Los archivos y el inconsciente del nacionalismo cubano

Por Angel Velázquez Callejas

La producción de la historiografía cubana ha sido, hasta ahora, archivera. Posee un sentido de almacenamiento.  No por ello deja de ser importante. Trabaja, en lo fundamental, para almacenar  piezas museables y documentales, cuya  colecciones pasan a formar parte de las galerías, archivos y bibliotecas. Cada libro (texto),  cada obra de arte, cada objeto museable   en el contexto del 1959 hacia acá refleja un escaso nivel de pensamiento, es decir, de profecía. Cada producción intelectual, en este sentido, queda fuera del orden democrático de la política o de la un programa. Psicológicamente hablando, los archivos de la memoria nacional refrendaron la acusable realidad del inconsciente colectivo nacional a favor del nacionalismo revolucionario. Allí donde hay un buen libro yace una forma de vida del inconsciente revolucionario.

En los archivos fue donde la llamada Revolución encontró el apoyo ideal para erigir la doctrina del inconsciente colectivo. Por ejemplo, ¿qué fueron  las Obras completas de José Martí sino tomos que  descansaron en los anaqueles de las bibliotecas y archivos nacionales y privados? Paradójicamente  es a partir del establecimiento de los  archivos  donde tiene lugar el pathos del  discurso de la revolución cubana. Se dice que el primer revolucionario cubano aún permanece archivado en los anaqueles de la biblioteca de la “Sociedad de amigos del país”. Quienes hagan uso correcto de esos archivos se convertirán, siguiendo el apotegma de Platón en la República, en estadistas fundamentales.

De hecho, la nación cubana surge de un gran archivo de ideas, con las cuales se conformó el cuerpo de la historiografía y a donde solo pudieron acudir intelectuales y políticos. Sin embargo, otras naciones, como los Estados Unidos, han reparado en una constitución republicana de origen pragmático, donde los archivos cuentan solo como discursos retóricos para la nada.

Reconocer en nosotros mismos la existencia de una psicología del nacionalismo es de hecho un gran comienzo, un Gran Salto Adelante de apertura democrática sobre una de las aristas determinantes del hombre contemporáneo. Es como dar el primer paso para zafarse del lastre, sea en el arte, la literatura, la Historia o la vida cotidiana como archivo. Sin embargo, por lo regular estamos reconociendo, como bien dice Maurice Nicoll en sus Comentarios psicológicos sobre las enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky, al Yo, al nosotros mismos elemental, a la filosofía como inherente al nacionalismo. Hemos creído durante años que por la propiedad misma de la Historia el nacionalismo es una etapa consustancial a la naturaleza del hombre moderno.

Esta tendencia provoca, sobre todo en Cuba, que muchos intelectuales asuman el tema del nacionalismo como una fuente de filosofía para explicar la historia moderna del país. Y, por supuesto, no están errados. Pero abordar y descubrir en términos intelectuales la finalidad de dicha tendencia no producirá ningún cambio en lo que a ideología y política se refiere. La filosofía del nacionalismo, tal y como la entiendo a partir de algunos textos del investigador Rafael Rojas (sobre todo Tumbas sin sosiego y “Motivos de Anteo), permite visualizar el espacio o, para llamarlo de un modo postmoderno, el paisaje donde nos hallamos físicamente ahora mismo, pero no a las implicaciones psicológicas, el espacio interior donde también nos hallamos ahora mismo.

Es decir, estamos conscientes de la Isla, de la insularidad, del espacio físico cubano, de su cultura y geografía desde una perspectiva filosófica o intelectual, pero absolutamente inconscientes desde una perspectiva psicológica de ese espacio vital. Sobre Cuba, todas las perspectivas de estudios parten de una filosofía que mira hacia el espacio exterior, construyendo algo así como una pose. Sin quererlo a veces, han convertido al nacionalismo en una tendencia, en una regularidad de la Historia. El nacionalismo no vive por pura gracia del nacionalismo, sino que se ha alimentado del trabajo de la filosofía y la Historia. El trabajo intelectual positivista sustenta la filosofía nacionalista en Cuba.

Por otra parte, cosa que se nos presenta paradójicamente, gracias a esa psicología inconsciente, podemos traspasar el espacio físico y asumir la Isla como un escenario exterior in situ. Hemos estado transgrediendo imaginariamente ese espacio que separa lo interior de lo exterior sin saber cómo y por qué. La clave para darnos cuenta que la filosofía del nacionalismo conduce a ningún lugar radica en reconocer la existencia de una psicología del nacionalismo.

Ahora bien, si se asume el nacionalismo como una psicología, cosa que hasta ahora no ha sucedido en la literatura historiográfica cubana, la dimensión de su filosofía puede ser cambiada, desechada como un lastre. Si podemos ver el estado interior del nacionalismo en que nos hallamos, podremos ver la diferencias entre estar en un espacio físico de la cultura y en el estado psicológico de ella. Podremos ver cómo y por qué se nos empuja a vivir bajo una imagen ficticia y, por ende, conseguir liberarnos de ese lastre, que sólo ha creado angustia y desesperación existencial. Ha creado en nosotros un malestar cuya resonancia posibilita la construcción de una dicotomía imaginaria: las dos orillas.

Ahora bien, unos lo afirman y otros lo niegan, pero estamos todos en el mismo barco. La idea del nacionalismo se ha convertido, para los escritores cubanos fuera de Cuba, en una suerte de refugio psicológico e identitario. Parece que, para seguir siendo escritor, una vez que abandonamos la isla, es necesario continuar haciéndole el juego a los de adentro. O, mejor dicho, hay que compartir el peso de la isla. Hay que estar creyéndose la apocalíptica idea de La isla en peso.

Desde luego, hubo una etapa en mí –dentro y fuera- en que sucedió. Me iba desgastando en el absurdo de querer también apropiarme de un pedazo de ese peso. Yo quería mi pedazo y lo logré. En verdad, es muy extraño lo que se siente, pero el ego del ser cubano en el exilio parece vivir de la imagen de ese peso, de la cantidad que se pueda agenciar uno del peso de esa isla. Lo he estado observando; la intelectualidad cubana del exilio carga con un peso que todavía le es soportable. Por eso continuamos; y por eso creemos en la cubanidad. Es razonable ver que en el inconsciente del intelectual cubano yace un curioso absurdo por el peso del nacionalismo.

La isla pesaba abrumadoramente sobre mí. No sé qué cantidad, pero llegó el momento en que ese peso fue demasiado y tuve que soltar la carga. Tuve que dejar de ser otro Caupolicán. Porque todos los escritores cubanos somos en el fondo, de hecho, caupolicanes, fuertes defensores de una larga duración nacionalista. Como si la historia de la isla tuviese un peso verdadero. Como si la literatura insular estableciera un peso sobre la isla. Como si la cantidad del peso determinase la esencialidad del Yo cubano. Yo me determinaba por ese peso; yo era ese peso. ¡Dios mío, la idea existencialista de la isla en peso de Piñera terminó por acabar conmigo! Era más propenso a existir sobre los hombros de la idea de Piñera que sobre los de la de Martí.

Pero ha llegado el momento de arrojar a un lado el peso de la isla y asumir la responsabilidad de perder la identidad. Entonces es cuando los músculos se relajan y se siente por primera vez la ingravidez. ¿Qué se sabe de la ingravidez? Te das cuenta entonces que sólo conoces, como suele suceder en estos casos, el nombre de la palabra y el significado, pero nada de la verdad.

Los escritores cubanos del exilio cargan demasiado con las palabras y los significados, pero con nada de la verdad. De ahí esa tendencia a llevar el peso de la isla; de ahí también la de llevar la carga del nacionalismo. Todos estamos de un modo u otro por participar en el discurso de la nación cubana. Poetas, narradores e historiadores, todos apostamos por apropiarnos de un pedazo de ese peso. Es lo que real y virtualmente nos queda.

En este sentido, dice Foucault en La microfísica del poder que el poder no es cosa: la cosa se presenta como un medio para hacer ver y dejar sentir el poder. Más bien el poder es un estado de ánimo, una fuerza de la voluntad que está ahí disponible para ser usada o no. Tan sutil es la naturaleza del poder que muchas veces se utiliza y no se ven sus efectos mediante la cosa en sí. Hay quienes usan el poder con solo mirar, con el gesto. Rasputín tenía una mirada poderosa y penetrante, a tal extremo que la zarina de los Romanov lo conoció y cayó encantada a sus pies. Pero el poder se ve a través de la microfísica de la sociedad. Hay un intercambio bien complejo entre el poder gubernamental, el Estado, y las relaciones entre los individuos, la familia y las instituciones civiles y religiosas. El sexo, por ejemplo, está permeado por la fuerza del poder.

Todas las sociedades se mueven en son de relaciones de poder que se entrecruzan y fluyen de abajo hacia arriba, de manera que resulta muy difícil sacar en claro cuál es la tendencia constante, y la predominante. A falta de una mirada profunda, ante el ojo humano, el poder del Estado constituye una abstracción. El Estado no existe a no ser como creación mental. Así es como surgen por añadidura los conceptos de nación y nacionalismo. Debido a que el hombre no puede captar la constante, la regularidad oculta del proceso de la relación de los distintos poderes, solo le queda ver lo que no es. Y eso que no es existe sin embargo en la semántica, en el significado de las palabras interesadas, en la mente colectiva, no en el individuo.

Según se desprende de la propuesta gnoseológica de Alfred Korzybski, fundador de la Semántica General en Science and sanity: an introduction to non-aristotelian systems and general semánticas, “nación” y “nacionalismo” son productos semánticos que no significan nada frente a lo que ocurre en los niveles del silencio, en los procesos no verbales. Y el individuo no es un ente semántico. Está oculto en esas millonésimas relaciones de poder, desde el más bajo al más alto estrato de la sociedad. La semántica es solo un recurso para llegar a lo esencial, a lo individual, a la conciencia no verbal. El propio Foucault en Las palabras y las cosas hace hincapié en la semántica porque de ella depende el proceso de lo que conocemos como historia, del devenir de las palabras. La historia en un juego semántico, como el positivismo, es una observación a través de las cosas y los hechos dentro de un discurso determinado.

¿Qué cosa posibilita establecer un discurso determinado? Reducir la voluntad de poder del individuo a la acción del verbo, a la semántica, a un discurso colectivo que no trasciende lo social. Cuando hablamos de discurso, por ejemplo, del metarrelato sobre la nación o el nacionalismo de cualquier país, estamos estableciendo la semántica sobre el Estado que proviene de un proceso no verbal oculto. Estamos entregando la conciencia, el acto individual, al poder gubernamental. Por eso es tan atractivo para el sociólogo y el historiador trabajar con la semántica, con el discurso, porque a través de ellos el individuo se ha hecho adicto a lo que no es. Y toda la historia del nacionalismo es la historia del absurdo poder de la semántica.

El hombre piensa en algo y reconoce en ello un objeto determinado; lo define con un concepto y lo hace mediante su capacidad de abstracción. Refleja en ese algo lo que no es. Abstracción quiere decir separar la conciencia del proceso de la realidad. De modo que “nación” no es lo que se quiere ver con la nación; “nacionalismo” no es lo que se quiere distinguir con el nacionalismo. La semántica, el significado verbal, nos engañan. De ahí que el hombre sienta aversión por el Estado, por su poder, porque en el fondo está sustituyendo la existencia misma del poder individual. El hombre toma estos significados como un concepto, pero no los siente como realidad. Y, sin embargo, el concepto sigue predominando.

Desde luego, existo, luego pienso: a la inversa del nacionalismo cubano. En su mejor y más estricta definición, “cultura” es la “huella material y espiritual dejada por el hombre en el tiempo”. Ha habido cientos de definiciones sobre lo que es cultura, de modo que cada rama de la ciencia del hombre posee una definición particular, pero la mencionada arriba engloba de una manera resumida a todas.

En un texto del ex ministro cubano Armando Hart, Del trabajo cultural, “cultura cubana” no era sólo el registro de la huella material con que contábamos, sino también lo intangible, la memoria y la identidad del pensamiento revolucionario cubano para el trabajo de la cultura. Dos décadas después de este pronunciamiento, en el libro Cubanía, cultura y política, Hart establecía una rigurosa definición sobre lo que es “cultura cubana”: la cultura cubana yace en la ideología de la historia de las revoluciones en Cuba.

Como ven, ésta es la definición de un político. Para un etnólogo como Fernando Ortiz la definición de “cultura cubana” varía. Por supuesto, desde el soporte del etnos cultural llegaría a decir Ortiz que “la cultura cubana es un ajiaco”. Los estudiosos de la cultura oficial cubana han partido de la definición ortiana, del concepto transculturación en mayor medida, pero sin dejar de ver en el pronunciamiento ideológico de Hart las bases de la identidad del nacionalismo por la cultura.

De modo que estas son las variantes, en líneas generales, que han movilizado el pensamiento; las que han movido a que algunos califiquen e identifiquen “cultura cubana” con una existencia real y palpable. Pero en mi artículo “La cultura cubana no existe” nunca hablé sobre “esta existencia” (la mente tiende a interpretar las cosas a su modo). Si una definición sobre cultura está en juego, la identificación del concepto decidirá la interpretación. Esta existencia gira en torno a la no existencia: “pienso, luego existo”.

Gurdjieff estaba enseñando a Ouspensky un ejercicio de meditación, una técnica, en la habitación donde se hospedaban. Se trataba del trabajo “recuerdo de sí”. Ouspensky, que había sido un gran periodista, un infatigable lector al punto de haberlo devorado todo en cuanto a la literatura rusa, conocía al dedillo la historia de la cultura de su país. Sus libros, una novela y varios textos sobre la dimensión del conocimiento del mundo atestiguan que este autor creía profundamente en la cultura del mundo. Sus libros estaban llenos de anécdotas sobre la cultura del mundo. Pero él sentía que algo fallaba.

Sobre este fallo, Gurdjieff pidió a Ouspensky que intensamente recordara su nombre: Yo soy Ouspensky. El trabajo “recuerdo de sí” duraba semanas. Pero le era irresistible a Ouspensky recordar su nombre por más de un minuto. Pasado ese minuto caía en el sueño. Otros pensamientos entraban y el recuerdo de sí se anulaba. Gurdjieff enfatizaba que ese era el momento y la prueba de la incapacidad de ver. Que lo que se anulaba era la sensibilidad de ver y entraba en juego la intelectualidad de ver. Y un día surgió el milagro. Ouspensky pudo ver lo que Gurdjieff quería decir con sensibilidad de ver. Un día comenzó a notar que el recuerdo de sí se prolongaba más de un minuto. Y a partir de ese día la voz de Gurdjieff entró en el interior de Ouspensky sin que hubiese existido una articulación de palabras. Comenzó un dialogo entre el silencio y la voz. Gurdjieff preguntaba en silencio y Ouspensky respondía en voz alta. Pero hubo un momento en que Gurdjieff intensificó el diálogo y pidió a Ouspensky que saliera al mundo y observara entonces. Ouspensky salió de aquella habitación y comenzó a caminar por las calles de Finlandia, y se llevó la sorpresa. Vio por primera vez en los rostros de los transeúntes lo que Gurdjieff afirmaba: el mundo está dormido, la cultura del hombre no existe. Existe en el sueño.

El recuerdo de sí abrió una brecha en la vida de Ouspensky. De la forma de ver intelectualmente el mundo, del pienso, luego existo, que es como Hart y Ortiz ven la cultura cubana, pasó a ver emocionalmente el mundo. Y en esta emoción y sensibilidad de ver el mundo se percató: La cultura existía en el sueño. Nadie en Cuba recuerda la base de quién piensa y ve. Se piensa en la existencia a partir de definiciones. Como me dice un amigo, la inteligencia emocional no existe.

A todos los que creen que la cultura cubana existe les pido hagan el ejercicio de “recuerdo de sí” por un tiempo y les aseguro que se llevarán una sorpresa. Empezarán a decir entonces: “existo, luego pienso”. Fue a partir de esta concepción que dije que la cultura cubana no existe. Y en verdad no existe; sólo es sueño e imaginación. Es una mentira.

Como dijo Gurdjieff, en la cultura que conocemos “todo sucede, nada se hace”. De ahí, Cuba literaria. Cuando el gobierno al frente de la triunfante Revolución Cubana propuso El Quijote como primer libro a publicarse, inauguraba con ese gesto simbólico, canónico, el renacimiento de un humanismo (neorromántico) que veía fallecer ante sus ojos la esencia del humanismo tradicional. Tal y como lo explica más de una opinión, en esos años de posguerra, a nivel internacional, ya era insostenible e imposible que una “bibliofilia” pudiera mantener la comunicación estable para una síntesis política y cultural de las naciones en desarrollo.

El humanismo (escritura y literatura) ya no era capaz de regularizar un sistema de comunicaciones (un lenguaje alternativo) para enfrentar los desafíos venideros de la gran masa y los pueblos. Esa manera de moldear (educar) a las naciones por medio de una escritura basada en el “amor y la amistad” estaba destinada a fracasar.

¿Qué se entiende por escritura y literatura en este sentido? La base literaria de la formación de las naciones. Cuba, como todas las naciones, nació de una escritura y literatura basadas en esa relación de “amistad” entre gobernantes y gobernados. Los medios literarios y escriturales fueron y siguen siendo hoy en Cuba las vías ficcionales para crear la nación en el sentido socialista del término. El gesto simbólico de publicar El Quijote, canon de la literatura mundial, como el primer libro dentro de la política editorial de la Revolución, es prueba fehaciente de que los nuevos gobernantes daban continuidad ficcional al humanismo que iniciaran los próceres de la independencia bajo el influjo de una literatura política y cultural.

En este sentido, la Revolución Cubana puede definirse como sigue: una Cuba literaria (humanizada del salvajismo) o un nacionalismo literario que penetra en toda la vida política y sociocultural del país oponiéndose a la bestialidad humana. En otras palabras, una intromisión del poder por medio de la escritura y la literatura. O el totalitarismo basado en los medios de la escritura y las ficciones literarias. El mejoramiento del hombre (esa contraposición entre lo cultural y lo bestial) a través de estas ficciones o utopías que constituyen la esencia de la insularidad letrada o la Cuba literaria. Antes del apoteósico arribo de la Revolución ya existían atisbos, prefiguraciones ficcionales, para empezar una transgresión del poder sobre la vida pública y social.

La literatura propugnaba afianzarse en el poder y asumir el medio comunicativo por el cual llevar a vías de hecho un cambio de solidaridad y justicia social. El grupo literario Orígenes, que dirigiera Lezama Lima por la década del 50, es el mejor ejemplo de esa vuelta al humanismo para decidir sobre los destinos de la nación. Lo que estaba obsoleto en la vida ética y moral republicana no era la gestión administrativa de los gobiernos, sino esas formas ficcionales, comunicativas, llevadas a efecto desde antes, entre los gobernantes y los gobernados, por medio de una literatura y escritura independentistas. El sentido de Orígenes era el mismo que el de la Revolución, solo que la intromisión comunicativa estaba plagada de una religiosidad católica y no ideológica propiamente dicha.

Precisamente por esos años en Cuba, como en otras partes del mundo, las bases comunicativas por las cuales se habían fomentado los estados nacionales, comenzaban a languidecer. En América Latina el socialismo fue una vuelta a esa ficción comunicativa a través de la literatura y la escritura. Piénsese que un Borges, crítico agudo del peronismo, no escapa a ese modelo escritural de ficciones nacionalistas. Pero alguien ha dicho que en la actualidad en Cuba se ejerce una historiografía crítica al margen de la oficialidad, como una subcultura. No lo creo, porque aún subsiste la base de una Cuba literaria empeñada en resistir el inminente paso arrollador de las nuevas formas telecomunicativas por medio de los medios, la globalización e Internet (cuyo sistema de comunicación desplaza en el mundo entero las viejas formas de la escritura y la literatura, creando una nueva síntesis política y cultural en el desarrollo de las naciones pos-escriturales).

Esa historiografía y literatura críticas que se escriben dentro y fuera de Cuba todavía palpitan bajo las viejas formas comunicativas del humanismo. La evidencia es palmaria incluso en las ideologías de los sujetos culturales que habitan fuera de Cuba. Viven en un medio comunicativo posnacional y, sin embargo, se resisten a aceptar que los días de la literatura y la escritura como medio ficcional para crear naciones (o mejorar al ser humano) están terminados. Creen en el canon literario, en el símbolo de El Quijote, sin tomar en cuenta que están fomentando obedientemente el “amiguismo nacionalista”. Siguen pensando en la alfabetización por medio de la antigua relación libro-escritura. Cuba literaria, o el nacionalismo literario cubano, no son más que otra manera de llevar a cabo la alfabetización propugnada por la Revolución Cubana.

One thought on “Los archivos y el inconsciente del nacionalismo cubano

  1. jejeje. Excelente. Hay quienes, en medio de la globalización y la posmodernidad , piensan que pueden transformar el neo-castrismo con el método martiano, por medio de una revolución cultural o, si se quiere ser mas específico, linguística, artística y de escritura creativa ( a través, del artículo periodítico rinbombante, la narrativa, la poesía, etc.)… Critican el nacionalismo sin percatarse que el naciolalismo les persigue doquier se dirijen sus pasos; ello se palpa en la forma de medio ficcional (como bien dices) a fin de intentar erigir una república desde cero. Educar a la futura Cuba por medio de la cultura, premisa seminal más antigua que el Morro de palo. Mas es solo y solamente un delirio comercial al final de la jornada, un discurso anquilosado y anacrónico, desprovisto de premisas válidas para la época en que vivimos, la del pleno siglo XXI, el internet y las nuevas tecnologías digitales. No pienso que se peque de inocencia. Mucha de esa literatura crítica construida fuera de Cuba hoy (con las excepciones que merecen toda regla) engrosan y aspiran una forma de vida donde se aplica la ley del menor esfuerzo. Esto es, hay más mercantilismo en su intención que arte literario o pedagogía para la transformación de las masas.

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