Ariel Pérez Lazo: Aproximación a la cubanidad

Convención de la Cubanidad

Ariel Pérez Lazo

Son ya abundantes y de cierta antigüedad las reflexiones sobre la existencia de la condición nacional. Cercanas a nuestro contexto cultural están El laberinto de la soledad de Octavio Paz, Las Meditaciones del Quijote de Ortega y Gasset y la Indagación del choteo de Jorge Mañach, por solo citar tres celebres ejemplos. Pareciera que nuestro tiempo pese a las sucesivas revoluciones tecnológicas, no ha dejado de insistir en lo peculiar y fragmentario del fenómeno humano, eludiendo todo cosmopolitismo a priori.

Ahora bien, ¿Qué nos define como nación? ¿Hay que tomar la presente crisis política y económica cubana como un irremediable signo de perdida de lo cubano? En medio de la Reconcentración o al terminar la guerra Hispano-Americana eran pocos los que pensaban en que la nación estaba en crisis, excepción hecha de los anexionistas, interesados en salvar el cuerpo, el país, y no el espíritu de la nación. Hoy son más los preocupados por salvar el espíritu de la nación que su propio espacio físico. Pareciera como si Cuba se nos escapase, se nos desvaneciese tanto en la diáspora como en el archipiélago.

De ahí que nuestra crisis sea más grave que la propia que la del 98. La España intelectual, frente a la derrota, frente a la civilización angloamericana y moderna, opuso el espíritu, la perfección de la alta cultura como esencia de lo nacional, consciente que no podía hacer frente al mundo anglosajón con la técnica y el capitalismo. Hoy se trata de inventar, de dar nuevas formas a lo que conocemos como lo cubano. Tras el desplome del comunismo el gobierno de la isla hizo del nacionalismo el centro de su ideología pero a la vuelta de un cuarto de siglo nos encontramos con la crisis del nacionalismo en ambas orillas. La frase, o más bien la queja: Ay si los ingleses no hubieran cambiado La Habana por la Florida (en 1763) o Si los americanos hubieran hecho en 1898 con Cuba lo que hicieron con Puerto Rico se escucha, a nivel del hombre medio, con naturalidad y certeza de evidencia tanto en Hialeah como en La Habana.

En Cuba no se puede sustentar el sistema neocomunista con el nacionalismo porque este está herido gravemente y en el exilio no se puede sustentar el anti-neocomunismo con el nacionalismo por la misma razón. Lo peor, los viejos exiliados no se reconocen en las nuevas generaciones de cubanos, ni estos con sus coetáneos hijos o nietos de estos exiliados en este lado del Estrecho de la Florida. De ahí que el resultado es la inacción de dos fuerzas que recíprocamente se anulan, por lo que a diferencia de varios intelectuales de la generación de los 80, pienso que el problema no es un exceso de nacionalismo, es precisamente la ausencia de este. Lo que hemos tenido durante varias décadas ha sido un recaer en el pasado, un enquistamiento en determinados hitos nacionales, una embriaguez retorica ajena al verdadero nacionalismo. Se ha vivido dentro de Cuba y fuera de ella con un interminable decreto Spottorno, signo de la debilidad de los proyectos de nación ofrecidos.

Ahora, más allá de un análisis en lo meramente político del asunto, podemos pensar en lo que define ese espíritu de la cubanidad que se nos escapa. Me asomo a ella de una forma intuitiva, desechando el método mecánico que haría del carácter nacional la suma o mezcla mecánica de sus elementos culturales: lo español, lo africano, y algo de chino, libanés, judío, italiano etc. Quizás pensemos en lo cubano como una espontaneidad y carencia de cuidado frente al prójimo-ese cuidado ( Sorge ) que Heidegger ponía como esencia única del hombre- lo que nos pondría en grave desventaja frente a otros pueblos, inclusos del círculo cultural “latino”.

Del “indio” (del continente) por ejemplo, se dice, es desconfiado y sobre esta desconfianza se ha modelado una cultura más allá de la raza. Sin embargo, frente a Heidegger y su énfasis en el cuidado, puede reivindicarse esta confianza en sí y el entorno como uno de los rasgos que Nietzsche veía en el espíritu guerrero. Si algo nos podría definir entonces es una escasa proclividad al resentimiento. De ahí lo ajena que resulta la aspiración de conquistar toda la justicia. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre, escribía Martí-y nos lo recuerda el neocomunista Enrique Ubieta – pero Martí habla de evadir la indiferencia al mal no de erigir una cruzada justiciera. Si ponemos forma-kantianamente hablando-a esta espontaneidad, a esta ausencia de desconfianza y resentimiento, podemos quizás preservar lo más elemental de la cubanidad.

 

 

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