su significado, incluso para continuar añadiendo las que por medio de transformaciones se suman al enriquecimiento del habla humana. El diccionario intenta ser una producción fabulosa que, aunque sirve para satisfacer las necesidades en lo que a conocimiento estándar se refiere, como toda creación humana, se escapa de la perfección y, en no pocas oportunidades, dista de ofrecernos lo que por naturaleza de esa memoria prehistórica (o del alma), exige la legitimidad del concepto y la esencia fundamental de la existencia. No hay una fórmula ideal para establecer la diferencia entre tales estándares y la dimensión expresa en el concepto al que se le adjudica o se asigna una palabra; al menos deberíamos contar con la aceptación de tal diferencia porque a todo ello están innegablemente vinculadas la condición elíptica, al tiempo que la evolutiva, tanto de la mente como de la necesidad de información del hombre de todo tiempo.  Así lo ilustra Cavafis: “El griego se habla aún (…) / Fatalmente se extinguirá de lo helénico, / pero aún resiste como puede.”

Con ayuda del diccionario enfrentamos el fascinante ámbito de los conceptos, de las palabras que nos sirven para nombrar, calificar, y ambiguamente para profundizar y/o limitar esos conceptos a una envoltura específica. Con ayuda de la lingüística convenimos ante ese cierto grado de imperfección, en contraste, y por ende en lo relativo, en lo ambiguo. El conflicto entre la búsqueda del conocimiento y la evidencia que nos pueda llevar al mismo, permite establecer un margen de aproximación al error entre palabra y concepto, este último en su acepción primigenia, se hace cada vez más resistente al sedentarismo y a medida que sabemos que existe ese margen y teniendo en cuenta la diversidad de condiciones dadas para la formación de las diferentes lenguas, convenimos en que el lenguaje es un armazón movible, mutable, y se desplaza paralelamente al tiempo y en dependencia del espacio en que esté convenidamente dado, por ende la universalidad de los conceptos requiere de constante actualización como la ciencia misma, como ha de requerirlo la lingüística.

3 thoughts on “La ciencia cojea en el agujero negro del lenguaje

  1. Muy bueno. La explicación que abarca lo filosófico, lo semántico y por ende lo lingüístico es claramente descrito como el hecho de la palabra.

  2. Mis felicitaciones María Eugenia Caseiro por este excelente ensayo en donde analiza un tema tan esencial dentro del desarrollo evolutivo del ser humano como es el lenguaje.

  3. La puja entre el significado y el significante, la puridad del idioma, los modismos, regionalismos, neologismo y otras lindezas hacen del trasmisor (el lenguaje) un tenso y vibrante medio que no siempre logra el cabal entendimiento entre el trasmisor y el receptor. Las disquisiciones de nuestra ilustrada Caseiro viene a recordarnos cuantas asignaturas, aún, tenemos pendientes en estos menesteres.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*