Repercusiones del beso en el estudio de los sentidos

María Eugenia Caseiro

                                            “La naturaleza no hace nada sin propósito o sin utilidad.”

                                                                                                                 Aristóteles

Hace algunos años, escribí un ensayo que por extenso dividí en veintidós partes; una de ellas, me lleva hoy día a especulaciones y nuevas reflexiones que comparto con el propósito de estimular a otros a razonar sobre las suyas propias. La Naturaleza ha sido pródiga al dotar al ser humano con un organismo pleno de funciones para las cuales ha engarzado en él un precioso surtido de gemas por las que debemos celebrar cada día.

Para nuestra incursión en el tema  de hoy, hemos seleccionado, entre esas gemas, los Cinco Sentidos, y tomaremos las mejores versiones del beso, también en  cinco variantes, que he seleccionado con vistas a ejemplificar sus repercusiones, no tanto para hacer resaltar al beso a lo largo de la lectura, sino y esencialmente, para destacar esa parte que es labor y gestión de nuestra Madre Naturaleza en el cumplimiento de la felicidad del ser humano.

En estos tiempos en que hasta el cariño escasea, no pueden quejarse aquellos que han sido regalados con besos de gran variedad; sabor, aroma, textura, color y hasta sonido. Estos últimos, encantadores, al llegar a la trompa de Eustaquio, abordan el órgano de Corti, dan la vuelta al caracol y puede que hasta salgan convertidos en besos bailables.

Tal es la variedad del beso ante cuyos impulsos reaccionamos de la forma correspondiente, que nos conduce por los parajes de esas maravillas con que la naturaleza ha dotado nuestro cuerpo y, por medio de explicárnoslas lógicamente, podemos además aprender una nueva forma de sentir y disfrutar esa especie de descubrimiento de atributos científicamente declarados.

Por ejemplo, un beso inten(c)ionado, ese que alguien deposita con toda la inten(s)ión de descubrirnos, puede llegar primeramente al núcleo supraquiasmático y regular el ritmo circadiano, por ende, el reloj biológico. Una vez logrado, la glándula pineal pule su pantalla y alumbra el camino a los besos que siguen para llegar, en una ruta de aventuras y renovaciones, a un disfrute pleno y, dependiendo de qué tan desarrollado esté el sistema de recepción, al clímax perfecto.

El tronco cerebral comparte muchas de las funciones de la cuerda espinal y está formado por el bulbo raquídeo, la protuberancia anular (metencéfalo) y el mesencéfalo o pedúnculos cerebrales. Sin embargo, el término cerebro, parece imponerse a toda opción posible, ya que el cerebro propiamente dicho, es la porción pensante y de la cual parece depender el grado de inteligencia, aparte de constituir el 85% del peso encefálico. El encéfalo es realmente el conjunto al cual pertenece el cerebro, unido a los restantes centros nerviosos cuyas funciones, estrechamente vinculadas y concatenadas, no pueden separarse. Conecta la corteza con el cerebelo y la cuerda espinal, de modo que contribuye en la regulación de las funciones involuntarias del cuerpo (viscerales y faciales) y las habilidades motrices cognitivas; ¿qué no hará con las voluntarias, como por ejemplo dar o recibir un beso?

Veamos lo que ocurre a través de las conjunciones de la función encefálica, el sistema límbico y los sentidos, al experimentar los siguientes ejemplos de besos:

        Recepción del beso con sabor.

        El responsable de que identifiquemos los sabores es el sentido del gusto que se ubica en la parte superior de la lengua y que, para detectar el sabor, posee cuerpos ovoides llamados corpúsculos gustativos, cuyos pequeños poros permiten la entrada de las sustancias disueltas que estimulan químicamente a los receptores por los que están constituidos. Esos corpúsculos son las papilas gustativas de la lengua con las que podemos distinguir cuatro sabores; salado, dulce, amargo y ácido. Además, y al igual que por el resto del cuerpo, en toda la cavidad bucal hay otros corpúsculos que asociados con el sentido del tacto nos facilitan la tarea de reconocer las diferentes temperaturas y texturas de los alimentos que unidos a la memoria, cuya eficaz colaboración vemos en todas partes, y a las fibras nerviosas que conducen estas sensaciones al cerebro, nos permiten reaccionar ante cada estímulo.
Un beso con sabor llega a la lengua, órgano que ocupa la parte media del piso de la boca, compuesta por una cara bucal y otra faríngea donde se encuentra el surco terminal en el que se hallan las papilas de la V lingual y el remanente del conducto Tirogloso. En el tercio posterior, las amígdalas linguales. Los diferentes tipos de papilas linguales se distribuyen en la superficie de la lengua. Las papilas fungiformes contienen receptores para el gusto en los llamados calículos gestatorios. Los nervios Hipogloso y Glosofaríngeo componen la inervación motora de la lengua, y la sensación del gusto de los dos tercios anteriores de la lengua es conducida por la cuerda del tímpano (rama del nervio facial); la del tercio posterior, por los nervios Glosofaríngeo y Vago. La función conjunta de la rama lingual de la división mandibular del Trigémino y los nervios Glosofaríngeo y Laríngeo nos proporciona la sensibilidad lingual. Entonces el beso se ha encontrado con las múltiples sensaciones gustativas de que disfrutamos y que no corresponden solamente al sentido del gusto, ya que el trabajo complementario del olfato (sin tomar aún en cuenta que el tacto juega su papel), hace posible que percibamos la mayoría de ellas.

Recepción del beso aromado.

Como el cuerpo humano es el mejor ejemplo de trabajo en equipo, y hablando del deleite que nos producen las cosas que nos gustan, el sentido del gusto se acopla al del olfato abarcando más allá del paladar para ser transferido al espíritu mismo, pero antes de llegar allí, veamos cómo reacciona este sentido a los besos aromados.

De los cinco sentidos el olfato supera a los restantes en agudeza y antigüedad; esta última atestigua su constitución muy simple y su escaso estado evolutivo ratificado por la peculiaridad de que las células nerviosas olfativas son capaces de reproducirse.       El sentido del olfato posee gran influencia en el comportamiento por su considerable capacidad de identificación de olores, ya que puede reconocer una sola molécula aromática aún dentro de un gran volumen de aire.

En el ser humano el órgano gestor del olfato es la nariz; órgano, además, en que la superficie olfativa está integrada en las vías respiratorias superiores.

Cuando un beso aromado se acerca a la  nariz, que está situada entre el seno frontal y el paladar, y compuesta por dos fosas separadas por el tabique nasal, entonces los cartílagos laterales del vestíbulo permiten tanto la expansión como la contracción de las fosas nasales formando una especie de válvula que determina el flujo de aire, y comienzan a recibir las emanaciones del beso. En las paredes laterales de cada fosa nasal se encuentran tres cornetes protráctiles (que pueden estirarse) hacia la luz y que poseen glándulas mucosas que calientan y humidifican el aire inspirado. En la parte superior de las fosas nasales se encuentran los receptores olfativos, en cuya zona la pituitaria amarilla cubre el cornete superior y se comunica con el bulbo olfativo. Una vez que el aroma del beso se disuelve en la humedad de la pituitaria, actúa químicamente sobre los receptores olfativos, de los cuales resultan impulsos nerviosos que son transmitidos al bulbo olfativo; entonces llegan a la corteza cerebral donde se forma la sensación olfativa que conjuntamente con la sensación del gusto son producidas por el mismo estímulo químico; de ahí que el olfato y el gusto suelen confundirse y el beso con sabor, también llegue a ser un beso con olor: el olor del besador, de sus labios y del interior de su boca.

Las células olfativas poseen la propiedad de adaptarse con gran rapidez al estímulo y cuando éstas se han acostumbrado al olor del beso, cesan de transmitirlo al cerebro porque ya nunca ha de confundirlo con ningún otro.

Cuando el beso llega, cuando la experiencia se da y nada puede sacarnos de ese beso, las moléculas aromáticas estimulan los terminales nerviosos y estos convierten ese influjo de moléculas aromáticas en impulsos nerviosos.

El sentido del olfato está estrechamente ligado al sistema límbico que es la parte de nuestro cerebro que controla las emociones y participa en las importantes funciones relacionadas con la memoria. Cuando los terminales nerviosos convierten el influjo de moléculas aromáticas en impulsos nerviosos, los envían al sistema límbico en donde a dependencia del aroma de que se trate, serán las reacciones emotivas provocadas, capaces éstas de estimular tanto recuerdo, como nuevas impresiones. Ineludiblemente asociado a la memoria, el olfato es capaz de llevarnos atrás en el tiempo, de remontarnos en un viaje instantáneo al momento y al lugar en donde la memoria grabó esa imborrable huella; también es capaz de hacernos alcanzar un estado de éxtasis y descubrir parajes hasta encontrar un paraíso del cual ya no podrá despegarse nunca el reflejo de esta nueva experiencia que quedará grabada con engramas mnésicos específicos, en este caso los del beso.

Recepción del beso con textura.

         El sentido del tacto no está excluido de exaltación ante el desafío del beso. Aunque el tacto es el menos especializado de los sentidos, puede aumentar su agudeza a fuerza de usarlo. Por medio del mismo se percibe la presión ejercida por el labio en un beso, y las cualidades de estos labios. El tacto, a diferencia de los restantes sentidos, está distribuido por todo el cuerpo, que percibe el contacto con todo cuanto le pueda tocar.

Las terminaciones nerviosas especializadas que pueden ser de diferentes tipos y están localizadas en la piel, son los receptores del tacto. Ante una deformación mecánica de la piel, estos receptores, que se encuentran en la epidermis y están distribuidos por todo el cuerpo, se estimulan transportando cada sensación al cerebro por medio de las fibras nerviosas. La forma compleja de receptores llamados corpúsculos de Paccini son susceptibles a la presión, y se encuentran concentrados en las áreas (muy sensibles) de las yemas de los dedos. Otros corpúsculos como los de Rufino o los de Krause nos sirven para percibir el aumento o baja de temperatura del labio que nos besa.

Una de las cosas más extraordinarias del sentido del tacto es precisamente que tiende un puente de energía directa entre los seres humanos. ¿Por qué cree usted que existe el beso?, ¿por qué piensa que los enamorados practican juegos de caricias antes, durante y luego de consagrarse en el acto del amor?, precisamente porque los seres humanos necesitan recibir el calor y el afecto de otras personas a través de las sensaciones táctiles y especialmente en el preámbulo amoroso para llegar al clímax.

Nadie puede negar la maravillosa sensación que produce sentir en nuestra piel el contacto físico del afecto de las personas que nos aman y a quienes amamos.

Recepción del beso con color.

         No podemos afirmar que un beso tenga color, pero sí lo tienen los labios que nos besan, el rostro, la persona que nos besa, el entorno en ese instante. Si tiene volumen ese labio, tamaño, luminosidad, apariencia que enamora o no. No sólo un beso de ojos abiertos ve el color, también con ellos cerrados; el tacto, el sentido del gusto, el olfato y en especial la memoria y en suma, el encéfalo, hacen una maravillosa combinación que puede otorgar al beso cuantos colores sea capaz de fabricar la memoria.

La alegría de ver y entender es el más perfecto don de la naturaleza.”

Albert Einstein

La vista es el sentido corporal que nos permite conocer, mediante las impresiones luminosas, el volumen, la forma, el color, el tamaño y demás cualidades (colores, luminosidad, apariencia…) de los objetos que nos rodean a través de los órganos de la vista que son los ojos y cuyo estímulo específico es la luz y el campo receptor la retina.

En el ser humano, las funciones de la vista son cuatro, entre las que se encuentra la visión de las formas que puede conseguirse con un solo ojo; la de las distancias, binocular; la de los colores, y la del movimiento. Cuando llega el beso con todo el color de la intensión de esa boca que besa, la retina, adaptable a la luz, que sirvió de modelo al confeccionar el diafragma de la cámara fotográfica, hace posible la visión (puede que con poca luz) y gracias a la acomodación del cristalino pueden observarse las imágenes al nivel de la retina; los movimientos del globo ocular, regidos por los músculos extra oculares, permiten enfocar siempre las imágenes a nivel de la fóvea (depresión de la retina donde la visión alcanza el máximo de nitidez).

El ojo, compuesto por el globo ocular y sus anexos (cristalino, conjuntiva, córnea, pupila, iris, cuerpo ciliar, vítreo); (esclerótica, coroides, retina, mácula y nervio óptico), es sin duda alguna, además del órgano que permite la función del sentido de la vista, un componente incalculable de la obra del rostro, al tiempo que revela las expresiones que brotan de nuestros diversos sentimientos unidos a la espiritualidad humana que nos hace identificar el color, sabor, textura, aroma y todo cuanto se desea y se tiene de un beso.

A través del sistema nervioso central que conecta al cerebro con cada rincón de nuestro cuerpo, pasan millones de sensaciones e impresiones que señalan la memoria como un elemento de coalición insustituible. Si la corteza cerebral se encarga de recibir las señales de los sentidos para indicarnos cómo reaccionar ante cada estímulo, la memoria, también vinculada en cada proceso del sistema nervioso central, corresponde individualmente a cada una de sus funciones; al igual que tenemos una memoria visual, también existe otro mecanismo de la memoria para cada función especifica que se complemente en la fabulosa sinergia del cuerpo, efecto tal que nos sigue asombrando de cuán perfecto equipo disponemos y por el que podemos asimilar y finalmente ver el color del beso.

Si hablamos de la vista como un medio de percepción visual, hablemos también de un equipo, equipo que se completa bajo la absoluta supervisión del cerebro. La memoria interviene en cada proceso y el recuerdo y la imaginación contribuyen al enriquecimiento de los resultados cuya correspondencia con el principio elemental de la vida está dada en origen, sólo por arte natural.

         Recepción del beso con resonancia.

El oído es el sentido por el cual se perciben los sonidos a través de sus órganos, los oídos, y cuya percepción puede llevarnos a repetir, por medio tanto de la voz como valiéndonos de instrumentos, los sonidos escuchados.

El órgano para el sentido del oído está integrado por el oído externo, compuesto por el pabellón auricular y el conducto auditivo externo, que termina en el tímpano, membrana que lo separa del oído medio, el cual está formado por la caja del tímpano en la que se halla dispuesta una cadena de huesecillos (martillo, yunque y estribo) encargados de transmitir los sonidos del tímpano al oído interno y comunica con el conducto nasofaríngeo a través de la trompa de Eustaquio. El oído interno está integrado por el laberinto óseo, que posee tres cavidades (vestíbulo, canales semicirculares y caracol), y el laberinto membranoso contenido en el anterior. En el caracol está el órgano de Corti (órgano de la audición).

Cuando llega el beso sonoro, por imperceptible que parezca ese sonido, el oído medio comienza a vibrar, origina vibraciones subsecuentes, primero en un huesecillo con forma de concha llamado caracol que está en el oído interno, enseguida ocurre la vibración del líquido que hay dentro de este último, que finalmente causa la vibración de unos pelillos minúsculos que cubren el caracol, luego éstos transmiten una impresión auditiva a través del nervio auditivo, el cual funciona como un cable eléctrico, transmitiendo esta impresión auditiva al cerebro, que finalmente se encarga de determinar el sonido, qué lo ocasiona, y la manera en que debemos reaccionar.

El sentido del oído nos permite percibir los sonidos, volumen, tono, timbre y la dirección de donde provienen. Las vibraciones sonoras son recibidas por el oído y transmitidas al cerebro; y no conforme con abastecer la memoria en cuanto a sonidos de toda índole, en el oído se encuentran terminales nerviosas que reciben información acerca de los movimientos del cuerpo, contribuyendo a mantener el equilibrio del mismo, equilibrio que a su vez se mantiene por medio de engramas mnésicos específicos para cada uno de los disímiles e innumerables movimientos.

Pascal nos dice: “El corazón tiene razones que la mente no puede entender”. Seguramente el beso, bien proporcionado, contribuye al equilibrio y al buen funcionamiento del equipo, y también, seguramente, en la memoria del besado ha de subsistir su música, aroma, sabor, textura y color, digamos que para siempre.

Diciembre 2006.

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