El Canon de la Literatura Cubana en la Diáspora: Reinaldo Arenas

Canon Literario Cubano de la Diáspora

El poeta en actos

Cuánto se ha escrito sobre esta novela, los comentario sobre Celestino no me toma por sorpresa, tampoco los asumo como definitivos. Celestino antes del alba es también real dentro “de lo real”. ¿Realismo, real maravillo, mágico real? En La rebelión de los brujos, L. Pauweds y J. Bergier escriben:

“Parafraseando al barón de Gleichen, podemos decir: La tendencia a lo maravilloso, innata en todos los hombres; nuestra afición particular a lo imposible; nuestro desprecio por lo que ya se sabe; nuestro respeto a lo que se ignora: he aquí nuestros móviles”.

Lo imposible, lo que no se sabe y lo que se ignora: piedra angular de la narrativa de Celestino.

“Me gusta pasear de noche, cuando nadie me ve. Sí. Me gusta porque ahora puedo caminar en un solo pie”. (lo imposible).

“El duende ya se iba desvaneciendo sobre los últimos gajos del higuillo. Por unos momentos parpadeó el reflejo del anillo entre las hojas, y quise saber si alguna vez podría volver a encontrarme con él”. (lo que no se sabe).

“Pero cuando las cosas se pusieron malas de verdad fue cuando a Celestino le dio por hacer poesías. ¡Pobre Celestino! Yo lo veo ahora, sentado sobre el quicio de la sala y arrancándose los brazos”. (lo que se ignora).

 

Mucho antes del alba, en el cur­so de lo cual el espíritu de Celestino se sintió asiduamente feliz, el narrador descubre un punto de mira diferente y rico en posibilidades en lo real. Lo mismo que hicieron, a su manera, los surrealistas y en las obsesiones oníricas de Alicia en el pias de las maravillas. Pero, a diferencia de ellos, Celestino no va a escudriñar del lado del sueño y del subconciente, sino en la otra frontera: del lado de la supraconciencia y de la vigilia superior. Celestino habla en claves de realismo fantástico.

No debe verse en lo real la menor inclinación a lo extraño, a la singularidad inte­lectual, a lo exuberante, ni a lo atrayente.  “Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo”, escribe Reinaldo Arenas.  No busca plasmar en el lejano el suburbio de la realidad. No busca el extrañamiento; por el contrario, Arenas se instala en el centro de lo real. El saber, por poco agudo que esté, descubre lo imaginario en el centro mismo de la realidad. Algo ficticio que lo incita al efugio, sino, por el contrario, a una más insondable fidelidad.

Si Arenas no buscar lo irreverente fuera de la realidad, es porque está lleno de curiosidad e imaginación.  De la tierra, de la realidad, de la entraña extrae lo imposible, lo que se ignora y lo que no se sabe:

“¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar, hasta en los respaldos de las libretas donde el abuelo anota las fechas en que salieron preñadas las vacas. En las hojas de maguey y hasta en los lomos de las yaguas, que los caballos no llegaron a tiempo para comérselas. Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de maguey por enmarañar. Ni el lomo de una yagua. Ni las libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas”.

Como una transgresión de las leyes naturales, así aparece Celestino antes el alba en lo real de lo imposible. A mi juicio, lo que terrible y hasta visceralmente se ha constatado en esta novela es resultado de la relación con lo real cuando éste se penetra directamente y no acrisolado por el sueño del narrador, por el ethos, por las alucinaciones y por las resignaciones. Todo resulta natural cuando el narrador expresa lo imposible real.

“caminando por sobre un fanguero y vi a Celestino escribiendo poesías sobre las durísimas cáscaras de los troncos de anones. Mi abuelo salió, con un hacha, de la cocina y empezó a tumbar todos los árboles donde Celestino había escrito aunque fuera solamente una palabra”.

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