La natilla (Cuentos Travestidos)

Por: Ernesto Rojas Suárez

 

La leche de vaca acabada de ordeñar tiene un sabor especial que no se encuentra en la que se compra en el pueblo. Dicen que los procesos de envase cumplen todas las normas habidas y por haber, que queda esterilizada, sin gérmenes que dañen la salud humana.

Pero la leche extraída manualmente de la teta de la vaca, hervida con leña en medio del monte en calderos de culo negro, es inigualable. Todo parece indicar que en las impurezas que escapan al rudimentario proceso, en el humo de la hoguera, es donde se encuentra el sabor. No es extraño, así son la mayoría de las cosas deliciosas del mundo, traen peligros.

La natilla de abuela era hecha con leche de la de ver dad, huevos robados del nido cuando la gallina se distraía

—así tendría un toque prohibido—, cascaritas de limón, harina de uno de los molinos del Quijote, ralladura de canela para decorar y otro secreto, condimento que solo ahora me atrevo a revelar, lágrimas de pobreza.

Unas gruesas gotas del fluido sentimental aportaban al caldero el toque diferente. Siempre tuvo motivos de sobra, motivos para regalar y vender. Meticulosamente guarda ba en un pomo de boca ancha las penas de la semana para hacer natilla los domingos en la tarde. Con acuosos ojos de búho lavaba el cazolón de hierro, que con negritud africana mostraba sus entrañas reclamantes, de impeca ble brillo interno para asombro de todos. Luego encendía la hoguera frente a la mata de Anón con gajos secos que recolectaba en sus limpiezas del patio, con paciencia de museólogo inventariando joyas augustas de la naturaleza. Se acercaba a Primavera, que así se llamaba la proveedora y conversaba con ella en la lengua de los animales mansos. La mamífera miraba a la izquierda y abuela a la derecha, la rumiante se meaba y abuela escupía, esa era la señal para comenzar el sagrado acto del ordeño. Muchas veces Ru bén exprimió las ubres de sus primas para ver si salía algo, inclusive apretó las propias para saber que se sentía, pero al parecer ese placer era asignado solo a las vacas. Dios las bendecía con una frase, así como: «creaciones mías, os joderéis, porque leche daréis cuando os tiren de las tetas».

Al terminar se dirigía al ansioso recipiente y vertía el maná blanco hasta hacerlo hervir al calor de las llamas. Llamas anaranjadas, amarillentas, azulosas y transparentes luces multicolores que recordaban historias del infierno. Ya el niño sospechaba que sería un gran pecador y se propuso aclimatarse al calor destructor que antecedía a la natilla. Se torturaba un dedo, una uña, más tarde una oreja, tanteando poco a poco, hasta acercar los ojos a las llamas.

Mientras la leche hervía, la harina era tamizada y di luida en un jarro con agua limpia, recogida en un balde desde la parte alta del arroyo, la parte donde los jóvenes no subían a hacer sus cochinadas de púber y solteros feos. Los grumos desaparecían convertidos en amarillenta cre ma que luego era pasada por el colador, dejando en la di minuta red de hierro, pelotitas de harina muy pequeñas con las que el niño hacia esculturas, casas, muebles y otros tesoros de la ingeniería industrial, su idealizada profesión.

Los huevos eran batidos vigorosamente, Rubén practicó eso y aprendió lo frágiles que solían ser. Se mezclaban los embriones con la crema de harina, se endulzaba a ojo de buen cubero la leche y cuando empezaba a subir la es puma se derramaba encima la crema, revolviendo hasta cuentos Travestidos que el olor avisara. Hay gente que tiene un don divino para saber por el olor, cuándo las cosas se pasan de tiempo.

Rubén creció alimentado exclusivamente por la natilla de su abuela. Cada domingo la canosa señora servía ca torce jícaras del dulce para el niño y cuatro platillos para brindar a las visitas. Las visitas eran Eneida, Eneida, Enei da y Eneida, la viuda carnosa madrina de su nieto huérfano. Si no fuera por la ayuda de la poderosa Eneida, en esta casa vivirían solo cucarachas. La enlutada dama era cariñosa con Rubén como con nadie. Siempre aparecía en el portón con un olor a flor de muerto que él nunca olvidó. Por mucho que él se escondía, lo abrasaba y con su rojísima boca de camello envolvía los tiernos cachetes en un pegajoso beso, más que un beso parecía un abrazo de serpiente, rozando la lengua y suspirando de manera exagerada, apasionada, tremebunda y asquerosa. Tras el saludo, la inquisidora frase de siempre: «Ese niño crece por día, mira lo hermoso que está».

Luego con su gran mano descendía dentro del short hasta más abajo del ombligo y preguntaba con sorna.

—¿De quién es esta cosita rica? La respuesta era obligatoria:

—De madrina.

Las carcajadas estridentes de la visitante y los labios apretados de abuela cerraban el dialogo dejando al mucha chito angustiado por la inminente perdida futura de una parte de su cuerpo que aún no sabía para qué estaba ahí. Cuando Rubén cumplió los quince años Eneida llevaba cuatro cuidando una tía solterona en Yaguaramas. Al regresar contó que ésta había muerto, dejándola sola y con todo el dinero del banco, más una casa en el Vedado. Nada había cambiado en la choza, tampoco en la dieta. Sin embargo, en Rubén todo era distinto. Los brazos aumentaron de volumen, las espaldas se ancharon, las piernas crecieron y en su rostro apareció una mancha de cabellos suaves y oscuros que amenazaba con tragarse sus rasgos, extendiéndose por brazos y piernas. A la altura de la pelvis, rodeando a los huevitos se hacía más espe sa, intentando sin éxito esconder el resto de su colgante humanidad. De noche sentía fogajes que lo desvelaban, soñaba cosas raras que olvidaba al despertar y le provocaban espesas meadas que ocultaba a la abuela para no preocuparla.

La viuda retorno una noche de jueves voceando desde el trillo, llamando a su niño de siempre, su ahijado del alma. La vieja y el niño salieron al encuentro. Ella contenta y él temblando. Al pasar la talanquera de púas Eneida saluda a la vieja, mira al púber y plasma el beso torturador que precede a su letanía: «Este niño crece por días, que hermoso está». Se le acerca y separa el pantalón de la piel, se escabulle hasta las posturas de hombre, pero no las agarra, regresa al colgajo de carne dura y con mirada de vaca que quiere ser ordeñada sentencia.

—Vine a buscarte para que vivas conmigo en La Habana, tu abuela ya no tendrá que hacer más natillas.

Esta vez no hubo carcajadas ni cuentos de aparecidos y güijes. La abuela preparó entre llantenes una bolsa con la ropa del muchacho y se encerró con un cinto y un banquito de madera en la letrina. El niño escuchó el quejido y se orinó de miedo.

La viuda no entró a la casa, lo tomó del brazo y lo arrancó del trillo.

A sus veinte años, Rubén tiene muy malas impresiones de La Habana, aún no ha relacionado la receta de natilla de la abuela con el apetito de la vieja puta que lo humilla, que siempre quiere comer de su natilla sin plato, que espanta a sus novias, que cuando él busca respuestas, lo tilda de imbécil, ignorante, guajiro mantenido.

Lo peor es cuando se duerme, sueña y despierta con la viu da encima de él preguntando: «¿De quién es esta cosita rica?».

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