Siglo XVII. Inicio del carnaval en Santiago de Cuba (parte II)

José Millet

Desde fecha tan temprana como principios del siglo XVII, se ha podido documentar el paso de las procesiones por los alrededores de la catedral de Santiago de Cuba, hasta culminar con un acto solemne frente al Cabildo o Ayuntamiento de la villa. Frente al Ayuntamiento, cada año y para la fecha de los festejos con que era honrado el santo patrón de la villa, o sea, Santiago Apóstol, los reyes y reinas de los cabildos de nación recibían los correspondientes aguinaldos, luego de haber desfilado detrás del cortejo oficial. Pero este acto pautado en una fecha no era más que un hito, aunque ciertamente decisivo, de unas fiestas que arrancaban con la celebración de San Juan (junio 24), pasaban por Santa Cristina, Santa Ana (julio 26) y, con pequeños recesos, se extendían hasta San Joaquín (en agosto 31). Obviamente, el día más señalado era el consagrado a honrar a Santiago, fecha que—desafiando las tempestades del accionar humano y las turbulencias del tiempo—se ha mantenido hasta el presente como la más significativa.

En el lento y profundo proceso de transculturación ocurrido en la Isla, según lo definió conceptualmente y trató de demostrarlo con toda su obra el sabio cubano Don Fernando Ortiz, en aquellas celebraciones patronales se configurarían, hasta llegar a imponerse, las agrupaciones procedentes de los cabildos de nación africana, a cuyos integrantes se les denominó mamarrachos. Fue tal la fuerza atronante de estas agrupaciones y su impacto en la psique y en la imaginación colectiva, que el carnaval perdió su nombre para adquirir uno definitivo: fiesta de mamarrachos* o, simplemente, los mamarrachos. Aunque este es el componente distintivo o definidor del carnaval local objeto de la presente colaboración, reflejo en sí mismo del carácter del propio santiaguero, faltaríamos a la veracidad histórica y a la objetividad si lo considerásemos como un fruto exclusivo de la herencia africana, por lo que es acertado remitirnos al factor “proceso de transculturación” para explicarlo.

El brillante pensador cubano Joel James Figarola ha estudiado en uno de sus ensayos (recogido también en su libro En las raíces del árbol, 1993) cómo la procesión propia del catolicismo oficial– imperante en Cuba durante la colonia (1492-1898) –, hizo posible la aparición de la comparsa, agrupación típica y definitoria del quehacer carnavalesco del santiaguero. En razón del reducido espacio de que disponemos en la presente entrega, remitimos al lector a esta fuente inestimable para la comprensión de nuestro objeto de estudio y aun para su caracterización diferenciante con respecto al carnaval habanero. No siempre, naturalmente, fue igual, pero en términos generales, la comparsa ha conservado un núcleo esencial hasta el presente, que no niega, no obstante, que de él puedan haberse derivado variantes significativas, como el paseo, que tanta brillantez y plasticidad ha proporcionado a las fiestas mayores de julio, según el gusto de amplios sectores de la población.

El paseo está integrado por figurantes, bellamente vestidos, que se desplazan a ambos lados de y en el centro de la vía ejecutando coreografías deslumbrantes por su precisión, movimientos sincronizados y colorido, según una música de orquestas que la ejecutan en vivo in situ o, en los últimos años, grabada en cintas magnetofónicas. Cada una de estas impresionantes agrupaciones se hacen acompañar de lujosas carrozas, en las que también bailan jóvenes de ambos sexos y de máscaras a pie que arrancan el aplauso atronante de los espectadores por el diseño original de su vestuario y la brillantez y exuberancia de su colorido, que a veces alcanza el nivel de lo psicodélico. En ello se encuentra, entre otras, la influencia de carnavales foráneos, como el de Río de Janeiro, por ejemplo. Hay paseos que combinan muy bien lo tradicional con lo moderno, pero entre los más renombrados de la ciudad se encuentran los de La Placita; el del antiguo barrio francés de El Tivolí, del cual hablaremos más abajo, y el de la industria LaTextilera, por citar algunos ejemplos.

La comparsa ha estado conformada por grupos de personas que desfilaban primero a continuación o al final de la procesión tras el núcleo musico-danzario de los cabildos de nación y que luego, paulatinamente, se irían integrando a él, no a modo de coda o apéndice, sino como parte de su movimiento envolvente en su paso por el exterior de la villa. Eran figurantes, enmascarados o no, que no se contentaban con mirar desde la ventana de la casa familiar o desde algún otro predio el espectáculo–como se ha hecho siempre en La Habana hasta el día de hoy–, sino que, por el contrario, preferían incorporarse a la celebración festiva haciéndolo de la manera más activa. De ese modo, la conclusión fue que tales comparsantes terminaron por formar parte orgánica de unas agrupaciones que no las puede encontrar el visitante sino es en esta, la Ciudad (declarada como) Héroe de la República de Cuba por más de una razón y que, con toda justicia, debería haber sido proclamada Patrimonio Cultural de la Humanidad por hechos de tanta relevancia universal como el carnaval, entre otras razones.

La comparsa ha descrito formas muy definidas en su evolución. Hay quienes opinan que primero fue la comparsa, definida como una agrupación musical dominada por los tambores de oriundez africana y, mucho más tarde, con la intervención de la corneta china. Conga* fue un nombre introducido por los habaneros, en las primeras décadas del siglo veinte, para diferenciar un fenómeno que podría haber tenido un punto de semejanza con el tipo de agrupación propia de y que participaba en estas fiestas carnavalescas en La Habana. Siguiendo esta lógica, podríamos visualizar que entre las comparsas se destacan, sin embargo, dos tipos de agrupaciones carnavalescas cada vez más radicalmente divergentes: la primera, la conga, se centra en el elemento musical, contando como centro un conjunto de percusión afrocubana que descansa en los tambores de origen africano y que puede o no incorporar bailarines. En cambio, el segundo tipo ha ido incorporando los bailarines cada vez más con tanta profusión y peso, hasta el punto de haber servido de puente a una tercera forma expresiva del carnaval: el paseo, arriba descrito.

Si me pidiesen definir lo más característico del carnaval santiaguero diría sin vacilar ¡la conga!, que es la variante original y definitiva de la comparsa, en tanto entraña un núcleo percusivo que hace las veces de centro de un conjunto musical que se desplaza al toque acompasado de sus instrumentos por el perímetro urbano de la ciudad, arrastrando tras de sí, en un movimiento danzario impresionante, a la mayoría de la población. Ella es franca hechura nacional por la participación espontánea y libre del pueblo, en un ambiente de entrega absoluta, con la cual se siente plenamente identificado el barrio y la comunidad mayor: el pueblo santiaguero. Eso es lo que se pone de manifiesto en la comparsa conga, cuyo epíteto nos remite inequívocamente a la herencia africana de claro sello bantú, sin un atisbo de duda, pero que refleja magistralmente en su conjunto la versatilidad del cubano en cuanto productor de arte y maestro por su capacidad de integrar conjuntos danzarios sin que medie una organización profesional en su sentido convencional. La participación colectiva de amplios sectores de la sociedad en un hecho cultural que remite a la identidad de un pueblo, pudiese ser resumido en el desplazamiento bamboleante y enloquecedor de los pies de los santiagueros por cada milímetro de su villa, al compás de una música única que se origina y expande en la conga—fenómeno que sólo podría compararse, hasta cierto punto, con las escuelas de zamba del carnaval brasileño.

Este fenómeno colectivo público, de participación activa de la gente en el hecho cultural, tanto en las fases de la preparación como de la ejecución de la fiesta, ha tenido otros correlatos –también espontáneos – en otros niveles de la colectividad. El pueblo, desde siempre, se vestía de mujer y salía a las calles a divertirse con esta transversión de género o sexo, la cual era aceptada por el “estado llano”, pero no siempre por los estratos encumbrados de la clase dominante y mucho menos por el clero. Esta represión ejercida con saña contra las congas alcanzó momentos virulentos durante la República, llegando al punto de la suspensión del carnaval y a la destrucción de los tambores, cuando el pueblo desafiaba la autoridad del alcalde de turno y los sacaba a las calles, hechos que han sido muy bien documentados por la investigadora Nancy Pérez en su importantísimo libro en dos tomos intitulado El carnaval santiaguero (Editorial Oriente, 1988).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*