Adiós al cronista de las generaciones y las causas perdidas

Críticas y Reseñas Literatura y Lingüística

Por: Roberto Madrigal

No voy a extenderme en discursear sobre la importancia de Andrzej Wajda en el cine mundial. Ya hay centenares de artículos al respecto con motivo de su reciente muerte, a los 90 años. Solo añadiré que fue un director convencional que se distinguió por su identificación con la temática que tocaba. Un hombre implicado con sus creencias que se dedicó a hacer un cine muy polaco, pero que dada su maestría artística trascendió los límites argumentales sin necesidad de innovaciones formales.

A Wajda le tomó mucho tiempo ser reconocido junto a los maestros clásicos como Bergman, Fellini y Hitchcock, pero finalmente llegó al Olimpo. Colaboró con las nuevas generaciones de cineastas polacos y les dio impulso, ya que trabajó con Skolimovski y Polanski. Los directores polacos de estos días reconocen su influencia. Fue un artista comprometido en el sentido más estricto de la palabra. Sorteó la censura estalinista tras engañarla con su primer filme Generación, que aunque parecía presentar la línea del partido, destacaba detalles que pasaron desapercibidos a los censores. A partir de ahí, su cine fue parte de sus convicciones políticas.

Wajda fue, ante todo, un narrador. La forma en que narra y lo que narra fue lo que lo distinguió del resto de los cineastas polacos de su momento. Fue un creador de iconos. Moldeó además los personajes a su imagen y semejanza, como un dios.

La primera impresión de Wajda, la que me marcó para siempre con su cine, la tuve a una edad en la cual no estaba preparado para entender nada de cine ni de arte. Yo era un adolescente de unos catorce años, ignorante y atrevido, cuando fui a ver Cenizas y diamantes. Maciek me marcó.

Interpretado por Zbignew Cibulski, el personaje de Maciek representó para mí la encarnación de la contracultura, que se me antojaba el instrumento más importante para contrarrestar el bombardeo ideológico que sufría por aquellos años que ahora muchos, en su lamento bolchevique, rememoran como años de gloria y odisea, pero que a mí se me antojaban ya como de represión y de uniformidad forzada.

Maciek era un Meursault más cercano (aunque yo todavía no sabía quién era Meursault ni Camus). Era un Jim Stark más cercano a mi realidad (aunque yo vi Rebelde sin causa de muy pequeño y por entonces no la había entendido bien). Con su jacket de cuero, sus gafas oscuras y su peinado alborotado, representaba para mí la rebelión de Dylan, los Beatles y los Rolling Stones, aunque en realidad, ya que la película fue filmada en 1958, se acercaba más a la Beat Generation de Ginsberg, Kerouac y Burroughs, la que yo conocería mucho después. Es curioso como los símbolos se plantan y después se mezclan con recuerdos y visiones aún no vividos.

Maciek fue un luchador antinazi que perteneció al Ejército Nacional polaco (Armia Krajowa), que fue el brazo armado del “Estado secreto polaco”, un grupo anticomunista cuya sede se encontraba en Londres y que fue el mayor grupo de resistencia antinazi en Polonia. El primer día de la paz (o el último de la guerra), a Maciek se le encomienda matar a un comunista que viene a tomar el poder en un pueblo polaco. Wajda retrata al comunista como un hombre sufrido y comprensivo, pero Maciek cumple su misión y luego huye. Al ver policías por todas partes, se ataca de pánico y trata de huir. Los policías, sin saber quién era, lo matan por sospechoso. En un par de secuencias Wajda fue capaz de sintetizar el drama polaco y la coyuntura que se crea cuando desaparece el enemigo común. Wajda perteneció al Ejército Nacional polaco. Maciek es una especie de alter ego. También hay que reconocer que el argumento está basado en una novela del extraordinario Jerzy Andrzejewski.

Cibulski, un gran actor que fue casi una creación de Wajda, fue el James Dean del este. Como Maciek, que muere en el filme tras asustarse y comportarse de forma impulsiva, el actor murió, en un gesto impulsivo dominado por la prisa,  tratando de saltar entre dos trenes, aporreado sobre las vías férreas, antes de cumplir los cuarenta años. De alguna manera Rebelde sin Causa, Cenizas y diamantes, Cibulski, Wajda y James Dean quedaron para siempre como quíntuples siameses en mi memoria. Por supuesto, sentí la muerte de Cibulski mucho más que la de James Dean.

Años más tarde fue que pude volver a ver Cenizas y diamantes y entonces apreciarla en toda su dimensión artística, y a Maciek, y a Cibulski y a Wajda. Vi muchas otras películas de Wajda y por mis afiliaciones ideológicas también me impactó Hechiceros inocentes. Vi muchas más, unas me gustaron y otras no. Nada me dejó huella como Maciek. Hasta que llegó Katyn.

Resulta que Wajda perteneció a una generación perdida y se dedicó a hacer su crónica cinematográfica. Katyn cierra el círculo porque el padre de Wajda, un oficial polaco, fue asesinado en el bosque de Katyn por los militares soviéticos en un hecho que por muchos años se le adjudicó a los nazis. Una de las primeras escenas de Katyn resume la experiencia vital que marcó a Wajda. En un  puente se cruzan dos turbas de refugiados, una grita: “Ya los nazis ocuparon la ciudad”, mientras los que vienen huyendo en sentido contrario replican:”los soviéticos llegaron a nuestro pueblo” y cada grupo sigue su camino a la extinción en sentidos opuestos.

La mía es también una generación perdida, aprisionada entre un mundo que se derrumbaba y un desastre que se aproximaba. Quizá por eso voy a extrañar tanto a Wajda y a Maciek, su creación, como me dolió la muerte de Cibulski en su momento.

 

Tomado de Diletante sin Causa, Blog de Roberto Madrigal

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