Micro-relato: el arte de encantar para todos los tiempos

Dr. Callejas

¡Excelente! ¡Genial! ¡Fantástico! ¡Exquisito!… exclamaron todos, casi al mismo tiempo, frente al sabroso trago de Pinilla, en medio de un quórum donde la corte hacía reverencia a su majestad. Alguien tocaba una guitarra y ponía cantos, otros escuchaban en silencio y su majestad deleitaba a todos con su verbo. La corte bajo el humo del encantamiento, pero el pinilleo, la sabrosura del alcohol, envolvía a todos. De no mediar el pinilleo, la corte y su majestad no serían corte ni majestad. Era una atmósfera alucinante, encubridora. Y los momentos, los espacios de arrebato, eran para nunca olvidarse. Insuflaban vida.

“Dame, amigo –dijo su majestad–, otro trago de Carta Blanca Pinilla… ¡Excelente!”. Y la corte quedó encantada.

La corte siempre esperaba a su majestad por encima de los hombros del Carta Blanca Pinilla. Al menos tres esperaban a su majestad. Pinilla en mano, el camino derivaba hacia el malecón. Pero su majestad era muy exigente. Siempre recordaba a sus cortesanos algo de la sabiduría griega: “Una fémina no puede faltar en la corte del pinilleo: una diosa productora de placer para los sentidos del hombre nunca puede ausentarse. Era la suerte de evocación al sexo opuesto o, al menos, contra la pachanga machista. Su majestad intuía que el equilibrio era necesario, como necesaria era aquella corte. Lo simpático del asunto estribaba en que la corte no reconocía a su majestad: solo su majestad reconocía a su corte.

Por eso Carta Blanca Pinilla se convirtió en la medida de todas las cosas. Un trago de Pinilla servía para celebrar la excelencia y crear el estado de ánimo de quien encanta a los demás. Así fue, bajo el humo del pinilleo, como la corte se hizo corte y su majestad se hizo majestad. Pero cuando el Pinilla comenzó a ausentarse de aquellos laboreos jubilosos, la corte y su majestad se distanciaron.

La blanca sensación del líquido majestuoso ya es historia. Su majestad siempre evoca esos momentos, pero ya no es su majestad. Solo queda el recuerdo de cuando fue algún día el rey. El vago recuerdo que se debería reconquistar. Pero la corte ya no es la corte… y su majestad tampoco es su majestad. ¡Excelente!

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