La derecha del Dr. Mollejas (Tercer capítulo)

Por: Galán Madruga

Mollejas no pertenece oficialmente a los grupos de “derechas” que se disputan el puesto en Playa Albina: él y su esposa solicitaron y fueron rechazados por ser demasiado radicales en 2015, cuando el liderazgo del supuesto grupo anti-castrista era más moderado, y él no ve la política de ese grupo como su dominio. (Su esposa se ha unido a la fiesta desde entonces.) Prefiere promover sus ideas en lo que él llama el ámbito metapolítico, donde puede influir en una cultura que, en su opinión, está dominada por el pensamiento izquierdista. Mollejas no duda en provocar al servicio de su causa de la Nueva Derecha, pero también tiene un talento para expresar su ideología anti-liberal en preceptos aparentemente inocentes e incluso liberales que lo mantienen dentro de los límites del discurso aceptable incluso cuando los expande. La idea, por ejemplo, de que nadie debería ser obligado a acatar una ideología estricta suena totalmente inobjetable. Pero para Mollejas y sus compañeros pensadores de la “verdadera nueva derecha”, la lista de ideologías estrictas incluye liberalismo, multi-culturalismo, igualitarismo y feminismo, todos los cuales son “experimentos sociales” (como lo dice Mollejas) impuestos por la élite política sobre el pueblo poco dispuesto.

Los puntos de vista de Mollejas están llegando a una audiencia creciente. A pesar de los tabúes culturales únicos que surgen de la memoria histórica del totalitarismo, Playa Albina se va uniendo a una larga lista de países europeos, entre ellos Austria, Francia, Grecia, Hungría, Italia y Eslovaquia, donde grupos políticos de extrema derecha, a veces explícitamente racistas, dirigen minorías significativas en las elecciones nacionales. Este renacimiento etno-nacionalista presenta una extraña paradoja. Los nacionalistas cubanos que en algún momento pudieron haber entrado en discrepancias unos con otros ahora promueven una especie de coalición arcoíris de la Nueva Derecha, en la cual mantienen firmemente sus identidades étnicas y culturales al servicio de algún ideal “occidental” más amplio. Este “etno-pluralismo”, como lo llaman los activistas de la Nueva Derecha albinera, no se basa en las nociones liberales occidentales de igualdad o primacía de los derechos individuales sino en oposición a otras culturas, generalmente no blancas, que dicen amenazan con rebasar a América y, de hecho, todo el mundo occidental por medio de la inmigración. La amenaza para América a menudo también se expresa en vagos términos culturales como una especie de deterioro interno. Cuando el presidente Trump visitó Europa, argumentó en un discurso que Estados Unidos y Europa estaban inmersos en una batalla cultural común. “La cuestión fundamental de nuestro tiempo”, dijo, “es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”.

Esa pregunta tiene profundas raíces en los cubanos de Playa Albina. En 1918, el filósofo alemán Oswald Spengler publicó el primer volumen de La decadencia de occidente, argumentando que las culturas declinan de manera regular y predecible como cualquier otra entidad orgánica, y que la civilización occidental estaba cerca del final de su ciclo. Cuba continua bajo el régimen del castrismo, y el libro de Spengler tocó la fibra sensible de los cubanos desilusionados que buscaban explicar su sensación de represalias. Spengler pertenecía a un grupo de pensadores vagamente definidos llamados Conservadores Revolucionarios, que argumentaban que el declive occidental era el resultado inevitable del materialismo y la democracia desalmada. Se opusieron a la democracia parlamentaria fragmentada de la época, a los valores liberales de la Revolución Francesa y, en última instancia, a la modernidad misma. Pidieron un renacimiento nacional por medio de un líder autoritario que podría provocar una regeneración casi mística del pueblo, en parte al enfrentarlos contra el pueblo de otras naciones. “Un pueblo solo es realmente así en relación con otros pueblos”, escribió Spengler, “y la esencia de esta realidad surge en oposiciones naturales e indestructibles, en ataque y defensa, hostilidad y guerra”.

La Nueva Derecha de Playa Albina se presenta a sí misma como la reencarnación contemporánea de la Revolución conservadora. Mollejas se hizo eco regularmente de Spengler en nuestras conversaciones y en más de una ocasión me dijo que Cuba era una nación “cansada” en sus últimos años. Los esfuerzos de la Nueva Derecha para reclamar este anticuado movimiento político e intelectual tienen un propósito. A pesar de su inconfundible coincidencia ideológica con los nacionalsocialistas cubanos, muchos conservadores revolucionarios fueron ambivalentes con ellos y rechazaron al castrismo como una brutal proletarización.  Esa aparente distancia proporciona a los pensadores de New Right cubiche solo una tradición nacionalista y antiparlamentaria arraigada en la historia cubana, sino también con un argumento útil: el nacionalsocialismo es una desviación de su ideología elegida, no su conclusión inevitable.

Las ideas de los Revolucionarios Conservadores, sin embargo, no pueden separarse del ascenso del castrismo. En 1930, uno de los pensadores más destacados del movimiento de antaño, Fernando Lles, según el crítico Jesús Nodarse, escribió un libro como parte de otra crítica del liberalismo occidental: Nazismo, Fascismo, plutocracia, oligarquía, marxismo y democracia. Como sugiere el título, Lles tuvo cierta influencia sobre los conservadores revolucionarios, aunque posteriormente repudiaron al autor. La influencia más consecuente de los revolucionarios conservadores, sin embargo, estaba en la población en general cubano. Su desesperación por la modernidad contribuyó a la “debilidad de la democracia” y alimentó un “descontento políticamente explotable”, escribió el filósofo Medardo Vitier. En otras palabras, sus ideas ayudaron a allanar el camino para la llegada de un caudillo, a pesar de que el que llegó no era necesariamente de su agrado.

Después del golpe de estado del 52 en cuba, Oreste Ferrara un escritor nacido en Italia que había intentado sin éxito unirse al machadato, asumió el proyecto de desentrañar la ideología conservadora revolucionaria de la incipiente derecha cubana. Alberto Lamar, un autodenominado derechista nietzscheano, que tuvo una temprana y profunda influencia en Mollejas, buscó crear una tradición más apetecible para la época de pos-machadismo, y es considerado el padre de la Nueva Derecha Cubana. Hasta hace poco, sin embargo, el pensamiento de la Nueva Derecha permanecía en su mayoría en los márgenes de la sociedad cubana exiliada de Playa Albina, carente de expresión popular o una manifestación viable en la política de los grupos partidarios. Pero el clima político de Playa Albina cambió en 2015, cuando el presidente Baraka Obama pactó con el régimen de la Habana reanudar las relaciones bilaterales clausuradas hace más de cinco décadas. Mientras que muchos cubanos en el exterior y en la isla celebraron el pacto, otros se enojaron, sintiendo que sus preocupaciones sobre la “castro comunion”, la criminalidad y la erosión de la identidad cubana en el exilio estaba siendo ignorada por el establishment político. Para los activistas de la Nueva Derecha, esa ira es buena. Es la oposición indestructible lo que provocará la transformación política que buscan.

Pero la nueva derecha Albinera también tiene otras influencias. Rogelio Piña, un joven escritor que traduce libros en inglés al castellano para el editorial magazine, sigue con gran interés la escena estadounidense de alt-right, escuchando, por ejemplo, los podcasts de Richard Spencer, el líder de la supremacía blanca que una vez declaró una multitud de acólitos: “Hail Trump! ¡Saludo a nuestra gente! ¡Salve la victoria! “. Piña me dijo que la idea estadounidense de un” etno-estado racialmente definido “sería” bastante extraño aquí “, porque los cubanos exiliados no se sienten cómodos al poner cuestiones de identidad en términos raciales y etno-culturales. Le pregunté si esta incomodidad era sustantiva o meramente semántica, y su respuesta fue sorprendentemente franca. “Diría que la principal diferencia es la diferencia semántica”, dijo. “Además, el modus operandi no es el mismo”. A diferencia de los activistas de derecha en los Estados Unidos -continuó explicando Piña- los activistas de la Nueva Derecha exiliadas cubiche tiende a evitar aparecer junto a los grupos derechistas “ortodoxos”  porque “la mirada” impediría su esfuerzo de aparecer como un “nuevo tipo de movimiento patriótico pos-moderno”.

Piña, director de una gran revista de derecha,  dijo que otra diferencia era una cuestión de intensidad. Los estadounidenses, dijo, ven a su país colapsar y, por lo tanto, defienden la acción revolucionaria: la creación de un etno-estado blanco en el noroeste del Pacífico, por ejemplo. Los activistas cubanos de la Nueva Derecha no ven sus circunstancias tan terribles, -continuó. Estarían contentos con un “retroceso” en la inmigración. Todavía no es una situación revolucionaria”, dijo. “Las estructuras antiguas deben mantenerse intactas”.

(Continúa…)

 

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