El canon de la literatura cubana de la diáspora: Armando de Armas (ensayo)

Canon Literario Cubano de la Diáspora

Por: Ángel Veláquez Callejas

“…en medio de este cuadro tan vasto, tan nuevo y tan confuso, descubro algunos rasgos principales que sobresalen, y voy a indicarlos. “

La democracia en América/Alesis de Tocqueville

I Los naipes y la condición de igualdad y de vida

Un observado agudo y estudioso también de la democracia norteamericana, Alesis de Tocqueville aducía el mismo procedimiento de la historiografía a la hora de emprender quizás el examen gubernamental más ambicioso y exhaustivo sobre la cultura política de América en la primera mitad del siglo XIX. En La democracia de América como en Los naipes en el espejo los hechos históricos contribuyen por si mismos a dar cuenta, sin la necesidad que se le adhiera detrás un aparato teórico y conceptual, como se produjo en el teorema del mito de la igualdad de condición y su engaño. Él había apreciado con perspicaz en un estudio anterior, El antiguo régimen y la revolución como se pasaba por alto entre pensadores y hombres de Estados de su época la realización de someter a escrutinio el sentido de igualdad de la revolución francesa.

El desciframiento del mito, consuetudinario y aspirante a la secularidad inmortal -mediante el cual la democracia fue manipulada-, por Tocqueville puso en evidencia a posteriori como las acciones del partido demócrata pasan por republicanas y las del partido republicano por demócratas. Nunca sería desdeñable observar, oteando en los intríngulis a partir de un juego de naipes, como la mentalidad y el espíritu de las generaciones se moldearon a los dictados de la igualdad de condición.

No me equivocaría en aducir un testimonio ejemplar: uno de los críticos más acérrimos de la cultura política norteamericana, el sociólogo y neo-marxista francés, Jean Baudrillard tomo el argumento de la igualdad de condición como un referente conceptual para exponer en el ensayo América la tesis de que en Estados Unidos imperaba varias décadas antes la política del simulacro, la ilusión y la hiperrealidad. Dado que la igualdad de condición era la igualdad en todo y para todo, en la política principalmente, los norteamericanos cada vez más debieron de asegure la imperiosa necesidad de construirse la otredad a partir de sus propias imágenes ilusorias. No sé hasta qué punto la óptica ilusionista de la igualdad de condición contribuyó y propició que los naipes en la política se trastocaran como lo demuestra Armando de Armas en su ensayo. Lo cierto es que ha habido una tendencia a ocultar los verdaderos roles en la política norteamericana. Si los republicanos promulgaron las principales leyes de los derechos civiles y los demócratas se las adjudican para usarla en la retórica del discurso político es porque de algún modo los demócratas juegan con la óptica de igualdad de condición.

Los altisonantes slogans de la retórica del partido demócrata a partir de la fundación en la década de 1860 provienen de allí, del principio de igualdad divisible. No en balde Tocqueville señalaba, para evitar en el futuro un resquebrajamiento de la democracia en América, implementar medidas que impidieran a la democracia caer en el conformismo y en la continuidad hasta entonces lograda. Sugería un proceso ascendente de la democracia en América. El propio Emerson estimulado por el gran estudio de Tocqueville escribió por entonces lo que se conocen los Ensayos una declaración de la independencia literaria. Naturalmente, hasta donde alcanzo ver, el análisis que proporciona Armando de Armas a partir de los hechos prueban fehacientemente que el nudo gordiano de los naipes en el espejo es el reflejo de como desacralizar el espíritu de la igualdad de condición. De aquí surgieron las ideologías, en tanto han golpeado la idea fundacional de la Constitución.

El otro aspecto fue, acto seguido, el conservadurismo que implicaba en la democracia en América tratar con el concepto de condición de vida. La condición de igualdad y vida fueron los puntos esenciales de la democracia antes de la guerra. De ahí que el pauperismo constituyera el tema central mediante el cual los hombres americanos se ajustaron al tipo predominante de análisis de la economía política. Hasta 1860, antes de producirse la guerra de secesión y fundarse el partido demócrata, el punto crucial del pensamiento de la democracia en América pasaba por la exégesis de la eliminación de la pobreza. El conservadurismo se negaba aceptar que la ética del bien se ligara con la idea de la sinergia del progreso: suponer lo mejor en el futuro. La idea de futuridad que convendría en el mejoramiento de la vida humana creo las condiciones ideo-políticas para la fundación del partido demócrata.

Para entonces, el partido republicano-democrático, que ya retrospectivamente miraba la vida de los primeros tiempos constitucionales irrecuperables, veían asomarse en el juego político los naipes sobre la mesa. El tono plañidero de los partidarios a la condición de igualdad mediante un conservadurismo en retirada en los días próximo a la guerra, era casi proporcional a la ética de lo irreparable.  Para los futuros demócratas había surgido una ciencia política a su favor. La ciencia que reina hasta hoy en día: la economía política de las masas en depauperación. En 1850 Thomas Carlyle la bautizó con el mohín de dismal science, al parecer la ciencia de las atribuciones del mejoramiento imponderable.

II La tematización

Visto así el marco de la proto-escena de las cosas, debo reconocer a partir de ahora que la descripción que revela Armando de Armas es crucial y determinate. En gran parte de la existencia del discurso de la retórica de la filosofía política, el buenísimo es insuperable y también lleva oculta la lógica del avestruz. Se esconde, desde luego, mitificándose a sí misma.  De hecho, no le cabe, por defecto, otra posibilidad que resistirse a tener que aceptar y otear en el fondo los problemas bio-politicos que propaguen la verisimilitud del peligro sobre la humanidad. Peligro que no radica, por supuesto, en los hechos estrictamente políticos, sino también trascendentales, legislativos, severos a las raíces mismas de la existencia de la condición de igualdad y de vida.

El libro de Armando de Armas cuenta hoy con una edición ampliada y revisada. Los naipes en el espejo cuyo subtítulo reza Un estudio sobre los mitos inducidos en el imaginario político norteamericano, de cara a las elecciones presidenciales de 2016 se reeditan en un momento de complejidad política en la vida cultural de los Estados Unidos. Voy a enumerar los principales hechos y aportaciones del texto. Los temas (constituyen un marco teórico envidiable) a examinar son:

  1. El renacimiento, el espíritu de la época
  2. Los derechos civiles
  3. La emigración
  4. La Cleptocracia personal y gubernamental
  5. La demagogia y populismo
  6. Libertad

Visto en su conjunto, empírica y descriptivamente, los temas aducidos arriba no son otras cosas que la capacidad de representación teórica del autor a la hora de practicar un ejercicio de abstracción metódica.  Sin avisarlo en el texto, sin que tener que mencionar una sola palabra, el autor ha realizado a partir de la elección de los temas una reducción fenomenológica de los hechos y las descripciones. Ha elaborado, sin mencionarla, una teoría a partir de la cual da cuenta sobre un fenómeno de impostura política. Los cinco puntos temáticos antes mencionados reducen a los hechos a imágenes concretas formando un modelo y forma de pensar. ¡Entonces hablemos como adultos!

Mientras el partido demócrata ha hecho desde siempre sus construcciones políticas e ideológicas a partir de la demagogia, hay que pensar como una representación del comportamiento republicano, revelado por Armando de Armas en estos ensayos, iba ocultándose detrás de la línea del progreso en la constante imparable idea de pobreza con la esperanza de mantener la ilustración.  La condición de igualdad sumada a la de la vida configuraría un espectro sombrío, a mi modo de ver, sobre la cultura política y cognoscitiva del destino estadounidense que ocultaba una masa de datos complementarios y que bajo la óptica de De Armas evocan la necesidad urgente del renacimiento político y reclama la aclaración metafórica y conceptual del espíritu de la época. Solo si los hechos ocultados en su letanía conservadora tienden por sí mismo a representarse en la superficie de los condenados el saber se enriquece. De este modo incrementamos, gracias a la investigación empírica de Armando de Armas, el caudal epistémico de la cultura política norteamericana. Ya sabemos por qué muchas cosas en la escena política no son siempre reales como se presentan.

Carl Schmitt en El concepto de lo político hubiese arrojado la mitificación política del partido demócrata al desdoblamiento de las funciones del Estado con respecto al pueblo en una sofisticada guerra demagógica exponiendo como el liberalismo en un determinado momento niega la democracia. En términos plurales, la aseveración de Schmitt ayuda, paradójicamente, hacer entender los desvíos suscitados en el panorama político de la democracia norteamericana.

III El espíritu de la época

¿Qué tiene en mente Armando de Armas cuando habla de renacimiento y del nuevo espíritu de la época? Estamos en el núcleo duro del libro. Al pensamiento democrático contemporáneo le es difícil entender esta idea. La observación de que “la Política en Occidente podría haber arribado a un punto disyuntivo en que o regresa, espiritualmente hablando, desde la presente Postmodernidad hacia el Renacimiento o dejaría de ser Política; y, en consecuencia, Occidente dejaría de ser Occidente; al menos Occidente tal y cual le hemos conocido por los dos últimos milenios. ” es tan problemática como sugerente. Con esta problematización del regreso o la vuelta a una antigua época entramos a considerar un nivel de abstracción del pensar que despacha cualquier periodismo corriente y abre el espacio para pensadores. La palabra renacimiento así lo indica.

¿Por qué es de vida o muerte regresar a una antigua época; que ha pasado con Occidente que la política ha provocado un cambio de espíritu? La democracia contemporánea ha fracasado. El concepto político de res publica (ciudadanía), sociedad civil romana de democracia, ha involucionado. Hay que regresar. De Armas es claro. Cito in extenso:

“Conforme el Renacimiento significó, en la medida de lo posible, una vuelta desde la Edad Media, entendida como la última gran época de la humanidad, hacia la Antigüedad Clásica, entendida como la primera gran época de la humanidad, podríamos asimismo estar ahora abocados a un espacio-tiempo bisagra en que, en la medida de lo posible, regresaríamos al Renacimiento, no ya desde una gran época sino desde la más chata, por decir lo menos, de todas las épocas padecidas por el hombre, lo que vendría a dar un sentido de urgencia a ese regreso: regresamos o desaparecemos, no como hombres, pero sí como hombre occidental; ese cuya divisa primera sería la libertad, el devenir del individuo.”

Aunque no estoy de acuerdo con la idea del renacimiento en el sentido político del regreso (las cosas están ahí ocultas, funcionando en una dinámica esotérica, invisible), la tesis De Armas es plausible y manda como imperio. Para la política, la realidad parece no tener otra fórmula que replantear el regreso. Las observaciones puntuales, hechas en el mismo epicentro del lugar donde sucedieron los acontecimientos antiguos, por citar a dos renacentistas contemporáneos parecen inobjetables, sugestivas y contienen las mejores dotes del pensamiento político actual. Julius Evola (nietzscheano oculto) avizora la decadencia política de occidente en dos lujosos ensayos Rebelión contra el mundo moderno (1934) y Hombres entre las ruinas (1953) y el otro, un referente reciente, el espíritu del Segundo Renacimiento en la voz de Armando Verdiglione.  En un alegato de apenas unos meses publicados, L’operazione guru, el autor de la cifrematica expone con lujo de detalles cuales son las razones del peligro actual de la dominación a partir de homogeneidad cultural.

En verdad, el ensayo de De Armas provoca una distinción espiritual, una forma de vida no análoga a la condición de igualdad. No se trata del renacimiento que se describe en la historia del arte, sino del renacimiento en su concepto de allokromia: la antigüedad clásica no requiere ninguna reproducción representada por acción de épocas posteriores, ya que ella regresa perennemente por su propia voluntad. Aun cuando señala el problema de la época actual, De Armas en un hombre del renacimiento en tanto vive dentro de una época que sabe que no es su época. El renacimiento no es una huida hacia atrás, sino, como lo evoca Evola en un libro personal, Cabalgar el tigre, aquella forma de vida que, dentro de un modelo homogéneo cultural, cuyo precepto ideológico afecta a todos exponiéndolos ante la fragilidad de existir, tiene que ser sorteado necesariamente. La política del renacimiento no imita modelos antiguos, formas clásicas de imperios y monarquías sino recupera antiguas formas de vida donde la cultura de los individuos y las democracias fueron azuzadas por la ascética del arte y del fitness.

La crítica que realiza De Armas a la modernidad actual, cuando expresa que “el Espíritu de la Época es, como saben los que lo han padecido o se le han opuesto, socialista y paternal, sensiblero y mecanicista, inductor e impositivo, seductor e implacable, solidario y suicida, rechaza el azar y apuesta por la planificación; prefiere la repartición de la riqueza a su creación, hablar de los derechos humanos a hablar de los derechos del individuo, la sumisión a la guerra, la moderación a la libertad, los hombres flojos y las mujeres fuertes”, pide con urgencia la detención de la época  cultural de la condición de igualdad, no importa si esta personificada  como una prontitud espantosa o como un resignado viaje por un mundo feliz, o bien desde el punto de mira de la política del totalitarismo, como una juiciosa asociación de esos mundos.

Cuando de Armas da un salto hacia atrás y evoca la Reforma Protestante no la toma en un sentido humanistas como fue representada en los programas progresistas de ilustrados filósofos y pedagogos, sino como un modo de renacimiento, del cuidado de si contra la dogmática cultural del cristianismo. A mi modo de ver, lo que ocupa a De Armas en este ensayo está directamente relacionado con la propuesta de provocar una cisura esencial con el sistema de las medias tintas. La expresión espíritu de la época no significaría otra cosa que un código cerrado y hermético que apunta a un determinado arrendo de molde metafísico delimitado en término cifrematico. En una de su obra narrativa insigne, Caballeros en el tiempo, se ha desahogado contra todo esto con el arrebato de un autor que pretendía desarmar las columnas sesgadas de una tradición del espíritu de igualdad a partir de sus experiencias.

IV Lo demás por añadidura

Empezando por la ultima temática, la libertad, el despliegue de los hechos se consideran subjetivos. En tal sentido, la filosofía política busca a toda costa establecer el tipo de verdad, como aquella definición que restablece la función del tiempo como constancia, pero ignorando el peligro fundamental: que el hombre destruya, o ponga en peligro su propia existencia natural política, se manifiesta en la falta del sentido sobre en qué consiste la libertad. La filosofía política piensa en términos de orillas, partiendo de la base del concepto sobre lo individual no se profana y contamina –ética pura o puritanismo a lo inglés–, en el pathos de la libertad.

En grado estricto, la filosofía política habla de libertad individual, pero como filosofía al fin, abstrayéndose de la parte intelectual, no la considerar ontología política. Quizás este desajuste de la experiencia filosófica entre lo individual y lo colectivo, entre lo positivo y lo ontológico pueda explicar lo que nos ocupa en este momento al valorar el ensayo de Armando de Armas sobre la política norteamericana a partir de la metáfora de Los naipes en el espejo. Sucede que es difícil establecer unidad real entre la palabra libertad y el significado existencial conferido a la ontología política, cuya arbitrariedad viene, paradójicamente, sucediendo hoy en países democráticos como Estados Unidos.  Hablar sobre libertad, individualismo, respecto al constitucionalismo en el momento del republicanismo político norteamericano actual ofrece la oportunidad de situar la caída, el resquebrajamiento de los valores constitucionales de independencia en un lugar a aparte, cada vez más afectada y puestos entredichos.

Cuando Rudolf Steiner fue llamado para organizar la papelería del archivo de Friedrich Nietzsche, siendo ya un gran ocultista y antroposófico, se dedicaba a especular sobre el concepto libertad. Había escrito un libro, La filosofía de la libertad, que, aun hurgando en esa expresión, quedaba en un tratado de filosofía y de ética. Lo curioso de la filosofía de la libertad fue que murió de espanto cuando Steiner se presentó ante los archivos de Nietzsche. Una “papelería” traducida en expresión de voluntad, no solo con el deseo de acceder al concepto intelectual, sino también experimentarlo. De ahí que la política comience a transitar como un medio mítico, retorico y programático.

La filosofía política tiene que ser política –ética– en tanto se contrapone al sentido historicista –razón común– de la humanidad. Pero aun así esta filosofía no contiene un sustrato de fondo, coherente y trasparente, sobre el sentido de la liberación individual, sino una representación conceptual mediante fuerzas políticas en acción. A la filosofía política le importa, desde luego, la búsqueda, el análisis, el ensayo de la analogía y la comparación sobre la libertad, pero no la liberación en sí. Aun cuando habla de los derechos del individuo y no de los derechos humanos, está estableciendo la comparación y haciendo notar el error, porque en última instancia, tal y como apunta Leo Strauss, ambos desafíos son potencialmente manipulados a favor de las tiranías y los regímenes totalitarios. Por eso la filosofía política prefiere una ética, una representación, no el suicidio político. Los demócratas conocen muy la estrategia.

Los naipes en el espejo establecen desde el principio un juicio ético, de valor representacional, a partir de las dos fuerzas políticas que luchan históricamente en la fundación y evolución de la nación americana. Bajo una verificación empírica, desde sus propios postulados políticos y recurriendo a una comparación de principios, Armando de Armas acuna de que partido está el error: el Partido Demócrata. No se trata de la impugnación deliberada de un partido hacia el otro -en este caso hacia el demócrata y su administración actual- bajo ningún concepto particular o personal, sino la verificación concreta de las tendencias políticas que dan prueba de cómo se correr el peligro de escamotear la esencialidad republicana de Estados Unidos.

El ensayo de Armando de Armas maneja una escritura sencilla, diría casi didáctica, pero con la consabida actitud constituyente de enjuiciar y evitar el peligro político que se corre. Consigue camuflar –se puede leer entre líneas quizás– el fundamento del postulado filosófico muy a tono –aunque no idéntico—con la filosofía política descrita arriba, nacida en tiempos convulsos desde la cual se trató de impedir una vez, a través de una escritura esotérica, el avance desproporcionado y abrumador de las políticas de “buen vecino”, aliadas siempre en apariencias al intento de “satisfacer” necesidades y esperanzas colectivas. El ensayo de Armando de Armas corre parejo a esa política que dijo adiós al historicismo lógico, al encantamiento de utopías, y que dirigió su ejecutoria en función de una ética dentro del poder constitucional, del Estado y las instituciones civiles en contra de la configuración de tiranías, narrativa tiránica con que la postmodernidad se vio obligada a convivir desde su mismo nacimiento.

Los naipes en el espejo vislumbran el peligro tiránico que amenaza a Estados Unidos dentro de los ejes formales del constitucionalismo republicano. No se trata, como bien apunta el autor, de culpar a los partidos políticos, sino evaluar y elevar la majestuosidad con que se va edificando un determinado “espíritu de época” dominante, en forma de mentalidad colectiva socializada. Confieso que no estoy convencido del todo sobre si el “espíritu de época”, cuya tiranías y totalitarismos sobreviven sin mayores obstáculos, pueda verificarse a través de un estudio de sociología histórica. Desde ese punto de vista y de partida, las reflexiones de la filosofía política straussiana agotan en sí mismas todas las posibilidades para direccionar otro derrotero plausible que, más que una verificación de hechos palpables y demostrables, ahonde en la propia subjetividad del observador y analista, inserto en el “espíritu de la época”.  Es decir, verificar si la tiranía manifiesta como espíritu ha sido investigada bajo los supuestos filosófico de la política. Queda por demostrar y comprobar si es cierta la dicotomía.

Lógicamente, George Santayana en La razón en el sentido común, recomienda que para un período también de incertidumbre tiránico –como el de la época victoriana—, la función de la filosofía y la ensayística no pueden sustraerse al mero hecho de establecer hipótesis poéticas o mediante la construcción de la filosofía profesoral y academicista. Santayana admitía, como se adopta en Los naipes en el espejo, empoderar la acción en el presente para encontrar la ética adecuada al compromiso político, cuestión esta que servía para racionalizar cada espíritu y cada fuerza de la época. Sostener una escritura de ensayo crítica que desvalorizara sin tapujos el espíritu de la época del colectivismo permanente.
Lo importante también del ensayo de Armando es la aspiración de establecer una demanda de tipo eugenesia teórica, política, como la vio Leo Strauss al sugerir que “nunca vean en el espejo”. Directo a los hechos, la política refleja el espíritu de la época. La carta de San Pablo a los Corintios revela en más de un sentido que la realidad se nos presenta por mediación de un concepto sombrío (el espejo); entonces, develado el concepto, la libertad es. Siempre que sucede tal revelación el espejo refleja el concepto que manejamos de antemano. Así nació el concepto República en Aristóteles; noción diluye la esencia individual conformando seres pensantes separados de las experiencias que se refleja. Que mediante el constitucionalismo norteamericano puso de relieve, en forma pragmática y programática, una literatura ensayística para testimoniar el peligro, se hace eco también Los naipes en el espejo.

La impronta de la literatura ensayística y el arte de escribir la Constitución estableció el principio de la literatura política norteamericana. En cierta forma cuestionando pasa a paso la filosofía política de la lógica del avestruz. Los autores como de Armas, no trataban el asunto sino nombrarlo. Los naipes… descontextualiza la filosofía (abstracta) autoritaria y populista. “La Política para prevalecer- apunta el autor-, como en el renacimiento, tendría que apostar más por la fuerza del individuo y menos por la fuerza de la tribu”.

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