Michael H. Miranda: cubanidad, festón y hojeo

Michael H. Miranda

Ni diez años fuera de Cuba y ya me siento demasiado lejos y en posición incómoda para detenerme en términos como el de cubanidad. Esto, en un sentido estrictamente temporal, es engañoso porque ya me sentía ido, anulado, en un estado de descolocación, años antes de hacer el viaje. El caso es que la palabra misma, todo el debate que pueda suscitarse a partir de ella, me parecen extemporáneos. Perdón, tenía que decirlo.

Cuba, lo cubano, son ahora como un rumor, un asunto de otra magnitud, de la que me voy desentendiendo, hurtando. Un nacido cubano, oriental, ahora entre lomas, en el spleen del Midwest, isla de Arkansas.

Pues, si nací en Cuba, ¿cómo definir lo que he sido? ¿Es Cuba en realidad un modo de comportarse, de asumirse, una forma atropellada de ser, una sintaxis manipulada, un modo de leer?

La cubanidad como anomalía nos deja vestidos a medias, no sería una anomalía pues ésta es siempre privada, es decir, lo anómalo soy yo, toda condición nacional vendría a serlo.

Sería rizomática pero únicamente en el sentido de que constituye multiplicidades con numerosos límites y propósitos. Como puede verse, nada de eso va a estar claro para mí. Supongo que escribimos y leemos para continuar la búsqueda y aclarárnoslo, o tal vez para reafirmarnos en nuestra indefinición.

Hace tiempo que lo que es realmente importante para mí en términos intelectuales toma la forma desdibujada de una interrogación, una que está muy lejos de ciertos rasgos identitarios asumidos como unívocos o totalizantes. Cómo alcanzar una definición a partir de ahí.

Puede que me interese mejor digamos la página perdida de aquel Diario en lugar de una catarata de certezas sobre una condición que es por naturaleza inasible. Con todo, hay lugares que portan cierta imantación porque pertenecen a una biografía personal. Pero cómo saber que son esos lugares y no aquellos que tramitamos desde la memoria, que muchas veces es generosa.

Yo recuerdo que en apenas dos versos Martí junta patria y noche, justo lo opuesto a cierta luminosidad insular, y que solo cuando regresa al suelo natal recupera una cartografía de la tierra que pisa: jolongo, curujeyal, jatía, dagame, guásima, hamaca, yerbal, el verde del limpio: “Todo es festón y hojeo”, dice, y ni siquiera.

Pero también que Julián de Casal aborrecía el hastío del siempre azul (cielo) y el siempre verde (campo) y se perdió entre fiebres por senderos soñados entre montañas alpinas o pirineas. La condición Casal se repite hoy en la anécdota de una cubana que sobre la tumba de Baudelaire deja la foto de su padre muerto porque el poeta francés la había salvado del suicidio.

Así, es cierto que la cubanidad no se desliga de políticas ni de míticas, mucho menos de un intrínseco capital simbólico. Las patrias siempre paren seres dados a explicarlas. Lo cubano como abuso de un absurdo que se vuelve totalidad me conduce a rastrear otras zonas que quizá me expliquen mejor.

Hace décadas también se ligaban teluricidad y azúcar, pero ya ésta última no existe más en los términos que conocimos por cierta poesía republicana. Tampoco hay que verla lejos de aquellas tres D (delirio, delicia, derroche) que menciona Marqués de Armas a propósito de sus lecturas del estilo Lezama.

Pero así es y así no es. La falta de gravedad, la carencia de gravitación, el no rigor, todo contrapuesto al peso del mundo, parecen ser consensuadas formas de la cubanidad, pero es apenas un modo más de señalar y desligarse de una “canaille”.

Si pienso aquellos páramos de infancia y adolescencia es como si allí volviera: encuentro una terra incognita, un destartalo garcíavega de gente y escombros, un lugar donde no me reconozco y cuyo aporte en el sentido de pensamiento sería nulo.

Eso, gente y escombros. Por aquella calle de tierra pasaba un studebaker envuelto en polvo. Asumamos que ya aquel polvo no existe, que lo ha sustituido un polvo nuevo, igual de estéril, pero la manera en que aquel extraño artefacto reaparece de vez en cuando me hace preguntarme, figurarme un origen a partir de quien lo mira.

Y en ese origen hay palabras, algunas imágenes, que apenas son “una precisa variación de la concentración”.

 

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