Macrón o La Ilustración

Por: Ariel Pérez Lazo

La victoria de Macrón en Francia ha tenido una resonancia en Occidente que no se veía quizás desde los años treinta con la victoria del Frente Popular. Lo interesante es que en esta elección se han enfrentado aparentemente dos criterios sobre lo que es la nación francesa.

Numerosos sitios que constituyen una especie de guerrilla anti-globalización y que muchos catalogan como de extrema derecha han insistido en una frase soltada por Macrón en torno al argumento de que la cultura francesa está en peligro por la masiva inmigración-sobre todo la que porta el Islam. La polémica expresión del político francés es: “There is no such thing as French culture (…) “There is culture in France, and it is diverse” ( James Mc Auley: Emmanuele Macron’s unlikely path to French presidency, Washington Post May 7, 2017)

Parece ser la antítesis del patriotismo decir que no hay algo como la cultura francesa pues aún en la filosofía, tan alejada de los particularismos y anclada en la idea de la Razón universal se puede distinguir esa concepción del mundo francesa que empieza en Descartes y culmina en Bergson -el llamado espiritualismo francés. Como puede negarse el ser nacional francés que entre nosotros -los cubanos (y perdóneme el lector foráneo el desliz nacionalista)- ya fuera alabado por uno de nuestros escasos filósofos del siglo XX, Jorge Mañach frente a la carencia de organicidad de la norteamericana. Si Francia era una nación, decía Mañach, lo era por su cultura, por esa voluntad del creador francés de unir su voluntad a un proyecto común. [1]

Sin embargo: ¿Estaba negando este hecho Macrón? Creo que la interpretación de las palabras del político-del cual Ortega nos advertía que tiende a confundir las cosas- es que la Cultura es algo universal. Hay una Cultura en Francia, no una cultura francesa. La cultura, en este sentido es universal, no puede ser patrimonio exclusivo de un estado o nación.

Con esto Macrón está oponiendo el concepto ilustrado de Cultura al propio de los alemanes. La cultura para Macrón debería mejor llamarse civilización. Spengler y los alemanes de las escuelas neokantianas e historicistas estarían en desacuerdo con esto pero Macrón con dicha frase ha rescatado la tradición ilustrada. Sí, es cierto, se trata de un concepto reduccionista, hijo del mecanicismo pero lo interesante es que reaparezca en una época posmoderna, es decir pos-mecanicista. Lo natural en esta época seria reconocer la existencia de esas individualidades autónomas que denominamos culturas en vez de esa unida superior, abstracta que la Ilustración llamaba civilización en oposición a la barbarie.

Y es curioso que la derecha alternativa o nacionalista use un argumento propio del historicismo, la de la relatividad de las culturas de Spengler para defender la idea de que existe un valor a preservar. En este mundo, en que los indios norteamericanos desafían el oleoducto que traería gas de Canadá en aras de preservar sus tierras sagradas-su cultura- tiene sentido pensar que la construcción de mezquitas y la interrupción del tráfico en ciertos barrios por la oración en público en Paris es una amenaza contra ese recinto sacralizado llamado la cultura nacional. Es como el enojo del arzobispado de La Habana por la construcción de una iglesia ortodoxa rusa en plena Habana Vieja pues iba en contra de esa unidad orgánica que nos permite diferenciar a La Habana de Estambul. En este sentido, la derecha nacionalista no se diferencia mucho de la izquierda del multiculturalismo, opuesta a la globalización que borra singularidades.

Lo civilizado para Macrón implica reconocer un derecho internacional: conceder asilo a las víctimas de guerra y la preocupación por la tradición francesa: la nación católica, de rasgos étnicos donde se mezcla el tipo caucásico mediterráneo y nórdico según se vaya al Oeste o al Sur, un mismo idioma y demás características del “ser” nacional; queda relegada a segundo plano. Ya Renán veía a la nación como plebiscito cotidiano. Ortega y Gasset lo seguía en su España invertebrada. La nación no era algo estático: era un proyecto esbozado hacia el futuro. [2]

Sin duda, la integración de los magrebíes, de los subsaharianos y ahora de los sirios es un desafío y no pretendo aquí insinuar que Macrón tenga las mejores soluciones para esto en la mano. Seria utópico negarlo, pero Francia ha aceptado el reto. Le Pen significa la renuncia a Europa. El retorno a 1948. Una Europa dividida y presa fácil de los expansionismos. El triunfo de Le Pen hubiera destruido el único muro de contención que queda frente las ambiciones de Putin de recrear el Imperio Ruso. Realmente es iluso pensar que Europa podría desmontando la Unión Europea poder competir en una economía global. Más que una elección presidencial, esta fue un referendo sobre la permanencia en la Unión Europea o la preeminencia de la civilización frente a la cultura.

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[1] Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo (…) No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo. Ortega y Gasset, José: España invertebrada. Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1957. p 56.

[2] La cultura francesa (…) es un concepto sociológico: el tono espiritual de todo un pueblo, una realidad intangible, un ambiente”. Mañach, Jorge: La crisis de la alta cultura en Cuba. Ensayos. La Habana: Editorial Letras Cubanas, La Habana, p 10.

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