El canon de literatura cubana de la diáspora: Luisa Pérez de Zambrana (poesía)

María Eugenia Caseiro

 

                                                         “y es, ante mí, la creación entera

                                                       la gigantesca sombra de una tumba.”

                                                                           Luisa Pérez de Zambrana

 

La tónica que da relieve a este trabajo la establecen virtudes imposibles de soslayar, además de infaustos acontecimientos a los que finalmente se suma el lamentable abandono al que fuera confinada en su tiempo la mujer que alguna vez Chacón y Calvo señaló como “la más insigne elegíaca de nuestras líricas”: Luisa Pérez Montes de Oca de Zambrana.

Aparte de ese gran regalo que le dio la vida, su temprano y subsecuentemente consagrado oficio de poetisa, cuentan que a la joven Pérez Montes de Oca también fue concedida, además de la gracia del espíritu, la belleza de un rostro que hizo latir deprisa el corazón del profesor Ramón Zambrana Valdés, distinguido habanero, médico, catedrático eminente y hombre de letras. Así lo ilustra José Martí: “Es Luisa Pérez pura criatura, a toda pena sensible y habituada a toda delicadeza y generosidad. Cubre el pelo negro en ondas sus abiertas sienes; hay en sus ojos grandes una inagotable fuerza de pasión delicada y de ternura; pudor perpetuo vela sus facciones puras y gallardas, y para sí hubiera querido Rafael el óvalo que encierra aquella cara noble, serena y distinguida.”

Pero no sólo bondades del cielo acompañaron a esta mujer en su paso por la vida. Cuentan que su peor tragedia fue la de sobrevivir a la muerte de sus cinco hijos, muertes estas que la sumieron en un terrible dolor que se fue acaudalando en la hondura de su poesía. No sospechaba la bella Luisa que a la pérdida del hombre que era todo su apoyo y su ilusión entera, el esposo, se enlazarían eslabones terribles, aquellos que encadenarían su tristeza y desamparo a las muertes consecutivas de sus hijos. Las enfermedades como una gran peste azotaban al mundo por aquellos tiempos sin que la ciencia médica encontrase un remedio eficaz para que San Pedro no tuviese que admitir de un golpe a tantos ángeles en fila ante  las puertas del cielo. ¿Acaso hubo para la bella e inspirada Luisa un cielo comparable a aquel que aquí en la tierra había vivido con su amado?, ¿acaso hubo para ella cielo como aquel en Melgarejo, su niñez en la finca con sus padres? Qué lejos habían quedado entonces los días de aquel cielo terrestre, aquel en que melancólicamente nuestra hermosa rememora los tiernos y felices momentos de la infancia:

 

<<¡Oh mi verde retiro! quién pudiera

ver otra vez tus deliciosos llanos,

y quién bajo tus álamos volviera

como antes a jugar con mis hermanos.>>

(Mi casita Blanca)

 

Describe Mercedes Cortázar en Momentos musicales: “Voy, casi a ciegas, hacia la tumba de Luisa Pérez de Zambrana a depositar las flores que comprara mientras pasaba vertiginosamente frente a la florería, empujada por una ebria multitud obsesionada por sus muertos. La tumba se encuentra en un estado de abandono lamentable: el mármol rajado, raíces y matorrales escurriéndose por las grietas, flores mustias en vasos de material plástico. Domina la escena una impresionante placa funeraria, dorada, obsequio de Mallén Zambrana, escrita en elogio a su pariente (…) aniquilada por la mala suerte y la pobreza.” Y es que para hablar de Luisa, nuestra Luisa, la de aquel tiempo tan pasado ahora y nunca tan presente como en sus tiernas rimas, como en sus amargos trenos,  se hace necesario permitir contar la historia a quienes alguna vez gozaron contemplar de cerca el paso de la dulce Luisa entrecruzado a sus destinos; sobre todo permitir que la propia Luisa entre a nuestros corazones con el pie encarnado de su palabra tierna, con el eco augusto y delicado de esa voz que a pesar del infortunio nunca permitió el enmudecer del soplo refinado e irrefutable de aquella, tan suya, poesía:

 

<<¡Es tan hermoso ver bañado el pecho

de blanda y celestial melancolía,

eclipsarse del sol el rayo de oro

con el postrer crepúsculo del día!

¡Es tan dulce mirar cómo derrama

allá en la cumbre de elevada sierra,

el genio grave de la noche augusta

su cabellera azul sobre la tierra!>>

(Dulzuras de las melancolías)

 

Para hablar de Luisa Pérez de Zambrana podemos remitirnos a los datos biográficos que aparecen en los espacios dedicados a ella, y que repaso teniendo en cuenta una línea delicada, pero irrefutable de inexactitud, aunque ello nos aleje un tanto del motivo principal de este recordatorio añadiendo quizás un toque diferente, puede que en beneficio de llamar la atención sobre la poetisa. Dicen que nació en la finca Melgarejo próxima a El Cobre, muy cerca de Santiago de Cuba, el 25 de agosto de 1837. A falta de su fe de bautismo o partida de nacimiento, algunos autores lo sitúan, día y mes no determinados, entre 1835 y 1837**. Que alguien llegue a confirmarlo alguna vez, será una manera de esclarecer ese asunto que, como el del acta matrimonial que debió redactase y archivarse en Santiago de Cuba a raíz del enlace entre Luisa y Ramón Zambrana Valdés, unos 18 años mayor que la joven y unos 16 días después de haber acudido allí en su busca, en nada cambia, ni la historia, ni la pléyade poética legada por Luisa Pérez de Zambrana a su generación, a la nuestra, a todas las que quieran desandarla.

 

<<Con el manto de estrellas, y la luna

como un topacio en la divina frente,

aparece la noche derramando

melancólicas lágrimas de amor.

La reina de la pálida corona

al trono sube pensativa y casta,

y al mundo baña en celestial tristeza

su amable y sosegado resplandor.>>

(Horas poéticas)

 

De Luisa también dijo Chacón y Calvo: “Pocos sabían de ella, nunca había venido a la ciudad, se decía que su niñez había pasado en una finca próxima al Cobre, y que sus primeros versos fueron hechos cuando aun no sabía leer. Sobre su niñez campesina comenzaron a formarse leyendas inocentes. Algunos ponderaban sus asombrosas virtudes de improvisadora, su natural instinto del canto que convertía en música perenne para su corazón, las cosas diarias de la vida. Su precocidad, su aislamiento. Ciertos detalles exteriores de su vida fascinaron a aquel público, no muy reducido, que en 1854 leía con avidez la prensa periódica de Santiago de Cuba.”

Aquella sucesión de acontecimientos en la existencia de esta extraordinaria mujer la llevaron a vivir extremos que fluctuaban entre la inconmensurable dicha y el dolor profundo, pero también a encausar su obra por esas dos vívidas vertientes en un caudalosísimo río poético. Una la constituyen aquel mismo transcurrir de su infancia y adolescencia en la finca, del que habla Chacón y Calvo, y las delicias en la dicha de su vida en familia con Zambrana y sus hijos. La otra, terriblemente dolorosa, la conformó una irremediable cadena de infortunios que se inician en 1866 con la muerte del esposo, cuando escribe La vuelta al bosque, uno de sus poemas más conocidos y tristes. A esta pérdida siguen fatalmente encadenadas las muertes de sus tres hijas. Luisa se desgarra entonces en un dolor terrible sin saber que aún le quedan por vivir jornadas más amargas.

 

<<Y hoy dormís en el fondo de tres tumbas

con sudarios de lágrimas vestidas,

¡lirios del Paraíso deshojados!

¡nave de blancos ángeles perdida!

 

Ya no os veré jamás ¡flores de mi alma!

¡rosas aquí en mi corazón nacidas!

¡ya no os veré jamás! ¡cómo me anego

en torrentes de lágrimas de acíbar!>>

(Después de la muerte de mis tres hijas)

 

Porque aún ha de enlutar mucho más el alma de esta mujer que subsiste en medio de la pobreza y el abandono de sus contemporáneos, la muerte de sus otros dos hijos. Una Luisa que jugara un exitoso desempeño en las letras cubanas de la época y a quien, sin embargo, la personalidad irresistible y la poesía arrolladora de Gertrudis Gómez de Avellaneda, impusieron supremacía a pesar de aquella sociedad en que la mujer aún no se libraba del peso de la falda. Me permito remitir nuevamente al lector a Chacón y Calvo: “Mantiene una amistad íntima con Gertrudis Gómez de Avellaneda -su profunda antítesis en el arte y en la vida-”.

A Luisa, junto a la condesa de Santovenia, tocó coronar de laureles, a la reina de las letras cubanas en un acto celebrado en el teatro Tacón el 27 de enero de 1860. En ese mismo año La Peregrina prologaría a Luisa el libro Poesías (La Habana, Imprenta El Iris) . Para ese entonces el romanticismo poético de Luisa era notorio y crecía su fama proverbial. A continuación un poema tomado de LA MODA ELEGANTE. PERIÓDICO DE LAS FAMILIAS, AÑO XXV, NUM. 46.  Edición 187, FECHADO EN MADRID EL 25 de noviembre de 1866, Pág. 8, que dedicó a la esposa de Nicolás Azcárate, abogado en cuyo bufete trabajara José Martí y en cuya mansión se celebraban tertulias a las que Luisa y otros notables intelectuales eran asiduos.

 

LA MÚSICA.

A mi amiga María Luisa Fesser de Azcárate.

¡Oh! tú, que el mundo conmovido huellas,

Hada embellecedora y fascinante,

Con el cendal de cándidas estrellas

Y la fulgida [sic] lira de diamante : [sic]

Deten [sic] el paso, y las sublimes galas

Derrama de tu espléndida armonía,

Transporta el alma en tus brillantes alas

A horizontes de luz y poesía.

Y en raudales serenos y dormidos,

Ó [sic] en trémulas cascadas centelleantes,

La lluvia celestial de tus gemidos

Desata por los aires vacilantes.

Que el eco de las mágicas caricias

Que finge tu sonido regalado,

En piélagos de amor y de delicias

Se lanza el corazon [sic] enagenado [sic].

Y canta con tus quejas peregrinas,

Llora con tus suspiros inmortales,

Y bebe de tus lágrimas divinas

El cristal y las perlas celestiales.

Y el espíritu vuela suspendido

A tu rica y magnética influencia,

Y sueña con un mundo bendecido

De perpétua [sic] y dulcísima cadencia.

Pues tu armónica voz con flecha de oro

Hiere y penetra el alma extremecida [sic],

Y brotan en riquísimo tesoro

Lágrimas deliciosas por la herida.

Y solloza en poética elegía

Inefable, amorosa, lastimera,

Y se pierde, se mece y se extravía

En un éter flotante y sin ribera.

Ya en apacible y elocuente rio [sic]

Fluye y murmura con risueña calma,

Ya desciende en suavísimo rocío

Y abre flores divinas en el alma.

Ó [sic] ténue  [sic] como un soplo se adormece,

Ó [sic] pasan ya tus vibraciones solas,

Como el ala de un ave que extremece [sic]

La tersa superficie de las olas.

¡Música celestial! ¿quién [sic] no se entrega

A tu poder divino cuando gimes?

¡Música celestial! ¿quién [sic] no se anega

En el mar de tus lágrimas sublimes?

Por eso en los abetos gèmidores, [sic]

En sonoro y patético lamento,

Cantaron los arpados ruiseñores

Y extasiaron los árboles y el viento.

Y por eso las náyades marinas

A revelar tu encanto sobrehumano,

Con frentes de alabastro peregrinas,

Rompieron el cristal del Oceáno [sic].

Mas ya sobre la trípode radiante

Cantas con inspirada melodía,

Y corre tu cabeza palpitante

Como un mar de ondulosa pedrería.

Y el alma gime y trémula palpita

A tu poder fascinador y ciego,

Y arrebatada al fin se precipita

En tu extasiante atmósfera de fuego.

¡Oh música! los ángeles gozosos

Te levanten un trono refulgente,

Y suspendan doseles luminosos

Sobre tu excelsa y vencedora frente.

 

A pesar de la adversidad, Luisa Pérez de Zambrana continuaba tratando de difundir su trabajo poético, como el poema que sigue y he tomado y transcrito fielmente de LA AMÉRICA. CRÓNICA HISPANO-AMERICANA, AÑO XVII. NUM. 11. Pág. 14 y fechado en Madrid, un viernes 13 de junio de 1873.

 

ENTRADA EN JERUSALEN [sic].

Con la sencilla majestad severa

que su frente reviste,

tendida la sagrada cabellera

y la mirada triste;

De los doce discípulos seguido,

camina á* paso lento

al enviado de Dios, el gran ungido,

sobre un pobre jumento.

El pueblo á recibirle se adelanta

entre clamores vivos,

arrojando con júbilo á su planta

verdes palmas y olivos.

Sus vestidos le tiende entusìasmado [sic]

por amorosa alfombra,

y ardiente, palpitante, alborozado

rey y señor le nombra.

Las hijas de Sion, [sic] los parbulitos

le aclaman á [sic] porfía,

y llegan á besar sus pies benditos

con cándida ufanía.

Mas él con melancólicos enojos

mira la ciudad santa:

vierten sagradas lágrimas sus ojos

y la mano levanta,

Y así le dice con acento augusto…

“¡Oh si reconocieras

al cordero divino, pueblo injusto,

cuan venturoso fueras!

“Mas no, mi boca con afan [sic] en vano

hoy la verdad te alega,

que eres sordo á mi voz ¡oh pueblo insano!

y tu maldad te ciega.”

Enjúgase las lágrimas divinas

con solemne tristeza,

y obra mil maravillas peregrinas

con suprema grandeza.

Y con la dulce majestad severa

que su frente reviste,

tendida la sagrada cabellera

y la mirada triste.

De los doce discípulos seguido,

que repiten su queja,

el enviado de Dios, el gran ungido,

á [sic] Bethania se aleja.

 

Cuentan que poco después de instaurarse la República de Cuba, fue tomado en acuerdo que el Ayuntamiento de La Habana le asignara a Luisa una modesta pensión, y que ésta apenas alcanzaba para cubrir las necesidades de quien para entonces era ya una anciana. En el poblado donde otrora junto a otros compañeros de letra fundara el Liceo Artístico y Literario de Regla, una leyenda popular le recuerda vieja y gorda, pobrísima y olvidada, fumando tabaco sentada en el portal de su vieja casita.

El 22 de marzo de 1918, con la ayuda de Enrique José Varona y José María Chacón y Calvo, se organizó una velada-homenaje en honor de la insigne poetisa en el Ateneo de La Habana a la que asistieron intelectuales de la época y que sirvió para paliar en algo el desabrigo en que había quedado la excepcional mujer.

Luisa Pérez de Zambrana murió en Regla, La Habana, Cuba, el 25 de mayo de 1922   a la supuesta edad de 85 años. Es ella todavía luz que titila en los estantes de alguna una vieja biblioteca. Tal vez su alma inclinada sobre las vetustas páginas de un libro, bondadosamente recupera esa inmensidad en que el ojo capaz de  distinguir “las dulzuras de la melancolía”, halle su tropel de mansedumbre y gran provisión de incalculables frutos desde un legado sempiterno.

 

“Y doblando mi rostro de azucena,

en un desmayo blando y halagüeño,

cerrar los ojos al eterno sueño,

tranquila y sin pesar.

Y apoyada en un árbol, la cabeza,

a su sombra sentada, blanca y fría,

que me encuentres sonriendo todavía,

mas ya sin respirar.”

(La melancolía)

 

Me permito incluir en este modesto homenaje, dos sonetos que escribí a Luisa Pérez Montes de Oca de Zambrana

 

Te ha besado la muerte tantas veces

 

“¿a dónde va, cubierta la mirada,

con una venda negra?”

Luisa Pérez de Zambrana

 

“En medio de esta paz tan lisonjera”

tú lo sabías, Luisa, entre las ramas

de la amante familia, lo que amas

es a veces la efímera manera

 

de dar buen fruto sólo por un tiempo

y luego convertir en fruto amargo

el recuerdo inmortal: el cruel embargo

de la sombra que te atacó a destiempo.

 

“Has llorado mil veces que allí amabas”,

has reído tan poco que ignorabas

de la risa en el llanto su recargo.

 

De tus versos felices sólo queda

un tesoro vendido en la almoneda

cual beso que la muerte da de encargo.

 

 

En la cruz de tu triste sepultura

 

“¡almas desengarzadas de mi alma!

Luisa Pérez de Zambrana

 

A veces me pregunto por qué parten

dejándonos tan solos nuestros hijos

a sembrar en las tumbas crucifijos

que todas nuestras lágrimas ensarten.

 

A veces me pregunto si departen

sus almas de dulzura en escondrijos

del duelo de las madres: acertijos

que van sin responder cuando reparten

 

los hilos de la vida, y en la suerte

es más ruda la garra de la muerte

y más fuerte el vivir sin regocijos.

 

Y en la cruz de tu triste sepultura

a veces me pregunto si esa hondura

consiguió reunirte con tus hijos.

 

julio 18 de 2009

 

N.A.

*Acentuar las aes era costumbre de la época, no así las oes como aparecen en la transcripción del poema anterior.

** Algunos autores señalan en año 1917 como el de su muerte y también que muriese a la edad de 82 años.

 

Bibliografía y consultas:

 

(1)  Aquerino, Eduardo, La America, Diario, Año XVII, No. 11, Madrid, 13 de junio de 1873

  1. 14

(2)  Cortázar, Mercedes, Momentos musicales

(3)  De Cárlos, Abelardo, La Moda Elegante Ilustrada, Periódico de las familias, Año XXV, No. 46, Cádiz, 25 de noviembre de 1866, 1. 368

(4) De Llano, Juan, compilador, Pérez de Zambrana, Luisa, Obra Poética.

(5) González Morejón, Mara, Genealogía cubana. Genoforum.genealogy.com/Cuba

(6)  González Cruz, Iván, Archivo de José Lezama Lima por José Lezama Lima, 1.249

(7)     Zieba, Thule, tataranieta de Luisa Pérez de Zambrana. Entrevista personal.

 

Agradecimiento personal a:

Javier de Castromori (hemeroteca)

Alberto Lauro  (anecdotario)

—————–

Nota del editor: Publicado originalmente en La Peregrina Magazine.

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