Alejandro Fonseca —Canon Literario Cubano en la Diáspora

Canon Literario Cubano de la Diáspora Críticas y Reseñas

El poeta en actos

Sin duda, Alejandro Fonseca es un poeta interesante. Poeta sin miedo. Poeta que intenta trascender su propia historia y su propio condicionamiento mental. Pero con el mayor esfuerzo no puede. Esto me recuerda la frase que se hizo habitual y que marcaría por siempre al poeta Lord Tennyson, al subrayar su nombre durante la niñez: “Siento campanillas vibrar –t-e-n-n-y-s-o-n– en el centro de mi corazón”.

Vibraciones rítmicas también habituales, según la denominación del mexicano Luis González en Pueblo en vilo, en la matria –la raíz– del poeta local, de cuyo núcleo esencial cada individuo se ve conectado a la patria, pueblo y ciudad.

A lo largo de la compilación de Fonseca, De un tiempo deslumbrado (Editorial Silueta, Miami, 2011), subyace la coherencia vibratoria y rítmica de la matria pueblerina. Cuando estuve a su lado –las pocas veces que lo estuve– sentí la extraña sensación de concurrencia a la proximidad de cierta atmósfera vivencial que tuve en tiempos pasados. Lo que me impresionaba de la Historia, por ejemplo, de la investigación, no era el hallazgo del último dato, de la última conclusión, de la abundancia y la forma del documento, sino de la formación oculta –el momento de formación, en el proceso temporal– de los espacios de silencio en las estructuras sociales. Era una impresión sensorial, categorial; no una visión. No penetraba con ojo de poeta. De ser así, el tiempo fuera otra historia.

Lo que sucede en Cuba, como en otras partes del mundo, la Historia precede a la Poesía. El historiador proporciona espacio al poeta. En Cuba no hay poetas en sí. Y con esto no estoy haciendo descalificaciones. Con esto estoy diciendo que los poetas están ligados de algún modo al entorno histórico y, cuando intentan enfocar un viraje, lo hacen sobre la triste historia de la represión, de la historia sumergida en el inconsciente.

En el caso que nos ocupa, sorprende que la formación del tiempo histórico en el poeta, la mentalidad con que el poeta se conecta con el terruño, con la matria, ocurra a través de la imagen de municipalidad, categoría sensorial dada por el historiador holguinero José García Castañeda al adentrarse en los hilos formadores de Holguín. De esa municipalidad nace la conciencia poética holguinera a posteriori, dada por la concepción imaginaria y sensual.

De un tiempo deslumbrado se revela como “geometría local” –cotidianidad de vivir y pensar en campo geométrico los recovecos del terruño, con énfasis y detenimiento frente a la proporción sobrecogedora del misterio local– conciencia a partir del sentido de municipalidad, cuyo condicionamiento yace hondo en la sensibilidad del infante. Le viene del pasado; le viene como regalo seductor de la Historia. De modo que esa sensibilidad provoca y hace mirar cada espacio, cada hecho, refrendando en símbolo y metáfora de la ciudad.

El poeta es poeta por condición de la Historia, a grandes rasgos circunscrito por las políticas y las ideologías administrativas y culturales de la ciudad. De ahí que se diga, la selección, tiene voz propia y se aparta del relato poético cubano. No se aparta, no comulga con la tradición, pues constituye la continuidad del proceso visiblemente descoyuntado en el momento de la historia holguinera, de la municipalidad, cuando las estructuras civiles de la formación de la nación cubana se hacen emergentes.

Es ética consuetudinaria relevante de la biografía “ciudadezca”, común en los tiempos en que se afinca; sobre todas las cosas, en el amor nupcial a la familia, a la casa, al barrio, a la ciudad y al terruño, en cuyo espacio y lugar se nace y se vive por un buen tiempo.

Es biografía –o estructura temporal y espacial, existencial, individual y colectiva– de una vida, mentalidad cultural “municipal”, que no pasa de ahí: no deja de ser local bajo cielo abierto. No deja de ser insular bajo el cielo local. De ahí la satisfacción deliberada del poeta de sentir el regreso, “sentir aquello que es mío” al menos imaginariamente, del lugar de nacimiento y lo presumible como lugar de la muerte: la satisfacción del sentido de patria chica.

Es ética del olfato –como diría un compatriota suyo, el general Calixto García, una vez inmerso en la manigua insular–, de degustar y sentir el impulso iniciático de la patria-localidad. Es como sostener la pérdida de la identidad cultural una vez traspasado el espacio físico del terruño y haber transgredido, de igual modo, la “erótica patriarcal de la ciudad”. En este sentido, el libro de Alejandro Fonseca es precioso. Desmiente que nos hayamos liberado de nuestra condición de exiliados.

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