La poesía debe ser transmitida, no escamoteada

El poeta en actos

“La poesía parece un juego y, sin embargo, no lo es. El juego reúne a los hombres, pero olvidándose cada uno de sí mismo. Al contrario, en la poesía los hombres se reúnen sobre la base de su existencia”

“La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa”.

Martin Heidegger

 

En un texto aparecido en la revista independiente de cultura Palabra Abierta, edición homenaje al centenario de Lezama, escribí en una frase: “la poesía debe ser transmitida, no escamoteada”.

Con la frase intentaba resumir y aglutinar la consistencia del valor espontáneo de la vida en la poesía; pretendía además desmitificar el anquilosamiento de la tradición poética proclive al “exegetismo” y el “epigonismo”. Pero como se trataba de acudir a ciertos textos de la tradición cubana suponía que el lector “sugerente” pasaba por alto y desatendía la transgresión del mensaje: en suma, se trataba de cómo extirpar el veneno de la erudición en función de la construcción poética, cosa que la propia tradición intentaba asumir días antes de su muerte. Ejemplos sobran. Lezama y su tradición. Se trataba además de cómo debería soltarse las amarras del coloquialismo para que la poesía fluyera espontáneamente, en sintonía con la nueva realidad.

Lo puntual en aquel escrito tenía que ver con el bien, el peligro y el lenguaje y exponer sutilmente como la poesía era escamoteada, despojada del sentido vital. Encontrábamos allí, en aquel peligro, una gigantesca entelequia y un modo innovador verbal. Lezama era un fabulador excepcional y mente imaginativa para crear imágenes, conceptos y un extenso conocimiento. Pero la vida faltaba. El poeta para trasmitir la vida, la belleza de la poesía, estaba ausente. Todos fuimos tocados por el don de la palabra, la majestuosidad de la erudición y el descomunal conocimiento de la teoría del arte, pero no fuimos influidos por la vida. Fuimos tocados, eso sí, por la muerte. Pero no por la poesía.

En un instante de relación poética el hombre puede estar vivo, consciente y dichoso. El tiempo no pasa como deseo, sino renovándose en el disfrute de la vida. Leí un episodio sobre Gurdjieff. No sé si ocurrió realmente. No tengo pruebas para certificarlo, pero tratándose de la calidad de este hombre, del Poeta que habla a su nieto, lo asumí como verdadero. La historia es tremendamente sugestiva. Y quizás pueda ayudarnos a entender mejor los misterios de la vida y la función de la poesía. La historia la leí en un libro de J. G. Bennett: Gurdjieff; a Very Great Enigma: the ideas of Gurdjieff and the mystery that surrounded him. En los días de la Revolución Rusa Gurdjieff fue recluido en un campo de refugiados donde conoció a Bennett. Amistad que se volvió incondicional a partir de un hecho que sucedió tiempo después de conocerse. Bennett había enfermado. La enfermedad se relacionaba con la depresión, crisis emocional y existencial que lo llevaría a pensar incluso en el suicidio, en la muerte. ¡Pero Gurdjieff le salvó la vida, lo devolvió a la Tierra!

Bennett cuenta que, postrado en una cama, moribundo, sin otro deseo que morir, comenzó a percibir los últimos momentos de vida. Sintió la despedida cuando de pronto Gurdjieff apareció en la habitación. ¡La poesía había aparecido! Este es el enigma: ambos cruzaron miradas, Bennett se paró, caminó dos pasos hacia Gurdjieff, se abrazaron. Bennett cuenta que, a partir de ese momento, un minuto después del abrazo, comenzó a sentir el regreso a su cuerpo de la voluntad de poder. Percibió y sintió que la vida había entrado nuevamente en su cuerpo. Comenzó a experimentar la dicha y la salud. La enfermedad, el desaliento, la depresión había desaparecido.

Bennett estaba sorprendido, pues no tenía idea de lo sucedido. En su conciencia, del abrazo sólo habían quedado un antes y un después. Pero lo real, el enigma, lo esotérico, lo pudo entender después: Gurdjieff se había presentado como el vehículo de la existencia y de la poesía. Trasmitió a Bennett la llama de la vida. De Gurdjieff a Bennett saltó una carga de energía poética. Al encuentro se le conoció como la transmisión de la llama de la poesía.  Cuando ego poético consigue estar fitness (ausente), se trasforma en el medio natural, en la flauta para transmitir la música de la vida. Y la trasmisión de la vida incumbe a los Poetas.

Gurdjieff escribió Relatos de Belcebu a su nieto, pero nunca un  verso. Nuca sabes cuando existe un poeta de verdad. El poeta comparte la energía de la vida y la salud. El poeta vive. El poeta es el peligro. Pero existe la condición de falsedad e hipocresía en los  medios culteranos. En este medio nadie vive, nadie disfruta y nadie es dichoso.  El resultado de la tradición poética no se compromete con la vida sino con el auto-diciplinamiento de la escritura. Indaga cómo mejorar el lenguaje, la gramática, los conceptos, las imágenes y las metáforas   pierde el contacto con la poesía. La indagación crea el problema de la angustia y el temblor. A la tradición necesita un Gurdjieff, un vehículo, un Poeta para palpitar junto a la vida. Necesita el ser vivo.  Debido a que hasta ahora los “poetas” pulen el diamante en bruto y buscan la perfección en las palabras, pierden el contacto con la verdad.

No trasmitir y comunicar la poesía, constituye escamotear la esencia de la poesía. José Martí perece sentir lo mismo. ¿Qué sentido tendría el papel años después? ¡Tengo miedo morir como poeta en versos! Pero ahora me siento leve y dichoso con la paz de un niño. ¡Salta, Dicha grande! Y la poesía saltó; el poeta apareció.

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