El imperativo de un ensayo: Los naipes en el espejo

Críticas y Reseñas

“…en medio de este cuadro tan vasto, tan nuevo y tan confuso, descubro algunos rasgos principales que sobresalen, y voy a indicarlos. “

La democracia en América/ Alexis de Tocqueville

I Los naipes y la condición de igualdad y de vida

Parafraseando la famosa frase del hálito bucólico mediante el cual Paul Celan expresó la agonía de la poesía, “La poesía ne s´ impose plus, elle s´ expose”, Los naipes en el espejo, estudio sobre mitos y realidades en la cultura política norteamericana contemporánea (Neo Club Ediciones, 2016), tampoco trata de cohibirnos sino estimularnos a repensar la desigualdad en el ámbito de la naturaleza política. En estos ensayos la secuencia de los hechos históricos no se impone por causalidad trivial, aun cuando los quisiera blandir el autor, sino en el rigor de la exposición de acuerdo al referente empírico en el marco del desenlace de las explicaciones lógicas y racionales.

Un observado agudo y estudioso también de la democracia norteamericana, Alexis de Tocqueville, adujo el mismo procedimiento de la historiografía a la hora de emprender quizás el examen gubernamental más ambicioso y exhaustivo sobre la cultura política de América en la primera mitad del siglo XIX. En La democracia de América como en Los naipes en el espejo los hechos históricos contribuyen por sí mismos a dar cuenta, sin la necesidad que se le adhiera detrás un aparato teórico y conceptual, cómo lo produjo el teorema del mito de la igualdad de condición y su engaño. Tocqueville había apreciado con perspicaz sabiduría en un estudio anterior, El antiguo régimen y la revolución, cuáles fueron las motivaciones que determinaron a que se pasara por alto, entre pensadores y hombres de estados de su época, la realización de someter a escrutinio el sentido de igualdad de la Revolución Francesa.

En el desciframiento del mito de la condición de la igualdad, consuetudinario y aspirante a la secularidad inmortal -mediante la cual la democracia americana fue manipulada desde entonces-, Tocqueville puso en evidencia a posteriori cómo las acciones del partido demócrata iban a estar condenadas a pasar por republicanas y las del partido republicano por demócratas. Nunca sería desdeñable observar, oteando en los intríngulis del tejido social, a partir del juego de los naipes, la forma en qué fue moldeada bajo los dictados de la igualdad de condiciones la mentalidad y el espíritu de las generaciones. Esto solo constituiría un tema aparte.

No me equivocaría con aducir un testimonio ejemplar: uno de los críticos acérrimos de la cultura política norteamericana, el sociólogo y neo-marxista francés, Jean Baudrillard maneja el argumento de la igualdad de condición como referente conceptual para exponer en el ensayo América la tesis de que en Estados Unidos imperaba décadas antes de la política del simulacro, la ilusión y la hiperrealidad. Dado que la igualdad de condición era la igualdad en todo y para todo, en la política principalmente, los norteamericanos cada vez más deberían asegurarse la imperiosa necesidad de la construcción de la otredad a partir de sus propias imágenes ilusorias. No sé hasta qué punto la óptica ilusionista de la ‘igualdad de condición’ contribuyó y propició a que los naipes en la política se trastocaran con esa hiperrealidad, como lo demuestra Armando de Armas en su ensayo. Lo cierto es ha habido una tendencia ilusionista propensa a ocultar los verdaderos roles de la política norteamericana. Si los republicanos promulgaron las principales leyes de los derechos civiles y los demócratas se las adjudicaban simbólicamente para usarla en la retórica del discurso político, justifica de algún modo cómo y por qué los demócratas jugaban con la óptica de la igualdad de condición.

Los altisonantes slogans de la retórica del partido demócrata desde 1860 provienen del principio de igualdad divisible. No en balde Tocqueville señalaba, para evitar en el futuro un resquebrajamiento de la democracia en América, implementar medidas que impidieran a la democracia caer en la tendencia conformista, hasta entonces lograda. Sugería un proceso ascendente de la democracia en América. El propio Emerson, estimulado por el gran estudio de Tocqueville, escribió por entonces lo que se conocen los Ensayos una declaración de la independencia literaria. Naturalmente, hasta donde alcanzo a ver, el análisis que proporciona Armando de Armas, a partir de los hechos que aduce, prueba fehacientemente que el nudo gordiano de los naipes en el espejo constituía un reflejo de la desacralización del espíritu de la igualdad de condición. De esa sacralización del espíritu de la igualdad, surgieron y se perpetuaron durante el desarrollo del siglo XX ciertas ideologías con el propósito inesperado de golpear el ideal fundacional de la Constitución Americana.

Acto seguido, la democracia en América se vería invadido por el uso del concepto de la condición de vida. La condición de igualdad y de vida se convirtieron en el debate y puntos esenciales de la democracia antes de la guerra. De ahí que lo pauperismo de la condición de vida constituyera el tema central en el análisis de la economía política. Hasta 1860, antes de producirse la guerra de secesión y fundarse el partido demócrata, el punto crucial del pensamiento de la democracia en América pasaba por la exégesis de la eliminación de la pobreza. El conservadurismo se negaba aceptar que la ética del bien se ligara con la idea de la sinergia del progreso: para suponer lo mejor en el futuro. La idea de futuridad, que convendría en el mejoramiento de la vida humana, creó las condiciones ideo-políticas para la fundación del partido demócrata.

Para entonces, el partido republicano-democrático, que ya retrospectivamente miraba la vida de los primeros tiempos constitucionales irrecuperables, veían asomarse en el juego político los naipes sobre la mesa. El tono plañidero de los partidarios a la condición de igualdad mediante un conservadurismo en retirada, en los días próximo a la guerra, era casi proporcional a la ética de lo irreparable.  Para los futuros demócratas había surgido una ciencia política a su favor. La ciencia que reina hasta hoy en día: la economía política de las masas en depauperación. En 1850 Thomas Carlyle la bautizó con el mohín de dismal science, al parecer la ciencia de las atribuciones del mejoramiento imponderable.

II La tematización

Visto así el marco de la proto-escena de las cosas, debo reconocer a partir de ahora que la descripción que revela Armando de Armas es crucial y determinante. En gran parte de la existencia del discurso de la retórica de la filosofía política, el buenísimo es insuperable y también lleva oculta la lógica del avestruz. Se esconde, desde luego, mitificándose a sí misma.  De hecho, no le cabe, por defecto, otra posibilidad que resistirse a tener que aceptar y otear en el fondo los problemas bio-políticos, al propagar  la verosimilitud del peligro sobre la humanidad. Peligro que no radica, por supuesto, en los hechos estrictamente políticos, sino también trascendentales, legislativos, severos a las raíces mismas de la existencia de la condición de igualdad y de vida.

El libro de Armando de Armas cuenta hoy con una edición ampliada y revisada. Los naipes en el espejo cuyo subtítulo reza:  un estudio sobre los mitos inducidos en el imaginario político norteamericano, de cara a las elecciones presidenciales del 2016 se reeditan en un momento de complejidad política en la vida cultural de los Estados Unidos. Voy a enumerar los principales hechos y aportaciones del texto. Los temas (constituyen un marco teórico envidiable) a examinar serian:

El renacimiento, el espíritu de la época

Los derechos civiles

La emigración

La Cleptocracia personal y gubernamental

La demagogia y populismo

La libertad

Visto en su conjunto, empírica y descriptivamente, los temas aducidos arriba no son otra cosa que la capacidad de representación teórica del autor a la hora de practicar un ejercicio de abstracción metódica.  Sin avisarlo en el texto, sin que tener que mencionar una sola palabra, el autor ha realizado, a partir de la elección de los temas, una reducción fenomenológica de los hechos y las descripciones. Ha elaborado, sin mencionarla, una teoría para rendir cuenta sobre el fenómeno de impostura política. Los cinco puntos temáticos antes mencionados reducen a los hechos a imágenes concretas, formando un modelo y una forma de pensar. ¡Entonces hablemos como adultos!

Mientras el partido demócrata elaboraba sus construcciones políticas e ideológicas a partir de la demagogia, el republicano se ocultaba detrás de esa línea de progreso en la constante imparable idea de pobreza y la esperanza de mantener la ilustración.  La condición de igualdad, sumada a la de la vida, configuraría un espectro sombrío sobre la cultura política y cognoscitiva del destino estadounidense ocultando una masa de datos complementarios evocativos de la necesidad para un renacimiento político, en una suerte de reclamo metafórico y conceptual del espíritu de la época. Solo si los hechos ocultados en su letanía conservadora tienden por sí mismo a representarse en la superficie de los condenados, el saber se enriquece. De este modo se incrementa, gracias a la investigación empírica de Armando de Armas, el caudal epistémico de la cultura política norteamericana. Ya sabemos por qué muchas cosas en la escena política no son siempre reales como se presentan.

Carl Schmitt en El concepto de lo político hubiese arrojado luz sobre la mistificación política del partido demócrata y el  desdoblamiento de las funciones del Estado con respecto al pueblo en una sofisticada guerra demagógica,  exponiéndolo  como el liberalismo en un determinado momento en que niega la democracia. En términos plurales, la aseveración de Schmitt ayuda, paradójicamente, hacer entender los desvíos suscitados en el panorama político de la democracia norteamericana.

III El espíritu de la época

¿Qué tiene en mente Armando de Armas cuando habla de renacimiento y del nuevo espíritu de la época? Estamos en el núcleo duro del libro. Al pensamiento democrático contemporáneo le es difícil entender esta idea. La observación de que “la Política en Occidente podría haber arribado a un punto disyuntivo en que o regresa, espiritualmente hablando, desde la presente Postmodernidad hacia el Renacimiento o dejaría de ser Política; y, en consecuencia, Occidente dejaría de ser Occidente; al menos Occidente tal y cual le hemos conocido por los dos últimos milenios.” es tan problemática como sugerente. Con esta problematización del regreso o vuelta a una antigua época entramos a considerar un nivel de abstracción del pensar que despacha cualquier periodismo corriente y abre el espacio para pensadores agudos. La palabra renacimiento así lo indica.

¿Por qué sería de vida o muerte regresar a una antigua época; qué ha pasado con Occidente que la política ha provocado un cambio de espíritu? El hecho está en que la democracia contemporánea ha fracasado. El concepto político de res publica (ciudadanía), sociedad civil romana de democracia, ha involucionado. Hay que regresar. De Armas es claro. Cito in extenso:

“Conforme el Renacimiento significó, en la medida de lo posible, una vuelta desde la Edad Media, entendida como la última gran época de la humanidad, hacia la Antigüedad Clásica, entendida como la primera gran época de la humanidad, podríamos asimismo estar ahora abocados a un espacio-tiempo bisagra en que, en la medida de lo posible, regresaríamos al Renacimiento, no ya desde una gran época sino desde la más chata, por decir lo menos, de todas las épocas padecidas por el hombre, lo que vendría a dar un sentido de urgencia a ese regreso: regresamos o desaparecemos, no como hombres, pero sí como hombre occidental; ese cuya divisa primera sería la libertad, el devenir del individuo.”

Aunque no estoy de acuerdo con la idea del renacimiento en el sentido político del regreso (las cosas están ahí ocultas, funcionando en una dinámica esotérica, invisible), la tesis De Armas es plausible y manda como imperio. Para la política, la realidad parece no tener otra fórmula que replantear el regreso. Las observaciones puntuales, hechas en el mismo epicentro del lugar donde sucedieron los acontecimientos antiguos, por citar a dos renacentistas contemporáneos, parecen inobjetables, sugestivas y contienen las mejores dotes del pensamiento político actual. Julius Evola (nietzscheano oculto) avizora la decadencia política de occidente en dos lujosos ensayos Rebelión contra el mundo moderno (1934) y Hombres entre las ruinas (1953) y un referente reciente, el espíritu del Segundo Renacimiento en la voz de Armando Verdiglione.  En un alegato de apenas unos meses publicados, L’operazione guru, el autor de la cifrematica expone con lujo de detalles cuales fueron las razones del peligro de la dominación actual a partir de homogeneidad cultural (o condición de igualdad).

En verdad, el ensayo de Armas provoca una distinción existencial, una forma de vida análoga a la condición de igualdad. No se trata del renacimiento que se describe en la historia del arte, sino del renacimiento en su concepto de allokronía: la antigüedad clásica no requiere ninguna reproducción representada por acción de épocas posteriores, ya que ella regresa perennemente por su propia voluntad e instinto. Aun cuando señala el problema de la época actual, De Armas se considera un hombre del renacimiento en tanto vive dentro de una época que sabe que no es su época. El renacimiento no es una huida hacia atrás, sino, como lo evoca Evola en un libro personal, Cabalgar el tigre, una forma de vida que, dentro de un modelo homogéneo cultural, cuyo precepto ideológico afecta a todos exponiéndolos ante la fragilidad de existir, tiene que ser sorteado necesariamente. La política del renacimiento no imita modelos antiguos, formas clásicas de imperios y monarquías sino recupera antiguas formas de vida donde la cultura de los individuos y las democracias fueron azuzadas por la ascética del arte y del fitness.

La crítica que realiza De Armas a la modernidad actual, cuando expresa que “el Espíritu de la Época es, como saben los que lo han padecido o se le han opuesto, socialista y paternal, sensiblero y mecanicista, inductor e impositivo, seductor e implacable, solidario y suicida, rechaza el azar y apuesta por la planificación; prefiere la repartición de la riqueza a su creación, hablar de los derechos humanos a hablar de los derechos del individuo, la sumisión a la guerra, la moderación a la libertad, los hombres flojos y las mujeres fuertes”, valoriza con urgencia la detención de la época  cultural de la condición de igualdad, no importa si está personificada  como  prontitud espantosa o como un resignado viaje por un mundo feliz, o bien desde el punto de mira de la política del totalitarismo, como una juiciosa asociación de esos mundos.

Cuando de Armas da un salto hacia atrás y evoca la Reforma Protestante no la toma en un sentido humanistas como fue representada en los programas progresistas de ilustrados filósofos y pedagogos, sino como un modo de renacimiento, del cuidado de si contra la dogmática cultural del cristianismo. A mi modo de ver, lo que ocupa a De Armas en este ensayo está directamente relacionado con la propuesta de provocar una cisura esencial contra el sistema de las medias tintas. La expresión espíritu de la época no significaría otra cosa que un código cerrado y hermético que apunta a un determinado arrendo de molde metafísico delimitado en termino cifrematico. En una de su obra narrativa insigne, Caballeros en el tiempo, se desahoga contra todo el arrebato de un autor que pretende desarmar las columnas sesgadas de una tradición del espíritu de igualdad a partir de sus experiencias.

IV Lo demás por añadidura

Empezando por la ultima temática, la libertad, el despliegue de los hechos se consideran subjetivos. En tal sentido, la filosofía política busca a toda costa establecer el tipo de verdad, como aquella definición que restablece la función del tiempo como constancia, pero ignorando el peligro fundamental: que el hombre destruya, o ponga en peligro, su propia existencia natural política, manifiesto en la falta del sentido sobre en qué consiste la libertad. La filosofía política piensa en términos de orillas, partiendo de la base de que el concepto sobre lo individual no se profana y se contamina –ética pura o puritanismo a lo inglés–, en el pathos de la libertad.

En grado estricto, la filosofía política habla de libertad individual, pero como filosofía al fin, abstrayéndose de la parte intelectual, no la considerar ontología política. Quizás este desajuste de la experiencia filosófica entre lo individual y lo colectivo, entre lo positivo y lo ontológico, pueda explicar lo que nos ocupa en este momento, valorado en el ensayo de Armando de Armas sobre la política norteamericana a partir de la metáfora de Los naipes en el espejo. Sucede que es difícil establecer unidad real entre la palabra libertad y el significado existencial conferido por la ontología política, cuya arbitrariedad viene, paradójicamente, sucediendo hoy en países democráticos como Estados Unidos.  Hablar sobre libertad, individualismo, respecto al constitucionalismo en el momento del republicanismo político norteamericano actual, ofrece la oportunidad de situar la caída, el resquebrajamiento de los valores constitucionales de independencia en un lugar a aparte, cada vez más afectada y puestos entredichos.

Cuando Rudolf Steiner fue llamado para organizar la papelería del archivo de Friedrich Nietzsche, siendo ya un gran ocultista y antroposófico, se dedicaba a especular sobre el concepto libertad. Había escrito un libro, La filosofía de la libertad, que, aun hurgando en esa expresión, quedaba en un tratado de filosofía y de ética. Lo curioso de la filosofía de la libertad fue que murió de espanto cuando Steiner se presentó ante los archivos de Nietzsche. Una “papelería” traducida en expresión de voluntad, no solo con el deseo de acceder al concepto intelectual, sino también a un experimento existencial. De ahí que la política comience a transitar hacia la igualdad de condición como un medio mítico, retorico y programático.

La filosofía política tiene que ser política –ética– en tanto se contrapone al sentido historicista –razón común– de la humanidad. Pero aun así esta filosofía no contiene un sustrato de fondo, coherente y trasparente, sobre el sentido de la liberación individual, sino una representación conceptual mediante fuerzas políticas en acción. A la filosofía política le importa, desde luego, la búsqueda, el análisis, el ensayo de la analogía y la comparación sobre la libertad, pero no la liberación en sí. Aun cuando habla de los derechos del individuo y no de los derechos humanos, está estableciendo comparación y haciendo notar el error, porque en última instancia, tal y como apunta Leo Strauss, ambos desafíos son potencialmente manipulados a favor de las tiranías y los regímenes totalitarios. Por eso la filosofía política prefiere una ética, una representación, no el suicidio político. Los demócratas conocen muy esa estrategia panfletaria.

Los naipes en el espejo establecen desde el principio un juicio ético, de valor representacional, a partir de las dos fuerzas políticas que luchan históricamente en la fundación y evolución de la nación americana. Bajo una verificación empírica, desde sus propios postulados políticos y recurriendo a una comparación de principios, Armando de Armas revela de qué lado está el error: el Partido Demócrata. No se trata de una impugnación deliberada en comparación de un partido hacia el otro -en este caso hacia el demócrata y su administración actual-; bajo ningún concepto particular o personal, sino sobre la verificación concreta de las tendencias políticas que dan prueba de cómo se correr el peligro de escamotear la esencialidad republicana de Estados Unidos.

El ensayo de Armando de Armas maneja una escritura sencilla, diría casi didáctica, pero con la consabida actitud constituyente para enjuiciar y evitar el peligro político que se corre. Consigue camuflar –se puede leer entre líneas quizás– el fundamento del postulado filosófico, muy a tono –aunque no idéntico con la filosofía política descrita arriba, con la cual se trató de impedir una vez, a través de una escritura esotérica, el avance desproporcionado y abrumador de las políticas de “buen vecino”, aliadas siempre en apariencias al intento de “satisfacer” necesidades y esperanzas colectivas. El ensayo de Armando de Armas corre parejo a esa política que dijo adiós al historicismo lógico, al encantamiento de utopías, y que dirigió su ejecutoria en función de una ética dentro del poder constitucional del Estado y las instituciones civiles en contra de la configuración de tiranías, narrativa tiránica, con que la postmodernidad se ve obligada a convivir desde su mismo nacimiento.

Los naipes en el espejo vislumbra el peligro tiránico que amenaza a Estados Unidos dentro de los ejes formales del constitucionalismo republicano. No se trata, como bien apunta el autor, de culpar a los partidos políticos, sino evaluar y elevar la majestuosidad con que se va edificando un determinado “espíritu de época” dominante, en forma de mentalidad colectiva socializada. Confieso que no estoy convencido del todo sobre si el “espíritu de época”, cuya tiranía y totalitarismo sobreviven sin mayores obstáculos en otras zonas del mundo, pueda verificarse a través de un estudio de sociología histórica. Desde ese punto de vista y de partida, las reflexiones de la filosofía política straussiana agotan en sí mismas todas las posibilidades para direccionar otro derrotero plausible que, más que una verificación de hechos palpables y demostrables, ahonde en la propia subjetividad del observador y analista, inserto en el “espíritu de la época”.  Es decir, verificar si la tiranía manifiesta como espíritu ha sido investigada bajo los supuestos filosóficos de la política. Queda por demostrar y comprobar si es cierta la dicotomía.

Lógicamente, George Santayana en La razón en el sentido común, recomienda que para un período también de incertidumbre tiránico –como el de la época victoriana—, la función de la filosofía y la ensayística no pueden sustraerse al mero hecho de establecer hipótesis poéticas o mediante la construcción de la filosofía profesoral y academicista. Santayana admitía, como se adopta en Los naipes en el espejo, empoderar la acción en el presente para encontrar la ética adecuada al compromiso político, cuestión esta que servía para racionalizar cada espíritu y cada fuerza de la época. Sostener una escritura de ensayo crítica que desvalorizara sin tapujos el espíritu de la época del colectivismo permanente.

Lo importante también del ensayo de Armando es la aspiración de establecer una demanda de tipo eugenesia teórica, política, como la vio Leo Strauss al sugerir que “nunca vean en el espejo”. Directo a los hechos, la política refleja el espíritu de la época. La carta de San Pablo a los Corintios revela en más de un sentido que la realidad se nos presenta por mediación de un concepto sombrío (el espejo); entonces, develado el concepto, la libertad es. Siempre que sucede tal revelación, el espejo refleja el concepto que manejamos de antemano. Así nació el concepto República en Aristóteles; noción que diluye la esencia individual conformando seres pensantes separados de las experiencias que se refleja. Que mediante el constitucionalismo norteamericano se puso de relieve, en forma pragmática y programática, una literatura ensayística para testimoniar el peligro, se hace eco también Los naipes en el espejo.

La impronta de la literatura ensayística y el arte de escribir la Constitución estableció el principio de la literatura política norteamericana. En cierta forma, cuestionándola, pasa a paso la filosofía política de la lógica del avestruz. Los autores como de Armas no trataban el asunto sino nombrarlo. Los naipes… descontextualiza esa filosofía (abstracta) autoritaria y populista. “La Política para prevalecer- apunta el autor-, como en el renacimiento, tendría que apostar más por la fuerza del individuo y menos por la fuerza de la tribu”.

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