La gracia de la poesía tiene su velocidad

El poeta en actos

“Oh, Deporte tú eres la Belleza… Oh, Deporte, tú eres la Justicia… oh, Deporte, tú eres la Felicidad… el cuerpo tiembla de júbilo al oír tu llamada”.

Pierre de Coubertin

“Los corredores se inclinan, flores tensas… Un lanzamiento, una palabra violenta.

Y de repente. Los cuellos se extienden hacia delante. Como tallos.

Caras como manzanas. Pálidas y robadas… dientes y mandíbulas lanzándose al espacio”.

Geo Charles

 

Pierre de Coubertin intentó hacer del olimpismo una suerte de teología muscular. Había previsto organizar bajo el principio del olimpismo un nuevo movimiento espiritual: disciplinar al atleta, convertirlo en la poesía, hallar la felicidad. Llevar a cabo el ejercicio y el entrenamiento, instaurar la religión. El esfuerzo y la superación por encima de lo común se transforma en una suerte de monstruosidad. Sirva esta alegoría olímpica para sorprender a la humanidad: la gracia de la poesía tiene su velocidad. Transcurre en la eternidad. La relajación corporal constituye el atributo poético de la vitalidad. Para percibir lo dicho, dejo un ejemplo reciente: a Usain Bolt, el hombre más veloz del mundo, el rey de los cien metros planos. La cámara lenta de la carrera del hectómetro cuando Bolt impone récord mundial de 9.58 segundos es la prueba: se percibe la elegancia y gracia del movimiento corpóreo; el torso, las piernas y los brazos en perfecta sincronización. Hay relajación. Algo completamente monstruoso, excepcional y poético se ha conjugado: la velocidad ha ocupado el espacio poético de la vitalidad.

Percibir la gracia del cuerpo durante la carrera de Bolt permite saber en qué consiste la sinergia de la poesía. Los científicos calculan que, a mayor velocidad en el espacio, los cuerpos atómicos experimentan mayor distorsión.  Einstein dijo: “Hay belleza y misterio en la existencia cuando el átomo al disolverse crea un haz de luz”. Viajar a la velocidad de la luz, la naturaleza se convierte en luz. La luz esconde el misterio de la existencia. Desde luego, no importa la velocidad límite alcanzada por el hombre:  tiene que situarse, no hay otra forma, dentro de los canales de la velocidad de la luz. La vida humana lo ejemplifica con Usain Bolt. Es la prueba: se podrá mover más rápido que cualquier hombre, pero depende siempre de la velocidad de la luz. En ese rango de velocidad la gracia puede alcanzar atisbo de presencia, descarga poética como la alcanzó Spiridion Loys a la llegada de la meta en la maratón del primer olimpismo moderno.

La expresión belleza refleja la anatomía del cuerpo de Bolt. Durante los nueve segundos de carrera, el ritmo de la velocidad alcanza el pináculo de relajación y la soltura absoluta. Durante la carrera, hace presencia el poeta en la tierra. Expresa naturalmente la relajación absoluta. Ningún otro poeta lo consigue como él. En los nueve segundos Bolt se pierde completamente dentro de la carrera. La velocidad y el ritmo, la cadencia y la danza de la anatomía; ¡no existe Usain Bolt!  Existe la gracia de la velocidad. El ser se implica de tal manera en la totalidad del cuerpo, relajado, rítmico, lo cual   no es difícil percibir el encanto de la poesía. En el espacio de la carrera el tiempo y la velocidad conecta con la eternidad.

¿Cómo se logra? Sin el mayor esfuerzo de la voluntad. No funciona la respiración –es una carrera anaeróbica– entonces no circulan pensamientos, no se obstruye el paso: desciende por sí misma a la totalidad de la gracia de la poesía, la relajación absoluta. Pero Usain Bolt es sólo el corredor, el deportista. Los “poetas” del patio llevan el ritmo y la cadencia alterada. No se pueden relajar. Es aquí todo el problema. ¡No se relajan! Demasiados serios. No pueden intimar con el espíritu de Rimbaud. Los versos de los “neopoetas” –he estado leyendo a muchos– reflejan un ritmo inquieto de la respiración. Necesitan pensar mucho, cavilar demasiado para expresarse. No se implican a fondo. Una pieza aquí, una pieza allá. No hay totalidad en lo que expresan. El ritmo, la cadencia, sobrados intelectuales. No fluye la vida, los versos quedan rotos. Entonces, ¿cómo puede estar presente la poiesis?

Son veloces, sí, en la manera de apropiarse cualquier pensamiento y en fabricar versos. ¡Así alcanzan la velocidad de la luz! Pero esta apropiación desmesurada y monstruosa –destila sabor en el pasado, en la narrativa poética– por lo general constituye una de las singularidades del poeta actual. El poeta y el poema estarán presentes, pero la poesía brillará por ausencia. Eso sí, hay algo valioso en los neopoetas técnicos: llegan muy cerca de la locura absoluta. Un empujón y pueden entrar. ¡Aleluya!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*