¡El dictador ha muerto, viva el dictador!

Politología

Por: Ángel Velázquez Callejas

De cómo en Cuba subsiste una arraigada cultura de resistencia, tradicional y moralista, dejando fuera a los dioses para cambiar la situación, al régimen totalitario, deja de impedir la posibilidad de duración. Las ideas producidas en función del cambio en Cuba reaccionan, lamentablemente, contra el pasado y lo político, de hecho, sumando fuerzas a favor de ese pasado. Cierto, nos aburrimos del régimen como pasado, lo odiamos como tradición, pero la fuerza del presente, donde también el régimen interactúa con los sectores marginados de la sociedad, lo mantiene inalterado. El régimen se mantiene porque el presente continúa sin alterarse en la forma esencial. El presente del dictador transcurre todavía como forma de inmanencia política.

El régimen perdura porque tanto como sus adversarios viven entre dos inexistencias: moviéndose entre el pasado y el futuro. Viven de la tradición cultural arraigada en la mentalidad colectiva, cuya dependencia a la sicología colectiva no consigue descubrir cuál es la puerta del presente individual. Ambos por efectos viven de lo que Borges llamara en una ocasión de la historia de la eternidad.

Naturalmente, de dibuja un paisaje sombrío: el dictador ha muerto: ¡Viva el dictador! Tal y como somos ahora –una especie simbólica o una naturaleza incompleta según Terrence Deacon– estamos llamados a desaparecer. Tarde o temprano –dice Nietzsche en su Zaratustra– la evolución nos dejará en manos del superhombre. Lo impresionante en relación a esta predicción poética, de que el superhombre es un producto artístico de la naturaleza y la evolución de la especie, produce la paradoja existencial que viene a cuento cuando el ser humano sigue viviendo bajo el viejo lema monárquico: “El rey ha muerto, ¡viva el rey!”. Siempre desde abajo miramos al dictador.

Hemos vivido durante siglos transfiriendo, de una generación a otra, las mismas coordenadas simbólicas e imaginarias de lo superior, lo cual constituye el pedestal ético y moral hacia los saberes metafóricos de los héroes y de la identidad cultural que los sustenta. De ahí que la recia verticalidad como parangón jurídico y estamental entre los monarcas y sus vasallos la sistematice el lema que parafraseamos en el título de este ensayo: ¡El dictador ha muerto!, ¡viva el dictador!

Ernst Kantorowicz escribe en Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teología política medieval que la figura del monarca (del dictador) aparece como una realidad escindida en dos partes cuya división se ofrece por medio de tres versiones: cristocéntrica, iuscéntrica y politicéntrica. En la tercera versión de la forma dual del monarca, encontramos plausible la trasformación de la frase del rey al dictador. La politicéntrica es una versión en la que aparece el individuo mortal que porta el decoro y se une en forma de dualidad a la nobleza inmortal. En su época, los juristas establecieron que el monarca poseía dos cuerpos, uno natural y otro artificial, político; este último dado por la gracia de Dios. En el dictador se incorporan los dos cuerpos como una misma persona, la de la política inmortal y la del cuerpo mortal.

Desde mi punto de vista, y siguiendo la perspectiva de que se ha ido desconectando poco a poco de su propia naturaleza biológica ascendente, el hombre no tendría otra salida que morir en lo que Jacques Lacan denomina Estadio del espejo. Para Kantorowicz es la dualidad del cuerpo, tal y como se refleja a sí mismo el dictador. Así será la naturaleza social de subordinación al otro y viceversa. Lo superior en este sentido no sería nunca una fuerza de atracción ascendente para el hombre en lo que a evolución de la especie se refiere. Por eso esta forma de verticalidad, en la que queda establecida la dualidad de la realeza, y que va constituyendo la base de las formas estructuradas de la política en la historia, ha sido interpretada por Julius Evola –Hombres entre las ruinas– como una serie de caídas constantes desde que se implantan las primeras formas gubernamentales en el mundo.

La solución al problema político de la historia, según Evola, no se implementa en forma de gobernaciones imperiales, monárquicas, republicanas, democráticas, socialistas, totalitaristas o fascistas: todas ellas han caído en medio de un laberinto que solo es posible resolver por el imperativo trascedente del espíritu humano. Para Evola la solución al problema llega con la reafirmación de una nueva religión: la Nueva Era.

Como hace notar en Communism and Zen Fire, Zen Wind el místico Bhagwan Shree Rajneesh, la única posibilidad viable para un mundo postsoviético consistía en instaurar, a partir de la aceptación por parte de Gorbachov, la idea trascendente del Zen. Evola, que murió antes de la caída del muro de Berlín, hubiera aceptado la propuesta de Rajneesh: solo a través del Zen se puedria salvar a la humanidad de la catástrofe política. Ya en Montar al tigre: Manual de supervivencia para los aristócratas del alma –libro publicado en 1960– Evola logra alcanzar las mismas alturas planteadas por Rajneesh a Gorbachov para transformar la sociedad postsoviética. Evola había evocado en ese texto a un superhombre en el sentido iluminado, al estilo Zen.

Ahora bien, ¿qué podia pasar en Cuba si la disidencia y la oposición apostasen por un cambio de la política desde la política, sin detectar que se trata todavía de la mirada vertical de los de abajo hacia los de arriba, aun cuando el dictador causa efecto y sigue sentado en el trono llamando la atención? La tesis de Kantorowicz es clara al respecto. Y es que, como yo lo veo, el problema se vuelve absurdo, surrealista, doloroso, porque simbólicamente la imagen del dictador permanece inquebrantable ante la exigencia de una nueva interpretación por parte de las fuerzas opositoras.

Mi visión del problema es que ninguna fuerza democrática cambiará el estatus político tradicional de Cuba si el pensamiento no se conecta acertadamente con la naturaleza biológica ascendente del hombre. No se trata de componer al efecto un andamiaje político más, sino de ir asimilando poco a poco el hondón de nuestra propia naturaleza biológica y artística, siempre avanzando más rápido que la cultura, la política y lo social.

¿Cómo llevar a efecto esta transmutación en una Cuba poscastrista? No lo sé. Tampoco creo sea posible a través una visión sobre lo trascendente. Como ya se ha dicho, la oposición sirve en lo esencial para acelerar un repliegue de las fuerzas de los de arriba. Pero a la imagen del dictador llegan nuevos aditamentos, nuevos rostros para hacer lo mismo. ¡El rey ha muerto, viva el rey!

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