Violencia del nacionalismo y el sistema poético selfishness

Ángel Velázquez Callejas

Cuando hace años leí el libro de Fina García Marruz El amor como energía revolucionaria en José Martí, terminé desconcertado, perplejo ante el inevitable poder utópico de la tesis. Tenía entendido, por un comunicado autonomista de la segunda mitad del siglo XIX, que el odio, y no el amor, fue la fuerza que produjo, primero, la pretensión de justicia, y la idea separatista después mediante una compensación del sufrimiento de manos de la memoria cultural impuesta como equivalente moral y ético, con lo cual se sometía a sanción al régimen colonial.

¿Qué trataba de ocultar Martí con las frases “la única verdad en esta vida, y la única fuerza, es el amor”; “amar es más útil que odiar”; “la única ley de la autoridad es el amor”; “la capacidad de amar es la única que hace al hombre grande y feliz”; “así se crea: amando”? La respuesta ha pasado inadvertida hasta ahora. Por supuesto, al hablar Martí en términos de fuerza y capacidad, en forma de entrenamiento y ejercicio, sobre el amor, intentaba evocar un movimiento con frases de imperativo tautológico.

Intentaba camuflar el verdadero motor de la ética nacional-revolucionaria: El odio.

Los formatos establecidos a lo largo de la historia de Cuba para el desarrollo performático de la creación no han sido impulsados por la energía del amor, sino por una sinergia de la venganza. Y era lógico que los hechos ocurriesen a favor del odio. Sería bueno contrastar ambas fuerzas para sacar la conclusión de que el movimiento para una masa desacreditada surge de la contradicción y no de la paz. Esta manera contradictoria del movimiento, de la venganza, se traduciría en impulso estético. La poética que surge con el siglo XX no está separada de la fuerza del odio, cuestión esta que quiso contraponer Lezama con el llamado sistema poético del mundo. A tales efectos simiescos, vengativos, la poesía cubana hasta nuestros días ha respondido con un “sistema poético selfishness”, en el que lo autorreferente, para mover al lector a sus arcas, se desenvuelve peyorativamente, en una confrontación púnica.

Uno de los aspectos más sutiles de los nacionalismos es el uso de la violencia. Hoy por hoy, la violencia constituye un aspecto conspicuo de la psicología del nacionalismo. Subyace en ella, en la estructura oculta de la sociedad, la violencia y el voluntarismo. Primero la violencia de las guerras y, en segundo lugar, el voluntarismo. Ambos forman parte del inconsciente colectivo.

Para Cuba es muy importante destacar que la violencia se arraiga desde el propio origen del nacionalismo. Y me parece destacable la idea de cómo se violentan las estructuras sociales a través de las guerras y después del voluntarismo del poder en Cuba. Joel James ha escrito una novela histórica reveladora, El caballo bermejo (Editorial Oriente, 1999), en cuya descripción los hechos demuestran que para Cuba la “violencia” es un factor importantísimo en la formación de la nación. Lamentablemente, tal y como apunta el autor, la violencia aparece como una dimensión necesaria del inconsciente cubano cuando la patria, la independencia, la nacionalidad, corren peligro. Una guerra que se gana y no se gana, pero que trae una victoria sangrienta. Cuando el cubano se ve en peligro de sucumbir acude a la violencia y ésta lo traslada inevitablemente al voluntarismo. La violencia ha sido la base del nacionalismo cubano. Quizás por esta vía se pueda entender por qué un pueblo como el cubano defiende por encima de cualquier cosa a sus héroes. Martí, Maceo, Gómez, Camilo, el Che, constituyen la tradición de la violencia en Cuba. Y este aspecto ha sido manejado muy sutilmente, dentro y fuera de la Isla, por el poder. Paradójicamente, la violencia que hoy se registra en Cuba desde la fuerza del poder no es más que la puesta en marcha del “inconsciente cubano”, del caballo bermejo reprimido en el fondo de su ser. Es como el cubano se identifica con la violencia, y entonces la guerra interna y la sangre aparecen en la visión colectiva como una fuerza de protección y defensa a favor de la independencia, la nación y la nacionalidad.

No importa el riesgo: importa el hecho porque en ese “llamado” el individuo desaparece y se vuelve colectivo. Por eso el nacionalismo es resultado de un largo proceso de evolución de la mente humana. En lo particular, la mente humana se ha expresado en su totalidad buscando cómo instaurar la idea del nacionalismo, que no es más que la idea de la violencia y las guerras. La creación de las naciones, de los estados modernos y de los respectivos discursos que los legitiman, son, por así decirlo, la última ficción de la mente violentada por el caballo bermejo del inconsciente humano. Creo es la última ficción porque, desde su origen, el nacionalismo ha recorrido más de doscientos años, y tal parece que se le reservan doscientos más. El nacionalismo ha llegado a ser la condición por naturaleza de la defensa del hombre. Lo ha protegido y el hombre parece estar satisfecho de su protección. ¿Por qué? Entremos en esa dimensión oculta de la violencia y entonces…

Desde luego, lo que constituye una parte esencial de la psicología del nacionalismo, convertir la sociedad en un gran baile de disfraces, imponiendo una máscara colectiva a sus ciudadanos, resulta hasta hoy la mayor (quizás la más eficiente) de sus invenciones. El nacionalismo deviene así una ideología sociocultural surgida en la psicología de sus líderes para evitar, paradójicamente, cualquier proceso de crecimiento espiritual.

Se trata de impedir a tiempo que el deseo total, esencial, por la búsqueda de la “verdad”, no constituya un obstáculo o no sustituya a los deseos colectivos de la voluntad de poder en función de la política. El nacionalismo proporciona por eso terreno fértil para cultivar lo que hemos llamado la “Psicología del Personaje”. Decir que hay una “psicología del nacionalismo” es reconocer al mismo tiempo que hay una “Psicología del Personaje”.

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