Aurelia Castillo De González, dramaturga cubana del siglo XIX

Literatura y Lingüística

Por: Ramón Muñiz Sarmiento

Quizá sea Aurelia Castillo de González la figura más estudiada dentro de este grupo de autoras; ello puede deberse a la impronta que marca en un momento determinado de nuestras letras la ilustre camagüeyana. En su vida intelectual vale tanto destacar su producción literaria como su labor a favor de la difusión y divulgación de la cultura cubana. Indudablemente gozó de un amplio reconocimiento y del favor de la comunidad ilustrada de la época como lo afirma la doctora Luisa Campuzano:

 (…) a comienzo de los noventa Aurelia Castillo de González era la figura femenina más destacada y activa de las letras cubanas, lo que salta a la vista al revisar las principales publicaciones del momento donde su nombre aparece junto con los de representantes de las más disímiles corrientes en una armonía bien documentada y tan evidente que cuando Lezama Lima, en su Antología, la coloca al frente del grupo a los que se llama «poetas de transición», podríamos asumir que no solo se está refiriendo en su caso a valores exclusivamente literarios, sino a esa capacidad suya de situarse al mismo tiempo en espacios relativamente antagónicos (…)[1]

Aurelia Castillo cultivó el verso y la prosa. Su debut en las letras se produce en 1866 con su composición «En la muerte del Lugareño»[2]. Se educó en su ciudad natal, aunque tuvo una formación autodidacta, pues no le permitieron asistir a la escuela, reservada solo en aquel momento para los varones. Comenzó a escribir desde muy temprano. En 1874 contrajo matrimonio con Francisco González del Hoyo, teniente coronel del ejército español que simpatizaba con la causa mambisa. Un año después, González del Hoyo entabló una protesta por el fusilamiento de los cubanos Antonio L. Luaces y Miguel Acosta, por lo cual fue expulsado de Cuba. Ella lo acompañó a España, país donde colaboró con las revistas Cádiz, Crónica Meridional y El eco de Asturias.

Al regresar a Camagüey con su esposo, en 1879, Aurelia Castillo comienza a escribir para diferentes publicaciones seriadas como: La Luz, La Familia, El Camagüey, El Pueblo y El Progreso.[3] Según Francisco Calcagno en su Diccionario biográfico cubano ese propio año dio a la luz en Cádiz un tomo de fábulas, a los que él mismo llama «poemitas morales en que la ficción se utiliza para morigerar»[4]. Según los apuntes del «Diccionario biográfico cubano», del citado autor, esta edición cuenta con el prólogo de Doña Patrocinio de Viedma, también escritora, a la cual cita de esta manera:

 (…) fábulas que no ofrecen una lección fría y meditada, sino un caluroso ejemplo presentado con la más bella sencillez, pero engalanado con la más profunda reflexión[5].

En 1884, realizó, en compañía de su esposo, un corto viaje por los Estados Unidos, y al regresar ambos a Cuba se establecieron en Guanabacoa, ciudad donde Aurelia participó en las conversaciones literarias auspiciadas por José María de Céspedes. Calcagno refiere también que residió algún tiempo en Ciego de Ávila. En 1887 publicó una Biografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda y juicio crítico de sus obras, y comenzó a colaborar en la Revista Cubana.[6] En este año, regresó con su esposo a España, donde pasó dos años sin poder escribir, a causa del mal estado de su salud.

Ya restablecida en 1889, visitó la Exposición Universal de París y viajó por Italia y Suiza. De este periplo resulta el volumen Un paseo por Europa del cual dice Julián del Casal:

 Es un libro de viajes como su nombre lo indica, escrito a la moderna, donde la autora ha estereotipado las impresiones que recibiera, día por día, durante su permanencia en algunas ciudades europeas. Francia, con su última exposición, Italia, con sus reliquias artísticas, y Suiza, con sus maravillas naturales han inspirado esas páginas encantadoras donde el espíritu del lector se extasía en la evocación de las grandezas que desfilan impresas por delante de sus ojos.[7]

Unidos por la época y el oficio, Julián del Casal y Aurelia Castillo de González compartieron la amistad. Ella le envía su juicio personal sobre el poemario Nieve en una carta íntima[8], escrita en Guanabacoa, y fechada el 3 de mayo de 1892, de impecable prosa y donde demuestra gran dominio del idioma, conocimiento de la poesía y de la cultura universal. Por su parte, Casal hace de la escritora una breve semblanza en la cual mezcla vida y obra. La describe físicamente como:

 (…) una estatua de jaspe rosado, coronada de nieve. Los ojos verdes, de un verde marino, lanza miradas severas, atenuadas por cierta dulzura femenina y cierta melancolía secreta. Los labios, color de fresa, si se entreabren ligeramente para dar paso a una sonrisa, ciérranse al punto con fría rigidez. Hay en el conjunto de su figura la majestad de una patriarca romana y la gracia de una duquesa del siglo XVIII.[9]

Resulta interesante observar que Francisco Calcagno también ofrece una descripción de la camagüeyana:

 (…) ¿queréis conocer su físico? Es cubana también en sus formas; rubia, con ojos de cielo: en sus labios vaga siempre una sonrisa pura y afable: brillan en su frente resplandores del genio.[10]

Ambas caracterizaciones son similares. Los dos autores reparan casi en los mismos detalles: el cabello, los ojos, la sonrisa, la boca, el intelecto, la gracia; pero más curiosa aún se hace la opinión, que dan uno y otro, sobre la vida hogareña de la autora. Otra vez presentan puntos coincidentes. Así dirá Casal:

 (…) nunca faltan flores en los búcaros, ni se apagan los cirios en los candelabros. Tras el amor a la patria, el culto al hogar, austero como una capilla, pintoresco como un caracol, fragante como un invernadero, tibio como un nido y atrayente como un jardín de rosas, donde se filtra la luz de las estrellas y revolotean luciérnagas entre los pétalos.[11]

Mientras, dice Calcagno: «¿queréis conocer su vida privada? Pudiera vivir en una casa de cristal.»[12]

Los dos intelectuales expresan la delicadeza, las finezas de las cuales vivía rodeada la señora de González, la exquisita sensibilidad que encontraron en ella aquellos que la conocieron.

En 1892 la escritora ve a su esposo ingresar en el Partido Autonomista Cubano. Pero esto no dura mucho, un año más tarde, comienza a simpatizar con las ideas anexionistas, de las cuales se aparta, al estallar la guerra contra el poder colonial en 1895. En ese mismo año, González falleció, y en 1896, su viuda fue expulsada del país por haberse condolido de la muerte del patriota insurrecto Juan Bruno Zayas, al enviar una carta de pésame a su hermano Alfredo Zayas.

Reside en Barcelona hasta 1898, y al regresar a Cuba, fundó el asilo Huérfanas de la Patria. Quizás el afán de progreso, que marca la literatura viajera de la escritora y que va a ser muy caro a modernistas y positivistas, o el deseo de ver libre a Cuba de España, sembraron en Aurelia Castillo un tanto de confusión. Esto puede comprobarse en su libro de poemas Trozos guerreros y apoteosis (1903), en el cual glorifica a la República instaurada el 20 de mayo de 1902:

Tierra de Cuba ¡Florece!

Lindos pájaros ¡Cantad!

Que un aura de libertad

Los ámbitos estremece.

¡Sol hermoso, resplandece

Con tu más límpido rayo!

Salid del mortal desmayo,

Almas de la patria mía!

Y floreced de alegría

¡Que llega el Veinte de mayo![13]

El libro, además, está dedicado textualmente por la autora de esta manera: «Ofrenda a mi patria y homenaje de amor y respeto al primer presidente de la República Tomás Estrada Palma»[14], figura no exenta de polémica en la historiografía cubana. Es interesante observar, su juicio, en verso, sobre los sucesos de la explosión del vapor Maine:

¿Fue el azar? ¿Fue la Unión? ¿Fue Cuba? ¿España?

¡Allí el esfinge está con su misterio!

¡Ese fue el Maine! Esa armazón extraña

Hoy representa una imperial corona,

Y allí a los orbes que se hundió pregona

¡Colosal y hermosísimo otro imperio![15]

No debe juzgarse en Aurelia Castillo una actitud anexionista, por la expresión en su poética de estas ideas, más aún cuando en todo este libro se enaltecen las figuras de los grandes hombres de la independencia de Cuba: José Martí, Máximo Gómez, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte; se le canta a las madres del pueblo y a los orientales de Maceo.

Por demás, consideremos que en ese entonces Castillo acababa de regresar de un exuberante viaje por Europa: había visitado la Exposición Universal de París y luego Italia. Deseaba para su patria el bienestar del que gozaban los habitantes del viejo continente. Se había dolido del estado desastroso que proporcionaba en su mente el recuerdo de su lejana Cuba. En su labor de cronista reportaba para el diario El país los grandes adelantos del momento, presentados por las naciones que fueron capaces de desarrollar la revolución industrial, dígase Inglaterra o Francia. La impresiona vivamente La Torre Eiffel, como monumento dedicado al progreso humano, al futuro, a la tecnología. La camagüeyana soñaba con la ciudad ideal, donde convivieran, sin contradicción, la ciencia y el arte.

Es una de sus maneras de concebir el patriotismo, es decir: el adelanto para la tierra que la vio nacer. Debido a esto recorre también América del Norte y la América Hispana buscando aquello que pudiera trasplantarse al suelo propio para de esta forma insertarlo en las concepciones modernas de la vida.

La explosión del Maine, por lo tanto, para ella constituye un suceso sorpresivo, raro, que anuncia el poderío de un nuevo imperio. Pareciera, que al menos en un primer momento, no alcanza a valorar las intenciones encubiertas del desastre marítimo. No existen, en su composición referencias a las víctimas inocentes, que perdieron la vida en el siniestro. Es cierto que Castillo quería ver a Cuba libre, eso es innegable; pero le faltó la agudeza política para percatarse como sí lo hicieron hombres como Martí y Maceo, del peligro que representaba la alianza con Estados Unidos. De esta forma, fue engañada por el espejismo que significó el cambio de la Metrópoli española por la norteamericana, juicio éste que más tarde sería rectificado con profunda amargura como le ocurrió a muchos en aquellos instantes. Esto pudo deberse al modelo de progreso que dejaba ver la gran nación del norte y es posible que Castillo de González soñara con la llegada de una vida moderna a la propia Cuba.

La escritora, por otra parte, en varios de sus trabajos manifestó su preocupación por los graves problemas sociales de la Isla, por el atraso económico y tecnológico. Aurelia Castillo recibió la invitación de varios periódicos para que contara sus experiencias de viajes en el extranjero. En estos periplos pudo observar los últimos adelantos científicos del momento, lo cual la lleva a comparar lo conocido en el exterior con el espectáculo deprimente que mostraba la patria:

Al llegar a Cuba en julio del 90 me invadió la más triste de las nostalgias. […] Era la nostalgia de la libertad y el progreso, del orden y la policía. Me encontré con un pueblo desfallecido que deja caer en ruinas sus ciudades; que, con la indiferencia que da la costumbre, ve abiertas e invadiéndolo todas las fuentes del vicio, y que parece no tener ya fuerzas más que para clamar contra el gobierno a cada nuevo infortunio, venga de donde viniere.[16]

La autora repara en la indiferencia y pusilanimidad de los cubanos. Es éste un aspecto que la impresiona mucho luego de su ausencia. Se hace necesario fijar la atención en la fecha: el clima político era presidido por el desánimo y el desencanto. El pueblo cubano había vivido la primera gesta emancipadora (1868-1878), diez años de cruenta lucha que no lograron, en definitiva, cumplir los objetivos del proceso. Sin embargo, en 1895, luego del período, denominado por Martí, Tregua Fecunda, los cubanos vuelven a la lucha por la independencia. Esta es precisamente la situación que encuentra Castillo a su regreso. La parálisis no es tan completa ni general. El movimiento independentista, encabezado por el Apóstol, obraba de manera subrepticia: única vía posible. Recordemos las palabras que dirige en carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, el 18 de mayo de 1895:

(..) ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimo con que realizarlo– de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.

La famosa carta de Martí, último documento de valor político, histórico, sentimental, redactado por el Héroe Nacional y que ha venido a convertirse en su testamento político, debido a la síntesis de sus ideales vitales, constituye referencia obligatoria a la hora de estudiar las circunstancias históricas de las postrimerías del siglo XIX cubano. Se había forjado un aparato de lucha durante meses y años. Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano, y su órgano, el periódico Patria; recolectó fondos entre los tabaqueros, fundó clubes de patriotas; dirigió osadas acciones —fracasos en algunos casos— como el plan de la Fernandina, pronunció discursos para sumar adeptos a la lucha, logró unir nuevos pinos y reconquistar a los viejos: visitó a Maceo, a Gómez y los convidó, nuevamente, a la causa independentista cubana, a una Guerra Necesaria que no admitía dilación.

Solamente la labor silenciosa de este hombre; desde el exilio, en condiciones difíciles; basta para afirmar que el clima político entre los cubanos no era totalmente gélido; todo lo contrario, Cuba estuvo a muy pocos pasos de alcanzar su independencia en el año 1898, y en gran medida, esto se debe al período de preparación de la guerra, experiencia única hasta el momento, que hizo de la Guerra Necesaria una gesta superior a las anteriores.

No obstante, Aurelia Castillo percibe los perjuicios provocados por el colonialismo español, y esto constituye un aspecto muy avanzado en su pensamiento, aunque luego no es capaz de percatarse del riesgo que corría Cuba en una alianza con el gran imperio del norte:

Harta responsabilidad cabe a la Metrópoli, harto negros son los cargos que deben hacérsele. Ella nos trajo la esclavitud; ella resistió cuanto posible fue para extinguirla; ella descuidó mañosamente nuestra cultura; ella da constante preferencia a los últimos que envía, como si se tratara de plantas exóticas que a la segunda generación comenzaran a decaer hasta dar en el raquitismo; ella, por el poco tino para elegir a sus hombres, nos ha acostumbrado al fraude en la administración y el despotismo en el gobierno; ella se niega obstinadamente a reconocer a este país la mayoría de edad, para tenerle maniatado en todos los conceptos (…) ella hace pesar su mano hasta en los asuntos provinciales y municipales, maleándolo todo. (…) ¿Qué le importan nuestras miserias a la apartada Metrópoli? Harto tiene con las suyas.[17]

 La cronista, como cubana, se ha dado cuenta de la verdad infalible, acechante, al llegar el final del siglo XIX: la necesidad de la independencia. Cuba ya no podía esperar absolutamente nada de España, pues esta le había negado, tradicionalmente, su derecho a la beligerancia; además, la Metrópoli presentaba similar situación en cuanto a desarrollo social. La Península concluye la centuria decimonónica como una de las naciones más atrasadas de Europa. En los umbrales del siglo XX mostraba como sistema social, prácticamente, un feudalismo agrario al estilo medieval.[18]

Aurelia Castillo visitó Europa, nuevamente, en 1904, y tradujo en Italia La figlia de Ioro, de Gabriel D̕ Anunzio. Fue miembro de la directiva de la Sociedad de Labores Cubanas, y en 1910, participó en la fundación de la Academia de Artes y Letras. En 1912, recibió un homenaje en su ciudad natal y se publicaron sus Cuentos de Aurelia. Durante sus últimos años de vida, presidió la comisión editora de las Obras de Gertrudis Gómez de Avellaneda y colaboró con la revista Social[19] y Cuba Contemporánea. Reunió sus obras en tres volúmenes que aparecieron bajo el título: Escritos de Aurelia Castillo de González, entre 1913 y 1918, en una edición limitada de sesenta ejemplares.

De sus artículos, Francisco Calcagno cita los siguientes: «Reflexiones sobre la conciencia», «La mujer cubana», «Influencia de la moda en la mujer» y «Biografías americanas». De igual forma, menciona algunos de sus poemas que vieron la luz en las publicaciones periódicas: en Revista de Cuba, su composición «Una incógnita», Ciego de Ávila (1880); en El Progreso, su oda «Al pueblo de Cuba» (1879); en Puerto Rico, sus poemas «La Duda» y «Saludo a América».

En su bibliografía se cuentan también las obras: Un paseo por América. Cartas de México y de Chicago, (1895); un libro de apuntes sobre la vida del Mayor, datos ofrecidos por la esposa del héroe, Amalia Simoni: Ignacio Agramonte en la vida privada, editado por vez primera en 1912.

La camagüeyana, dando muestras de su versatilidad, es, además, la autora del drama La voluntad de Dios (1857) al cual haremos referencia de en este capítulo. Podemos clasificar esta pieza dentro del movimiento romántico cubano sin olvidar que está permeada del costumbrismo y del ideal moralizante de la época. En sentido general, la obra de Aurelia Castillo tiene mucho que ver con ese sentido ético.

Trozos guerreros y apoteosis es un libro de poesía cívica y en sus fábulas la crítica ha señalado las influencias de Esopo y Samaniego por lo que el afán didáctico es notable. Tampoco, debe olvidarse el carácter aleccionador que encierra el género en sí mismo, pues la fábula se escribe con el fin de mostrar costumbres, conductas, vicios, y con el objetivo implícito de reformar estos hábitos. Sobre este particular es interesante observar el juicio de Calcagno:

Todo cuanto escribe Aurelia confirma que el estilo es el hombre, porque en todo lo que escribe se retrata inconscientemente a sí misma, derramando las efusiones purísimas de su alma. Aurelia por la índole de sus versos, es el Milanés del bello sexo: enseñar, moralizar son los nortes de su pluma, y su poesía, como sucedió con aquel, a menudo pierde en lirismo cuanto gana en espíritu doctrinario. […] Es que tanto el ilustre matancero como la inspirada camagüeyana comprendieron o tal vez se exageraron el principio utilitario, que es el alma de la época. Cierto que hoy la forma es secundaria, pero es atendible.[20]

Este criterio del notable bibliógrafo y escritor cubano se hace fundamental a la hora de acercarse a la labor literaria de Aurelia Castillo. Es casi una definición exacta de su producción intelectual. La escritora olvida, en gran medida, la estética de su trabajo artístico siendo esto aspecto vital en la creación espiritual. Su principio creador se basa en lo utilitario, en el afán de reformar costumbres, en el tratamiento de ciertos problemas sociales y en un fuerte contenido moral.

Ahora bien, en este libro nos ocupa el género dramático. En el caso de Aurelia Castillo debemos observar, ante todo, que el teatro no parece haber sido su género literario predilecto. Así lo demuestra su escasa incursión en la manifestación: apenas un único drama, La voluntad de Dios. Esta pieza no da la impresión de estar escrita para alcanzar un elevado fin estético; resulta más bien, un medio para comunicarse con el público. Recordemos el fin mismo del teatro: se escribe para ser representado, se logra una comunicación directa con el espectador, por tanto, la expresión de ideas, de juicios, se hace mucho más convincente, la emoción se torna más cercana y real. La obra de Aurelia Castillo pretende la representación de un problema social. El fin artístico se subordina a este último aspecto.

En sentido general, el teatro cultivado por este grupo de autoras presenta un discurso sociológico, moral y didáctico que va en detrimento de un producto de elevada calidad artística. Esto, quizás, tenga su explicación en la situación social a la cual se enfrentaba la mujer en la época. El caso de Gertrudis Gómez de Avellaneda es bastante elocuente, mujer poco comprendida en aquel entonces, debido, entre otras cosas, a su firme convicción de aferrarse a la literatura como concepción vital. El propio Martí comete una gran injusticia al valorarla como intelectual. El apóstol, a pesar de ser un analista y crítico de arte casi sin par, no reconoce el gran talento de la camagüeyana, pesan más en su juicio sobre Tula, los ideales políticos y la pasión por la sencillez, la candidez y la pureza que encontró en Luisa Pérez de Zambrana, quien sí representaba el modelo de mujer exigido por la sociedad en la época, aunque más tarde rectificaría su posición. Esto es analizado en el ensayo La dramática neutralidad de Gertrudis Gómez de Avellaneda de la autoría del doctor José Antonio Portuondo.

La mujer del siglo XIX no tiene voz en el gobierno, le son negados los derechos políticos, su vida debe consagrarse a la atención del marido, la casa y los hijos. No le queda otra alternativa que ser ama del hogar o dedicarse a la vida religiosa. La mujer que abrigaba ideas propias, que tenía un pensamiento avanzado en cuanto a temas sociales, era considerada prácticamente un fenómeno social. Gertrudis Gómez de Avellaneda fue la mujer más importante de la centuria decimonónica cubana y ni siquiera Martí pudo aceptarlo, al menos, en un primer momento.

Sin embargo, existe un grupo de osadas féminas, que expresan sus ideales, con mayor o menor éxito, a través de la literatura, en este caso, el teatro. El empeño por cultivar el género queda explicado. Se busca una comunicación directa con el público. Ellas pretenden alzar su voz, ofrecer criterios, opiniones, sobre los temas que afectaban a la sociedad cubana de la época, e incluso, a ellas mismas, como sector de esa sociedad; por tanto podría hablarse de un incipiente feminismo. Tanto Aurelia Castillo como Virginia Felicia Auber y Noya abordan, por medio del género dramático un tema que inmiscuye de manera muy fuerte y sensible, a la vez, a la mujer. Se trata del casamiento, institución prácticamente sacra en la época y que, no obstante, se convertía, en la mayoría de los casos, en un acuerdo empresarial en el cual dominaban factores externos como la clase social y la posición económica de los futuros esposos en detrimento del verdadero amor.

Notas:

[1]Varios: Mi desposado, el viento, p.54.

[2] Seudónimo del articulista de costumbres Gaspar Betancourt Cisneros.

[3] El Progreso (Puerto Príncipe (1882-1885). «Periódico decenal de intereses generales y de anuncios. Órgano oficial de la sociedad de su nombre», se lee en el primer ejemplar revisado, correspondiente al 10 de junio de 1884, cuando ya estaba la publicación en su segunda época y en su tercer año. A partir del número correspondiente al 15 de junio de 1885, su periodicidad pasó a ser quincenal; aparece también desde este número como órgano de la Sociedad de Socorros Mutuos La Unión, además de continuar como órgano de la sociedad El Progreso. Fue su director propietario José Guzmán Loynaz.

[4]Francisco Calcagno: Op.Cit., p.182.

[5] Ibid.

[6] Revista Cubana (La Habana, 1885-1894). Periódico mensual de ciencias, filosofía, literatura y bellas artes. Esta publicación, que constituye un valioso aporte a nuestro acervo cultural, fue dirigida por Enrique José Varona. Entre los numerosos colaboradores de la revista se destacan Enrique Piñeyro, Manuel Sanguily, José de Armas y Cárdenas (seud. Justo de Lara), Antonio Bachiller y Morales, Francisco y Antonio Sellén, Nicolás Heredia, José Silverio Jorrín, Aurelio Mitjans, Esteban Borrero Echeverría, Diego Vicente Tejera, Aurelia Castillo de González, Domingo Figarola-Caneda, Conde Kostia (seud. de Aniceto Valdivia), Enrique Collazo, Manuel de la Cruz, Alfredo Zayas, Raimundo Cabrera, Rafael Montoro, Ramón Meza, Juan M. Dihigo, Martín Morúa Delgado, Juan Gualberto Gómez, Carlos M. Trelles, Manuel Valdés Rodríguez y Emilio Blanchet. Aparecieron en total veinte volúmenes (cada uno de ellos agrupados en un semestre). El último número publicado correspondió a diciembre de 1894.

[7] Julián del Casal: Prosa, p. 397.

[8] Esta carta puede leerse en el apéndice del tomo II del volumen anteriormente citado en las páginas 397-402.

[9] Ibid., p.267.

[10]Francisco Calcagno: Op.Cit., p.182.

[11]Julián del Casal: Op.Cit., p. 267-268.

[12] Francisco Calcagno: Op.Cit., p. 182.

[13] Aurelia Castillo de González: Trozos guerreros y apoteosis, p. 45.

[14]Ibid., p. 4.

[15] Ibid., p. 39.

[16] Aurelia Castillo: Escritos de Aurelia Castillo de González, p. 116, T. II.

[17]Ibid.

[18] El año 1898 es conocido por la historiografía española como el año del «Desastre nacional». España pierde sus últimas posesiones en América. Las guerras entre liberales y conservadores habían desangrado a la nación. El clima espiritual y material era caótico. Los intelectuales se van a acoger a la corriente Regeneracionista y nace entones un grupo de pensadores y escritores: la Generación del 98; integrada por hombres como Miguel de Unamuno, Ramón de Valle-Inclán, Antonio Machado, Azorín, y Pío Baroja.

[19] Social (La Habana, 1916-1933; 1935-1938). Revista mensual ilustrada. El primer número correspondió al mes de enero. Durante toda su existencia fue dirigida por Conrado W. Massaguer, quien fue además su principal ilustrador gráfico y caricaturista. En 1918 Emilio Roig de Leuchsenring se hizo responsable de la «parte literaria», cargo que empezó a denominarse «director literario» a partir de 1923. En 1922 el subtítulo varió a «Artes. Letras. Teatros. Deportes. Sociedad. Modas».

[20] Francisco Calcagno: Op.Cit., p. 182.

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Fragmento del capítulo 1 del libro Dramaturgas cubanas del siglo XIX  de los autores Roxana Mena Fonseca y  Ramón Muñiz Sarmiento, Editorial Unos Y Otros, 2016.

 

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