El Amado Nervo de Alberto Lamar Schweyer

Críticas y Reseñas Literatura y Lingüística

El siguiente texto (crítico) sobre el poeta mexicano Amado Nervo fue escrito por Alberto Lamar Schweyer e incluido en la colección de ensayos  Las rutas paralelas: crítica y filosofía, 1922.

Amado Nervo

Por: Alberto Lamar Schweyer

Tiene México, entre sus glorias más legítimas, un poeta extraordinario que vio la luz primera en la pequeña ciudad de Tepic, en el año de 1870. Fue su obra tan admirablemente bella, que sus versos figurarán en las futuras antologías castellanas, como la más bella ofrenda que el sentimiento americano puede hacer al alma de la raza latina. Si fuera necesario demostrar la importancia de su obra y la popularidad de su nombre, bastaría observar la respetuosa curiosidad con que la crítica hispana y americana, estudia, comenta y encumbra su obra, y recordar el homenaje postrero que le rindió América cuando el poeta murió en Montevideo, arrullado por las ondas del mar de Atlante, a las que hacían coro el llanto de las veinte naciones que aun invocan a Dios en el áspero idioma de la madre Castilla. Hay en la vida de Amado Nervo circunstancias tan especiales, que obligan a sentir por él una gran admiración a la que se mezcla un sentimiento grande de piedad. De mí puedo decir que ese hombre excepcional me atrae y me conmueve por la tristeza de su vida, tanto o más que por la grandeza de su obra. Fue su existencia tan combatida, que al mismo tiempo que se admira al poeta, se compadece al hombre. La pobreza de su cuna hizo de sus primeros años, lustros de lucha contra el ambiente hostil y contra las dificultades cotidianas. Su juventud, pues, no fue juventud, no tuvo los derechos que tiene la juventud, teniendo en cambio los deberes de la madurez. En sus primeros años no hubo el encanto juvenil de la alegría loca y despreocupada, y de eso nació tal vez la gran tristeza que lo acompañó en la vida. La juventud, y perdónenme los moralistas, severos, fríos y calculadores, tiene el derecho de ser un poco alocada. De sus locuras han nacido revoluciones, por sus irreflexiones han caído monarquías y se han desplomado aristocracias, y como justa compensación a sus muchos errores, de sus locuras también han surgido democracias y se han levantado nuevas banderas. La locura, la irreflexión do esos años primeras es todo el perfume de la vida y toda la belleza del recuerdo, y el poeta de Perlas Negras no supo el encanto de esa edad en que nos dejamos deslumbrar por una frase, en que el corazón se exalta a las notas vibrantes de un himno, no vivió esos años de absurdos sentimentalismos en que se ríe o se llora por una mujer, y en que es un beso la mayor recompensa a que se aspira. Por desgracia suya, Nervo fue un hombre que se sintió prematuramente viejo. No conoció el encanto de la novia juvenil a quien se roba un beso en la penumbra bendita de un rincón, ni sus manos febriles de soñador supieron la emoción de estrechar la blanca mano de una novia ingenua, joven y bonita frívola generalmente como una heroína de opereta, a quien se ama por amar, o por sanidad simplemente, sin que pensemos casarnos con ella. El desamparo sentimental de sus primeros años, génesis de la tristeza que se refleja en su obra, sólo lo abandonó durante diez años. La vida tuvo para el poeta un gesto de piedad y le dio una mujer a quien amó con toda la fuerza de su corazón, como si su sed de amor hubiera encontrado en ella un bendito manantial. Más el poeta fue feliz dos lustros solamente, la muerte le llevó la dulce compañera, como si quisiera demostrar la amarga certeza de aquel verso de Manuel Machado, que dice:

ser feliz y artista no lo permite Dios! Y de ese nuevo dolor, el más grande de su vida, el más grande tal vez de los dolores que puede experimentar un hombre, nació ese libro de versos, incomparable y único en nuestro siglo, que se llama La Amada Inmóvil.

Amado Nervo ofrece al comentario crítico un vasto campo en que explayarse. Si fue admirable como poeta, su obra no se redujo solamente a eso, sino que abarcó casi todos los campos literarios. Cronista elegante y de fino humorismo, crítico a veces, cuentista sencillo y cautivador; novelista fácil; periodista en sus primeros tiempos, cuando la lucha por la vida lo llevaba a la penumbra agotadora de las redacciones, su poderosa inteligencia creadora lo abarcó todo al mismo tiempo que su espíritu vagaba por todos los sistemas filosóficos y su razón se detenía ante el misterio de todas las religiones. Renunciemos a estudiar a Nervo en todos sus aspectos y dediquemos nuestra atención a comentarlo en lo que es en él característico y determinante de su personalidad: el poeta. Nervo fue desde sus primeros años un poeta desencantado de las alegrías sensuales; la vida muy dura para con él, no le ofreció más que dolores, infiltrando en su espíritu una tristeza infinita y un desencanto que se refleja ya en los versos de su primer libro Perlas Negras. Como prueba basta recordar su poesía A Kempis.

Ha muchos años que busco el yermo, ha muchos años que vivo triste, ha muchos años que estoy enfermo ¡y es por el libro que tu escribiste!

¡Oh, Kempis!, antes de leerte, amaba la luz, las vegas, el mar Océano; más tú dijiste que todo acaba, que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos, besé los labios que al beso invitan, las rubias trenzas, los grandes ojos, ¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves que tú, maestro, citas y nombras el hombre pasa como las naves, como las nubes, como las sombras…

Huyo de todo terreno lazo, ningún cariño mi mente alegra y con tu libro bajo del brazo voy recorriendo la noche negra…

¡Oh, Kempis, Kempis, asceta yermo, pálido asceta, ¡qué mal me hiciste! ¡Ha muchos años que estoy enfermo y es por el libro que tú escribiste!

Por esa tristeza concentrada no fue Nervo y no lo será nunca, un poeta popular; el dolor es una aristocracia espiritual, y las aristocracias están reñidas con las multitudes. Sin embargo, será un poeta inmortal, porque amó mucho y el amor que, por ser producto de nuestra personalidad variable, voluble y mortal, es efímero como rodo lo derivado de nosotros mismos, tiene una extraña virtud inexistente en los otros conceptos, la de dar aquello que no tiene, cosa que aun pareciendo paradójica, es de una sublime realidad. En efecto, el amor que es efímero, pasajero e inestable, ha hecho de sus grandes devotos nombres imperecederos, como si su paso por nuestro corazón nos diera un hálito de inmortalidad. Marco Antonio es más célebre por haber adorado a Cleopatra que por haber vencido en Filipos; Abelardo es más célebre como amante de Eloísa que, como creador de una escuela filosófica, y Juana de Castilla es más popular por haber adorado a Felipe el Hermoso, que por ser la madre de Carlos V. Nervo, por lo recóndito de su dolor y por la intimidad de su poesía, no llega al corazón de la multitud: para comprenderlo es necesaria una sensibilidad que sólo el sufrimiento es capaz de dar al corazón humano. Su verso sentido y sincero sólo a los hombres que han sufrido mucho podrá emocionar, y siendo éstos como son, la minoría, se comprende que Nervo no fuera un bardo popular. A pesar de esto vivirá siempre. Cantó en voz baja para la pequeña parte de la humanidad capaz de comprenderlo y esa parte llevará siempre su nombre en la memoria para hacerlo así inmortal, puesto que la inmortalidad, según la acertada visión de Gounod, es sólo “una superposición de minorías”. Si desgraciadamente viniera una lía en quilos hombres, contaminados por el mal del siglo, llegaran a no sentir el

dolor moral, dejando que su sensibilidad se pierda en el positivismo moderno, las mujeres, esas hadas buenas que hacen grato nuestro camino, sabrán inmortalizarlo cuando reciten sus versos a los fulgores cárdenos de algún poniente augusto y sereno como el alma del poeta. Hay en la obra de Amado Nervo dos tendencias completamente opuestas, que se hacen notar ya desde su primer libro. Una, la inclinación hacia un esteticismo casi enfermizo, al modo de Oscar Wilde, y que tiene su más alto exponente en la plegaria, por el rey Luis II de Baviera.

Aquí fue donde el rey Luis Segundo de Baviera, sintiendo el profundo malestar de invencibles anhelos, puso fin a su imperio en el mundo. Padre nuestro que estás en los ríelos.

Un fanal con un cristo, en un claro del gran parque, al recuerdo da amparo, y al caer sobre el lago los velos de la noche, el recuerdo es un faro. Padre nuestro que estás en los cielos.

En el lago tiritan las ondas, en el parque se mueren las frondas y ya muertas abaten sus vuelos: Qué tristezas tan hondas. . . tan hondas. . . Padre nuestro que estás en los cielos.

¡Pobre rey de los raros amores! Como nadie sintió sus dolores, como nadie sufrió sus desvelos, le inventaron un mal los doctores. Padre nuestro que estás en los cielos.

Sólo Wagner, cuya alma océano su conciencia inundó de consuelos, y su vida fue un liedo wagneriano. Padre nuestro que estás en los cielos.

La otra tendencia es la que marean los versos a Kempis, máxima confesión de desencanto que ha servido de modelo a muchos poetas de la nueva generación. Es Amado Nervo, a mi modo de ver y de sentir, el poeta futurista por excelencia. En él están las pautas que habrá de seguir la poesía futura, la poesía que habrá de predominar en este siglo. Su importancia en esta nueva etapa lírica sólo admite comparación con-la que tiene Rubén Darío en el modernismo castellano. El Futurismo ha sido tal vez la orientación más discutida, más estudiada, y menos comprendida de todas las innovaciones líricas y, sin embargo, tiene un fundamento completamente lógico. La Humanidad ha cambiado radicalmente su modo de sentir y de pensar, y requiere ya una poesía nueva más acorde con su nuevo espíritu. Si los valores sentimentales y estéticos se han modificado, ¿cómo puede ser la misma su expresión? Entiéndase que hablo del futurismo que puede admitir la lógica, no de las exageraciones de los versolibristas, trashumanistas, ultraistas, novecentistas, intenciónistas, cerebristas, dadaistas, y demás escuelas ultramodernas que se amparan bajo la denominación común de futuristas. El Futurismo cierto, el positivo, no es el de los ultraistas alentados por Cansino Assens y dirigidos por Gabriel de la Torre, ni el futurismo de Russolo y D’Alba, ni aun el de Gabriel Alomar, que es quizás el pensador moderno que mejor ha interpretado el sentido de la nueva orientación. El futurismo no implica la modificación mecánica en el manejo del verso como quieren hacer los dadaístas dirigidos por el cubano Picabia; no es un problema cuya solución está en la forma de expresión, sino en el espíritu mismo. La poesía futura ha de ser necesariamente filosófica, es decir, ha de tener un sentido de realidad en nuestro cerebro. Así es la poesía de Nervo. Muchos niegan el futurismo alegando que el sentimiento no cambia y que el concepto de la belleza no se modifica, y es en esa negación donde está, precisamente, la afirmación del futurismo. La humanidad vive, según la frase de Rodó, en un devenir perpetuo; no es hoy lo que fue ayer, y no es lo que será mañana; sus conceptos morales, estéticos y sentimentales se modifican, aunque muy lentamente. De cincuenta años a esta parte, viejos conceptos, al parecer indestructibles, se han derrumbado. La filosofía positivista de Comte y Spencer se ve abatida ante las novísimas teorías de Le Bon, que modifica todo el antiguo concepto de la materia. La mecánica de Newton vacila ante las nuevas teorías que Einstein somete a la consideración de matemáticos y filósofos. En la ética el imperativo categórico de Kant se olvida ante los fundamentos de Schopenhauer, que vacilan ya ante la moderna filosofía de Henry Bergson, de William James y ante el monismo de Ernesto Haeckel y Le Dantec. Y si los conceptos como se ve han cambiado, y el modo de pensar ha sufrido alteraciones, ¿no es lógico que la poesía que es sentimiento puro se modifique? Es lógico que la poesía cambie o se resigne a perecer definitivamente. Así lo han comprendido Marinetti, D’Alba, Russolo y todos los futuristas; pero no han sabido encontrar el alma del verso nuevo; comprendieron que era necesaria la renovación, pero no supieron cómo hacerla y equivocaron el camino. Y Nervo, sin lanzar manifiestos, sin haberse proclamado innovador, sin crear escuela, encontró la solución del problema, dando una pauta que siguen hoy muchos de los poetas jóvenes de España y América. Es Nervo, pues, un poeta de transición. Su obra marca el paso del arte moderno íntimo y un poco egoísta a un arte más profundo, y más humano. Su verso, pleno de filosofía, es el puente que une la intimidad decadente con la amplia visión de un sentimiento más universal. Amado Nervo fue, a pesar de sus tristezas y de lo combatido de su vida, un optimista, siguiendo así la norma de la literatura moderna en todos los idiomas y de la filosofía en todos los sistemas. El pesimismo de la filosofía romántica de Hegel ha muerto en el sentir moderno y la literatura con la filosofía va hoy por los diáfanos caminos de un sereno optimismo en busca de la paz espiritual. Schopenhauer, creador de una escuela de desencanto, ha muerto en el sentimiento contemporáneo, desde que Federico Nietzsche volvió los ojos de la humanidad hacia las murallas de Sibaris, reviviendo así la filosofía pagana de Epicuro. Y de esa tendencia optimista, de esa persecución de la tranquilidad espiritual, han surgido las dos grandes inclinaciones del espíritu moderno: el neo-paganismo y el misticismo que tienen en D’Annunzzio y en Maeterlink, respectivamente, sus dos más altos exponentes. Nervo fue un adepto a la última norma. Su fe en una vida futura, el convencimiento de que todo no acaba en la frialdad de la tumba, la creencia de que los dolores de este mundo son medios de alcanzar una eterna y completa felicidad junto a los seres que nos amaron en vida, dieron a su espíritu una extraña resignación ante los más grandes dolores y una desconcertante tranquilidad ante las mayores catástrofes. Véase La Amada Inmóvil; no se encontrará un grito de protesta, ni de rebeldía, sino una firme esperanza en la futura compensación. De ese convencimiento nació la serenidad de Nervo. Una serenidad que no ha sido ni será superada y que lo coloca en un plano superior al resto de los hombres. Oíd sus versos de serena renunciación, saturados de misticismo:

Nada quiero, ya nada, ni el laurel ni la rosa, ni cosecha en el campo, ni bonanza en el mar, ni sultana, ni sierva, ni querida, ni esposa, ni amistad, ni respeto… Sólo pido una cosa: ¡Que me libres, oh, Arcano, ¡del horror del pensar! ¡Que me libres, oh, Arcano, del demonio consciente que a fundirse contigo se reduzca mi afán, y el perfume de mi alma suba a ti mudamente. Sea yo como el árbol, y la espiga, y la fuente, que se dan en silencio sin saber que se dan!

Nervo presintió su muerte, sintió, y así lo dijo en una composición, que algo grande y solemne iba a llegar en su vida. ¿Es acaso la muerte, por ventura el amor? Se preguntaba sin la más ligera inquietud. Recuerdo que, a su paso por la Habana, charlando con Salvador Díaz Mirón y conmigo, nos decía el poeta, iluminado el semblante por una extraña serenidad: “Estoy destrozado física y moralmente; siento que la muerte se acerca, pero no me importa, estoy preparado para el gran viaje”. Y decía esto fríamente, sin temor alguno, como si se tratara de un viaje a un país muy bello y muy amable. Pocos meses después moría en Montevideo, vistiendo la galoneada casaca de Embajador, y haciendo que ante el doloroso laconismo del cable me preguntara yo, no sin cierta inquietud: ¿Será verdad que, como dice Javier de Maistre? el hombre tiene a veces la visión del futuro? Y fue entonces cuando admiré la serenidad de aquel hombre que veía llegar la muerte cruel, serena, e impasible, sin que se alterasen las líneas de su rostro rasurado y pálido que reflejaba una tranquilidad infinita. Amado Nervo vivió alejado de las cosas del mundo. Tenía unas grandes ensoñaciones complicadas; habitaba en regiones imaginarias más allá del bien y del mal; su dolor hizo del mundo y de la vida creaciones especiales. Vivía en un país azul de ensueño, una intensa vida interior como los antiguos ermitaños y las complicaciones de sus contemporáneos le fueron indiferentes; sólo el dolor del mundo preocupó su cerebro y conmovió su corazón, porque amó a todo lo creado y adoró a Dios en todo lo que vieron sus ojos y en todo lo que por intuición conoció su espíritu. Como Francisco de Asís vio hermanos en todos los seres de la creación y a todos los amó por igual, pues hizo del amor una religión y del perdón para todo un apostolado. Dijo José Enrique Rodó, al hablar del poeta inmenso de “Prosas Profanas”, que no era Rubén Darío el poeta de América, porque no había en su espíritu nada del sentir americano; no podría decirse otro tanto de Amado Nervo. El poeta de El estanque de los Lotos tenía un alma azteca, un alma americana. No el alma de la América, vigorosa y cosmopolita, hacia la cual se vuelven hoy las miradas del viejo mundo comprendiendo que en nuestro continente está el porvenir, sino el alma de la América anterior a la conquista, de la vieja América que evoca al Egipto en la grandeza de sus ruinas y que se eriza de nopales como el oriente. De esa América azteca tomó Nervo su tristeza mística, y su aire de desencanto, naciendo de ello la analogía ideológica que tiene con Tagore, el indio admirable, toda bondad con su gesto de viejo patriarca. Cábele a México el honor altísimo de que sus dos poetas más altos, Salvador Díaz Mirón y Amado Nervo, sean los dos bardos representa ti vos del sentir americano en sus dos tendencias más disímiles. Día/ Mirón, con su verso rotundo, aplastante y seguro, representa el alma de la América autóctona de los aztecas soberbios que pasearon orgullosos y altivos la policromía de sus penachos primitivos por nuestros grandes bosques; en el verso cincelado y admirable del inmenso poeta de Lascas, está todo el orgullo indomable y toda la altiva rebeldía de los antiguos idólatras del sol, y en Nervo, poeta de medias-tintas, triste, reflexivo, lleno de armonías recónditas y rebosante de nostalgias, está toda la tristeza del alma india, vencida, dominada, fatalista, que se consume de tristeza, porque lleva en el fondo de su espiran la nostalgia de los grandes palacios que se derrumbaron ante la piqueta de los conquistadores. Las generaciones pasarán sobre el continente americano, la vida en su perpetuo andar hacia derroteros ignorados traerá a la humanidad nuevas complicaciones y destruirá viejos convencionalismos, nuevos poetas llenarán de armonía la selva americana, los hombres de hoy pasaremos a ser nada, y sólo la memoria de unos pocos bardos y el acorde de muy contadas composiciones, quedará entre los recuerdos sentimentales del pasado. Y de esa gran revisión de valores que hará la posteridad, sólo muy pocos nombres serán salvados del olvido, y entre Silos estará el de Amado Nervo. Junto a las nostalgias coloniales de Chocano. junto al desdén olímpico de Díaz Mirón, al lado del maravilloso refinamiento de Rubén Darío, se asentará la nostálgica canción de Nervo para completar así el cuarteto magnífico que acogerá la inmortalidad. México, y con México toda la América latina, puede y debe estar orgulloso de ese hijo suyo. de ese gran maestro sereno, que ha señalado a la poesía moderna su rumbo futuro. América, nuestra América, es el porvenir del mundo. De sus grandes llanuras, de sus ríos caudalosos, de sus altas montañas, de sus ciudades palpitante de vida, brotará la savia que ha de fecundar al mundo, y de sus grandes poetas saldrá la poesía futura. Dentro de algunos años se volverán hacia nosotros la mirada implorante de la vieja Europa, que vacila y agoniza bajo el peso de los siglos, y la mirada lánguida y oblicua del oriente lejano, dormido en la fastuosidad de sus leyendas maravillosas, para pedir qué le enviemos el oro de nuestras minas, las enseñanzas de nuestra democracia, y el alma luminosa de nuestros grandes poetas. Cuando ese día llegue, cuando América pague a Europa la visita que desde hace cinco siglos le debe, con el oro americano que dará riqueza al comercio del mundo, irá también la poesía de Amado Nervo para con sus enseñanzas dar nuevos bríos a un arte que se muere, haciendo que de este modo se cumpla la profecía hecha por el más grande de los poetas jóvenes de Cuba, Agustín Acosta, que dijo en versos admirables, cantando al continente americano:

Aquí está la fuente de vida lozana y perpetua; aquí se alzarán los palacios futuros; aquí extenderá la gran viña sus ramas. En esta planicie se ampliarán los venideros hipódromos; aquí de la testa de Júpiter nacerán infinitas Minervas. ¡Y si es forzoso que torres vigilen al mundo, vigilen el mundo las torres de América!…

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