El canon de la literatura cubana de la diáspora: Manuel Sosa

Canon Literario Cubano de la Diáspora

Por: Julio Benítez

Después de terminar el libro Arte de Horadar de Manuel Sosa, Ediciones Exodus, 2017 alcancé a esbozar más de una sonrisa. Y eso, viniendo de un lector desconfiado es un buen síntoma.  Mis expectativas, al desconocer el contenido del libro y con cierta reputación en los medios miamenses eran las de enfrentarme a un texto, aunque satírico, tal vez lleno de frases rimbombantes y conceptos solo para especialistas.

No es eso esta colección que el propio autor ha llamado divertimientos críticos. Este conjunto de ensayos, notas, recomendaciones y burlas sobre lo que ocurre en la literatura cubana de los últimos tiempos y algo más viene a ser un nuevo impulso a la crítica que tan necesitada está, especialmente cuando como Sosa indica está ligada esta última a censuras, compromisos y otros menesteres que lastran nuestro legado crítico, o como algunos llaman de ciencia o análisis literario.

La estructura se corresponde con los propósitos del autor que llama Insignias Troyanas a la primera parte.  Si bien el autor de Arte de Horadar deja caer sus preferencias por el reconocido crítico Harold Bloom, coincido en la mayoría de sus juicios sobre los problemas que acucian nuestro acontecer literario. Así se puede ver el juego de “Criticar al crítico”, lo de los amigos que escriben mal y el barrio pobre de la poesía urbana entre otros temas, tratados con sagacidad y con toda la profundidad que permiten sus cortos trabajos. Me llama la atención su interés por descalificar a Norberto Fuentes, especie de ícono del escritor rebelde que no era tal y que muy bien Sosa señala. Lo de la poesía es algo que muchos hemos compartido, me refiero tanto a la poesía fracasada de los primeros y tantos años de la Revolución.

Creo que su adelanto en cuanto a Borges y su influencia en Cuba, a pesar de su limitada compilación, que sacó el oportunista Retamar del lecho de muerte de este grande de la literatura en español, es un buen ejemplo de adonde apunta el dardo de Sosa Arte de Horadar levanta las ronchas que corresponden tanto al poeta que se torna funcionario, así como a la descalificación que acompaña el Realismo Socialista tradicional junto al que de manera siniestra renace en el mundo de las izquierdas en desgracia.

Ubicar a Calibán y su creador no es precisamente una labor de rescate sino de desmitificación como mucho del libro. Retamar ha sido el gran oportunista de la literatura cubana, a pesar de los méritos que algunos le otorgan y en eso Sosa es como una espada con filo. No queda títere sin cabeza.

Es muy significativo su aproximación a una figura que algunos desconocíamos hasta nuestra inmersión en la diáspora:  me refiero a Lorenzo García Vega y su reinserción en lo cubano; pero en reverso.

Hay algo en lo que no me complace y claro es mi opinión como lector. En tiempos que pensé que la declamación había desaparecido y con mis experiencias con escritores y actores latinoamericanos pude comprobar la veneración que muchos tienen allende los mares por Buesa. Si hay un poeta cubano conocido por las multitudes es el que junto a Hilarion Cabrisas popularizó esa especie de romanticismo decadente pero muy popular, por cierto, y que dejaba mucho dinero. Descalificarlo sin darle mérito a sus poemas más logrados no es, en mi modesta opinión un acertado veredicto.

La cuestión del canon es otro fenómeno polémico. Si bien Harold Bloom es, digamos una de las autoridades de este concepto en el mundo occidental, hay por otro lado una revalorización gigantesca de la figura de quien fue un funcionario; pero un poeta, incluso reconocido por grandes esferas académicas de Estados Unidos: Nicolás Guillén.  Y así también podría también referirme a Martí con el que creo Sosa es demasiado injusto al limitar un precioso ensayo a lo que él llama un panfleto. Ahí, se le va la tuerca, en mi opinión como lector que no busca revanchas, a pesar de la miseria que vivió por la Isla. Una cosa es negar el pasado, las desgracias literarias nacionales y otra es ceñirse el traje de alguien que no conoce bien nuestra lengua como es Harold Bloom y muy a pesar de su ayudante cubano, el prestigioso profesor Roberto González.  Pero si hay que asumir el libro con una sonrisa, pienso que justo es quien mira con piedad y por eso creo que valen más las joyas que las opiniones extra-literarias. Sosa es un buen prosista y un hombre de ideas y ante él me quito el sombrero.

La segunda sección tiene mucho de socio-lingüística o análisis sociológico de la literatura. Pone el punto en la llaga de errores no solo profesionales sino de las jugarretas de aquel sistema en el cual un Inquisidor puede entrevistar y dársela de sabio.  Para agregar en otro de sus trabajos que alguien pudiera jugar con la semiótica, la semiología, la semántica, y todas las meta-definiciones. Porque Introducción a la Metatranca es una parodia de los lingüistas, y críticos de los últimos treinta o cincuenta años quienes, mientras más palabras raras y más incomprensibles usan, pretenden con ello demostrar su sapiencia.

Pero Arte de Horadar va al duro y sin guante con los críticos que citan mal o también por qué no, contra las bases mecánicas de concursos que dan premios, pero no necesariamente representan la apertura de un nuevo talento. Y de ahí a gozar con el sujeto lírico o la muy divertida nota sobre el poema de Miguel Barnet “Empujando un país”

Muchos son los temas que trata este autor. Ahí nos deleita con un casi antológico pasaje sobre la erección de un crítico, junto a la acertada definición del difunto comisario Luis Pavón. Esos son temas ineludibles de nuestra literatura cubana y de los males que con ella vino como resultado de la gran estafa revolucionaria.  No deja de ser muy interesante la mención del miedo virgiliano, las instrucciones para escribir poesía moderna o una novela cubana que son un verdadero manjar para quien busque en su lectura solaz esparcimiento y una buena dosis de humor. Porque, casi que abarca todo nuestro devenir insular, contra lo que él considera enigmas de nuestra literatura. No queda títere sin cabeza en estas disertaciones frescas y a la vez de un estilo satírico y un tono que invita a leer.

Me atrevo a afirmar que Sosa tiene el garbo de los prosistas que conquistan al lector, que su pluma es capaz de resumir lo que viene a ser la historia de nuestras letras en sus más de dos siglos de existencia. Mis desavenencias con algunos criterios, pueden ser generacionales o de una visión distinta, más que nada de alguien ausente de nuestro quehacer literario por muchos años. Por encima de cualquier consideración creo que Arte de Horadar es un libro necesario. Es un disparo a la chatura de un país que ha producido más nombres que obras. Leerlo es un verdadero juego que refresca los siempre controversiales estudios de las letras.

 

 

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