El Lyceum y Lawn Tennis Club: Su huella en la cultura cubana.

Por:  M.Sc. Whigman Montoya Deler

El surgimiento de instituciones culturales privadas durante los primeros cincuenta años del pasado siglo cubano fue muestra, por parte de la sociedad civil, de una voluntad colectiva de empresa y un propósito a favor de la nación. Por otro lado, la falta de una dirección rectora por parte del Estado y el vacío de intencionalidad colectiva de algunos frenaban la preparación de un vasto proyecto nacional para encauzar al país hacia rumbos mayores. Raimundo Cabrera, presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País declaró en 1923:

[…] En Cuba más que otros pueblos, defender la cultura es salvar la libertad […]. La gran misión era aunar mediante la cultura a un grupo de intelectuales y profesionales y llevar a cabo un programa.

De ahí el surgimiento de sociedades que tenían el objetivo definido de levantar el espíritu público cubano para llevar a efecto reformas sociales que sirvieran, al menos, como paliativos a los problemas existentes: la Asociación Nacional de Propaganda Cívica, la Falange de Acción Cubana, la Junta Cubana de Renovación Musical, el Grupo Minorista y algunas sociedades feministas llevarían a cabo empresas como éstas.

El Lyceum de la Habana también se sumó a esta labor, pero desde la óptica sociocultural. Para la fecha Cuba vivía momentos de intensa inquietud, revueltas y ajetreos creadores; en todo el mundo había renacido una intensa conciencia social y Cuba no estaba de espaldas a estos acontecimientos: reformas universitarias, movimientos obreros y luchas feministas.

Algunas mujeres se incorporan a los empeños del momento por dos caminos muchas veces entrelazados: el de la defensa de sus derechos políticos, civiles y económicos y el de la defensa de la cultura; representados finalmente por la Alianza Nacional Feminista (agosto de 1928) y el Lyceum (diciembre de 1928). Ambas instituciones estaban formadas por mujeres de la alta, mediana y pequeña burguesía. La Alianza Nacional Feminista también acogió en su seno a las líderes obreras negras y el Lyceum desde su fundación se proyectó en contra de la discriminación racial y concedió oportunidades de superación a aquellas que no podían pagar las cuotas mensuales del Lyceum.

Para 1929 un gran número de mujeres cubanas ya había adquirido en su evolución, una alta conciencia de su deber histórico y a pesar de pertenecer a diferentes clases sociales ellas estaban interesadas en reformas constitucionales que les permitieran disfrutar de todos los derechos ciudadanos. Algunas militaron en ambas organizaciones, pero la mayoría de las lyceístas centraron sus esfuerzos en la necesidad de defender los valores culturales, y es que sus fundadoras, por tradición familiar o por lazos conyugales, eran amantes defensoras de nuestras tradiciones.

El Lyceum de La Habana se funda el 1 de diciembre de 1928 y se inaugura el 28 de febrero de 1929. En la declaración de principios se plasmaron las preocupaciones en cuanto a animar a la niñez y a la juventud, exaltar la labor de la mujer, el servicio a la comunidad, la defensa de la democracia en Cuba, en América y en el mundo y el logro de la paz internacional por la comprensión entre los pueblos. Es por ello que en el artículo #1 de los Estatutos de 1929 queda establecido que se constituye en La Habana una asociación cuyos fines generales serían:

  • Fomentar en la mujer el espíritu colectivo, facilitando el intercambio de ideas y encauzando aquellas actividades que redunden en beneficio de la colectividad.
  • Aprovechar todos aquellos esfuerzos personales que hoy dan un rendimiento mínimo, por su dispersión, aunando todas aquellas iniciativas y manifestaciones de índole benéfica, artística, científica y literaria que redunden en el beneficio de la colectividad, siendo por completo ajeno a la asociación todo acto con tendencia política o religiosa.

La mujer de la pequeña, mediana y alta burguesía: la arquitecta, la doctora, la pedagoga, la maestra, encuentran en este espacio un refugio donde trabajar voluntariamente en beneficio de la colectividad. Abren sus salones al concurso del hombre y proyectan esa cooperación de manera tal que sus actividades fuesen públicas y desprejuiciadas. Esta actitud llevó a que un intelectual como Juan Marinello pudiera decir de la institución, en carta pública dirigida a Gustavo Urrutia:

[…] Yo confieso mi emoción ante la reciente declaración del Lyceum femenino abriendo sus puertas a los negros porque la cultura no tiene raza. Esto, hace algunos años, hubiera sido monstruoso […].

Sin duda alguna esta institución, desde un principio, se proyectó de manera progresista y es que no debemos olvidar que sus fundadoras y otras que llegaron después, militaron en sociedades feministas y tenían estrechos vínculos familiares y conyugales con los Minoristas: María Josefa Vidaurreta, esposa de Marinello; María Teresa Moré, de Rafael Suárez Solís; Margot Baños, de Jorge Mañach y Berta Arocena, de Guillermo Martínez Márquez.

Jorge Mañach, que era posiblemente el intelectual más asiduo al Lyceum y conocía muy bien la labor de sus directivas, definió así la idea de cultura que ellas tenían:

Ante todo, la idea de cultura que el Lyceum se hizo. No era solo cultura recibida pasivamente a través de libros, exposiciones, conciertos. Era, sobre todo, la cultura como ejercicio del espíritu, como discusión, comunicación, intercambio, proyección constante de la inteligencia y de la sensibilidad sobre el panorama de nuestro tiempo y de nuestro mundo, erizado de cuestiones polémicas, cargado de problematicidad.

Con un objetivo en común, ellas hicieron evidentes los diversos propósitos de su política cultural, su pensamiento abierto y extenso y la elaboración de programas de largo alcance; para ello establecieron las vocalías de Exposiciones, Conferencias, Biblioteca, Música, Asistencia Social, Casa, Clases, Deportes, Propaganda y Publicidad, y Relaciones Sociales, pudiendo surgir o desaparecer otras más efímeras según conviniera y sin dejar de proponer y materializar durante sus más de 35 años de trabajo un sin número de proyectos socioculturales.

En la Memoria de 1932-1933 recalcan que ellas están «imbuidas de un anhelo de superación, un ansia viva de hacer aporte de cultura al ambiente nacional y que la casa del Lyceum recibe y se da a todos los vientos de cultura y de renovación».

Ellas se convirtieron en una de las principales promotoras y animadoras socioculturales de su época, no sólo brindaron superación a sus socias, sino a la comunidad. Para lograr sus objetivos llevaron a cabo un sin número de proyectos y acciones desde sus diferentes secciones; de esta forma, promovieron sectores de la cultura y la sociedad que estaban abandonados; para ello, presionaron al Senado y a la Cámara de Representantes a través de pedidos y proyectos de ley.

Su trascendencia en el panorama sociocultural cubano del período se debió, entre otros aspectos, al deseo de rescatar el patrimonio histórico cultural, al logro una conciencia nacional y americanista y el necesario equilibrio entre tradición y progreso, al trabajo en beneficio de la comunidad (el niño y el adolescente), a la superación de la mujer, a la defensa de la paz y la democracia, a la decisión de militar en un feminismo donde la feminidad no fuera anulada , a la intención de sembrar entre sus socias inquietudes artísticas, humanistas, democráticas y pacifistas, así como al fomento —entre ellas, los intelectuales y el sector público— de la responsabilidad social del desarrollo cultural, a la capacidad de concebir sus actividades con un marcado intercambio, discusión y proyección constante en beneficio de la comunidad, a que a pesar de sus refinadas actividades no hubo en ellas espíritu de crónicas sociales, a la presencia de un pensamiento progresista que las llevó a tolerar dentro de la institución todas las ideas, planteamientos, o teorías —fuese cual fuese su enfoque ideológico—, a su adhesión a los ideales de las Naciones Unidas, la UNICEF y la UNESCO, a la estimulación a sectores abandonados —mediante la creación de organizaciones, concursos, ediciones de libros y mesas redondas—, a que fue pionera en el campo de la asistencia social en Cuba y paradigma para la creación de otras instituciones, a que constituyó un ejemplo de política cultural, aunque circunscrita al radio de acción que podía atender una institución privada con recursos limitados —no obstante, fue motor impulsor para futuras acciones gubernamentales que se materializaron gracias a su empeño— Su trascendencia también se debió a los empeños de preparar un proyecto con carácter nacional y a pequeña escala, en el cual involucraron a varias instituciones femeninas de todo el país para así llevar a cabo algunas reformas sociales, además con su apoyo ayudó al desarrollo de las actividades de algunas escuelas primarias, instituciones o grupos de intelectuales como: la Orquesta de Cámara de la Habana, la Sociedad Nuestro Tiempo, el grupo Orígenes, el grupo de teatro Prometeo, las filiales del Lyceum, y otras instituciones femeninas de Cuba, por tanto se considera que creó estrategias coherentes entre el sector cultural y otros sectores de la sociedad cubana.

El Lyceum era el lugar a donde todos los intelectuales acudían, pero después del 1ro de enero de 1959, la Sociedad, poco a poco, fue perdiendo protagonismo debido a las bajas de sus miembros; a que se pusieron en práctica una serie de proyectos y se fundaron instituciones a las que fueron a trabajar muchos de los intelectuales que eran asiduos colaboradores del Lyceum, e incluso las mujeres que pertenecieron en más de una ocasión a la directiva. La sociedad cultural de las mujeres cubanas ya no era de las pocas que brindaban un servicio de cultura, de asistencia social, de alfabetización de atención al niño y a la mujer. Surgen instituciones, organizaciones y proyectos como la Federación de Mujeres Cubanas, la Campaña de alfabetización, la Casa de las Américas, las galerías de arte, los conservatorios, entre otros y hacia ellos se vuelcan hombres y mujeres de cultura y ciencia aun cuando en estas nuevas aspiraciones haya quedado el germen de uno de los proyectos culturales más importantes del período republicano: El Lyceum y Lawn Tennis Club. De una forma u otra el Lyceum sobrevivió en instituciones posteriores. Al respecto Harold Gramatges expresó en entrevista efectuada por este autor: «nosotros organizamos Nuestro Tiempo a semejanza del Lyceum y después del triunfo revolucionario surge la UNEAC y ésta se organiza a semejanza de Nuestro Tiempo».

El Lyceum y Lawn Tennis Club a pesar de haber sido una sociedad burguesa no se proyectó como tal, sino que rebasó los marcos de su clase social y así lo demuestra su política cultural y los innumerables proyectos socioculturales que llevó a cabo; por ello se convierte en una de las instituciones más progresistas del siglo XX cubano.

En la Cuba posterior a 1959, la existencia de una política cultural centrada por el Estado y el cierre de las sociedades privadas, puso fin a un ciclo de cuarenta años de actividades socioculturales en pro del desarrollo integral de la mujer y de la comunidad.

La Casa de Cultura de las mujeres, como la llamó Jorge Mañach en conferencia sobre la institución, se cierra, según Rosario Rexach, el 16 de marzo de 1968. Época llamada El quinquenio o El decenio gris. «Cuando el gobierno cubano decidió su incautación con la oposición sabida de algunos de sus miembros más preclaros».

El edificio que albergó al Lyceum y Lawn Tennis Club es actualmente una triste y destruida Casa de la cultura del Municipio Plaza de la Revolución, en La Habana.

 

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