Raíz y clima del isleño

 

Sé muy bien de lo que hablo; bebí en la lluvia el sudor de los negros africanos

que tanto enriquece el gesto y la palabra de un hombre; la danza y la cantata…,

mezclado con el de los criollos bravos. Bebí,

feliz de mí, en la lluvia de mi isla, el sudor de los hombres.

También entró en mi cuerpo por la sangre,

y hasta me llenó la vejiga para abonar el inodoro del apego y transformarse en semilla

que reclama siempre un trozo de nuestra tierra colorada para hacerse planta y florecer.

 

 

Por: María Eugenia Caseiro

 La mayor parte de mi existencia viví en un clima de isla; clima tórrido en que se habla de frío frente a un pálido ensayo del invierno. En mi isla el clima es sinónimo de eterno verano; uno que entraña dos estaciones: la de la lluvia y la de la seca. El calor llega a ser tan sofocante que lo sofoca su propio suceder en el día, lenitivo ante ese impasse en que el vapor alcanza el punto de condensación en la atmósfera a partir de las primeras horas de la tarde, entonces se originan capas nubosas más allá de las copas de los árboles, tapan el sol, se esparce una brisa fresca que más tarde acompañará un chubasco para mitigar el fuego de la tierra, aunque a partir de ese instante la bañe de un aroma que todavía no es el olor a hierba que pronostica lluvia, sino el aroma suave que seduce, invita a salir de las casas para ser aspirado a pulmón lleno en el momento supremo en que la naturaleza brinda cobijo de madre amorosa y donde quiera que se esté en la isla se percibe un halo de delicia que, luego de un lapso que no puede medirse en minutos o segundos, trasunta en aguacero y mitiga el vaho caliente de la atmósfera, la amansa por un período no muy largo que permite reponerse del bochorno y provoca meterse bajo el agua que acaricia con esa suavidad ingrediente de vida… lluvia que purifica, que limpia el hollín de los centrales azucareros en plena molienda, reguero de negrura sobre las sábanas blancas de las azoteas y los patios donde las reinas de casa dejaron medio pulmón para blanquear la noche y perfumarla.

En los meses de lluvia los aguaceros no se conforman con una cuota diaria, se suceden hasta convertirse en aguacero total al que llamamos diluvio, y que no permite salir de casa de no llevar consigo, a mostrarlo con orgullo, el estigma del isleño. Los isleños somos atrevidos, bulliciosos, parranderos, palabreros, maldicientes… Podemos hablar, hablar y hablar, de lo que sea, también del clima; inigualable a pesar del sudor que suele correr por todo el cuerpo y convertirse en una capa pegajosa que deja la etiqueta del pellejo pegada en todas partes. El sudor del hombre es siempre bien acogido por la madre tierra; ella lo recibe, mezcla, refina, almacena y deja reposar hasta que fermenta y es absorbido por el sol depositándolo en toneles de nubes que se encargan de acuñarlo como la mejor reserva y devolverlo a la atmósfera en forma de lluvia. Sé muy bien de lo que hablo; bebí en la lluvia el sudor de los negros africanos que tanto enriquece el gesto y la palabra de un hombre; la danza y la cantata…, mezclado con el de los criollos bravos. Bebí, feliz de mí, en la lluvia de mi isla, el sudor de los hombres. También entró en mi cuerpo por la sangre, y hasta me llenó la vejiga para abonar el inodoro del apego y transformarse en semilla que reclama siempre un trozo de nuestra tierra colorada para hacerse planta y florecer.

El clima de mi isla adolece de esa seca terrible en que los hombres se agrietan bajo el sol como pasas, o como la misma tierra; ennegrecen y mueren como estatuas de ébano, o como diablos curtidos que no tienen voz más que para renegar de haber nacido isleños. Los pájaros, como premoniciones, se lanzan al vacío sin jaulas a llorar, y entonces no hay bolsillo humano de dónde sacar un canto hecho pañuelo que anime a enderezar el alma frente a la tetera para exprimir el néctar negro que alguna vez brotó de unas semillas y se hizo fabuloso como la vida misma y que sabemos puede ser la salvación del día. Entonces no vale invocar a los orishas, a las deidades originariamente primitivas ni a las metamorfoseadas por el sincretismo que esculpimos alguna vez en las piedras del camino para borrar las huellas de los credos, negrísimos, ante los perseguidores blancos, y una mancha como de polvo se instala sobre las cabezas, sobre los ojos de todos los mortales, hasta que la propia fecha da la vuelta en cada uno de los relojes, en cada una de las clepsidras, se compadece de los hombres, de los cerdos sedientos en los chiqueros, de las gallinas y los gallos que se mustian al sol en sus corrales, de las vacas, de los gatos, de los perros que se agostan con la canícula y produce la mágica señal: una sierpe luminosa en el cielo, seguida de un trueno ensordecedor, que lo devuelve todo a su estado natural en espera del agua.

Todo esto y mucho más puedo contarles de mi isla, pero el clima de una isla nunca se conforma y sale a buscar demonios a otras latitudes. Se revuelcan sus hembras de verano, sus machos de lluvias y de secas, con los regentes de las tempestades marinas y de los vientos oceánicos, revuelven el tiempo, acarrean temporales, rases de mar, ciclones…; ángeles maléficos que no entienden lo que es la destrucción, o puede que sea el inocente isleño quien no ha descubierto el flanco de lo endémico en el propósito de aquellos dioses. Así la providencia nos tantea y deja caer su sombra sobre los pastos secos hasta provocar de nuevo lluvia; lluvia inconmensurable; lluvia con hambre y hasta con sed de revolverlo todo y arrasar con el color de los sembrados y, ¿por qué no?, con el color de la gente. Por eso los isleños somos como las lechuzas, estamos hechos de ojos. Siempre con el ojo detrás de las cortinas, de las cerraduras, de las mamparas, de las claraboyas, de las mirillas, de los portones, de cada uno de los ojos de buey, para percibir y contrarrestar la cercanía del brazo del viento y la resaca del tiempo que llega desde afuera, desde el mar, desde ese padre riguroso y abisal a quien abrimos la entraña cada año para dragar sus tesoros que invaden nuestra sangre y aumentan los niveles de sal en nuestra lengua. Y cada año esa cópula entre viento y mar salada, deviene orgasmo terrible de mareas, que arrastra a los isleños en espasmos mortales para cobrarse la deuda del dragado. No sé si somos seres proscritos, o como dice Piñero, llevamos la maldita circunstancia del agua por todas partes.

Vayas donde vayas, te perseguirá el sudor de tu isla, como viento entrañable, como aguacero, como las olas que la bañan y no bastan para calmar el fuego de la sangre. La isla se nos mete dentro, echa raíz; la vemos crecer ante el espejo, al pasar frente a las vidrieras, de día o de noche, en las luces de neón y en los anuncios, en la tinta diluida de un periódico… El isleño también lleva el anuncio de su isla apuntalando cada rincón del cuerpo como un hueso de más, como una herencia maldita o simplemente, al contrario, como un blasón que nos viste de gravosa obstinación. Si viste, si desviste; si habla, si calla; si ríe, si llora…, el resto puede leernos como se lee un anuncio, aunque hablen diferente lengua. No hay forma de borrar de la vista de otros esa casta de isla que llevamos anclada en la lengua y el pulmón de nacimiento a epitafio.

La palabra isla no puede ni debe traducirse; se creó para ser sin adulteraciones. La hemos destilado de toda geografía mineral y fraguado en la paciencia de la historia.  Ahora que el clima que me envuelve no es ya más el clima de mi isla, aunque tenga algunas semejanzas, otro clima es asesino silencioso que decapita la respiración y densa el aire debajo de los párpados.

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Imagen: Sonia Betancort: JOSÉ SARAMAGO Y LA INSULARIDAD. UNA LECTURA DE “EL CUENTO DE LA ISLA DESCONOCIDA

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