Historia del Capitalismo. La región sur-oriental de Cuba, siglo XIX

Historiografía

Un aspecto de singular importancia dentro del proceso de concentración y centralización en la industria azucarera lo constituye el de las inver­siones de capitales. Este aspecto es de vital importancia para todo fenómeno que transforma radicalmente esta industria y tiene sus fun­damentos internos y externos dados en la influen­cia que ejercen sobre el mismo los grandes cambios tecnológicos propios de la revolución industrial que se opera en  Estados Unidos y al mismo tiempo de la formación de sociedades monopólicas y banca­rias en aquel país, que necesariamente tomarían buena  parte en forma directa e indirecta en los negocios azucareros de la isla, con la cual ya tenían estrechos e importantes vínculos a través de los comerciantes exportadores e importadores de azúcares y mieles con las industrias refinadoras norteamericanas.1

No debe perderse de vista además la imperiosa necesidad de tecnificar el proceso productivo azucarero en Cuba en los momentos en que la indus­tria remolachera, emergida como fuerte competidora de nuestros azúcares, había alcanzado un altísimo grado de calidad y muy bajos costos de producción, como aplicación de los avances tecnológicos en esa industria que le permitía lograr una alta productividad. En tales circuns­tancias a la industria productora de azúcar de caña no le quedaba más alternativa que realizar urgentes cambios tecnológicos que garantizarán una alta eficiencia y calidad en el producto obtenido que le permitirán mantener la competitividad en el mercado exterior.

Teniendo en cuenta las condiciones en que había quedado el sector de los hacendados en la región manzanillera, arruinado casi en su totalidad como resultado de los embates de la guerra e imposi­bilitado de acometer tal empresa, corresponde al sector de los comerciantes asumir este camino de fomento y desarrollo de la nueva industria; sin embargo, en el ámbito regional manzanillero muy pocos de estos estaban en condiciones de enfrentar tal reto. De hecho, solo unos pocos pudieron sacar ciertas ventajas del negocio especulador durante la guerra.

Fueron en realidad los representantes del sector comercial de otras regiones los que llevaron el mayor peso en las cuantiosas inversiones que requería el empuje de esta industria. un elemento influyente en la rápida afluencia de capitales fueron las disposiciones generales adoptadas en la isla para el período de reconstrucción posbélica como la exención de contribuciones por dos años a los ingenios centrales que se fomentasen. Esta disposición fue emitida el 26 de julio de 1882 y establecía además la exención de los derechos para importación de medios de producción como maquinarias adecuadas para los ingenios.

Por ser la región objeto de investigación uno de los escenarios principales de la guerra, estuvo muy asociado el fenómeno devastador que sobre su estructura agraria se produjo como hemos destacado, dos zonas con particularidades diferentes quedaron bien definidas una de ellas se define como escenario de la afluencia de los capitales comerciales de mediana  cuantía, sobre todo hacia el área de preponderancia de la pequeña propiedad, y mientras la otra zona receptora de grandes sumas de capitales inyectados fundamentalmente desde regiones con un alto grado de desarrollo económico, procedentes del occidente del país y de Santiago de Cuba, se dirigen hacia las grandes extensiones de tierra vírgenes que se deslindan  desde el barrio Campechuela hasta Niquero.

Para que se comprenda hasta qué punto fue necesaria la fusión de los capitales individuales varios propietarios, fundamentalmente comerciantes, obsérvese la siguiente tabla.

Tabla I

Sociedades Centrales fomentados
León e Hijos El Salvador
Dolores Valerinos y Co. Tranquilidad
Venecia Rodríguez y Co. Esperanza
Beathe Brook y Co. Isabel
Roca Tasis y Co. Dos Amigos
Torres Garcini y Co. S San Ramón

Fuente: ARPM. Registro de la Propiedad, t 5, f9, 9 de septiembre de 1886. t3, f92, 27 de julio de 1884. t7, f43v, 7 de junio de 1887. t8, f29, 16 de marzo de 1886. t8, f200, 24 de diciembre de 1888. t4, f23v, 21 de noviembre de 1883

   De los ocho centrales existentes fomentados en la década del 80 en Manzanillo, cinco fueron puesto en pie por medio de fusión de capitales individuales vinculados al comercio y dos de ellos, el Tranquilidad y El Salvador, por antiguos hacendados manzanilleros y bayameses respectivamente. Este último central, El Salvador, fue fomentado con el concurso del financiamiento aportado por los comerciantes Antonio Bello Rondón, Manuel León Fornaris y Eleusipo León Bello, procedentes del comercio de la ciudad de Bayamo. Otro caso de sociedades comerciales constituida para fomentar centrales en la región Manzanillo, fueron las que formaron Rafael Torres Garcinis, Francisco Gandarilla Peraci, ambos comerciantes de la ciudad de Bayamo y estos dos casos junto a los hermanos Tomas, Guillermo, Alfredo, Ricardo, Arturo Beathe Brooks de Santiago de Cuba son Exponentes de la afluencia de los capitales regionales hacia Manzanillo.

Para la puesta en pie de los centrales Tranquilidad, Esperanza y Dos Amigos fue necesario la colaboración de otros seis comerciantes radicados todos en Manzanillo, o sea, dos inversionistas por cada caso. Los encargados de aportar el capital para esta empresa fueron individuos que a duras penas soportaron los efectos desastrosos de la guerra y que recibieron fuerte inyecciones de capitales fundamentalmente de La Habana y Cienfuegos, como el caso de Dolores Valerino y Roque Reig Escalante. Los otros dos casos tuvieron una activa participación en negocios especulativo durante la guerra. Nos obstante, se dieron precisado a apelar a fuerte partidas de créditos foráneos y regionales particularmente de EEUU, La Habana y Cienfuegos.  Por último, el Teresa es el único caso en el cual se produce una inversión directa de capital norteamericano.

Son significativos los ejemplos de los centrales Isabel y Teresa. El primero instalado con el concurso del financiamiento de los capitales que unieron los hermanos Bathe Brooks en la sociedad que constituyeron al efecto con un monto de capital social inicial de $ 34 989, 60 aportados en cantidades iguales de $ 8 143, 20 por Alfredo, Ricardo y Arturo y los $ 10 560 restantes fueron incluidos por Tomás Guillermo, quien fungía como gerente de la sociedad.

La solvencia financiera de estos hermanos tiene su fundamento en sus negocios comerciales en Santiago de Cuba, donde tenían participación directa e importante en determinadas transacciones mercantiles y de propiedades agrarias. Un ejemplo evidente era el de Tomás Guillermo, quién era socio de la ¨Brooks y otros¨, propietaria de haciendas y establecimientos comerciales en Santiago de Cuba.

El central Teresa fue puesto en pie con los capitales invertidos en dicha empresa por el ingeniero mecánico José Rigney Norton de procedencia irlandesa naturalizado en los EEUU. Desconocemos la forma en que Rigney acumuló tales capitales, pero lo que sí sabemos es que él solo emprendió el fomento del central en 1886.

Al mismo tiempo y en igual año se fusionó en sociedad mercantil de los azúcares con el norteamericano Franklin Farrer O´Brien que giraba en la ciudad de New York bajo la razón de Rigney y Co. Este proceder de Rigney evidencia su interés por capitalizar el negocio azucarero tanto en el área industrial como comercial. De esta forma aseguraba un engranaje de los mecanismos de producción y venta en el mercado norteamericano.

Una idea más completa de este proceso inversionista en la industria azucarera de la región se puede apreciar a través del siguiente cuadro. La cuestión inversionista en la industria azucarera no descansaba solo en la unificación o colaboración entre los comerciantes y los hacendados que fomentaron centrales, sino que casi en su totalidad se vieron obligados a concertar créditos con otros comerciantes individuales o con sociedades de estos dedicados al giro prestatario en otras plazas comerciales de la isla, llegando inclusive a recibirse en algunos casos créditos de procedencia norteamericana.

Los únicos dos centrales azucareras que en esta primera etapa no recibieron préstamos financieros, fueron el central Isabel y Teresa, cuyos propietarios al parecer tampoco concertaron créditos para su empeño. El cuadro revela además un aspecto abordado anteriormente y es la cuantía de los capitales que afluyeron hacia la región, sobre todo en forma de inversión crediticia apreciándose la preponderancia de los capitales foráneos, específicamente los norteamericanos.

Un total de $ 102 064 fueron facilitados por las sociedades e individuos comerciantes de Manzanillo a los propietarios de centrales fomentados; $ 109 199 procedía de dos compañías comerciantes norteamericanos y $ 304 087 fueron concedido por prestamistas de las plazas comerciales de Cienfuegos y La Habana. El monto total de lo invertido en la industria azucarera en la región a afectos de los créditos proveniente en el período entre 1882-1889 asciende a $ 515 350. Correspondió a los créditos locales el 19,8%. Los foráneos representaron el 21,1%, mientras los procedentes de otras plazas comerciales del país totalizaron la mayor partida con un 59, 1%.  Si viéramos el monto de los capitales invertidos a través de préstamos `por zonas tendríamos que la zona A recibió un total de $ 149 368 repartidos en tres centrales. La avalancha crediticia que favoreció a la zona B alcanzó un 70,9%, experimentándose el mayor desarrollo azucarero en esa zona.

La inversión de los capitales se realizó salvo en los casos mencionados del central Teresa e Isabel, mediante dos formas fundamentales de créditos, el hipotecario y el refaccionista. En los casos de los centrales Dos Amigos, San Ramón, San Luis, Tranquilidad, La Esperanza y Carmen, se produjo la concertación de hipotecas sobre las propiedades, incluyendo los centrales y las maquinarias como vías para asegurar el pago de las deudas. Sin embargo, en todos estos ejemplos los contratantes convenían cláusulas por las cuales se establecían créditos para la refacción de los centrales en cada una de las zonas convenidas.

Otro aspecto de consideración en este movimiento de créditos hipotecarios y que influyó notablemente en la afluencia de los capitales a esta industria fue el de la pignoración de los azúcares, pues los intereses de los comerciantes acreedores estaban muy vinculados al mercado internacional de este producto, y aprovechando esta vía se aseguraba la comercialización de una buena cantidad de los azúcares exportados a EEUU y además la reproducción del capital invertido.

Por otra parte, se estableció en beneficios de los acreedores y las comisiones, que ataban a los dueños de centrales, y que establecían el pago de determinado % del monto total de las ventas de los azúcares. En un solo caso no se concertó el pago del crédito por la vía de la pignoración, y fue el del central El Carmen, cuyos adeudos debían efectuarse a través del pago del total del principal y los interese en líquido. Una nueva forma inicial de concertación de créditos refaccionista se observa en el central El Salvador, donde la sociedad León e Hijo refaccionó dicho central en repetidas ocasiones desde 1884 hasta 1886, en que se hipotecó la propiedad a la sociedad mercantil Ramírez Oro Y Co., su principal acreedor.

Como es lógico pensar el movimiento de capitales descrito en sus diferentes formas, fue la piedra angular del proceso centralizador de la industria azucarera en la región, fenómeno que pudo ser posible por el fortalecimiento del sector comercial en el país, lo que en gran medida atenuó los efectos negativos de la ausencia de entidades bancarias capaces de asumir ese inmerso capital que se puso en función de la industria. Fue así como la preponderancia de los créditos hipotecarios, unidos a los altibajos del precio del azúcar en el mercado internacional y a la competencia del azúcar de remolacha, fueron factores que conllevaron al traspaso de la gran mayoría de los centrales a manos de los acreedores, con quienes se habían establecidos en una relación casi de dependencia e incluso con más de un prestamista. Esto efectos descrito agravaba la situación y elevaban gradualmente el monto de la deuda y alejaban las posibilidades de pagos.

En la década del 90 se acentuó la tendencia a que un grupo de comerciantes pasaran a poseer la mayoría de los centrales de la región. Este hecho influyó a su vez en el aumento de posibilidades de vínculos con casas comerciales y refinería en los EEUU, hacia donde iba la mayor parte de los azúcares comercializados. El capital comercial llegó a establecer un férreo control sobre la propiedad azucarera de la región por medio de inversiones procedente de distintas regiones del país. Así los cienfuegueros José Menéndez, Antonio Intriago, Nicolás Castaño y el habanero Luciano Ruiz llegaron a tener fuertes inversiones de capitales en distintas regiones de la isla y propiedades a la vez.

Si analizamos la forma en que manifestó este fenómeno en el central El Salvador, podemos apreciar las condiciones en que afluyeron los capitales a esa industria.   Este central fue fomentado en 1884 por la sociedad León e Hijos, en el lote de terreno nombrado El Indio, propiedad de Antonio Bello Rondón, quien lo incluyó en la citada sociedad por un valor de $ 3 500. En ese mismo año los propietarios de este central reciben $ 5 500 de créditos refaccionado por la sociedad mercantil manzanillero Ramírez y Oro para los preparativos de inicio de su primera zafra.

Ahora bien, los socios debían cumplir ciertas condiciones impuestas por los acreedores, tales como la entrega de azúcares del tipo centrifugada de por lo menos 94 grados de polarización situada en los almacenes de los propietarios Ramírez y Oro. Por otra parte, los azúcares elaborados en el central debían ser vendidos a los acreedores o embarcados a New York a nombre de León e Hijos, pero en este caso debían entregar como comisión de embarque un 2 % del valor   a Ramírez y Oro, como además el uso por parte de los deudores de los bocoyes de sus prestamistas a un precio de $ 7, 00 el destinado al embarque de miel y de $ 6, 00 el destinado para el azúcar y el pago de 75 centavos por derecho de muellaje y almacenaje por cada bocoy.

Si añadimos a esto los intereses que imponían sobre el monto del crédito, se tendrá una aproximación de las insoportables condiciones para los productores. Tal es así que para el año de 1886 el monto total de la deuda con los Ramírez y Oro, quienes compraron los derechos de la deuda  asumida con Ferrer Mari y Co., Treserr y Ferrer y Francisco Sánchez y Co., había ascendido a $ 69 674, por lo que las exigencias de los acreedores se intensificaron aumentando de manera inusitada la dependencia de los deudores hasta el punto de comprometer todos los azúcares y mieles que se fueran a producir  en las cinco zafras siguientes, hasta que 1890 el central y todas sus propiedades anexas  pasaron a manos de la sociedad acreedora de Ramírez y Oro.

El ejemplo del central El Salvador es solo una muestra del control establecido por los comerciantes sobre las propiedades industriales en el sector azucarero a raíz del proceso de concentración. En correspondencia con la inversión de los capitales en la región, también hubo un incremento notable en la tecnificación de la industria. La afluencia de créditos para fundación de los centrales, unido a las cantidades adicionales dirigidas a la refacción de las industrias en cada una de las zafras introdujo significativas mejoras al proceso industrial y posibilitó que el proceso productivo de los azúcares se situara a tono con las exigencias de este producto a escala internacional.

En el contexto del territorio oriental, Manzanillo se situó como una de las regiones con más altos índices de producción azucarera y de sus derivados. En sentido general los centrales manzanilleros utilizaron en las décadas que analizamos adelantos técnicos acorde con las exigencias de la época. La tecnología de avanzada provenía del mercado de los EEUU a través de vínculos formados con los refaccionista o por medio directo de los acreedores quienes generalmente incluían como parte del préstamo las maquinarias y los equipos solicitados por los propietarios de los centrales.

Puede citarse dentro de los avances tecnológicos introducidos en la región, la máquina centrífuga de triple efecto de procedencia norteamericana introducida en los centrales El Salvador, San Ramón, Teresa, Isabel y San Luís. Fueron empleados además Evaporadores, Desmemorizadores, Defecadores, Calderas, Tachos, Quemadores y Bombas, todos de firmas norteamericanas como Watson, Wilcox, Dankey, Blagnes y otras. Otro elemento de significación en el desarrollo de los centrales está determinado por la instalación a fines de la década del 80, de vías estrechas de ferrocarril que inicialmente comunicaban al batey con el central y con la zona marítima de embarque. Desde luego, esto ocurre en la zona costera o zona B de desarrollo de la región, donde se ubican los centrales más productivos. Estas vías por lo general se construían de alrededor de 200 metros por la cercanía de los centrales al litoral (Teresa, Isabel, San Ramón y El Salvador)

En el desarrollo tecnológico que se opera en la región no estuvo presente el ferrocarril., que otras regiones fue un baluarte para echar andar el proceso referido, el cual es exponente del triunfo del capitalismo. Mientras en otras regiones, como Cienfuegos, Remedios, Guantánamo y Matanzas los dueños de centrales soltaban el apoyo de los gobiernos locales para que se les concediera permiso para construir vías estrechas privadas que permitieran el transporte de las cañas desde las colonias cañeras lejanas, en Manzanillo este procedimiento no fue realidad hasta primeras décadas del siglo XX.

Los dueños de centrales en la región Manzanillo se preocuparon solo por el perfeccionamiento de la transportación del producto ya elaborado por el central, o sea, desde el central hasta el muelle del embarque. Estos modos establecieron como hemos apuntado estrecho carriles que permitía dicha labor. Por otro lado, el transporte de la caña se efectuaba a través de un sistema atrasado, pero que todavía respondía a las exigencias del proceso en cuestión. Las carretas como medio de transporte eran las encargadas de llevar la materia prima desde las zonas sembradas hasta al batey.

Todo esto es posible porque la expansión del cultivo de la caña ocupa áreas cercanas a los bateyes, aun cuando el espacio sembrado fuera grande; la disponibilidad y el espacio de tierra en que se desarrollaba el proceso se lo permitía.

 LA TIERRA Y EL SISTEMA DEL COLONATO.

En el proceso de concentración y centralización de la industria azucarera manzanillera existen importantes aspectos que constituyen la piedra angular de este fenómeno. Dos de ellos ya han sido abordados con anterioridad en este trabajo con el análisis de la tecnología y las inversio­nes de capitales. El tercero se refiere a la adquisi­ción de tierras por parte de los propietarios de centrales que garantizaban el abastecimiento de los frutos de la caña de azúcar y de otros renglo­nes complementarios como la madera y las fuentes alimentarias. Este fenómeno tiene sus bases en las condiciones que se manifiestan en el período posbélico al cual hemos hacho alusión con anterioridad.

En aquellas circunstancias era muy difícil la situación en que quedó la propiedad agraria después de la guerra. esta destrucción de la propiedad originó el abastecimiento de las tierras debido a la depauperada situación financiera en que se encontraban sumidos los hacendados de la región, los cuales se ven ante dos alternativas. Una primera, en la que un grupo de ellos traspasan sus bienes a los acreedores a causa de imposibilidad con el pago del principal y de los intereses, y una última alternativa en la que otro grupo ante la carencia de capitales para acometer la reconstrucción de sus propiedades optan por concederla en arrendamiento como única vía de mantenerse como clase.

A todo esto, hay que añadir la existencia de grandes extensiones de tierras vírgenes, subutilizadas por medio de la explotación de la madera y la cría del ganado, tierra que en su mayoría poseen cualidades idóneas para la plantación de la caña de azúcar. Estas grandes extensiones de tierras están ubicadas sobre todo hacia la zona B que abarca la faja costera hacia donde se dirigen los más importantes inversionistas de la industria azucarera.

En la información consultada se refleja la distribución de la propiedad agraria de manzanillo en cada una de las zonas que hemos señalados. Los datos denotan el predominio de la gran propiedad en la zona B, donde todavía no se habían producido, en su totalidad, la subdivisión de las grandes haciendas.  Un muestreo a través del Registro de la Propiedad arroja el siguiente cuadro.

TABLA


Zona A

No de Propiedades.                 %


Hasta 1 cab.                           26                     26,1

De 1,1 cab. a 10 cab.                9                     49,4

De 10,1 cab. a 20 cab.             14                    14,1

De 20,1 cab. a 50 cab.               7                      0,7

De más de 50 cab.                     3                     0,3

Zona B


Hasta 1 cab.                       5                0,5

De 1,1 cab. a 10 cab.        28             30,7

De 10,1 cab. a 20 cab.       7               0,7

De 20,1 cab. a 50 cab.        9               0,9

De 50,1 cab, a 100 cab.     13              4,2

De más de 100 cab.           29            32,9


Fuente: ARPM. Registro de la Propiedad. Estos datos fueron obtenido a través de la elaboración estadística de los índices de inscripción de fincas rústicas entre los años de 1880-1890. Se tomaron como muestra de la zona A las divisiones de las haciendas Guasimal y Yara Arriba. De la zona B, las hacicapitaendas de Gua, Callahaca, Vicana y Macaca.

Otro elemento de consideración lo constituye  la política administrativa de las autoridades coloniales dirigidas a la estimulación de las actividades agrarias por medio de una serie de disposiciones ventajosas que aseguraban en primer lugar la accesibilidad a la tierra a través de la subdivisión de las grandes haciendas comuneras, la aceleración del proceso de desamortización de las tierras del Estado y la eliminación de algunas trabas que pesaban sobre la propiedad agraria como censos y otros gravámenes.

Ante tales condiciones, se origina un marcado interés del sector de los comerciantes que interesados en el fomento de uno o más centrales adquieren cantidades de tierras en pequeña escala, sobre todo para la explotación mediante arrendamientos y subarrendamientos. Otra de los comerciantes que, si bien no fomentan centrales, se mezclan en este proceso a través de la compra o arrendamiento de tierras en función de la industria azucarera esencialmente en la década del 80.

En medio de estas condiciones se establece una evidente división social del trabajo a través de la cual el proceso de producción industrial se separa de la actividad agrícola proliferando un sistema de explotación de la tierra en forma de colonias de caña. Este sistema tuvo sus diferentes variantes en la economía agrícola de la región.       Una de ella identificada como sistema se manifestó de acuerdo al tipo de arrendamiento dentro de la propiedad del central, la cual se divide en pequeños lotes para la siembra y cosecha de la caña de azúcar. Un ejemplo de dicha variante lo tenemos en el central Isabel, en un área de su propiedad de 220 caballerías que adquirió por compra a la familia Codina Polanco, en cuyo contrato de venta se debía respetar el contrato de arrendamiento que los antiguos dueños habían concertado con los colonos Víctor Alleguez, Odón Ferrer Corretger y josé Menéndez, constituidos estos en colonos del central Isabel.

Es significativo comentar aquí uno de los ejemplos del cual poseemos clara evidencia informativa, que nos puede ayudar a hacernos una idea más precisa de esta variante de colonato. Nos referimos al contrato establecido por los dueños del central Isabel, Beattie Brooks y Co., con José Ferrer Corretger.

Dentro del contrato formalizado se establecían diversas cláusulas que explicaban de manera exhaustiva los compromisos establecidos por ambos contratantes y que nos revelan la verdadera razón de la relación de dependencia del uno al otro, a la vez que permite establecer conclusiones de dichas relaciones,

En sí mismo el contrato estipulaba para ambas partes, una mutua necesidad en el cual el central no podía prescindir de la misma ya que el proceso de la producción a escala ampliada no se podría ejecutar. Tanto el dueño del central como el colono eran resultado del trabajo que imponía esta interdependencia. De ahí que, a nuestro modo de ver, al menos como resultado de esta variante de colonato, la existencia del proceso de concentración y la centralización en la industria azucarera así lo exigía. tenía que darse esta relación, en la cual el dueño del central respetara las estipulaciones concertadas en el contrato de arrendamiento con el antiguo dueño de las tierras usufructuadas, puesto que era obligatorio cumplimentar los requisitos de la gran industria, donde el sector agrícola se separa del sector industrial.

Para ambos, el contrato era una buena vía para asegurar la materia prima y lograr de ella una renta. De igual modo tanto uno como el otro tenían responsabilidades que de no ejecutarse, el proceso de producción no podría efectuarse. El colono quedaba, por tanto, responsabilizado con el cultivo y atención   de dichos terrenos, de modo que la cantidad de caña alcanzara la producción de 30 000 quintales de azúcar. Se concertaba además que la siembra de caña de hiciera en los terrenos más cercanos al batey y se concedía a la posibilidad de instalar vías estrechas de ferrocarril, aunque sin locomotora.

Nos inclinamos a pensar, sin embargo, que dada la capacidad de molienda de este central ajustado para 16 horas diarias; la cercanía de las áreas sembradas y la imposibilidad del colono de contar con suficientes capitales para la inversión para instalar el ferrocarril en el área del cultivo, no se llegó a materializar esta importante obra que significaría el abaratamiento de los medios de producción por los menos hasta terminado el siglo XIX. No obstante, todo parece indicar que el central Teresa con sus 800 vagones de ferrocarril que aparecen en el inventario de 1895, tuvo la iniciativa de instalas estas vías, pero no hay evidencias de que lo haya realizado en el sigloXIX.

El dueño del central se comprometía a moler todas las cañas puesta por el colono hasta alcanzar la producción establecida. Por otra parte, el colono recibiría   el 40% del producto que en azúcar se extrajera de las cañas y envasada en sacos podía transportarla y embarcarla para su exportación por el carril el muelle del ingenio sin tener que pagar ningún impuesto. Además, se permitía al dueño del central adueñarse de las maderas desmontadas por el colono para abril nuevas áreas de siembras con el objetivo de utilizarlo como combustible, así también el colono podía talar madera deconstrucción en dichos terrenos para la fabricación de casas viviendas para trabajadores, así como para otro uso en dicha colonia.

Todo parece indicar la existencia de un sistema de explotación autosuficiente, donde se aprovechaba al máximo los recursos naturales de la finca. El central se abastece de leña como combustible extraído de la colonia y el propio colono aprovechaba sus recursos para la fabricación de viviendas y establecimientos necesarios a la colonia. De este modo estamos en presencia de una relación económica donde existen elementos que habrán justificado la existencia de una división social del trabajo muy peculiar.  Todavía es de extremos interés para el dueño del central el aporte de recurso naturales de la finca agrícola para otros menesteres en el proceso de la producción en: el combustible y la madera de construcción para muelle, casa viviendas, almacenes y otros establecimientos provienen de la colonia, de donde pagar solo la labor de desmonte.

Pero esta división del trabajo obedece en el caso que estudiamos a que el colono se responsabilizaba con la introducción de los obreros agrícolas para el corte y tiro de la caña puesta en el central, en tanto que el dueño del central quedaba obligado a responsabilizarse por la molienda con algún crédito al colono para la remodelación e introducción de adelantos técnicos en la colonia.

La variante B se expresa a través de contratos de arrendamiento en la tierra de una propiedad, arrendada en parte por el dueño del central, y explotada la porción restante por los propietarios de las tierras. Estableciéndose   de esta forma el colono, esto se aprecia en la hacienda Niquero con una extensión de 104 cab., donde el central San Luís poseía en arrendamiento la caballería ocupada por el batey y la otra parte se reservó por María de la Trinidad Céspedes y del Castillo, entregándola en pequeños lotes en arriendo donde se instalaron los colonos del central sin contar el área destinada al poblado de Niquero.

La variante C tiene su fundamento en un propietario independiente, cuyos terrenos se concentran fuera de los límites de la finca en que se establece el central, dedicada a la siembra de la caña, constituyéndose en colono del central azucarero.

En este caso encontramos las colonias San Francisco, Las Muchachas y Santa Bárbara, vinculadas al central Teresa. Las colonias, La América y La Victoria promovedoras de caña al central Esperanza, por citar algunos ejemplos.

Con la proliferación del sistema del colonato se va perfilando una relación económica entre  los dueños de centrales y los cultivadores de frutos azucareros resultado de la cual se establece una dependencia mutua entre ellos, pero siempre en detrimento de este último, pues el colono que invierte una determinada  suma de dinero en la preparación de las tierras para siembra de caña de azúcar se ve atado a esa pequeña extensión de tierra por medio de un contrato que muchas veces  no formalizaba por escrito y desde luego quedando comprometido a vender la caña solo a los dueños de los centrales, del cual es colono.

Con este contrato, incluso en muchas ocasiones, el colono salía perjudicado al no cumplirse por los poseedores del central la molienda en s u fábrica de toda la caña sembrada, provocando pérdidas considerables a los colonos razón más que suficiente para que la propiedad cayera en manos del dueño del central. Hay otra forma más leonina en que se aprecia la relación dueño de central-colono y es aquella en que aquel que haya ocupado tierra en arrendamiento, a veces después de haber mejorado las condiciones de la tierra y de haber invertido considerables recursos en ella es despojado del contrato y sustituido `por otro al cual se le harán mayores exigencias de pago.

No menos dependiente es la relación que se establece entre los dueños del central y los administradores de las propiedades agrícolas del ingenio. Esto en no pocos casos provenían de antiguos dueños de ingenios arruinados por las deudas. Los administradores recibían en pago o retribución la cantidad de dinero que el dueño del central acordaba imponer por carretadas de caña, generalmente de 100 arrobas y que en esta región oscilaba entre $2,40 y $2,50, quedando de parte del administrador todo lo concerniente al pago de los asalariados y las labores de corte y tiro en las tierras del central, responsabilizándose tan solo con el mantenimiento y mejoramiento de las tierras y de su siembra. De esta manera el administrador era un asalariado más del central.

Hay otro elemento a considerar en esta relación económica en medio del proceso de concentración en la industria de la región llamado contratista. Era este un individuo que tiene fijado un contrato con los propietarios del central para la molienda de caña de los colonos. Esta relación convierte a este individuo en un intermediario entre los propietarios y los colonos originándose un proceso especulativo a través del cual el precio de las carretas de cañas vendidas al central por el contratista era menor que el pago por este al colono.

En la documento consultada en el Registro de la Propiedad y los libros  de Actas de Ayuntamiento encontramos innumerables casos que ilustran  esta relación económica entre dueños de centrales, colonos  y  administradores, alguno de los cuales se llegaron  a  producir denuncias, bien sea por el incumplimiento de los contratos o por la negativa  reconocerlos como tales  a fin de evadir  el pago de las contribuciones fiscales impuestas  a cada  dueño de acuerdo con las utilidades  que  se obtienen.

Queda claro que, con la división social del trabajo experimentada a raíz del proceso de concentración industrial, aparece en el agro regional manzanillero, una entidad económica de vital importancia para abastecer de caña a la exigente industria que se transforma en la década del 80 con altas capacidades de molienda. La colonia cañera se convirtió en esta región en el componente esencial de la agricultura cañera y fuente principal de abastecimiento del fruto a los ingenios-centrales, sobre todo en lo que hemos llamado una primera etapa del proceso de concentración industrial en Manzanillo, que abarca esta penúltima década del siglo XIX.

La imposibilidad de una rápida concentración de la propiedad en grandes cantidades de tierra en esta primera etapa debido a los cuantiosos recursos financieros que ello conllevaba, unido a la ausencia de vías de ferrocarril hacia lar áreas de cultivos más alejadas de los ingenios centrales, convirtieron a la colonia cañera en el primer eslabón del proceso de producción azucarera en Manzanillo.

En la región se concentraron gran número de colonias cañeras, tanto en la zona A como en la zona B. Sin embargo, es preciso apuntar que hacia esta última zona se ubicaron las colonias cañeras de mayor desarrollo cuyos propietarios incluso pudieron con préstamos crediticios de algunas sociedades de comerciante, incluyendo de los propios propietarios de centrales. No debe perderse de vista que hubo casos de importantes acreedores del sector comercial como el cienfueguero José Menéndez, que era a su vez colono del central El Carmen, y más tarde del central Isabel.

Un inventario de los bienes que componían las colonias cañeras fomentadas en los terrenos arrendados por Odón Ferrer Corretger a la familia Codina Polanco en Media Luna comprados por Beette Brooks y Co., nos muestra una de estas unidades agrícolas. Franklin Farrett, James B. Dill y Hudge Kelly, conocido hombre de negocios de gran experiencia acumulada en el giro azucarero, quien había jugado un importante rol en las transaciones azucareras de la “United Frut Company” en la región de Banes.

Otras compañías norteamericanas que hicieron acto de presencia en la región fueron la “Norton Trust Company” que realizó una emisión de bonos por valor de $ 300000 a favor de la “Luciano Ruiz Co.” que con parte de ese capital adquirió por compra el central San Luis (Niquero) en 189960, la “City Trust Company” de New York que concedió $ 75 000 de crédito refaccionista a la Central Teresa Sugar Company” en ese mismo año.

En esta segunda etapa del proceso de concentra­ción azucarera en Manzanillo se produjo un nuevo impulso tecnológico en los centrales de la región, sobre todo en los centrales de la faja costera , en los cuales se refaccionan sus industrias, importando nuevas y modernas maquinarias que incrementan la producción regional y aunque no hemos podido encontrar datos oficiales registra­dos sobre la época, hay autores como Andreu Summer Ronvan que sitúan la producción manzanillera en más de 300000 qq anualmente.

Entre los centrales más tecnificados de la región están el Isabel y el Teresa cuyas fábricas se equiparon con modernas maquinarias contratadas a productores norteamericanos fundamentalmente. En un inventario de los bienes del central Teresa pudimos apreciar la avanzada tecnología y equipa­miento ubicado en dicha industria.

Nota: Esta investigación histórica corresponde a unos de los capítulos del libro El capitalismo en Cuba.

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