Ferrán Núñez: La cubanidad no existe

Convención de la Cubanidad

Ferrán Núñez

La cubanidad no existe. Se trata de un concepto exclusivo y de fácil socorro; elaborado por nuestros arquitectos sociales, para perfumar a los españoles de Cuba con una diabólica mixtura, en cuya composición entrarían las palmas reales, el tocororo macho, la sangre india y africana. Todo eso aderezado con guarapo y puesto a cuajar dentro de la asfixiante parrilla de los Trópicos. Pero nada más lejos de la verdad. La idea, lejos de aglutinar disgrega, corrompe. Todo lo malo que ha ocurrido en aquella isla hay que echarlo a cuenta de la cubanidad; un ideal, manipulado por los mismos de toda la vida.

Las guerras civiles de ambos siglos, con su cortejo de violencias e incendios; el florecimiento de ideales sociales importados, ‘de afuera’, radicalizados hasta la emergencia de las dictaduras, paradigmas últimos de esa confusión trágica, son culpa de la cubanidad tal y como la defienden aquellos que cortan los espejos en Palacio. Buscar la verdad de aquellos habitantes insulares, a través de un concepto tan impreciso, significa en primer lugar, cuestionar radicalmente todo el edificio identitario que vendría a caracterizarles. El concepto ha sido perfeccionado desde Saco con muchas palabras intensas y trascendentes, pero aderezado con pocos hechos fácticos. Y si sorprende mi punto de vista, pregúntenle a los negros qué tan cómodos se sienten dentro de esa percepción inicua que los utiliza al mismo tiempo que los excluye desde hace siglos. Pero esa sufrida comunidad tampoco es la única en padecerlo.

Está la diáspora. Casi tres millones de personas que también se aferran a una cubanidad ya trascendida, y que por esa razón no reconocen a su semejante recién llegado, a veces hasta del mismo villorrio. La cubanidad va de par con la idea que nos hacemos los isleños del país que creemos poseer desde que los Estados Unidos nos lo dejaron entre las manos de una caterva de traidores, que (como en el resto de América continental) obró para su propia destrucción. No me siento cómodo con la cubanidad que defienden las instituciones de ambas orillas. Pero todo hay que decirlo, tampoco me gusta la que se alza desde el fondo del alma en Jesús del Monte con repiques de cueros y abalorios; simplemente, porque ambas han dejado a muchos por el Camino, condenando a los que quedan aferrados a ella a una larga y destructora agonía, tal vez sin final.

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