El más fuerte, el más singular: la cultura egoísta de nuestro tiempo

Dr. Callejas

Si, como evocó en su New phenomenology sobre la conciencia atmosférica y el cuerpo sensible humano Hermann Schmitz, esta época, a diferencia de otras anteriores, constituye un alto riego de  democratización del culto al individualismo, al egoísmo, al narcisismo y a lo que, para usar una frase del acontecer de las relaciones  sociales, se llama singlenista  del cuerpo. La vocación por la vida solitaria  se traduce con entusiasmo y emoción en forma asimilada no solo en la vida cotidiana sino también en el campo de las investigaciones, la literatura y los medios de comunicaciones.  El mundo se proyecta cada ve más individual haciendo las cosas. Se desarrolla, por añadidura, una fenomenología de la sospecha de la individualización: la tendencia es cada vez más predominante  de  la gente que prefiere la soledad evadiendo y escamoteando el contexto genealogista de la vida en parejas, grupos, clanes y familias. El punto de partida de esta democratización del egoísmo cultural  lo hallamos  días después  de la reforma protestante cuando el capital usurario introdujo en la heredad de los nobles una forma de gravamen hipotecario sobre la propiedad y trajo consigo  un nuevo usufructo del poder.  Muchas herencias fueron individualizadas por la desamortización de los bienes raíces por el capital.

Si algo se revela como característica sui generis en el poder domesticador de la bio-política del totalitarismo sobre las masas en países como Cuba y Corea Norte es que estos pueblos mantienen todavía muy arraigado una secular forma de vivir juntos, acompañados, masivamente conglomerados en espacios de cercanías heredados. Es por tanto que  el egoísmo y el narcisismo, como fenómenos base del individualismo, no constituyan simplemente tipos ideales  de la psique sino también formas de convivencias y desplazamientos atmosféricos de las personas relacionadas con el espacio que se  ocupan de la discontinuidad genealógica de la tradición en el marco del grupo, el clan y  la familia: El egoísmo habita en el marco de la sociedad por medio de relaciones tele-comunicativas. Por eso se esfuerza en escribir un libro, construir un negocio, abrir una escuela porque siente la necesidad de comunicar a distancia.  El selfie no es una representación clara del egoísmo. Es una representación fiel  de una discapacidad: la discapacidad de la memoria subjetiva, incapaz de recordar los hechos del nacimiento.

La cultura del egoísmo, que mal se traduce en los medios periodísticos como la despersonalización, trae a colación un origen monástico, místico y secesionista que apunta a la finitud y  al destino final de la evolución humana. El egoísmo posee un caracter de factum. Esta tendencia lleva sobre los hombros en la actualidad el destino nietzscheano del último y primer hombre, la última y primera forma de vida de la evolución humana para hombres solitarios, fuertes  y débiles. Pero esta evocación  creída y estimulada hasta hace apenas un par de décadas, cuando apareció en liza el hombre de la singularidad, el trasnhuman, no tiene parangón en la humanidad. Nietzsche con ironía, que no previó las particularidades de esta “fase superior” del último hombre, evocador de la singularidad por el dato, la información y la post-biología humana, estaba convencido que tendría en su momento un nicho especial en el mundo de los new singles, de los nuevos  refinados egoístas y cabecillas del progreso final de la evolución del mundo.

La aspiración del hombre post-biológico transformaría  por completo la imagen transicional de la cultura egoísta del más fuerte e idóneo por el más singular. Con la singularidad pos-biológica de la nueva maquina  entraríamos en un período habitable donde se prevé  la ausencia de lo que Arnold Gehlen caracterizó la cultura,  en  El hombre: su naturaleza y su lugar en el mundo, como la  del hombre deficitario. Debido a la razón del déficit humano ante la naturaleza surgió el egoísmo, el más fuerte y ahora se vislumbra el más singular.

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