Escritura, regla y entrenamiento

Ascetología Literatura y Lingüística

Por: Ángel Velázquez Callejas

 

Es hora de revelar la verdad: la escritura no forma es otra cosa que un modo de vida para el escritor. Narramos, contamos, elucubramos hechos, pero estos no serán los propósitos existenciales del escritor. Serán medios y cosas para jugar, como para el futbolista jugar constituye una forma de dominar las reglas del juego y las leyes sobre el dominio del balón. Lo que se pone aprueba acto seguido en la forma que adquiere la escritura es el valor, el grado y rendimiento del escritor. La narración funge como el campo donde el escritor demuestra el nivel de competitividad logrado, la formación como escritor. La gramática y la dramaturgia del discurso prueban los niveles ascetológicos alcanzados. Es decir, que grado de superación ha logrado con respecto al ejercicio escriturar anterior. Si de existencia se trata, de vivencia e individualidad, la literatura también es una vía para estar en forma.

Pero esa forma de vida, que es llamada literatura, pasa muchas veces inadvertida en el mundo de la escritura y el lenguaje. De modo que  llegamos a ser escritores en tanto muchas veces no sabemos, no conocemos, el por qué permanecemos atrapados en un campo disciplinar literario que demanda movimiento, esfuerzo y entrenamiento. No importa lo que podamos narrar, lo que digamos y atestiguamos a parir de las historias y personajes; más importa, nolens volens, una determinada dosis de estar alerta, en forma, si durante el acto de escribir existió una forma que tuvo que pasar por un determinado disciplinamiento y entrenamiento sin par. Cuando Gurdjieff escribió Relatos de Belcebú a su nieto, un libro de casi mil páginas, indescifrables en muchos puntos de las historias narradas, no tuvo otro propósito en manos para con sus discípulos que, subrayar poner con la forma de la literatura y la escritura un ejemplo de la existencia para despertar la conciencia del entrenamiento. Lo que equivalía a decir también, según el sugestivo título de uno de los libros de Gurdjieff, que la vida es real cuando yo me entreno.

Tengo dos ejemplos de autores clásicos para probar estas referencias antes citadas sobre la escritura, la regla y el entrenamiento que implica esta forma de vida. A un filósofo, Wittgenstein, con los juegos del lenguaje de las Investigaciones filosóficas que lograron ejercer una amplia influencia a partir del postulado pragmático sobre lo importante ahora no son las formas lógicas del lenguaje, sino el aprendizaje y el uso estandarizado en la comunidad. A un escritor, Paul Valery, quien dedicó el tiempo a ejercer la escritura todos los días por casi 50 años. De ese trabajo, se conoce hoy como el diario intelectual de Valery, cuyas anotaciones componen los Cuadernos en 36 tomos.

Los juegos del lenguaje son otra forma de práctica y de vida. Contienen reglas y por tanto disciplinamiento. Pero los juegos han servidos para adulterar la tesis sobre una supuesta comprensión del habla ordinario como practica y uso en la mentalidad colectiva. Por mucho que se halla hecho referencia al manejo conceptual de Wittgenstein, los juegos forman parte de la tarea de un sistema de entrenamiento, cuya regla invita a la separación de la regla de imitación del habla mediante largos periodos del saber ejercitándose. Cuando en una orden, como en los sistemas mágicos religiosos africanos en Cuba, expuestos por Joel James en varios libros, la evidencia refleja que la regla ha alcanzado un nivel del lenguaje personal tras años, décadas y siglos de entrenamiento bajo practica de imitación.

Cuando Lezama Lima dice en Paradiso que “toda disciplina tiene que estar acompañada por la gracia de la imagen” revelaba con ello un hecho tan antiguo como moderno en la forma de vida entrenamiento metafísico. El monje Cemí había experimentado durante sucesivas vidas la regla de un determinado lenguaje oculto, cuyo peso ejercía desde arriba hacia abajo la forma de vida de la era metafísica. Era hora de producir entonces una determinada secesión con el lenguaje y marchar hacia formas de superación, de grado, más allá del lenguaje ordinario de la cubanía. Para tal suceso, para mostrar la existencia de una regla constituida a partir del lenguaje, Lezama escribe Paradiso ejerciendo los modales de un atleta muy bien entrenado y capacitado. Ha dedicado durante más de 30 años a escribir una novela, en la cual cada paso encierra una modalidad temática en el ejercicio genealógico de la moral y el lenguaje que se descubre en la historia de una familia y que se muestra en los hábitos del maestro (entrenador) Lezama.

El caso de Valery es consiente. Había decido legar a las futuras generaciones una teoría ascetológica de la escritura. Le acompañó durante cada amanecer el lógico y formar disciplinamiemto bajo diversos temas de la vida cotidiana y en general. Todos puros pretextos para obligarse a mejorar la estructura de su gramática y la expresión, bajo una existencia intelectual vivida mediante el continuo ejercicio y entrenamiento. En el acto de escribir cada mañana se retiraba del mundo de la vida como se retira el atleta al campo de juego y entrenamiento.

De hecho, una investigación sobre la naturaleza de este problema en Cuba, sobre el lenguaje, el habla y la escritura, arrojaría de entrada las coincidencias existentes en   el marasmo de la prestidigitación   de lo ordinario cotidiano y no en lo esencial de la regla, como forma esta última contribuyente para la elaboración de la escritura que hacer algo, que muestra algo en el acto mismo y de la enseñanza. En el caso de Lezama, exponer los hábitos reglamentarios de la forma de vida del monje Cemí , bajo una determinada regla de espiritualización mística, hace justicia al llamado de Martí, escrito justamente a un mes del desembarco en Playitas de Cajobabo: “haga -plasmó en una misiva a Serafín Sánchez- que es nuestra forma de pensar.” No había nada más que aducir, la forma, el hacer y el pensar, las tres fuentes dinámicas de la ascesis de la escritura en manos de un creador.

 

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