Cubanidad y Cubaneo… ¿Modificamos o nos han modificado a la nación?

Antropología Literatura y Lingüística

Por: Msc. María-I. Faguaga Iglesias

 

Como nación joven que somos, con una identidad en formación, y con el profundo zarpazo a esta dado por un régimen político que se nos ha eternizado (o, apropiadamente, le hemos permitido eternizarse) en el poder, en las dos últimas décadas cubanas y cubanos desandamos los pasos de los primeros estudiosos de nuestra identidad.

En paralelo, y para los del exterior con la ayuda del recurso de internet, vienen visibilizándose crecientes preocupaciones por el uso de la lengua y las manifestaciones del lenguaje entre los cubanos que van llegando a nuestra variada diáspora.

En la Isla, especialmente pero no en exclusiva, las poses reguetoneras y la violencia lingüística y conceptual expresada en sus textos, han venido preocupando a estudiosos, críticos de la música y amplios sectores de la población. Llegados a cierto punto del sobresalto que había entre quienes se manifestaba como espanto, desde la estructura, siempre represora, saltó algún que otro sesudo dirigente con el consabido “eso no lo vamos a permitir”. Y se establecieron ciertos límites censuradores que, en reedición de los anteriores pero con el auxilio de un poco de tecnología llegada desde el exterior, no han surtido efecto.

Estudiosos como la profesora Ana Lucia Araujo, de Howard University (1), participan del rescate de la polémica sobre si deben o no representarse artísticamente los horrores humanos.

Polémica esta desatada tras el final de la Segunda Guerra Mundial ante la pertinencia o no de presentar gráficamente los horrores del Holocausto judío. Una polémica que proseguiría, ampliándose a la pertinencia o no de mostrarnos los horrores de la trata esclavista negrera y de la esclavitud.

Menciono esto, porque lo que hoy tiene lugar entre cubanos y cubanas en gran medida tiene que ver con ello. Lo que se manifiesta en comportamientos de cinismo, hipocresía resemantizada como “doble moral”, los excesos de improvisación y violencias es precisamente la representación real, nada artística, del resultado de casi sesenta años de violencia institucionalizada.

Esa que nos deformó el sentido de la cubanidad en formación y, en su lugar, no consiguió construir al “hombre nuevo” que devino, ojalá que no realmente metamorfoseado, en ese sujeto para quien, como en la telenovela brasileña, “vale todo”.

Nos guste o no, hoy lo tenemos ahí. Incluso si nos puede llevar hasta la consternación. Pero  cual espectadores de lo monstruoso, estamos en cierta medida forzados a presenciarlo, a veces a convivir con él y a sufrirlo. Cuidándonos siempre, y es lo mejor, de sus arteras mañas. Porque el precio que pagó negociando su existencia con el sistema político, está dispuesto a hacérnoslo pagar a nosotros para intentar reconvertirse en capitalista.

El uso de la lengua y su proyección en los diferentes lenguajes es también expresión de las atrocidades que somos capaces de cometer los humanos que les damos vida.

La aversión a esa pululante y creciente realidad no debe apartarnos del intento de penetrarlo y deconstruirlo para comprender sus códigos, sus fundamentos y sus modos de reproducirse. Para intentar escrutarlo hasta distinguir sus posibles límites, entre otras cosas. En el presente, de eso también tenemos que ocuparnos las ciencias sociales cubanas donde quiera que estén sus productores.

Debemos hacer esto sin dilaciones y sin buscar, como los colegas oficialistas, intentos justificativos. La urgencia viene del fenómeno mismo, de sus complejidades y honduras, de su posible proyección futura como de la atención que, sin dudas y no sin motivos, está despertando entre otros cubanos y cubanas. Así como por las implicaciones que esa degeneración del ser nacional de nuestra Isla está teniendo por el mundo.

Este no es asunto meramente simbólico ni escenográfico. Es, sí, un asunto de alcance y de calado, que parte de una disposición estructural. Tenemos que reconocer que esta ha generado un pensamiento alienado y alienante. Una deformación ideológica expresada también en las relaciones. Más los significantes que los significados tienen ahí posibilidades de ayudarnos a develar, revelar y pensar en proyecciones futuras.

Tendríamos que intentar respondernos si aquello que pudo ser una deformación por un lado inducida, por otro amparada en la deficiente instrucción y estimulada falta de educación, por imitación pueril o por la estratégica (aquella escudada en el socorrido “lo hago para que no digan que yo…”), por rebeldía oposicionista mal encauzada o… (pudieran existir otras causas…), constituyó un recurso táctico o si, a la larga, fue o devino en estrategia.

Pero hay que buscar eso en quienes son hoy los felices maleducados. Porque de la parte de los gobernantes está claro. Como ya se mencionó, el asunto es de estructura. Se inscribe dentro de un sistema de relaciones de poder, como bien se sabe, absolutista y despótico, autoritario y totalitario.

Contrario a lo que aseveró Michael Foucault (2), las relaciones de sentido son tan importantes como las de poder. Estas pueden ser observadas como generadoras y contenedoras de aquellas y, a su vez, como sus distorsionadoras.

La belicosidad que nos domina tiene expresión lingüística. No olvidemos que los sentidos los formamos casi siempre inconscientemente pero a partir del conocimiento adquirido y de los saberes heredados. La subjetividad parte de nuestro nivel de conocimientos y de nuestra variedad de saberes.

De ahí la existencia de la censura. Porque es imprescindible contar con la ignorancia incluso induciéndonos a renegar del capital cultural heredado, para deformarnos los sentidos. Para debilitarnos y limitarnos la riqueza de la subjetividad, y así poder manipularnos hasta la barbarie.

Ahí se expresan relaciones de poder a través de/o en las relaciones de sentidos. No es gratuita la limitación en el sentido de vida del “hombre nuevo”. Lo cual se expresa en su hacer y en su decir. Incluso en su no hacer y en su no decir. Ahí están sus miedos latentes. Ahí anidan sus artimañas para proveerse sus estrategias (deformadas y deformantes) de sobrevivencia.

Expresar todo eso más allá de las fronteras nacionales es expresión de que el miedo no nos abandona con la facilidad con la cual nos deshacemos de un vestido o de cualquiera de las pertenencias materiales. Y ese sigue siendo mecanismo de dominación del castrismo con el cual nos sujeta o nos dejamos sujetar donde quiera que estemos. Lo cual insta a su exploración en aras de su no reedición como neocastrismo, presente y futuro, dentro y fuera del país.

Por eso los espantos que ahora mismo están teniendo lugar respecto al uso de la lengua y a las manifestaciones de los diferentes tipos de lenguajes por parte de cubanos y cubanas salidos de la Isla en las dos últimas décadas, como las discusiones que en las redes sociales ello está generando, tienen implicaciones mayores.

No obstante, esos análisis, libres de todo paternalismo, deberían considerar la posibilidad de identificaciones que puedan no ser exclusivamente negativas en las expresiones de los cambios en la lengua y el lenguaje. Pues por ejemplo, la resemantización de vocablos puede asimismo significarse como posibilidad y como oportunidad del sujeto domina. Pudiendo ser en ocasiones la expresión de su negativa a la supeditación, su revuelta ante los intentos de reducirlo a la servidumbre ideológica.

En las expresiones idiomáticas usadas coloquialmente por muchos de nuestros connacionales, como “no me pongas el pie” o “sácame el pie”, pudiera estarse exteriorizando un reclamo. Quizás una traslación entre similares de lo que no se atreve a reclamar al gobierno, que es el que le somete.

Puede que en compensación con ese sentido no auto-revelado de minusvalía ante los efectos dominadores del poder, a aquellas se une la expresión verbal de la grandilocuencia de un sujeto que en el habla expresa sus tantas carencias. Por ejemplo, cuando con la palabra dice y con el gesto acentúa: “montón, pila, burujón, puña’o”.

“Asere, que bolá” se extendió como saludo entre amplios sectores poblacionales, incluso de no tan jóvenes. El “asere”, con el “ambia” y el “monina” como similares, cruzó los espacios marginalizados de los afrocubanos y de las culturas afros, en este caso de procedencia efik, para llegar a los más amplios espacios sociológicos, instalándose en las zonas residenciales de la burguesía “revolucionaria”.

Mas esos términos, aunque usados en los espacios carcelarios, no fueron exclusivos de estos. Si allí se usaron y usan, es porque las cárceles están pobladas fundamentalmente de afrodescendientes. Sean estos o no marginales. Es ampliamente sabido que la aplicación de la justicia en la Isla es también racializada y el criterio utilizado en esta es consecuentemente racista. Lo cual hace parte de la estructura castrista, que nunca se dio al desmantelamiento del racismo institucional sino que lo usa y abusa a su conveniencia.

Como que “no es posible que el poder se ejerza sin saber” (3), en este punto sería atinado interrogarnos: ¿por qué la trascendencia de esos y otros términos? ¿Cuál fue el caldo de cultivo que prohijó esos saltos lingüísticos? Por ahí, más que por la negación y por el rechazo, deberíamos intentar entender estas incorporaciones lingüísticas y sus concomitantes expresiones socioculturales.

En alguna medida, esa ha sido tarea que limitadamente ha emprendido el Dr. Bernal. Este defensor del asere tanto como del brother, que como bien señala no recibe la misma repulsa que el primero.

Ese es campo de trabajo para la etnolingüística pero no en exclusiva. La sociología y la antropología e incluso la historia deberían encargarse de rastrearlo, adentrarse ahí y darnos explicaciones que resulten coherentes para la comprensión de un fenómeno que está teniendo implicaciones donde quiera que esté la nación cubana.

En ese fenómeno de las modificaciones hay también más no únicamente un trasfondo político. O, en todo caso, hay que llegar más lejos en la historia de lo que se nos revela con el castrismo, retrocediendo a la estructura colonial y a nuestros tantos problemas de fondo que allí tuvieron origen y que siguen siendo no resueltos.

Y tendríamos que indagar seriamente si lo ahora mismo experimentado en la lengua y el lenguaje llega al punto de las mutaciones. Con lo cual adquiriría una connotación mayor.

Adentrarnos en la dilucidación de ese fenómeno nos permitiría la comprensión de su reproducción en las nuevas oleadas migratorias y establecer posibles comparaciones con las generaciones anteriores de diaspóricos cubanos. Como igualmente debería escudriñar por qué ese fenómeno no tiene lugar con la totalidad de los nacionales crecidos o nacidos en la Isla después de 1959.

Intentar la compresión no significa apoyarlo ni acogerlo. Pero el sentido crítico deberíamos ejercerlo con conocimiento de causa, como nos alertaban nuestras viejas y nuestros viejos, pues la tendencia está siendo a sólo verlo en sus efectos.

Habremos de interrogarnos los cientistas sociales cubanos, en algún punto histórico no muy lejano, si los cambios expresados en la lengua y en el lenguaje (que siempre es una pluralidad), son manifestaciones de continuidad en nuestro proceso de transculturaciones o si apenas son la expresión de cierto espíritu anarquista ante la opresión totalitaria.

Quizás lo que ya podemos apreciar con mayor claridad, es que algunas de esas transformaciones que vamos percibiendo hoy en su amplitud y que para el cubano que pasó décadas instalado en el exterior con escaso o nulo contacto con lo que sociológicamente iba ocurriendo en la Isla constituye una explosión, pudieran tener efectos quizás destructores de la creación de una subjetividad más positiva. En igual medida que pudieran esas transformaciones ser consecuencias de una subjetividad pobre y atrofiada.

Pero, ¿tendremos que aceptar que lo peor de nosotros también es “cubanidad”? O sea, ¿tendremos que aceptar que nuestra vulgaridad y chabacanería es “todo carácter propio de lo cubano, aún fuera de su lenguaje”? (4)

Tal vez la respuesta la tuvimos tempranamente en el propio Fernando Ortiz. “La cubanidad –afirmó- no puede entenderse como una tendencia ni como un rasgo, sino, (…) como un complejo de condición o calidad, como una específica cualidad de cubano”. No obstante la afirmación inicial termina con vaguedad sin par. ¿Qué es “condición” o “cualidad de cubano”? (5)

Reconociendo la dificultad de definir “la cubanidad”, el autor optó por lo que él mismo consideró una ambigua definición. Es decir, “como una relación de pertenencia a Cuba”. Una pertenencia que “no está en la sangre, ni en el papel ni en la habitación. La cubanidad es, principalmente la peculiar calidad de una cultura (…) es la condición del alma, es complejo de sentimientos, ideas y actitudes”. Y, no es suficiente “tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aún falta tener la conciencia. (…) son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. (6)

Es decir, la cubanidad se completa con “la cubanía”. Que es “la cubanidad plena, sentida, consciente y deseada; cubanidad responsable, cubanidad con las tres virtudes, dichas teologales, de fe, esperanza y amor”. (7)

Tan enjundioso ensayo culmina con la mención nada despreciable de la cultura como hecho social y creador, con lo cual convenimos en sus condiciones de abertura, dinamismo y pluralidad. Así como con el señalamiento fundamental de la coparticipación de “los muchos elementos humanos” a nuestras tierras llegaran “para fundirse en un pueblo y codeterminar su cultura”. (8)

A la sazón, en la complejidad de nuestro presente tendremos que concordar con Ortiz, en que tan cubano es el chabacano como el que no lo es. A fin de cuentas, aunque se prorrogue la perseverancia en darnos una cubanía monolítica y se haya insistido en presentarnos una narrativa fundamentalmente en singular de esta, la nación desde su etnogénesis ha sido plural. Siendo plural la nación, ¿cómo no ha de serlo la cubanidad que en aquella tiene vida? (9)

No obstante, ¡cuidado! Chabacanería es más que el uso de ciertos términos. No somos necesariamente chabacanos por usar el asere o cualquier otro. Lo somos cuando no los usamos y falta la educación que nos auxilie en el comportamiento y nos sostenga en el respeto. Cuando no atinamos a identificar los espacios y usar en esos los correspondientes giros lingüísticos ni las apropiadas maneras.

Lo terrible no es usar asere. Lo inapropiado es querer usarlo en todo lugar y con todo el mundo. Eso puede tener tanto de falta de educación, de mala educación, de irrespeto como de populismo, ese que nos menosprecia mientras utiliza fingidas poses de empatía. O aquel otro que no discierne que conocer los códigos del otro en aras de establecer una comunicación más efectiva, no condiciona a usar cada uno de los vocablos ni de los giros lingüísticos del interlocutor, pues puede a la larga resultar en afectación ridiculizante.

A fin de cuentas, la comunicación exige el reconocimiento de las partes, no un (falso) hacer parte de.

A través del uso de nuestra lengua y de las expresiones de los lenguajes se están mostrando procesos de endogamia y de exogamia de la cubanidad. ¿Dónde queda y cómo, en esa reproducción, el cubaneo?

Ese es el término con el cual los isleños en las dos últimas décadas nos justifican o lo intentan todo lo que nos parezca absurdo, como la mencionada falta de educación y el irrespeto. Pero, en todo caso, queda en el aire otro posible cuestionamiento: ¿cuál ha sido su devenir (del cubaneo) y cuál pudiera vislumbrarse como su futuro? Igualmente interesante sería intentar respondernos: ¿por qué?, ¿cuáles son los condicionamientos para que eso ocurra?

Como se mencionó antes, tendríamos ahí tanto que acudir a la etnohistoria como buscar antropológicamente causas. Tendríamos que establecer comparaciones y, a la par, procurar argumentos en las transformaciones sociológicas de la población cubana.

Lo cual, con cierto sentido de responsabilidad social, debería hacerse pensando a la nación como un ente en formación. No sólo porque toda nación es un ente vivo, pese a su mayor o menor ganada estabilidad. Sino porque la nuestra es, a todas luces, una nación joven, inmadura y fragmentada. Características con las cuales sería muy fácil continuar permeándola con inducciones desestabilizadoras desde la esfera política.

Eso está verificando una preocupación fundamental y polisémica, abarcadora de mucho más que el “qué bolá” o del “asere”. Y daría igualmente para hablar de otros elementos. Pues debería hacerse una indagación amplia, antropológica y sociológica, que remita a problemas fundamentales de la nación más allá del castrismo. A problemas que el castrismo conocía, los cuales ha usado y abusado para su ejercicio despótico del poder.

En este caso, el análisis nos remite a la perspectiva foucauquiana de “la constitución del sujeto en la trama histórica”. (10)

Esa constitución a su vez nos encamina hacia la constatable realidad de que “la ética que permite a hombres y mujeres esclavizados sobrevivir a las experiencias de extrema violencia es muy diferente de la ética de la vida cotidiana en libertad” (11). Una certeza con la cual ya se está lidiando entre los diferentes sectores de la nación cubana.

Por ahí pasa la compresión de ciertos fenómenos, mas no la interiorización y proyección extraterritoriales de determinadas incorporaciones que hacen algunos de las estrategias de sobrevivencia utilizadas en la Isla. Sin embargo, tener presente las diferencias de producciones de ética, e incluso de la ausencia de esta, servirá para que nos adentremos en la explicación todavía insuficiente de la resemantización de verbos como “resolver” y “luchar”. Lo cual nos permitirá entender los resortes psicosociales que dan vida a esa resemantización.

Con todo, es fundamental respondernos por fin sin ingenuidades ni medias tintas a las preguntas: ¿”Resolvemos” o robamos? ¿”Luchamos” o nos hemos vuelto más egoístas? ¿Hemos realmente mutado al punto de creer que “no hay más n’a” y “eso es lo que me toca”? Si “lo que somos depende de la cultura” (12) y a su vez nosotros somos sus creadores, ¿hasta qué punto llega la incidencia política a inducir hacia la deformación de esta?

Juan Benemelis ha señalado que “es fácil considerar que el discurso supuestamente liberador de la ‘cubanidad’ y lo ‘cubano’ sea a la vez un discurso opresor” (13). Lo que afirmara respecto a la relación entre raza y nación, vale como contextualización para la articulación sobre el discurso castrista sobre la nación.

Por eso, aunque desde los ’90 de la pasada vigésima centuria se habla, busca y discute en el mundo sobre la postcolonialidad, esa ha sido una discusión de apenas alcance en una Cuba donde quienes detentan el poder político saben muy bien que el conocimiento constituye en sí mismo poder. Y que ese conocimiento estimula las ansias de acceder al poder político y hace más latente la posibilidad de disputarlo.

Una opresión que se expresa igualmente en el lenguaje. “Patria o muerte”, “socialismo o muerte”, “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada”, reveladores de la exclusión programada y de la catástrofe como impuesta y única opción, son caldo de cultivo para la anarquía y el cinismo, al menos expresados en la lengua y el lenguaje. Pero también son sustancia que alimenten a la lengua como expresión de fatalista conformidad o, al menos, de aparente conformidad.

Pues como nos explicara Foucault, el poder a través de sus múltiples y heterogéneas ramificaciones, se inserta en la vida cotidiana, abarcando desde los cuerpos, gestos y aprendizajes de los individuos, hasta sus discursos. Habría que aclarar que ello en modo alguno significa que el individuo no se manifieste, hasta inconscientemente, como sujeto. Es decir, que, intente espacios de libertad. La lengua, los lenguajes y las estrategias nada convencionales y por lo mismo siempre ilegales de sobrevivencia, son piezas del rompecabezas que pueden ser dichas estrategias.

“El rap es guerra”, subversivamente lanzaron en una Habana ya históricamente sitiada por las fuerzas represivas (secundadas por la oportuna y oportunista delación “revolucionaria”), el dúo de raperos Los Aldeanos. El rap es guerra porque la palabra puede ser tan complaciente como subversiva. Y la de ellos ha sido lo segundo y no lo primero.

Esa, la de Los Aldeanos y tantos más, incluso a nivel callejero (tal vez sea eso lo más importante), es palabra en la que también se expresa lo cubano en su polisemia, que consecuentemente es parte de la cubanidad. Es la oposición de uno de los posibles discursos liberadores frente a la opresión del discurso castrista. Y siendo así, no es palabra que exprese miedo ni conformidad.

Lo interesante aquí es que, las mismas condiciones que sirven de sustento a las expresiones lingüística de vulgaridad, a la fatalidad y al conformismo, las mismas que han incitado a los violentamente aterradores discursos de incoherentes jovenzuelos listos a defender (más o menos sinceramente, igualmente, con absoluta falsedad oportunista) al gobierno que hace llamar aún “revolución”, son las que han permitido nacer, aun estando en contra de su alumbramiento, discursos como el de la generalidad de los raperos cubanos.

Porque, contrario a lo que suponía Foucault, las relaciones de sentido expresadas en la lengua tienen una importancia superior, al menos en estos tiempos. Y las confrontaciones se libran más allá y más acá del campo de la contienda armada. Ello, precisamente en los cada vez más amplios espacios de la palabra y de los discursos que son articulados con esta.

Una palabra que determina y envía claros mensajes, incluso a nivel de las relaciones internacionales, a quienes nos dirigimos o con la cual es posible manipular la percepción, los posicionamientos y la actitudes de los otros, haciéndoles creer que son nuestros interlocutores. No olvidemos el “que bolá, asere” enviado como mensaje (¿desafortunado?, ¿interesado?, ¿mal dirigido?) por el presidente Barack H. Obama “al pueblo cubano” en su reciente visita a la Isla (marzo de 2016).

En Cuba, en la nación cubana toda, como en otras partes del mundo, es hoy en la donde se libran las grandes batallas. Es también ahí, por medio de la lengua y de los lenguajes, que se pugna por la formación de sentido y por la liberación de la sujeción a perpetuidad del ser social, individual y colectivo, cubano. Y tanto empeño ponen en eso los castristas que hace dos décadas anunciaron “la batalla por la cultura”, que sigue teniendo como pieza angular la censura de todo tipo.

Mientras… Mientras continuaba ganando espacio, en la Isla y por el mundo, el cubaneo. Expresado este en el asere que se mueve en el mundo de la resolvedera, haciéndolo con la filosofía del vale todo. El hombre nuevo metamorfoseado en hombre de éxito.

Ese que al año y un día de estar en el exterior, ¡Dios sabrá cómo!, consigue regresar a la Isla colmado de pacotilla y con dinero suficiente para, una vez cubiertas las necesidades familiares siempre crecientes (ya nos lo confirmaban desde los manuales de aquello que nos dijeron era marxismo), convidar a las jebitas y a los ambias a tomar cerveza… Al paso podrá ir descubriendo una tierra que, aunque le pertenece, no podría explorar y disfrutar sin los dólares “enemigos”.

El asere transterrado que hoy se mueve por Miami, por París o por Hong Kong… Cualquier lugar es su tierra… El mismo por el cual llegan a la Isla europeas convencidas de que asere y que bolá, entre otros vocablos y expresiones, hacen parte del diccionario de la lengua española -¿castellana?- y que intentan comunicarse así con todos los cubanos.

En la realización de la cartografía del ser social cubano, allí donde este se ubique, así en la Isla como en el exterior, será necesario considerar la existencia de esta como de otras realidades. Pues la cubanidad, con todo, deberá pensarse a partir de la totalidad de sus tipos. Cada uno productor y receptor de subjetividad, incluso por oposición.

São Paulo, jueves 18 de 2016; 2 h 40 min.

 

Notas:

(1) Araujo, Ana Lucia Doce años de esclavitud y el problema de la representación de las atrocidades humanas. Revista Afro-Asia. No.  50. 2014. Págs. 257-262

(2) Foucault, Michel. La microfísica del poder. Capítulo I, verdad y poder. M. Foucault entrevistado por Alexandre Fontana: Pág. 6.

(3) Foucault, Michel. La Microfísica del poder. Cap. VIII, sobre la prisión.   Pág. 81. Entrevista realizada por J. J. Brochier, Magazine Littéraire.

(4) Ortiz, Fernando. En: Revista Islas. Santa Clara. Volumen VI. No. 2. Enero-junio, 1964. Págs. 91-96.

(5) Ídem.

(6) Ídem.

(7) Ídem.

(8) Ídem.

(9) Respecto a la pluralidad de la cubanidad y la necesidad de expresarlo en una variedad de narrativas, durante los primeros 57 años de república, cientistas sociales tan responsables y enjundiosos como Ortiz, Lydia Cabrera, Isaac Barreal, José Luciano Franco y Rómulo Lachatañeré no albergaron dudas y nos lo dejaron ver en sus obras.

(10) Foucault. Idem. Pág. 7

(11) Araujo. Ana Lucia.  Ídem.

(12) Manuel Castells. Entrevistado por periodista brasileña Sylvia Colombo. En: “Simpatia do brasileiro é um mito, diz sociólogo Manuel Castells”. Sylvia Colombo. 18/05/2015. Consultado, martes, octubre 20 de 2015. http://www1.folha.uol.com.br/poder/2015/05/1630173-internet-so-evidencia-violencia-social-brasileira-afirma-sociologo-espanhol.shtml?cmpid=compfb

(13) Juan Benemelis. Raza y nación. En: Cuba in transition. 2011.

 

1 thought on “Cubanidad y Cubaneo… ¿Modificamos o nos han modificado a la nación?

  1. Muy buena explicación, seria y meditada. Solo me pareció redundante como dice la Real Academia cuando usa cubanos y cubanas que en propio español debe ser solo cubanos. Por otro lado, está en el camino de entender los pasos de una sociedad y el lenguaje antes marginal que caracteriza a tantos cubanos allá como aquí en los Estados Unidos, especialmente cuando se es recién llegado.

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