Jesús en la glorieta

Autor: Juan Bautista Durán


Menos mal que los destellos nos pusieron alerta y avivaron el ánimo. Estábamos cansados de esperar, y encima con los niños, más impacientes todavía. ¿Quién les cuenta a ellos que si el oro, el incienso y la mirra? Los mayores poníamos cara de circunstancias, y contra el viento encendíamos un cigarrillo tras otro. Cómo estaría la calle a esas horas, tiesa y nerviosa, las criaturas dando voces de aquí para allá y los farolillos agotados. Nos preguntábamos si acaso habían cambiado de ruta, tal vez otras calles, o incluso si ese año al pueblo ya no venían y debíamos desplazarnos a uno más grande. Yo estaba dispuesto, con tal de no esperar más en la tarde fría; pero hubo uno que se apresuró a disuadirnos con un “no” firme y contundente. También los niños decían no, no y que no, los Reyes van a venir como todos los años. 

Las costumbres crean una sed imposible de saciar, es difícil sustraerse a ellas, por más que la demora superase ya los tres cuartos de hora y algún niño estuviese a punto de retirar su fidelidad a los Reyes Magos en pos de Papá Noel. No seas bobo, venga, le animó la madre. A lo peor, sugirió otro y no sin criterio, habían tenido un percance en la entrada del pueblo. El Ayuntamiento colocó ese año el belén en la glorieta nueva, una decisión que no había gustado demasiado. Lo lógico era que lo hubieran puesto aquí, decían, como se hacía antes. Pero conviene sacar al niño Jesús de la iglesia y sus alrededores, opinaban otros, para llegar a más gente. ¡Pues anda que no hay sitios bonitos!

La glorieta no era del agrado general, pero ahí nos podíamos llegar y así por lo menos nos movíamos. Éramos una cincuentena de personas, reunidos en pequeños corrillos donde el vaho y el humo de los cigarrillos formaban un mismo ambiente. Hacía tiempo que algunos no fumábamos tanto. Los niños se nos agarraban a las piernas o daban tumbos con los farolillos. Cuando unos cuantos optamos por acercarnos a la glorieta, el mismo vecino de antes nos reconvino. Tienen que venir a la plaza de la iglesia, dijo, aquí está preparada la recepción y es tontería que nos alejemos. Los demás nos miramos, y quizá por pereza, quizá porque el frío nos había agarrotado el cuerpo, le hicimos caso. 

El momento en que las carrozas toman la calle que conduce a la iglesia es bonito de veras, una imagen que hasta a los mayores nos pone la piel de gallina, con sus luces, la música y los pajes animando el desfile. No daba la impresión de que anduvieran cerca, sin embargo. Los niños mayores iban de un lado para otro de la calle, mensajeros sin nada que traer, la cara de disgusto tan sólo, mientras los demás empezábamos a discutir en torno a la conveniencia de la glorieta. Tantas horas dedicadas a ese tema, y bueno, qué se le iba a hacer, unos decían que era un despilfarro y otros un proyecto de futuro pues el pueblo iba a crecer por ahí. La cuestión era que mejor nos acostumbrábamos a ella. Estaba hecha y peor sería quitarla. 

Hubo un accidente allí ese año. Un coche que entraba al pueblo midió mal y volcó, chocando en su caída con otro que iba en sentido contrario. Está mal hecha esa glorieta, sentenció el vecino que nos había impelido a esperar en la plaza. Él era el conductor del coche que volcó, por eso los demás nos abstuvimos de dar nuestra opinión. Para él seguro que estaba mal hecha, no se lo íbamos a discutir. En su mirada advertí un brillo similar al de los niños, de ahí su estrés, pensé, como si hubiese puesto la misma ilusión de aquéllos en la llegada de los Reyes. ¿Acaso esperaba que en una de las carrozas viniera envuelto un coche nuevo? El suyo quedó para desguace, no sé qué tal el que embistió. Suerte tuvieron de que nadie sufriera lesiones graves, ése fue su regalo. 

En el reloj de la iglesia iban a dar las ocho y media cuando surgió el destello en lo alto de la calle. ¡Ahora sí, ahí están!, gritaron algunos. Fueron uno y otro, y así hasta cinco. Un calor intrépido nos recorrió el cuerpo, ya casi la magia, dirían, y vi cómo el vecino de antes salía a paso resuelto detrás de los niños. Se le notaba que quería correr, que se estaba conteniendo. Un coche del Ayuntamiento dobló entonces la calle para llegar a la plaza, los niños detrás de él, de pronto cariacontecidos. Uno tiró el farolillo, nadie se lo tuvo en cuenta. Habría que volver a explicar demasiadas cosas. A la mierda, se escuchó luego. Detrás del coche del Ayuntamiento no iba ningún carruaje.

Pararon en el centro de la plaza, a pocos metros del entarimado. Todos nos agolpamos alrededor del vehículo. Yo arrojé el cigarrillo al suelo como si me dispusiera a acometer un acto de vida o muerte. Un empleado del Ayuntamiento, no un paje, bajó la ventanilla y nos informó de que Sus Majestades no iban a llegar a la plaza. Las carrozas habían encallado en la glorieta, y como ahí estaba el niño Jesús decidieron que ése era el sitio donde recibirían a los niños y niñas del pueblo. Así lo dijo. Y añadió que en esos instantes estaban ofreciendo el oro, el incienso y la mirra al infante elegido, en su calidad de Rey, Dios y Hombre. 

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