Moño de bebedero

Juan Carlos Recio

Cuando él la divisó, el Boulevard era un hervidero bajo el vapor que va reciclando la sobrevida, ( y que ese moño de bebedero que traía le iba a calmar su sed, mínimo como acto de resurrección, un desasosiego, al menos, un atajo que podría devolverle vigor); como quitarle una de las letras al patria o muerte, y que en ese espacio se colocara un fragmento posible de cómo se vería ella con el pelo suelto, desnuda, a la espera de un cliente en un burdel, con todas las condiciones sanitarias y un cartel discreto, con la advertencia también, de que era un recinto privado, donde el calor de una vida, como un derecho ganado con la mayoría de edad, asumida sin oprobio, es decir, llegado a esos niveles donde lo que se equilibra no es la moral, sino un espacio que te convierte en un individuo que asume lo que desea, así como el nacional de un país tiene el derecho de pertenecer en el sentido estricto de los derechos, a una vida que no se considere nunca, una frase muerta impuesta, una ideología que te quita la vida para que luego puedas valer y para que hagas del sacrificio de vivir como un mártir y eso te permita después ser juzgado como del bando de los vencedores.

Su rostro bajo el pelo recogido en la forma donde el sudor le daba ese toque de la caída del agua, lo devolvió a la súper realidad. Ella, ahora frente a él como la estatua de José Martí, como cualquier apóstol que se dignara al coraje, le puso una manzana frente a los ojos, y sin tiempo para preguntar, le declaró: ” está más caliente que un clítoris de cuartería, pero es lo que hay, !mi amor!, y no te sorprendas, estamos en la capital de los absurdos, por ahora no hay nieve, pero ya la venderán como producto no racionado”, -y movió su moño de bebedero-, mientras algunas gotas de sudor, le cayeron en el rostro, y él pensó que no era posible el amor, nunca es posible aquello que sin un orden de prioridades, solo te ofrece un modo de resolver, temporalmente, algo tan simple. -Bueno,- ella le dijo como si adivinara: “Me puse este pelo a la altura, hay tantas maneras de prostituirse, que ya refrescar del calor no te distingue ante los extraños, es como el agua que bebemos, si la hay, nunca es filtrada, aquí lo único que puede filtrarse, es la vigilancia”…Otra vez ella hablaba desde un padecimiento generalmente asumido como normal, una forma coherente de génesis de ese típico monólogo antes que un diálogo, y de nuevo por contradicción que no existe o que no hay maneras de que puedas explicarlo, y solo es afín al lenguaje que por años evade una responsabilidad cívica, y continuó: -bueno a los que vigilan al más alto nivel, porque a los comeaires como nosotros, me imagino el rango es persuasivo y sin otro recurso que ver lo que vamos a dar.

Él se atrevió a pararla…”Deberías dejar de ahogarte en frases que no entiendo, le dijo…y miró el cartel en la vidriera, -hoy no se abre-, mientras ella después de la pausa obligada le corrigió: “y qué te crees, que esa manzana la sacaron de una rebaja de precios, algún recorte de artículo de cómo cuidar tus pulmones? …Él no supo responder, quizás seguía sin entenderla. Y ella, sumida en su confesión: Me la saqué de las entrañas como si jugará a parirte un hijo?…y aclaró sus interrogantes: Fue un diálogo internacional, entre dos aseres con calor, no entendí ni su amabilidad, a fin de cuentas, tampoco supe si todo era una curiosidad para ver de dónde es el manantial que dicen que tenemos en la sangre, yo lo encontré tan empapado como una tubería sin reparaciones, y te juro me sentí, seca, como esa llave que sin que te parezca  absurdo, aun no entiendo para que instalaste el año pasado… Él no parecía importarle ya lo que pudiera entender, hace mucho que la sobrevida allí era sin definiciones, una repetición circunstancial de todo lo que estaban dispuestos a sobrellevar y nada daba aviso de cuándo cambiaría.

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