Por si las moscas (Jorge Luis García)

Por si las moscas  

Cuando apenas era un jovencito, como decía la canción de Los Apson, ante una eventual salida nocturna, mi padre me ponía en el bolsillo un condón  “por si las moscas…” Así decimos los habitantes de la mayor de las Antillas en previsión a cualquier imponderable que se pueda presentar. También tenemos expresiones como “qué mosca te habrá picado” para quien está de mal humor, y “se está haciendo la mosquita muerta” para quien finge inocencia. Estas frases siempre me hacen recordar entrañablemente a Samuel, mi ex condiscípulo del séptimo grado de la secundaria. Antes de decir el porqué, me gustaría comentar que estos insectos, aunque discreta, han tenido una reconocida presencia en la historia de la cultura universal. Baste citar El señor de las moscas de William Golding, El vuelo del moscardón de Rimski-Korsakov o el verso de Emily Dickinson que reza: “yo oí el zumbido de una mosca cuando moría”. Indiscutiblemente, quien las inmortalizó fue Antonio Machado con eso de “vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares, / me evocáis todas las cosas”.

También he sabido que al demonio Belcebú o dios cananeo Ba’al Zebûl (“el señor príncipe”) se le llamó Baal Zabut (“el señor de las moscas”), y que los egipcios otorgaban “moscas de oro” a sus soldados más tenaces e indomables frente a un conflicto. Pero la historia de Samuel no tiene que ver con Belcebú ni con los egipcios, mucho menos con las versiones hollywoodenses de horror  y teletransportaciones de material genético. Mi Señor de las Moscas, “un pionero por el comunismo, seré como el Che” de un pueblo rural de la Cuba de 1966, no se anotará nunca  el título de naturalista, ya que no hizo experimentos con drosóphilas acerca de la duración de la vida; pero sí pudiera ser reconocido por su ingeniosidad, al convertir a la Lucilia Sericata o mosca común en la mejor amiga del hombre. La única referencia que muchos puedan tener al respecto pertenece a la literatura oral. Es la del hombre que se está masturbando y es importunado por una mosca que le revolotea insistentemente, convencida de que el susodicho acabará “muriendo”. La espanta y la espanta, pero ella insiste, y en el momento crítico, se le posa en el cuello. El tipo, en supremo éxtasis, le espeta un sentido: “Bésame, cabrona; bésame, cabrona…”

Samuel, según me contó por aquellos días, fue incluso más allá. Mientras muchos de nosotros vivíamos otros tipos de experiencias zoofílicas en los matorrales de los alrededores del pueblo, él no salió del excusado de su casa. “Sólo se necesita un cartucho de papel y un poco de miel de abejas” –me dijo. “No tienes ni que llamarlas, ellas vienen solitas.”

Por supuesto que yo no sabía, en mi inocencia moscofílica, de qué me estaba hablando. No había leído aún los versos del poeta sevillano de la Generación del 98: “yo sé que os habéis posado / sobre el juguete encantado, / sobre el librote cerrado, / sobre la carta de amor, / sobre los párpados yertos / de los muertos.”

-2-

–Pero, Samuel, cuéntame cómo es eso, asere, me tienes intrigado.

–Manos y saliva sólo para la fase preparatoria. Cuando el soldado está en atención, te lo embarras bien de miel de abejas, también el interior del cartucho, para que acuda el enjambre.

 

Samuel en el aula era más bien tímido, de los que “no mataba una mosca.” Ya veía que sí era ducho en eso de amaestrarlas, pues ellas eran tan rápidas que resultaba casi imposible atraparlas cuando te estaban fastidiando.

–¿Cómo es eso, Samuel, con lo veloces que son esos bichos?

–Tienes que ser más rápido que un relámpago. La técnica consiste en encasquetarte  el cartucho a la velocidad de un cohete y cerrar la boca del mismo con los dedos en el tronco de tu animal. El cartucho queda abombado y así empieza la función. Verás lo que es gozar…

Yo sabía de un bobo en el pueblo que le abría un hueco a una mata de plátanos y tenía sexo con ella, pero nunca había oído hablar de relaciones insectuosas con las hermanas moscas. Seguro que San Franisco de Asís hubiera quedado perplejo. Ya me imaginaba a Samuel manipulando su flauta como el de Hamelin, no para atraer ratones con música, sino golosas dípteras con miel de abejas; todo un avezado encantador hindú, no de serpientes sino de mosquitas ardientes Después lo veía con los ojos virados en blanco en un rapto de santo místico o como el moscovita Dostoievsky  en trance epiléptico, más bien prevomitívico, susurrándoles: “Chúpenme, cabronas; chúpenme, cabronas…

No sé si fue por asco o porque prefería  los procedimientos tradicionales de Soledad, Manuela y Los Cinco Latinos,  pero les juro que nunca llegué a probar la eficacia del experimento meli-moscofílico samueliano en el baño de mi casa. Mi madre, consciente de mis ojeras después de prolongados duchazos, nunca hubiera entendido por qué entraba con un cartucho y un pomo de miel de abejas al recinto más íntimo y personal de la casa. Además, supongan que a un grupo de socitos de la secundaria nos hubiéramos enviciado a eso; no hubiesen llamado Los Tres Mosqueteros o Los Capitanes Mosquitos. No lo niego, a pesar de los estragos de la edad -y “por si las moscas”-siempre ando con un condón y alguna pastillita para estimular a mi tenaz e indomable soldado egipcio; pero cada vez que leo el poema del autor de Campos de Castilla me viene a la mente Samuel, especialmente cuando evoco ese inmortal pareado que dice: “yo sé que os habéis posado / sobre el juguete encantado.”

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*