Orígenes y estructura del racismo (continuación Revista Ekatombe Cinco)

Por: Juan F. Benemelis

(…) -La primera parte de éste artículo se ha publicado en la Revista Ekatombe Cinco

Con certeza, esta pluralidad de los antagonismos en la nación cubana, a partir de la esclavitud siempre ha destruido la unidad de las políticas negras, como sucedió en 1912, dada la complejidad de las estructuras de subordinación incorporadas a la diáspora negra. 

La ambigüedad que está en el centro del pensamiento independentista, entre la aspiración a una nación y la conservación de los privilegios de las castas, se transfiere al hecho de la creación del Estado independiente cubano, y luego a las revoluciones. En ellos existe la coexistencia del rechazo y de la invocación anticolonial. 

Estos blancos independentistas formulaban un doble parlamento: el ser “americanos criollos” en contra de los blancos colonizadores, representantes también de los africanos libertos o esclavizados, pero al mismo tiempo, se revierten como “blancos españoles” a la hora de salvaguardar el privilegio hegemónico del poder frente a los africanos libertos o esclavizados. 

El conocimiento impuesto por el discurso dominante

En las sociedades poscoloniales el redescubrimiento de las identidades ha sido objeto de lo que Frantz Fanón llamó investigación apasionada, dirigida por el deseo secreto de ir más allá de la miseria presente, de la resignación y abjuración, a una era que rehabilite nuestra existencia, tanto para nosotros como para el medio que nos rodea.

Las nuevas formas de representación, la producción de la identidad, requieren también desenterrar lo que la experiencia colonial enterró y soslayó, y traer a la luz las continuidades ocultas del oprimido. 

No nos referimos precisamente a una identidad enraizada en la arqueología, pero se necesita redecir el pasado. Muchas de las historias escondidas han desempeñado un rol crítico en la emergencia de muchos de los movimientos sociales de nuestro tiempo: el feminismo, el anticolonialismo e incluso el propio anti-racismo.

Aún el negro cubano no conoce todo el trauma que sobre su auto-ser implicó la experiencia colonial, puesto que la posición que ha ocupado como sujeto luego del cese de la esclavitud no le han permitido ejercer una crítica al poder cultural, a las categorías que del conocimiento nos ha proveído Occidente, que han tenido el poder de hacernos y experimentarnos como los “otros”.

La expropiación de la identidad cultural, la imposición del silencio sobre el origen geográfico, y la imposibilidad de variar los efectos matriales y simbólicos del discurso histórico producen individuos sin anclas, horizontes, raíces. La conexión con el pasado se produce y construye a través de la memoria, la fantasía, la narrativa y el mito, en el cual la identidad cultural son los puntos de sutura con la historia.

Mientras la identidad del ibero-cubano se mantiene como una línea, la del negro cubano ha sido quebrada en más de una ocasión (captura, periplo, esclavitud, desarraigo, no retorno, inferiorización). Es por tal que las identidades del Caribe son marcos de dos ejes: el de similitud y continuidad del blanco ibérico por un lado y diferencia y ruptura del afrodescendiente por otro.

Si el primero une con el pasado al punto que se puede reconectar con lo ibérico y despojarse de lo cubano, el segundo nos recuerda la comunión de experiencias de discontinuidades que impide prescindir de lo cubano para conectarse con el África. Cómo explicar este rejuego de diferencia dentro de la identidad, cuando lo común no es el origen, como puede reconocerse en las músicas del Caribe, en la sofisticación transgresiva de la mulatez martiniquesa.

Pero esta identidad, de todo lo que ha implicado ser descendientes de esclavos, este profundo descubrimiento cultural, aún no ha sucedido en Cuba. Pero este viaje espiritual, que ha sido diferido por todo un siglo, sólo es posible en un proceso de descolonización, de una nueva concepción de identidad nacional. Todo el poblador de la Isla no importa su procedencia étnica (blanco, pardo, mulato, negro, moreno), más tarde o temprano tendrá que aceptar esa otra matriz identitaria de origen africano, que llegó en los barcos negreros.

¿Cómo es posible que nunca se haya cuestionado la validez de las categorías raciales que se derivan de la esclavitud africana por los españoles (negro, blanco, mulato) y se siga manipulando la etnicidad para la discriminación sistemática?

De ahí que, si hay república, porque la monarquía es imposible ya en América, debe ser una “república fuerte” y será años más tarde la del “cesarismo democrático” de los positivistas.

Los falsos principios de unidad, impuestos a partir de un desconocimiento de la diversidad bloquea el definir los alcances del “nosotros” supone a la vez la definición de “nuestra identidad”. Para Domingo Faustino Sarmiento éramos una mezcla de “civilización” y de “barbarie”. Para la definición del “nosotros” se enarbola la “herencia cultural”, la “tradición”; así, el “legado” nos viene impuesto y no podemos soslayarlo. Resultará entonces una imposición excluyente de un cuerpo “legado” mediante un acto fundador ontológico.

Para el argentino Carlos Octavio Bunge el secreto de la historia se encuentra en la geografía, ésta ha generado grupos raciales fuertes y débiles y a los primeros les cabe la tarea de lograr la unidad mediante la imposición de un “alma común” fruto de un mestizaje “positivo”, pero cuando se imponga el más fuerte sobre el más débil racialmente. 

En la casticidad radica la fórmula sobre la que se habrá de lograr la unidad de nuestra América. “Una vez entablada la lucha de razas harto desiguales, debe mantenerse hasta la dominación y absorción de la más débil, cualesquiera que sean las ideas, la política, la religión, o la ética dominante”. La unidad de nuestra América, como consecuencia de la naturaleza de “lo nuestro” se habrá de lograr mediante la fuerza y no excluye, por cierto, el genocidio.

Una arbitraria psicología de los pueblos, según la cual, las poblaciones indígenas y afrodescendientes se han caracterizado por su espíritu vengativo y su ferocidad.

La histórica exclusión económica, política y social de los afrocubanos se sustenta en la ideología de supremacía blanca, la cual se ha mantenido en el tiempo histórico y geográfico, a partir de la trata y la esclavitud africana en la Isla.

No obstante, la relación de conflicto del Estado y el conjunto afrocubano ha estado determinada por las particulares formas en que se produjera una colonización con esclavitud, una expansión capitalista con una población marginada por su color, y una revolución socialista que no quiso admitir la paradoja de su racismo. 

No asombra que durante el periodo inicial de la república cubana los negros y mulatos fueron víctimas de una violencia inusitada por el Estado, que de no haberse detenido a tiempo hubiera concluido con el exterminio en masa de la población afrocubana, durante la mal bautizada “guerrita de los negros”.

Asimismo, no es extraño que los soldados enviados más recientemente a Angola y Etiopía fuesen mayormente afrocubanos y que también lo sea la población penal actual en la Isla.

La nación y la historia

En Cuba, el intento de construir una patria y nación, sin un sentido muy claro, fue la causa de todas las desgracias políticas. El concepto de nación en la mentalidad de la elite blanca partía de los rasgos sociales, como contraposición ante la connotación discriminatoria de los hijos de españoles (criollos) a manos de los españoles en ultramar; por tal, no estaría asociada a la construcción de una identidad. Era el reclamo de no disponer del mismo derecho en los oficios burocráticos que el peninsular.

El fallecido ensayista afrocubano Walterio Carbonell sugiere lo intencional y tergiversador de muchos historiadores, como Ramiro Guerra, al considerar como formadores de la nación cubana a defensores del coloniaje y del régimen esclavista como Francisco de Arango y Parreño, “consejero del aparato colonial”, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero, “plantador esclavista de su ingenio azucarero La Luisa”, Agustín Caballero y Domingo del Monte. 

Mientras los defensores del sistema esclavista son “glorificados” los mismos historiadores guardan silencio ante el primer representante de la nacionalidad, José Antonio Aponte, el cual organizó un movimiento para liquidar la esclavitud. Tanto Carbonell como Iván César Martínez apuntan que es, precisamente, a partir del revuelo causado por Aponte y su plan de alzar a los esclavos, que puede considerarse el punto inicial de la manifestación nacionalista, puesto que la independencia de los plantadores no consideraba la abolición de la esclavitud.

Sin embargo, desde sus inicios el nuevo país se auto-explicaría por una silente tenacidad discriminatoria, trivializando el compromiso moral de igualdad racial establecido en el discurso patriota durante las guerras de independencia con la población afrodescendiente, que tan decisivamente apoyó las guerras. 

De este modo, la Cuba homogénea blanca estableció las categorías de identificación en el momento formativo del Estado-nación obviando lo racial en la nacionalidad. Pero cómo un curioso proceso que no sirvió de salvoconducto para quienes portaban un color de piel incriminador: el negro siguió siendo negro y el blanco, blanco.

A fines del siglo XIX, la instalación de la categoría de identificación de clase social ayudaba a quebrar la hermandad racial y a subsumir diferencias anteriormente validadas en nuevas categorías de identificación. Por ello, se imaginó una construcción de categorías raciales e identificaciones ligadas a la nación territorial. 

Alegaremos que la “raza” era una categoría identificatoria fuerte en este período inmediato pos-esclavista, pero que finalmente fue dejada de lado para sustentar otros modos identificatorios acordes con las políticas estatales de construcción forzada de una nación “blanca y homogénea”, y con los recursos de identificación que se sucedían contra el afrodescendiente, en un grupo social que quedaría negado de nuestra historia nacional.

La superioridad atribuida al conocimiento europeo omitía y silenciaba los conocimientos subalternos del “otro” por “subdesarrollado” y “atrasado”. El monologismo y el diseño global monotópico de Occidente se relaciona con otras culturas y personas desde una posición de superioridad. Los guerreros de la Independencia cubana enunciaron principios, pero no pudieron ponerlos en marcha. 

La emancipación de los esclavos se realizó partiendo de que en los afrocubanos no primaba la idea de asumir la identidad igual al blanco, algo que se demostró en el pronunciamiento del Partido Independiente de Color. Ese fue el fracaso de la política constitucionalista, dentro de la cual la convulsión social subsiguiente a las guerras de la Independencia implicó ausencia de ideas propias.

En Cuba se inventó el mito de un Estado representante fraterno del crisol de razas. La identidad nacional era un simple episodio de la “lucha de razas”, y su evolución estaba regida por leyes biológicas. Así se evolucionaría desde la barbarie (lo negro-mulato) hacia la civilización europea (lo blanco).

La conformación de la estructura social cubana de entre—siglos proveyó un discurso homogeneizador de la población para cuestiones raciales y fue el basamento en donde se pudieron cimentar las ideas de “pueblo cubano”.

Los que jalonaron la idea de nación fue una elite ilustrada que estaba al margen de la realidad social antes y después de las guerras de independencia, que pensó construir un Estado a semejanza de los existentes en Europa, ignorando la diversidad y negando las minorías étnicas, conformando entonces una identidad envuelta en un océano de contradicciones de marginación, segregación y exclusión, y conllevando irremediablemente a que la sociedad no se identificara con la nación, ni con el Estado que los representaba. 

A partir de 1902 la elite política impondría como cubano al prototipo humano que se equiparaba a la idea de nación con una visión integradora y blanca. El discurso orientado al crearse la república tenía como finalidad la renuncia del negro a participar en la construcción de su propio destino. La idea era que lo cubano debía de identificarse con lo blanco, por eso hay que reflexionar el despectivo y humillante término de “negro” en la construcción de la nación. 

Aquel sector de la nacionalidad (negro y mulato) que se creía totalmente integrado al modelo del Estado-nación, irrumpe en este final del siglo XX con una actitud de retar el rechazo y desprecio a la diversidad, de cuestionar los prejuicios sociales de una elite intelectual y política hacia humanos que no coincidían en el color de la piel, de los ojos, el cabello, costumbres, e idiosincrasia.

Una sociedad diseñada desde una pirámide racial, que supuestamente guardaba los genes de la herencia española. La supuesta sociedad “blanca” avergonzada y molesta por la diversidad recurre a ciertos marcadores linguísticos enteramente racistas, pues la sociedad en un esfuerzo por negarse así misma terminaba rechazando la otra parte que la identificaba: el negro. 

Finalmente, el aluvión inmigratorio de las primeras décadas del siglo XX contribuiría a la imagen creciente de una población cada vez más euro-blanca, con la esperanza de que las diferencias raciales se diluyesen en la percepción colectiva, pero consolidando en su lugar un tipo de prejuicio social por el cual el color oscuro se asociaba no solo a una distinción racial, sino también a la pertenencia a capas socioeconómicas inferiores.

Varios fueron sus representantes: Tomás Estrada Palma, Enrique José Varona, Menocal, Jorge Mañach, Francisco Ichazo, Roberto Agramonte; todos ellos, políticos, burócratas e intelectuales, que con sus ideas de corte racistas a través de campañas políticas, escritos y conferencias influyen en la mentalidad de la sociedad del siglo XX.

En las páginas escritas por nuestros historiadores no pesa lo suficiente la inmoralidad de la esclavitud, lo apocalíptico de la lucha anticolonial, la ausencia de vergüenza colectiva ante la matanza de negros en 1912, el escepticismo ante el destino socialista, la secuencia de gobiernos y ciudadanos sin obligaciones uno para con el otro. 

Es una historia y una política de la apariencia defendiendo un europeísmo sustantivado en abstracciones, aun cuando Europa, el Viejo Continente, no puede ser América, el Nuevo Mundo. Una comprensión antinómica de la historia polarizada, de un “espíritu latinoamericanista”, que sería un rescate de lo español y lo latino por oposición a la negritud.

La independencia llena de máximas jacobinas no se redujo más que a ocupar los cargos creados por la administración militar norteamericana. La nación no deconstruyó la ética y los valores de los colonizadores, ni sus costumbres sociales y credo religioso; por eso fue una acción política “irremediablemente dual” exenta de la necesaria síntesis entre autoritarismo y liberalismo. 

Cuba es el corolario de un terrible pasado de negación y olvido, por un afanoso intento de fundar al Estado nacional a partir de las culturas europeas. La “era criolla” fracasó a la hora de emprender la construcción del Estado nacional, al no creer sinceramente en principios de igualdad entre los hombres, pues para ellos la realidad multicultural siempre fue un enigma. 

Así, la independencia fue una fórmula de conciliación política entre euro-cubanos independentistas, anexionistas y pro-coloniales, más que un puente integrador de aquel abismo cultural entre blancos, negros y mulatos; de discursos que han construido simbólicamente a la nación cubana como “blanca y europea”.

El Partido Independiente de Color (PIC)

La cruzada bélica contra el PIC, en la que fueron asesinados miles de negros cubanos, se planteó en un momento en que el poder supremacista avizoró que podía perder su capacidad de legitimar su dominio a través de un Estado de derecho y de mantenerse en el poder, marcando los límites del control de los sistemas de dominación. 

En 1912, los miembros del PIC fueron perseguidos y asesinados con una violencia que buscó siempre romper la memoria de los pueblos y destruir su voluntad de lucha. Esta masacre orquestada por el supremacismo blanco marca los límites de las políticas homogeneizadoras sustentadas en el universalismo monocultural de la “cubanía”, y en el uso perverso del discurso de la diferencia y de la cohesión social.

El repliegue y la derrota de los negros cubanos que conformaban el Partido Independiente de Color (en su mayoría ex mambises de los Maceo) fue el quebranto de la unidad de este sector poblacional, que por largo tiempo quedaría postergado al silencio, sin poder refutar las expresiones discursivas racistas de políticos, intelectuales y profesionales de ascendiente ibérico. 

Destruida su aspiración a ser parte del poder político y obstaculizadas sus aspiraciones de poseer tierras o de recibir ayuda estatal para establecer su ascenso económico (como se concedía a los inmigrantes ibéricos), persistirían y persisten todavía las causas que originaron el conflicto.

La memoria de esta masacre de negros y negras en Oriente contribuye a comprender el presente porque muestra las líneas de continuidad del conflicto y las prácticas de un Estado que jamás se ha desviado de la supremacía blanca. El caso del PIC ha sido ignorado en la noción de los supremacistas blancos, pero es paradigmático para los subyugados negros y mulatos, y su impacto si bien ha sido irrelevante en la reflexión de la intelectualidad euro-blanca, no lo ha sido así para los pensadores afrocubanos, que aún lo consideran, parafraseando a Iván César Martínez, como una herida abierta.

Tras la masacre, la clase supremacista cubana llegó a la conclusión que no era preciso enviar al África a los afrodescendientes o aplicar su exterminio, puesto que a través del Estado pudo y puede conformar todos los ámbitos de la vida política y social y mantener al afrodescendiente en “espacios” económicos y socioculturales. 

Así, el Estado cubano cerró todos los espacios de mediación al eliminar las aspiraciones de poder de un “enemigo racial” en lo adelante estigmatizado, e impedido de pertenecer a las instituciones sociales de mayor prestigio.

La descaracterización étnica

Cuba ha sido uno de esos países donde los asuntos raciales importantes se mantienen centralizados y donde una combinación de desdén y coacción contra los otros ha estado enfatizada por leyes naturales no escritas. En Cuba la ideología de supremacía blanca ha sido usada no solo como una expresión de poder absoluto y excluyente, sino también como una expresión cultural. 

Esta situación donde la visión de supremacía involucra la vida material y espiritual de los habitantes del país es la clave para entender la naturaleza de la ideología de superioridad dentro de la isla. En Cuba durante años los textos de novelas, películas, televisión, narrativa, teatro, comerciales, artes visuales, etcétera, han reflejado y presentado la imagen de una persona blanca cuando algo ideológicamente importante o relevante está siendo transmitido al público en general.

Tal representación visual es una clara forma ideológica que tiende a reflejar de forma palpable, incluso más de lo esperado, el alcance y la visión del mundo que esta elite posee. Esta forma directa de proyectar su realidad y la universalidad de la opinión de esta elite hacia el mundo exterior (la nación) tiene una seria implicación y consecuencias porque en esa forma ellos magnifican de manera subliminal la forma en que el colectivo considera que el mundo es y debe seguir siendo.

La descaracterización étnica de los negros cubanos les ha vedado el criterio de “autenticidad” como parte originaria de la nación, pintándoseles como “importados” por los “verdaderos” nacionales. Los parámetros predeterminados que categorizan la población de la Isla refuerzan la hegemonía blanca y el criterio del negro como minoría, lo que evita, además, identificarla con la pobreza y víctima del racismo. 

Tener ascendencia negra era considerado una mancha que se reflejaría negativamente en el individuo. Los descendientes de africanos han sido invisibilizados por las narrativas que han constituido simbólicamente a la nación cubana como “blanca y europea”. Así, los individuos o grupos pueden ser interpelados u ocultados por representaciones públicas del pasado que parecen garantizar su identidad o negar su significación.

Michel Foucault refiere que una sociedad racista que aplica la eliminación virtual de los otros fenotípicos es capaz, en cualquier coyuntura, de exteriorizar la violencia genocida, algo de lo cual ya fue testigo la nación cubana en 1912, y recién en los países que otrora constituyeron el bloque soviético. 

El mito de la superioridad blanco—europea, entronizado en nuestra psiquis nacional, mantiene latente tal posibilidad contra el afrodescendiente, sobre todo para aquellos que tratan de reivindicar formas culturales diferenciales.

En una nación cromáticamente ciega como Cuba, las postulaciones estadísticas brindan coartadas a la invisibilización racista y encapsulan a la comunidad negra en el folclorismo, evadiendo la constante racial para aparentar no ser racistas. El tratamiento de las políticas censales y las categorizaciones que posee responde al discurso de “la blanquitud” en el sistema de representaciones ideológico-demográficas, a través de la negación y el ocultamiento de las raíces africanas en el componente poblacional. 

Los encuadramientos que de la población históricamente ha hecho el Estado, han estado informados por ideologías nacionales blanco-supremacistas. Así, la construcción dominante de una “blanquitud” de la nación se ha garantizado a partir de macroprocesos de invisibilización de los negros en la historia, el poder político, económico y la cultura nacional, categorizando como no-negros a segmentos poblacionales de ascendencia africana. Ello no es una práctica reciente y ha privilegiado siempre al segmento blanco.

Los sentimientos, ideas, valores, las aspiraciones personales y colectivas, esfuerzos y sueños de este importante segmento de la población se han mantenido de forma sistemática sin representación. El principal objetivo de este procedimiento ideológico de mantener a un grupo fuera de las mentes y reflexiones del conjunto es mantener su invisibilidad e irrelevancia y reforzar la idea de que son unos presentes—ausentes dentro de todo el conglomerado.

Cultura y folclor

En función de la hegemonía, la masa de negros no resulta agradable y podría arruinar la visión de la población blanca, mientras que sus valores morales, sociales, sus aspiraciones políticas y su religión, aunque es practicada de forma extensiva por la mayoría de los cubanos independientemente del color de su piel, debe ser ocultada y tratada exclusivamente como un comportamiento folclórico y como un rezago del pasado que infortunadamente aún existe. 

Con todos estos falsos argumentos y esas ideas racistas y retrógradas, la elite cubana pretende eliminar las posibilidades de notoriedad de “negros” y “mulatos”, a la vez que los exponen en apoyo a sus conclusiones erróneas y excluyentes.

La ideología de supremacía en Cuba opera a diferentes niveles de la conciencia individual y colectiva. Resulta muy común ver el inconsciente significado de su mensaje llevando a cabo el mito ideológico de la superioridad de la elite en cuanto a disciplina, conocimiento, seriedad de los propósitos, educación, manejo de los fondos públicos, comportamiento sexual y por supuesto en una forma explícita en lo referido a los valores morales, la estética física y las relaciones familiares.

Ese es el porqué de que en Cuba la elite ha atribuido el nombre de “folclor” a todas las expresiones culturales, hábitos, religión y bailes que entre otras cosas provienen de las costumbres africanas y que se han desarrollado en el país durante siglos de mezclas entre las culturas ibérica-morisca y la cultura africana. 

El mensaje es claro, hay una cultura europea que es blanca y por lo tanto superior a la que los negros y mulatos han heredado, la cual en la actualidad no es cultura sino folclor y, por lo tanto, inferior a la de los europeos.

De este modo, la elite cubana ha diseminado de forma constante e intencional sus valores racistas con el objetivo de crear una conceptualización natural y emocional de que lo que ella está representando no son simplemente sus aspiraciones políticas o su propia ideología, sino más bien la cultura nacional que cada uno debe aceptar.

La elite cubana actuó y actúa como colonialista en su propio país, ejerciendo una completa hegemonía cultural subrogada con el desafortunado consentimiento de aquellos que han sido víctimas de sus mitos ideológicos. Muchos negros en la actualidad han sido víctimas de esta persistente ideología de alienación y de subordinación, que va más allá de la pérdida de poder y de oportunidades económicas y severos daños sicológicos. 

Esta es la razón por la cual la población blanca y algunos cubanos negros y mulatos alienados, frecuentemente parecen “pensar parecido” con respecto a los problemas raciales. Cuando la mayoría de la población piensa igual sobre algunos asuntos, o incluso olvida que existen alternativas a la situación actual, estamos en presencia de una teoría hegemónica.

En Cuba los problemas de marginalización económica, política y social y de subordinación afianzados en la ideología de supremacía blanca, constituyen también un problema de dominación cultural, de visualización excluyente y de representación. Negros y mulatos, a pesar de estar en mayoría, continúan siendo considerados los presentes-ausentes dentro de la población, y son tratados como “los otros” a pesar de todo lo que han hecho como supuesta parte del conjunto.

La clase dirigente blanca ha continuado su comportamiento histórico de usar su hegemonía en contra de la cultura de los negros y mulatos, aunque la población de piel oscura carezca totalmente de poder. La realidad es que en la estructura gubernamental de hoy los otros deben ser constantemente monitoreados, porque para la visión de la elite la población de color es un “enemigo latente” que no debe ser agitado o fortalecido. Durante la etapa pos-abolicionista, en la República y bajo el castrismo, solo un pequeño grupo de negros y mulatos ha sido aceptado por la “elite”.

Una estructura excluyente

Durante siglos la estructura blanca-cubana impuso alternativas paternalistas con el objetivo de lograr seguridad y ha diseminado una inmensa sombra sobre la vida de los cubanos de todos los colores de piel. Esto ha creado un sentido de fragilidad, dependencia, inseguridad, dentro de la nación. 

El presente marxista siempre da más importancia a la preservación del poder, la fuerza como contrapunto a la discusión, y la fidelidad absoluta a los líderes como la única forma de expresión. Este subconsciente elitista de absoluto poder no permite a los gobernantes cubanos de hoy, como a los del pasado, tener una verdadera consciencia nacional.

La nacionalidad cubana encierra el problema colonial y la discriminación no superados, porque el proceso de independencia fue un proceso de política formal que no estuvo acompañado por una conciencia de descolonización de fondo. Los blancos que figuraron en la lucha por la independencia y asumieron la República, eran parte del proceso colonizador. 

La independencia se quedó en lo político-formal, con una conciencia límite que aún persiste. La élite blanca que asumió en los primeros gobiernos los resortes del poder sí disponía de un proyecto nacional, que se había incubado en los gobiernos en armas y en los clubes del exilio. En el mismo, el negro, pese a la poderosa sombra del general Antonio Maceo, y pese a un contraproyecto de Martín Morúa Delgado y de Juan Gualberto, no estaba incluido como factor de autoridad. Esta élite de ninguna manera se quería retar con una descolonización, puesto que también estuvo y estaba comprometida con la explotación esclavista y el racismo.

La élite castrista y el racismo

A pesar de que los niveles culturales de la población cubana blanca, negra y mulata se han igualado en estos últimos cincuenta años la disparidad en posiciones ejecutivas entre el grupo poblacional blanco y el negro-mulato es abismal, sobre todo si tomamos en cuenta lo que dice el censo oficial de que este grupo constituye un 40 por ciento del total. Si nos basáramos en los censos internacionales que sitúan a negros y mulatos como siendo el 65% de la población país, la diferencia sería super-abismal

En realidad, lo verdaderamente revolucionario y radical en Cuba, en aquel momento especial de 1959, hubiera sido el lanzarse de lleno en la tarea histórica y largamente soñada por José Martí y los más radicales patriotas de las contiendas independistas, de desmontar, destruir, aniquilar y botar para siempre en el basurero de la historia, la ideología de supremacía blanca con todos sus excluyentes, negativas, inhumanas y antipatrióticas consecuencias

Lo verdaderamente revolucionario y ejemplarizante para América Latina y el resto del mundo habría sido la hazaña de reincorporar plenamente a la sociedad, con plenitud de oportunidades para su desarrollo material y espiritual a un importantísimo y estratégico segmento poblacional de la nación, algo que entonces como ahora no ha sido logrado por ningún país latinoamericano o caribeño, problema que continúa siendo, bajo simbólicos enmascaramientos, el más grave de los problemas de la región, problema incluso que le impide a estas naciones de “nuestra América” acceder a un desarrollo económico armónico por cuanto mantienen bajo permanente exclusión social, coerción y discriminación a cientos de millones de indios, mestizos, negros, mulatos, zambos y a todo aquel que no es reconocido como blanco.

Al continuar y re-adaptar la ideología de supremacía blanca a las nuevas condiciones creadas por el castrismo , la élite hizo suya también el inherente concepto del “Otro” del “Ajeno” del “Extraño” “esos que no son iguales a “mí”, a “nosotros”, de aquel “que creo conocer pero no conozco ni me interesa conocer”, “de aquel, de aquellos, que debo mantener a raya”, “impedir que se imponga socialmente” “que en cierta medida se nos pueda imponer colándose en el poder”. 

Todos estos criterios ideológicos auto-centristas, defensivos y agresivos han sido esgrimidos para la defensa de un poder que se cree absoluto y que provienen precisamente del concepto filosófico y hegemónico conocido como el “Otro”. El concepto del “Otro” fue expresado muy claramente a principios del siglo XX por el famoso general mambí Manuel Sanguily cuando dijo en uno de sus comentarios racistas “que cada cual debía estar en su lugar” refiriéndose a las relaciones que dentro de la nueva República debían tener los cubanos blancos con sus “compatriotas negros y mulatos”.

El haber querido darle una solución al racismo en Cuba desde el prisma blanco resultó una incongruencia, una antípoda, más de lo mismo con un estilo diferente, maquillar un rostro viejo para que pareciera más joven, pero no fue una solución y hoy día todo el mundo, dentro y fuera de Cuba lo sabe, la evidencia es más que notable.

Algo que también era extremadamente necesario y tampoco se hizo, y que también hubiera tenido un carácter consecuente con una revolución hubiera sido el discutir a fondo el problema del racismo en Cuba. Estas discusiones públicas a lo largo y ancho de toda la isla y respaldadas por la fuerza, el prestigio, la moral y el apoyo popular que tenían los dirigentes revolucionarios, hubieran servido para poner en evidencia y demostrar el absurdo antidemocrático, antipatriótico y antihumano del problema del racismo en Cuba, así como su naturaleza excluyente, lo retrógrado, anti-histórico e inconveniente que resultaba ser para el progreso de la nación en los económico, social y cultural.

Así mismo, junto al debate nacional hubiera resultado de gran impacto positivo tanto dentro como fuera de Cuba, el haberle abierto las puertas del poder real de forma proporcional a su porcentaje poblacional al conjunto social negro-mulato. No de manera simbólica, como se ha pretendido varias veces durante el casi medio siglo de poder castrista, sino de forma efectiva, con ejercicio ejecutivo de ese poder, y siendo los principales agentes en llevar a cabo dentro del país la agenda nacional anti-racista. Todo el mundo sabe el alto grado de ascendencia y fuerza social que da el ejercicio efectivo del poder sobre los destinos de cualquier nación. 

¿Por qué no se erradica?

Luego de las batallas libradas y ganadas por Juan Gualberto Gómez contra la segregación racial existente en la isla hacia fines de los años 1880s y 1890s, el debilitado poder colonial español tuvo que ceder. Desde entonces hasta el presente, las relaciones racistas en Cuba se manifestaron dentro de un marco de aparente integración nacional, aunque antes de 1959 existieran algunas manifestaciones abiertas de un racismo no institucional, que se hacía patente bajo el enmascaramiento de “actividades privadas” como los clubes sociales de la élite en las costas de Miramar y en algunos (aunque pocos) centros nocturnos y hoteles. Este tipo de enmascaramiento hacía pensar a muchos, racistas y no racistas que en Cuba no existía una sociedad racialmente antagónica, aunque había que corregir algunos aspectos.

El racismo en Cuba es, y ha sido históricamente concebido por las sucesivas élites gobernantes de la Isla como una relación “de poder”, como una relación en la que el grupo que se siente superior debido al color de su piel, su fisonomía física y su aparente herencia cultural, tiene el privilegio indiscutible, per se, de controlar la economía, la política, la cultura y la ideología de la nación, mientras que aquellos no considerados socialmente como blancos, por lo tanto, en situación de inferioridad, tienen que aceptar una permanente condición de subordinación en todos los aspectos de la vida y ver esta relación de “poder absoluto y eterno”, como algo “natural” y hasta llegar incluso al absurdo de apreciarlo e introyectarlo como bueno y beneficioso para ellos mismos dentro de su condición de inferioridad .

Esta ideología racista que no se proclama abiertamente, ni se escribe y mucho menos se institucionaliza, es ejercitada cotidianamente sin ambages, ni miedos, y se defiende en voz baja (pero que pueda escucharse) con las más ridículas y bochornosas imágenes teóricas en donde el sentido de la comparación, la mentira, el uso de las pseudo-teorías biológicas y los tres tipos de negaciones que vimos antes, se hacen presente inescrupulosamente.

Por lo tanto el racismo en Cuba no hay que buscarlo en relaciones abiertas de odio o desprecio entre los individuos, ni siquiera en los estereotipos históricos creados,(aunque dolorosos, terribles y degradantes para negros y mulatos, no son más que una consecuencia del verdadero meollo o esencia) sino que se debe buscar el racismo, fundamentalmente en cuáles son las relaciones de poder que existen o han estado vigentes y qué acceso a los diferentes poderes reales de la nación tienen los negros y mulatos, y en qué proporción lo controlan o si se les permite llegar a controlarlos.

También hay que verlo en algo tan simple de si los negros y mulatos han logrado su total emancipación económica, cultural y de inserción orgánica, coherente y, por tanto, total, dentro de la sociedad cubana en pie de igualdad con sus demás compatriotas. Es por este motivo que al hablar de racismo en Cuba hay que mirar hacia el grupo social que históricamente ha sido marginado de los poderes efectivos y si este grupo social puede llevar adelante y ver su agenda realizada por ellos mismos, o si por el contrario, en vez de realizarla, tienen que esperar por que sea la élite la que decida por ellos, entienda a su manera el problema racial o permita ciertas concesiones a las que está obligada pero que jamás resolverán el problema en su esencia

Por lo tanto, resultan ser meras falacias, verdades a medias, ignorancia teórica o simplemente ignorancia, el querer confundir racismo con segregacionismo o Apartheid, racismo en comparación con otros racismos para condonar el nuestro, o cualquiera de las tres negativas a admitir la existencia del racismo. Todas estas variantes racistas resultan ser justificaciones, simples ardides para la continuación y la vigencia de la Ideología de Supremacía Blanca. 

La realidad histórica es que la readaptada ideología de supremacía blanca dentro de Cuba a partir de 1959 destruyó la burguesía nacional cubana (mayoritariamente blanca), también destruyó a la emergente clase media negro-mulata, pero a la vez privilegió a las clases medias blancas del campo y la ciudad, las cuales se convirtieron desde entonces en los verdaderos y grandes pilares del castrismo. 

Aquellos políticos y teóricos del oficialismo que dicen o insinúan subliminalmente que los negros y los mulatos fueron los grandes beneficiados por la revolución e incluso cuasi afirman que la revolución se hizo para ellos, no sólo falsean ridículamente la historia, sino que se les sale abiertamente la “oreja peluda” del racismo ideológico más rampante.

Hoy día está comprobado por numerosas fuentes internacionales especializadas que el 65% de la población cubana es negro-mulata a pesar de que las cifras oficiales que salen de Cuba reducen este porcentaje al 40%. Si tomáramos como referente las manipuladas estadísticas oficiales, tendríamos que unos 4 millones 600 mil cubanos serían categorizados como miembros del grupo negro-mulato. 

Semejante número dentro de una población decreciente de algo más de 11 millones de habitantes constituye una enorme masa de personas que, por lo tanto, quiérase o no, tiene un peso decisivo dentro de la sociedad cubana, un peso tal, que determinaría en cualquier aspecto de la vida económica, social, política y cultural del país.

Esta realidad aparente de un sector poblacional del cual se dice que constituye un 40% de la nación convierte a la presencia de una ideología de supremacía absoluta en algo más que una aberración, inscribiéndose dentro del marco de imposición violenta, brutal y degradante, en una especie de ideología de apartheid contra esta supuesta “minoría.

El problema racial cubano se proyecta como una lucha de percepciones contrarias, antagónicas, antípodas. La visión de la élite, conservadora, retrógrada y anti-desarrollista, contra la visión de los que viven bajo coerción y subordinación, cuyas percepciones reflejan la modernidad, el progreso y desarrollo socioeconómico-político y cultural más contemporáneo y avanzado.

Estas concepciones contrapuestas de la vida social y de las relaciones entre los diferentes grupos que la componen continúan siendo una expresión histórica que no ha cambiado desde finales del siglo XIX, la cual ha estado manipulada por las diferentes élites cubanas a través de la siempre vigente ideología de supremacía blanca y su consecuente control del poder por parte de la élite. La educación social y familiar, así como la escolar, del grupo dominante y del grupo subordinado son radicalmente diferentes, como analizaremos a continuación. 

La era perteneciente a la Cuba “revolucionaria y socialista” ha tomado su concepción ideológica del colonialismo, donde una separación propagandística entre palabras y significados está conectada a una lógica de afirmaciones y negaciones. Las libertades individuales y colectivas, la “democracia socialista”, son conceptos vacíos, palabras sin un significado adecuado, simplemente productos para el consumo público, los cuales son constantemente negados en cada acto práctico.

El liderazgo actual, al igual que la elite de la etapa colonial y al igual que la elite de la época de la república “liberal” de economía de mercado, ha practicado de forma dominante lo que se conoce como “ruido ideológico”; una de las formas que crea un tipo de creencia de parcialidad, lo cual evita que los miembros del grupo racial dominante en Cuba presten oídos, atención o tomen en serio a otros que no pertenecen a su círculo.

En Cuba existen dos grupos raciales distintos, cuyos estatus han estado bien definidos desde el siglo XVI: el opresor, dominante y superior (el blanco) y el otro oprimido, el inferior (el negro-mulato). El mito de la igualdad racial, el paradigma fundador de nuestra identidad nacional; se enarbolará contra el negro y el mulato cuando estos aborden el tema de la discriminación, y servirá para justificar el estatu quo social y político, y el bloqueo al negro y al mulato para su desarrollo económico. 

La identidad nacional no se resuelve en 1898, en 1959 o en 2018, y pese a la igualdad jurídica entre negros, mulatos y blancos, la equidad política, de poder económico y social, queda pendiente, salvo el reconocimiento artístico y deportivo. Si bien el discurso oficialista desagravió el negro del pasado, no reivindicó al negro vivo.

Las respuestas nacionalistas refuerzan el Estado-nación como forma política institucional. En este sentido, el nacionalismo es cómplice del pensamiento y las estructuras políticas eurocéntricas, al ofrecer soluciones eurocéntricas a un problema eurocéntrico global. 

El nacionalismo castrista en el que se funda el sistema político actual es de exclusión pues tiene su raíz en las tradicionales instituciones asimilacionistas que niegan la diversidad de identidades etno-raciales.

Todas las constituyentes cubanas, incluyendo la castrista, han arrastrado la mentalidad del patrón colonial racista, porque han evadido demoler la estructura social de discriminación. La igualdad no implica equidad, pues es una relación personal prejuiciada o desprejuiciada, y la equidad es compartir el poder económico y político acorde con la demografía nacional; por eso, la ausencia de segregación racial no implica la ausencia de discriminación racial en Cuba. 

El blanco o el negro, en lo social, no pueden discriminarse; pueden rechazarse por prejuicios de raza; la discriminación solo se puede ejercer desde el poder político o económico, cuando se tiene la autoridad de incluir o excluir. Es por ello por lo que el anti-intelectualismo militante, de republicanos y castristas, ha regido los destinos cubanos apoyado en el mito de las razas y el eurocentrismo, escondidos en el subconsciente, y por instituciones democráticas o totalitarias que reproducen el patrón colonial.

En Cuba, salvo el barniz de la característica española, no hay tipo en verdad nacional; a la pregunta de qué es cubano, todavía no tiene respuesta. Lo que se puede intuir es que lo cubano es una simple abstracción que desde que se le otorgó conceptualización ha sido a la vez homogeneizante y segregador. De esta contradicción se deduce que la nacionalidad aún está en construcción. 

La historia racial en Cuba y la ideología de supremacía blanca es la clave invisible que ha guiado las actividades políticas, económicas, culturales y sicológicas de la nación. De ahí que, resulte posible entender por qué el racismo del poder y los prejuicios raciales no han desaparecido, sino que se fortalecen.

Sólo la inclusión que admite la diferencia implícita en la multi-racialidad permitirá la restitución de una cohesión social tejida con base a una mayor equidad y comunicación intercultural entre blancos, mulatos y negros.

Usando los términos fanonianos, la muerte de la ideología de supremacía blanca podría provocar la muerte del racismo en Cuba, la muerte de la categoría social de “blancos y negros” y la muerte de la estructura jerárquica de dominación basada en el color de la piel que ha existido durante siglos. 

Incluso como consecuencia de su desaparición, se originaría el nacimiento de una verdadera unidad nacional con un agudo sentido de humanismo y de democracia nunca conocido en los 500 años de historia nacional.

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