Julio Benítez y la humanidad de los dioses

Literatura y Lingüística

Manuel Gayol

La reunión de los dioses*, novela de Julio Benítez, no es una fábula de una trama única, sino un conjunto de historias —hilvanadas por la repetición de los personajes y el mismo contexto— que a modo de laberinto conforma una panorámica en busca de un sentido general y al mismo tiempo unificador de lo que podría llamarse un triángulo de identidad, desarraigo y nostalgia.

Es un testimonio fabulado de cómo un grupo de personas sienten, padecen, defienden o rechazan y ven la Cuba de 1959 que —como bien dice su contraportada— a partir de ese año “cambió todos sus ejes sociales y políticos”. En otras palabras, cambió su ubicación en el mundo occidental, para convertirse en su propio laberinto de laberintos, en el que los mundos individuales de los personajes se proyectan en una especie de enriquecedora locura del discurso narrativo y de la vida misma.

Entre tantas cosas, una de las cuestiones relevantes en esta novela es que su visión nacional está dada desde la perspectiva de la ciudad de Guantánamo, en el oriente de la isla de Cuba, rompiendo con el estereotipo de lo provinciano y demostrando que lo local puede ser lo universal y viceversa.

Su universalidad está dada por el narrador, que parece ser la propia conciencia —vista desde una perspectiva objetiva— de cada uno de los varios protagonistas que se proponen en los diferentes capítulos (capítulos que en realidad guardan una relación funcional entre ellos mediante vasos comunicantes de relatos independientes que se conectan). Lo que, a mi modo de ver, hace que el narrador sea siempre un coprotagonista, y que la novela se vaya vislumbrando como una especie de memoria catalizadora, por medio de la cual el narrador intenta, casi todo el tiempo, provocar el ánimo o desánimo existencial de un protagonista necesitado de explayar al mundo sus vivencias.

Por otra parte, se aprecia una fuerte relación biográfica entre el autor Julio Benítez (autor aun cuando aparece como personaje referencial) y uno de los coprotagonistas llamado Buenafé Olivos Verdes. Esta relación demuestra una paradoja de separación-acercamiento entre el autor, los narradores y los personajes, creando una interrogante disyuntiva de ¿quién narra realmente? Así, uno de los aspectos que contribuyen a la verosimilitud de la novela es que —aunque existe la separación mencionada entre los tres tipos de participantes agónicos— en el mismo discurso se encuentran los vectores de tensión entre todos ellos, creando una atmósfera álgida y armónica en muchos momentos de las diferentes acciones narrativas. Esta atmósfera es de lucha y acercamiento, de contradicciones y complicidades.

Los distintos personajes que intervienen se confunden con el narrador (de aquí esta multiplicidad del punto de vista); o sea, todos narran, por lo que nadie puede ser omnisciente. En todo caso, en ocasiones, el narrador toma la perspectiva de distintos agonistas, para ser un narrador de conocimiento objetivo, como ya dije.

Desde la primera parte, se advierte cierta madurez y dominio de un lenguaje rico por la multiplicidad del mencionado punto de vista; asimismo por la diversidad de temáticas que inciden en la vida cotidiana no sólo de la ciudad de Guantánamo, sino de toda Cuba y, a veces, del mundo. Pero, al mismo tiempo, se siente —por su contexto de rabia y dolor— que la diversidad aquí tiene su centro en un sentimiento humanista de la vida, en el que también aflora, indiscutiblemente, el amor nostálgico del autor por su isla dejada atrás. Un amor real: amargo y feliz, intelectual y popular: vívido. De modo que esta novela se puede leer a su vez como un inventario de recuerdos y sentimientos.

Por supuesto que su lectura correría algún riesgo, como es el hecho de que un tipo de lector pudiera confundirse a la hora de no hallar una línea conductora de una trama lógica entre personajes que conlleve a una única historia, como ya propuse al principio, pero ello se resuelve (y hasta se supera) en una visión de narrativa de posboom, en la que se inserta felizmente esta narración; es decir, una clase de acción múltiple característica de los tiempos posmodernos, en la que se dinamitan los cánones novelísticos del encuentro con un exclusivo entramado conducente a predominar al modo de una sola fábula o historia dominante, en lo que recuerdo fue una primera parte del siglo XX, pero que desde los años de la década del 70 dichos cánones empezaron a desintegrarse.

Es justo que advierta asimismo de los deslices, que corresponderían tanto al autor como a la edición; pero que para ser más exacto incluso diría que son problemillas del lenguaje, como una que otra coma de menos o de más, leves asuntos de artículos gramaticales, palabras pegadas, repetidas, preposiciones en expresiones que no las llevan, algún que otro tropiezo de coordinación o de número, etc., dentro de un esfuerzo creativo de 431 páginas. En fin, errores por distracción que habría que tener en cuenta para una nueva edición. Pero que, en realidad, no constituyen un agravio mayor a la hora de valorar esta novela que presenta de manera esencial muchos aspectos importantes como lo puede ser un encuadre digno dentro de la buena literatura.

Y hablando de edición, para hacer honor a la verdad, hay que reconocer que por encima de estos desaciertos, en el proceso de análisis de la impresión se percibe el intento por cuidar lo más posible la estructura del lenguaje, su sintáctica y semántica, el léxico —que es muy cubano— y también la preocupación por mantener la dinámica literaria en el uso del castellano.

En sentido general, La reunión de los dioses es una novela para satisfacer la avidez de un lector que busque lo cultural; que tenga apetencia por ampliar su horizonte literario, humanista y político de Cuba —si es que lo político pudiera separarse de la cultura, una idea, en realidad, interesante a indagar. En un sentido de novela abierta, descriptiva de problemáticas sociales, y en el que lo político no pierde su corporeidad literaria, es en verdad para un lector específico que no pretenda el solo hecho del entretenimiento pasajero.

A mi juicio, otro de los aportes es que mantiene una apertura —a modo de ángulo abierto hacia el infinito— hacia una aparente y constante digresión, lo cual es algo que caracteriza bastante la misma forma de habla del cubano. Esto es uno de los sellos de la cubanía de esta novela. Su proyección de ángulo abierto es indicadora también de lo inagotable que es la vida, que se asemeja asimismo a la naturaleza de interrelación de los libros, en los que su afán es la vida misma, así sea realista o fantástica, o en sus mezclas y matices.

Todo lo anteriormente expresado conforma un camino que conduce al sentido de la libertad, en su mayor y mejor acepción. De modo que el estímulo de la libertad se refleja en el propio desbordamiento del lenguaje; en la explosión de criterios políticos y sociales, conversaciones, ideas, críticas y comentarios, ironías, fábulas, sarcasmos y hasta mordacidad de los múltiples personajes que intervienen. Toda la novela se busca a sí misma como multiverso espacial y temporal de un diapasón que comienza en Guantánamo y termina en Los Ángeles, California, como podría haberlo hecho en cualquier otro lugar del planeta.

Entre tantos temas que, obligadamente, se relacionan con el sentido de la libertad, encontramos lo gubernamental y mandatorio, lo represivo y discriminatorio (con las distintas problemáticas de un contexto abarcado por lo ideológico, lo político en sí mismo —en Cuba toda la realidad es política— que definen a las claras los abusos de un régimen totalitario mediante el miedo a la Seguridad del Estado, la policía, el ejército, la vigilancia y la delación, entre tantas cosas). Asimismo, la libertad aplica aquí a lo religioso, el caso de la santería, el catolicismo y otras tendencias; los temas amorosos y sexuales; el choteo, el alcoholismo (casi todo el mundo bebe en la Isla); el juego de la bolita (con su charada numerológica y simbólica que incita incluso a los rejuegos metafísicos); el racionamiento y su libreta o cartilla de consumo y, por supuesto, la bolsa negra, como productos objetivos de una falta de libertad consustancial del ser humano, y que ya forma parte fehaciente de la historia contemporánea de la Isla.

Del sentido de libertad (o más bien, de la necesidad de la libertad) podemos pasar a un derroche de lo imaginativo, dimensión ineludible de la buena literatura, en la que uno de los personajes representativos de esta condición es Makarov el Yuma, cuando se adentra en un rompimiento del espacio y pasa de ser un mísero del socialismo a un mísero del capitalismo; cuando brinca la barrera del tiempo (pp. 275-78) y se convierte en un homeless no sólo en Los Ángeles, sino también en San Francisco, y se alimenta de su propia imaginación, de su propio Caimán, y confunde y trasunta la Isla en la misma California, como sucede en las estructuras de los sueños más clásicos.

Podría decirse que asimismo La reunión de los dioses es la novela de la emigración-inmigración, sentido dual porque en estos personajes cubanos se mezclan el sentimiento de la partida (de cómo se sale de esa Isla del Diablo), el de la nostalgia posteriormente y el sentimiento de la confusión ante el Nuevo Mundo que se abre como la boca enorme de algo gigantesco que se lo traga a uno. En estos personajes cubanos se combinan el terror de las prisiones, de la censura total, de la discriminación total, con el terror de un futuro incierto, desconocido, lo insólito y sorpresivo de lo más moderno de las tecnologías con los miedos y miserias de lo más mundano en su descomunal diversidad.

Es así el ser cubano —en la ficción y la corporeidad— un abanico de posibilidades, en las que se enfrentan la diversidad de un grupo de individuos ante la monotonía de un mundo totalitario y más tarde, por parte de algunos personajes, la diversidad total de un mundo extranjero. En este último sentido es el ser contra el mundo, en una lucha vital, en la que sólo se será vencedor por un tiempo: este hombre, al igual que todos los hombres y como pieza de un colectivo, es un problema de tiempo; sucumbe siempre frente al tiempo; y tampoco como identidad perdura porque cambia, se transforma, allá en la Isla o en el exilio. Sin embargo, contrario a todo, a pesar del desgarramiento y el desarraigo, sigue siendo cubano. ¿Cómo entonces se entendería esto? Pues por la compleja razón de que el cubano ya es sinónimo de una identidad de la paradoja; es todo reverberación; es como la marca de algo que indica “cambio”, contradicción”, “sorpresa”, “incertidumbre”, “potencialidad”, “posibilidad”. Pero que si se es “cubano”, es porque todo lo anterior está centrado por algo muy fuerte y profundo que se llama imaginación.

El cubano, en su propia contradicción, es el que se cae y se levanta, aunque no importe que al final de la vida, por supuesto, esté la muerte. La muerte para el cubano —aun pareciendo lo contrario— no es un dilema, sino un recurso para seguir obteniendo la atención hasta los últimos momentos. El suicidio, incluso, es otra parte de su manera de ser, de su naturaleza de contradicción, porque esta tendencia se encuentra en lucha perenne con su resistencia a la muerte, con su persistencia de vivir por encima de todo. Lo que significa que el cubano también se comporta como un ser extremo.

De la libertad y la imaginación entramos en el ámbito del humanismo como drama. Una página antológica en este sentido, de las tantas que pudieran leerse aquí, es la del subcapítulo “La prima Cary” (p. 284), quien supuestamente pretende ayudar a su primo que acabó de llegar de Cuba:

Yo no sé cómo calificar mis sentimientos con respecto a él; pero, para decir la verdad, yo estaba espantada. Lo conocía desde niño y el que llegó fue como una sombra, una armazón de huesos que, con el contraste de la luz en California, lo hacía lucir como un mulato viejo y perezoso. Todo en él era lento, con la única excepción de su palabra. Yo me preguntaba, cómo se iba a ganar la vida cuando parecía estar totalmente paralizado en el pasado, del que hablaba continuamente, y no daba muestra alguna de que pudiera echar para adelante en este país.

“Pero, prima, es que yo no tengo idea de cómo luchar en el capitalismo. A mí me enseñaron desde chiquito, que te lo dan todo; los estudios, la comida, la ropa, la casa, la atención médica y el trabajo son ofrecidos o administrados por el gobierno. Me siento como un niño chiquito en el medio de la calle, sin padres que me cuiden” .

Es una revelación demasiado humana, por esencialmente real, del drama cubano ante el mundo después de 1959. La presencia de este ser ante la nueva vida es de pura interrogante; es de ambigüedad e incertidumbre; para un individuo dado parecería de aplastamiento; para un colectivo, como es el mismo pueblo de la Cuba actual, aun más; podría ser el sentido de una verdadera Odisea, que no se resuelve ya en la historia y el presente, sino en la incertidumbre del futuro; un futuro irremediable de luces y sombras, de miedo y de esperanzas.

En definitiva, recomiendo leer esta novela, como si le aconsejara a un joven escritor una receta amplia, compleja pero abierta, para conocer este mundo, y en específico la problemática de esa isla caribeña. En ella como en la vida encontraremos una buena cantidad de aspectos humanos ensartados como en un puzzle, un laberinto de memoria testimonial, o como dice Roberto Fontana en la contraportada del libro:

Cada persona constituye un paralelograma de conductas que tienen como resultante todas las interrogantes sabidas de la condición humana: la infidelidad, los falsos amigos, la intolerancia, los demonios de cada época, las creencias, en fin, todo un rico retablo de las individualidades de los hombres que hacen rico el mundo presentado.

Por último, si quisiera resumir en breves palabras todo lo anteriormente escrito, me atrevería a decir que hay novelas que desbordan humanidad, y La reunión de los dioses es una de ellas.

*La reunión de los dioses
(novela, Estados Unidos,
Cursack Books, 2007).

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