El niño y la conciencia de la domesticación

Dr. Callejas

Lo que representa el “niño” en las tres transformaciones (Camello, León, Niño) de la evolución humana en “Así habló Zaratustra” no es el cacareado lema de la “inocencia espiritual”. Nietzsche, lector atento de Darwin, “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida” , se da perfectamente cuenta que en el “homínido hombre” persiste hasta el final de su vida la “inmadurez” en la adultez.

El hombre nace incompleto, prematuro, inmaduro. Se adelanta en el parto. De modo que con el tiempo el hombre llega a la “adultez”, pero tan frágil como el niño en su nacimiento: desprotegido por su naturaleza, incapaz de vivir solo en el mundo al que viene. En otras palabras, el homínido hombre no puede dejar de ser un animal de continuidad sumergido siempre ante las expectativas de la crianza y la domesticación. Necesita de técnicas y culturas:  necesita construir una “Casa” y un “Cementerio” para descansar y guarecerse, dos formas arquitectónicas bajo las cueles se desarrolla la domesticación del ser hasta el final de su vida.

La referencia al “niño” en este sentido es simbólica y metafórica: el “homínido hombre”, el primitivo, el moderno y posmoderno, siempre regresa a la conciencia de la crianza y la domesticación para manifestar que todavía, aun cuando desarrolla e implementa disimiles técnicas culturales, el hombre sigue perteneciendo al estado de “carente adultez”. En la literatura Fran Kafka dejó un testimonio veraz: la idea central del cuento “Informe para la academia” barrunta el proceso de la hominización y pone en juego cómo el hombre durante la evolución constituye, en esencia, un ser para la domesticación.

El ejemplo literario más cercano sigue siendo “El Principito” cuyo texto revela toda una fenomenología de la conciencia enfocada en la “crianza por la domesticación humana”. El Principito no deja de recordale al adulto que su forma de vida se aviene a la de un ser para la domesticación. Pero la literatura infantil de estos tiempos se pierde en el laberinto del romanticismo racional: una vez fuimos niños y felices.

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