Ser=a Raza (ascesis y rendimiento)

Por: Ángel Callejas

Nunca existió, en el orden existencial de la historia humana, el tinte enrevesado del racismo y la discriminación. Eso si, la culpa de que concurra una controversia sobre si existe o no racismo humano se debe a las especulaciones conceptuales de la antropología positivista y de la visión empirista de las ciencias sociales. Ambos modelos de compresión sobre lo humano unifican en un círculo cerrado el hecho de no tener  que ver con la espiritualidad y la psicología de la raza. Por una parte, la raza constituye un comportamiento biológico (y natural) de la anatomía humana de suprema independencia. Lo que no se cuenta hasta ahora, para suplir las demandas cognoscitivas sobre el tema racismo, es  el exclusivismo antropológico basado en la absorción del rendimiento muscular de las etnias y los pueblos de raza negra. Cuando se diga racismo se debería comprender que se trata del fenómeno rendimiento, ascesis corporal que en otras razas humanas alcanzan niveles diferenciados.

Lo que ha llegado a ser exigencia retórica, discurso sobre el racismo, esconde en el traspatio de su formato político, social y cultural una petición de reconocimiento sobre la ascesis del rendimiento. Lo que produce la cultura moderna, en rigor, es la segregación espiritual del valor del cuerpo a través del relato de la supremacía racial. La raza negra, empleada en los trabajos forzados durante siglos coloniales, ha mostrado el performance empírico del imperativo del rendimiento (en la política y la cultura). Con el trabajo sustentado en la fuerza muscular, la sociedad antigua entra de lleno en una crisis espiritual. Al hombre de la raza negra se le niega esa participación; de ahí que la antropología positivista no pueda captar lo esencial del fenómeno y asuma una conceptualista alejada de la realidad. Lo que verdaderamente ocurre durante los últimos cinco siglos de historia es el racismo dentro de la raza blanca, que se debate a nivel antropológico y apuesta por ser selecto para evitar que la historia se derrumbe ante el hecho de la ascesis muscular (asumo esto como una metáfora que me permite corroborar que el siglo XX se presenta como ejercitante en todos los órdenes de la cultura)

En Cuba existen pruebas históricas: el movimiento de los independientes de Color. La historiografía alborada ante y después del 59 sobre este acontecimiento constituye relatos vindicadores. El impulso que dio esta tendencia historiográfica queda plasmado en el texto El engaño de las razas de Fernando Ortiz. Por eso un libro reciente, bien documentado sobre La masacre de los independientes de color en 1912 de Silvia Castro no rebasa el orden positivista de los hechos políticos y sociales. Esta tendencia vindicatoria sobre el fenómeno independiente de color lo muestra como un hecho racial. ¿Qué realmente buscaba en materia social y cultural de los independientes de color? Un testigo visual de la época, Gustavo Mustelier, quien escribiera una glosa en 1912, La extinción del negro, se apoyaba en fuentes directas para evaluar sobremanera el desgaste de la fuerza corporal y el hálito vital. Su texto no estaba muy interesado en la reconstrucción histórica de la historia del negro, sino de la representación visual del lugar y la participación del negro en la cultura de la labor, el trabajo y el rendimiento ascético. Y esta observación lamentablemente no tuvo asidero en los decibeles de la socialdemocracia y las luchas sociales de entonces.

Los independientes de color, en rigor, aunque parezca contradictorio e inusual, buscaban en la sociedad y la cultura el reconocimiento de la estatura del rendimiento (el rendimiento de la nacionalidad). Para ellos el color no era el determinante; que su guerra era tratar de imponer un mandato olvidado por la cultura cuando la época ya no se sustentaba en los viejos mitos históricos es otro tema que necesita profundidad de investigación. Para ellos quedaba claro que la participación simbólica del negro era esencial en la nueva cultura republicana como rendimiento nacional. El símbolo de la potencia muscular, el rendimiento pragmático dentro del espacio inmediato del trabajo, constituye una   fuerza thimótica  en la lucha de la presencia del negro en la formación de la nación. Si antes al cuerpo humano se le explotaba desde afuera en función del rendimiento productivo, ahora el cuerpo rinde para una técnica del Yo. La voz del negro simboliza, en este sentido,  el poder de la utilidad  no para la raza biológica  sino en el sentido simbólico y espiritual.

Sirva esta preliminar interpretación para adentrarnos en el fenómeno “racial” actual en Cuba. La fenomenología racial sigue el sendero político y social desde una perspectiva biologicista. En un libro que ocupa la época republicana, El negro en Cuba, 1902-1958, Tomás Fernández reconstruye el pasado de la negritud en Cuba en término de historia y de luchas de clases. De modo que no hay dudas de que los negros en Cuba formaran partidos y movimientos aglutinados bajo firmas sindicales, cuyas historias fueron de buen atractivo político para los intereses de la Revolución. El negro se integra y se olvida del mandato Estenoz: ¡somos la fuerza de Dios, la palanca para mover la nueva historia! En un lugar del inconsciente, los disidentes negros cubanos llevan ese mandato. No olvidemos que la ontología de la raza (Evola-Heidegger) fluye como fenómeno espiritual: Ser=a Raza.

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