¿Sociedad civil cubana?

Ángel Velázquez Callejas

Empecemos: ¿existe una sociedad civil en Cuba? La ingenuidad nos hace pasar gato por liebre. Solo existe sociedad civil cuando los vínculos existenciales están ligados al estado-nación que lo representa. ¿Existe en Cuba la vinculación causal y concretamente?

El vínculo todavía no es civil –si entendemos lo civil democráticamente–, sino “autocrático-beligerante”. Ninguna sociedad auspiciada por el totalitarismo encuentra formas simbólicas para desarrollar un auténtico espacio civil. Se trasluce un espacio de fuerza autocrático, eso sí, en el que la guerra simbólica aparece matizada y, por qué no, disfrazada con la apariencia de un espacio civil.

Estos son referentes para atestiguar que en Cuba no existe una sociedad civil concreta. La sociedad en términos de sociedad no es una sociedad, porque la civilidad no confluye con el poder de la nación. ¿Qué bienestar busca una nación como la cubana sobre la población? Ninguna. De ahí que el término de sociedad civil esté desarticulado y marginado de acuerdo a sus referentes esenciales.

Por otro lado, iniciativas políticas como Por otra Cuba deberían de entenderse como el esfuerzo constructivo simbólicamente de esa llamada sociedad civil que aún no existe diáfanamente. Corresponde tanto a la ciudadanía como a su “ascesis moral” replantear el problema desde una auto-consideración beligerante. Forzar las cosas establecidas para abrir puertas y espacios concretamente sociales y civiles. Pero no basta con un conocimiento de la civilidad, porque partir de una supuesta teoría en la que la sociedad civil simboliza el espacio para luchar y poner en orden ese vínculo con la nación descrito más arriba nos hace parecer ingenuos. Yo diría que a Cuba de a pie le falta el orden, un estado simbólico, que haga inmunes a sus ciudadanos frente al totalitarismo político.

La sociedad civil en Cuba aparecería, en este sentido, en el orden simbólico que aún no posee. De modo que, no quiero morir en Cuba. Hacer que lo obvio se vea como evidente es la meta de todo idealismo. Encontrar un referente comunicativo, simbólico e ideológico que estructure la sociedad en una unidad orgánica, es el pináculo del nacionalismo. De modo que el idealismo es lo evidente y el nacionalismo lo obvio. En este sentido cinético, la sociedad cubana se ha ido proyectando –y sigo aquí lo que nos dice Niklas Luhmann en su abarcador estudio La sociedad de la sociedad– la típica relación comunicativa sobre la que yace su modernidad, en función de una propaganda ideológica que ya sobrepasa los cincuenta años de existencia.

Desde luego, no son las relaciones entre individuos las que determinan al régimen -de hecho, los individuos se han desentendido del régimen de algún modo-, sino la subyacente estructura comunicativa que brota del lenguaje ideológico, en la cual colabora todo un pueblo de forma directa e indirecta. En Cuba existe, por decirlo de algún modo, un acoplamiento social por medio de esa lengua. Existe la sociedad dentro del sistema socio-comunicativo.

¿Qué es lo que realmente se desvincula del régimen, del sistema comunicativo socialista? No es la sociedad o la cultura de los individuos, no es su estructura “identitaria”, sino un sistema de práctica inmunológica, protectora, contra el agobio del totalitarismo y el lenguaje ideológico. Por ejemplo, la “disidencia” es una práctica, la “sobrevivencia” otra, el “mercado negro” otra más. Y el “idealismo”, junto a la “religión”, son las prácticas fundamentales. Todos ellos funcionan en las márgenes del sistema y constituyen riesgos para él. Pero estos riesgos no son prácticas sociales, sino individuales, aisladas. Se vive la post historia de la telecomunicación ideológica.

La revolución cubana fue, en este sentido, un acto de lo evidente por lo obvio. Es como el poder ha podido hacer creer en la revolución (lo obvio), mediante la fórmula del destino probable (lo evidente). Es hacer del progreso y el cambio una creencia, pero solo como una reminiscencia que tiene lugar en ninguna parte. El idealismo en Cuba es una de esas prácticas, la más secular quizás. Se creerá en el destino (la esperanza) en un sentido ideológico y se desconocerá el sentido natural y lógico de la muerte.

Una de las herramientas del socialismo es ocultar que la muerte existe, al menos ideológicamente. La muerte es solo el fundamento simbólico del idealismo cubano. La muerte comunica un entramado de opiniones que refuerzan el idealismo revolucionario de la eternidad. Para la ideología, la muerte nunca llegará, a no ser que morir por la patria o la nación se convierta en un destino. Aquí radica la trampa simbólica, psicológica, a las que están abocados los cubanos, dentro y fuera de la isla, desde el momento en que la revolución anunció la victoria a partir de la teleología del discurso histórico. Su máxima fue: ¡deseamos morir por la patria!

Este idealismo, que subscribe la idea de “morir en mi patria”, es el fundamento de la ilustración criolla –de aprendizaje– revolucionario inculcado bajo los fundamentos básicos del socialismo en Cuba. Se trataba de inmunizar a la revolución ante cualquier desgracia social. Todos los que sienten ante ese destino –el de vindicar los cementerios de Cuba algún día– aparecen con una vida pasada por lo evidente. El destino existe. Es evidente que el proyecto revolucionario mantiene el vigor idealista bajo la estrafalaria “hermandad” por quienes aceptan la llave del sepulcro territorial cubano. Blas Roca escribía en los años cuarenta del siglo XX, en Los fundamentos del socialismo en Cuba, que la teoría marxista del comunismo tenía que ser valorizada ante las circunstancias y peculiaridades cubanas. No se trataba de una aplicación sencu estrictu de la teoría, sino de asumir el programa funcional e ideológico del destino implícitamente. De que se viera dentro de la explicitud de la teoría, era evidente: la idea, la utopía. En los fundamentos quedaba claro algo de la tesis del 18 brumario de Luis Bonaparte:  Al Estado es absoluto, la sociedad le pertenece.

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