No me hables del Cielo, un libro para no olvidar, para leer una y otra vez

Historiografía

Por: Joana Depestre

¿Podré abrazar a Martí? Seguro. Su cuerpo menudo, de unos 165 centímetros aproximadamente, me cubrirá y dejaré que me mire con esos ojos color del tiempo que toda foto antigua ha escondido. Mi Pepe, ¿con qué mirada lo harás? Con la azul, la verde, con la negra con que siempre te vieron y el cubano ha visto muchas veces el horizonte. Como lo viste en tu encierro, con apenas 16 años. No quiero la del frío gris, ni el matiz diluido de todos los colores. Quiero que me mires con el carmelita oscuro, o casi claro, que abunda en esta tierra. 

Te besaré las manos, sobre todo la derecha donde escondes el lunar que la aún sin nombre, la madrileña, hizo suyo. Pero esto no importa. Podré curarte, sin el menor asomo de asco, tu ulcera purulenta hasta ver el hueso, porque así estaré cerca de tu sexo. Ese que engendró al Ismaelillo.
Oh, Martí, mi Martí, mi masón, al que tantas mujeres amaron, estoy segura que fuiste hijo de Shangó. Yo seré otra más que te quitará el negro saco, gastado; que posará tu sombrero, igualmente deteriorado, sobre la cama, como pondrían tu saco en tu tumba. Te acunaré como hubiera querido hacerlo Leonor cuando supo, desde el día que te parió, que ya no eras suyo. Y recibir a penas tu sonrisa, leve, sin mover los labios. No importa, aunque quiero sacarte la risa, oírla tintinear solo una vez. No importa, te repito, que vea tu encía despoblada de los dos dientes caídos, secuela del trabajo forzoso que comió tu calcio, si tu voz es la que me hace vibrar.

Pero estás febril, enfermo de nuevo y caes sobre la cama sin mirarme. La fiebre te ha subido a las sienes y te hace delirar, hablar cual garabatos, los mismos que formas cuando escribes siempre aprisa: una a como una g, una o como una u, y dejas el espacio vacío al no encontrar la palabra. Me acerco a ti. En esos garabatos está lo que más te importa. Sufres cuando murmuras, sufres por todo lo que dices. Quiero que sufras, porque me ames a mí. Quiero oír mi nombre en tu boca, como lo quiso oír tu otra Carmen, la otra canción que procreó a María Mantilla. Y musitas algo que se repite. Pongo mi oreja cercana a tus labios y es cuando oigo cuatro letras: CUBA.

Estos sentimientos afloraron al leer el maravilloso libro No me hables del cielo de Dulce María Sotolongo Carrington, porque se puede dibujar a Martí, se puede ver su lado terriblemente humano, terriblemente maravilloso, se puede conocer más allá de la escultura, del busto que siempre hemos visto y se levanta y al fin podemos comprenderlo.

¿Cómo era Martí, cómo se veía, cómo podía mirar? Es una de las más grandes interrogantes que nos hacemos desde que nos hablan de él, de las tejidas leyendas. El busto es una exaltación directa a su pensamiento, a su inteligencia. La estatua realizada en el memorial de la Plaza de la Revolución desdibuja el cuerpo, lo deforma y se parece al Pensador, —las más famosas esculturas de Auguste Rodin— que, mira y piensa a Cuba. La más nueva, la de Tribuna antiimperialista es un Martí fornido, cargando un niño, que interpela con su mano levantada. ¿Sería este el cuerpo que quiso haber tenido el Apóstol, y no ese enfermizo? Este es el cuerpo como lo vemos quienes lo amamos, es el cuerpo con que lo mira la patria. El que más se le asemeja es el primero que se le hace, la escultura del parque Central realizada en 1905, a donde fue a verlo su madre, anciana, empobrecida y casi ciega, que dos años después morirá. Madre que todavía pedía que se trasladaran los restos de su Pepe al cementerio de esta ciudad, pues le habían dicho que, “el de Santiago es muy húmedo, y está en muy malas condiciones”. Allí estaba el hijo convertido en mármol. ¿De dónde sacó fuerzas doña Leonor para mirarlo? Pequeño, como si hablara, como la primera vez que lo desenterraran y aun estando bajo la viva tierra su cadáver estaba incorrupto. Estatua que profanaran dos marines yanquis al usarlo como escusado y a quienes el pueblo querrá linchar. Y donde a su espalda se realizará una cena con los militares que ejecutaran la masacre de los Independientes de Color. Esa estatua diminuta, pero gigante, está tan alta, tal alta, que no podemos dejarle, entre los dedos de su mano levantada hacia el horizonte —que también interpela—, una flor.

El libro de Dulce Sotolongo es valiente al darnos esos detalles, porque para hablar del Maestro hay que ser siempre valiente.
Narrado en una segunda persona la novela contemporiza la época. El narrador se vuelve como una especie de conciencia: inquiere, dialoga, le enseña y nos enseña, no tanto con sus aciertos, sino más bien con sus desaciertos, su gran alma metida en aquel cuerpo menudo. Aquí está Martí padre, Martí esposo, Martí cuerpo; Martí, sobre todo hijo. Un cuerpo imperfecto que logras volver a amar, aun mucho más que al héroe acartonado y abarrotado de tantas consignas.

 «Sé lo que haces por mi madre, y lo que vas hacer. Trátamela bien, que ya ves, no tiene hijo. El que le dio la naturaleza está empleando los últimos años de su vida en ver cómo salva a la madre mayor». (Carta de José Martí)
Hay una minuciosa investigación diluida en la ficción que logra poner a Martí a caminar, a respirar, a sufrir. Porque es una voz femenina quien lo sigue: la voz de su madre Leonor, que lo ama como puede amar cualquier madre, egoístamente, temerosa, su mayor detractora, su más fiel crítico, la más sufrida. Ella es el arte ego de la autora, el leif motiv: “vamos, pronto, vamos, hijo…”. Leif motiv preludio del vaticino de una gitana. 

 […] Te parece mentira, José, y mientras tus manos toman la pluma para firmar el programa de la revolución, tu mente está en tu padre, en la Hanábana, y recibes otra vez una bofetada al ver aquel negro colgado del ceibo del monte. ¡Y, al pie del muerto, juró lavar con su vida el crimen! Ves desfilar ante ti al Lino, Castillo, aprietas tu sortija de hierro y Leonor viene. Céspedes, Agramonte, Calixto, Flor, Juan Gualberto, están a tu lado, y Fermín, Rafael, Serra, Gonzalo, los Maceos y tantos otros. Como hadas las Marías te sonríen y tus dos Carmen te dan un beso. En los ojos de Panchito ves los ojos de tu Pepe. Firmas, y es como si firmara la patria que te apremia:
¡Vamos, pronto, vamos, hijo! »

En los capítulos, los escenarios públicos e íntimos se mueven en escenas breves, en lugares ayer comunes, en actos comunes, hoy, lugares y actos sagrados que se describen como poesía. No me hables del cielo es un libro para no olvidar, para leer una y otra vez.
                                 

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