La crisis de la educación en nuestro tiempo

Por: Ariel Pérez Lazo

Una de las formas en que manifiesta la crisis de Occidente es en el fracaso de la educación. Cada día son más las asignaturas fundamentalmente de Humanidades que son eliminadas de los currículos académicos de los estudiantes. Como se desea crear un ciudadano cívico se aumenta el número de horas dedicadas a la historia nacional en detrimento de la de las grandes culturas del pasado. Asimismo, se reducen las horas de literatura para enseñar gramática y las de filosofía por matemática o “critical thinking”- es decir, rudimentos de lógica.

Comencemos por estos dos rasgos: el deseo de crear un ciudadano, no meramente un individuo. Allí donde el Estado interviene, no debemos olvidarlo, es generalmente cuando se ha perdido algo que espontáneamente ocurría. Es una idea del liberalismo clásico de Guizot pero que no debe ser olvidada aquí, para mejor comprensión de lo que está sucediendo y no meramente en la educación. Esto indica que lo que era antes existente: el ciudadano que conservaba la historia y tradición nacional, se ha perdido, aparece en su lugar lo que Spengler llamara como hombres sin tradición de las grandes ciudades.

La introducción del modo de vida industrial provoca los desplazamientos de campesinos a las ciudades y el aumento de la inmigración durante finales y comienzos del siglo XX. Una situación similar se verifica a finales del siglo XX y comienzos del XXI con las revoluciones tecnológicas. En ambos casos veríamos una crisis del espíritu nacional a ambos lados de Atlántico. No hay que olvidar que ya Stalin durante y después de la Segunda Guerra Mundial, se dedicaría a exaltar la figura de Pedro el Grande y el viejo discurso nacionalista ruso, ante el hecho de que la zona occidental de la URSS fuera fácilmente ocupada por Hitler. [1]Y en Cuba, bajo el capitalismo, durante los años 40 se editarían las obras de José Martí, se rescatarían las de Félix Varela, Enrique José Varona y otros pensadores, resultado de ese interés por recuperar el patriotismo que ya se consideraba en crisis. Lo que hoy vemos en los Estados Unidos, una nueva ola patriótica donde incluso hablar un idioma extranjero en público es motivo de censura es algo que han enfrentado varias naciones de Occidente en los últimos cien años.

Ahora bien: ¿Es posible incrementar el conocimiento sobre la historia nacional si se ignora la historia de la cultura de la que se desgaja la nación? ¿Cómo entender la historia de los EE.U.U sin la de Europa o la de América Latina? ¿Es posible entender la de Cuba sin la de España y los EE.U.U? No es posible por lo que estos intentos recientes de no ya introducir más horas a la historia nacional sino hacerlo en detrimento de las que se dedicaban a la Historia Universal-concepto hoy en crisis; solo podrían dar lugar a un individuo que sabe algo de la historia de su país, pero ignora todo lo que debe saber con la cultura de la cual su país proviene y lo que es más importante, sobre la sustancia de la historia misma.

No me parece casual este énfasis en lo nacional o solo explicarlo por la crisis de los estados nacionales en el siglo XX, afectados por la segunda revolución industrial y su efecto: las oleadas migratorias. Es también efecto de concebir lo particular como particular, en otras palabras: que lo particular se explica por sí mismo. Fue la metafísica, en declive a mediados del siglo XIX la que introdujo la idea contraria: que lo particular se explica por lo universal.[2] El auge de las historias nacionales, el énfasis en estudiar la historia nacional en detrimento de la universal, no es solo explicable por el deseo de enfrentar el extrañamiento del individuo frente a la sociedad de la que es parte sino efecto del auge del positivismo que privilegia lo particular.

 

   II

Podemos entonces entrar a analizar la segunda afirmación con la que comenzábamos este ensayo, la reducción de las horas dedicadas a la historia de la filosofía y su sustitución por matemática en la educación pre-universitaria y por Critical Thinking en la universitaria. Asimismo, la reducción de las horas dedicadas a la literatura y su sustitución por la gramática en la enseñanza pre-universitaria.

Los especialistas dedicados a hacer dichos cambios en los currículos académicos suponen que en vista de un rechazo de los estudiantes en general a la educación, lo conveniente sería reducir los contenidos a aquello que va a ser directamente aplicado por el profesional. Durante décadas -tantas como las que van desde la publicación de La tercera ola [3]-se escribió sobre la necesidad del perfil amplio a fin de crear un profesional capaz de adaptarse al cambio. Lo lógico sería entonces esperar no menos horas de filosofía-la disciplina por excelencia de lo universal frente a lo particular-o de literatura (ya veremos por qué) sino que tanto en España como en América (y los E.E.U.U no son una excepción) sus horas se ven reducidas.[4]

Sin embargo, no solo se reducen contenidos. Los autores modernos, a veces contemporáneos desconocidos más allá de las fronteras nacionales, ocupan el mismo nivel que los grandes clásicos. Asimismo, cambia el método de evaluación: en vez de las tesis, disertaciones académicas se aplican exámenes y se sustituye el ensayo breve por los exámenes de opción múltiple.

Primero, la cuantofrenia [5]señalada por Pitirim Sorokin ya a mediados del siglo XX. Es decir, la manía de cuantificar. En este caso, medir matemáticamente los resultados académicos. Si décadas atrás bastaba un examen para que el profesor pudiera dar fe del rendimiento académico del estudiante, hoy se multiplican los exámenes, a fin de recibir un número mayor de datos analizables estadísticamente. ¡Como si se pudiera medir el aprendizaje! Es tanto el tiempo que maestros y profesores tienen que dedicar a coleccionar estos datos que reduce el tiempo disponible para lo esencial en la educación: el conocimiento y la superación. Esto es también resultado el enfoque economicista: medir el valor de actividad docente por el rendimiento del estudiante. Y aquí se pretende medir dicho “rendimiento “de manera estadística.

Es esta tendencia la que explica que hoy en día sea cada vez más difícil que un estudiante en los E.E.U.U pueda redactar una simple composición de cinco o seis párrafos sobre un tema de clase. Para evitar el inconveniente y hacer la medición del rendimiento académico más objetiva, nada más coherente que acudir al examen de opción múltiple. Se busca la objetividad porque se desconfía de la autoridad y se garantiza la objetividad a través de la medición cuantitativa. Como la innovación tecnológica supuestamente garantiza la calidad, se sustituye el examen tradicional por aquel que pueda ser calificado por una máquina, pero como estas no pueden analizar, solo identificar, el conocimiento se reduce a su expresión más elemental: la identificación.

Alvin Toffler, el reconocido autor de El shock del futuro y La tercera ola dice en esta última obra que el examen de opción múltiple es resultado de la tendencia a la uniformización propia de la segunda revolución industrial.[6] Aunque el análisis de Toffler asume un cuestionable determinismo – pues considera a la tecnología el principal motor del cambio social- es interesante como señala la tendencia a la uniformización. Si ya se tiene una “producción en masa” donde la industria suplanta el producto “hecho a la medida, artesanal, lo más coherente es esperar que dicha uniformización llegue a la educación universitaria, uno de los sectores donde el espíritu humanista se había conservado, como una idea del saber cómo algo valioso por sí mismo, independientemente del carácter práctico del mismo.

A esto, además, contribuye los enfoques recientes de la ciencia histórica. que son coherentes con las viejas demandas del positivismo que tras varias mutaciones reaparece como conocimiento especializado. El lector podrá comprobarlo por sí mismo: intente buscar un libro de historia con un tema medianamente general: podría ser digamos Historia de Europa o Historia de la Edad Moderna o de la Edad Media, difícilmente podrá encontrarlo en una librería comercial y de hacerlo, en escasa variedad. Lo que predomina es una historia cada vez más parcializada, especializada, donde prima más una amalgama de factores geográficos, raciales, demográficos, económicos, en suma, todo lo que puede ser medido, siguiendo las indicaciones de Marx en su “Contribución a la crítica de la economía política” en cuyo prologo decía que las épocas podían ser estudiadas por sus cambios tecnológicos, la historia de las ideas y valores quedaba relegada a un segundo plano. Si bien esto hubiera traído la ventaja de lograr una síntesis dentro de la enorme masa de descubrimientos arqueológicos e históricos de todo tipo y esto fue históricamente considerada la ventaja que el materialismo histórico proporcionaba a los historiadores hasta la aparición de Max Weber.

Al vivir en un tiempo donde tan enorme es la masa de descubrimientos, donde lo mismo se derriba la idea de que los celtas edificaron Stonehege[7] o se especula que los egipcios y los más antiguos habitantes de Turquía fueron capaces de construir un emplazamiento arquitectónico avanzado antes del origen de la agricultura[8]; donde no se puede descartar que los griegos pudieran realizar complejos cálculos aritméticos utilizando una maquina; donde todavía se especula sobre sectas medievales como los cátaros y las verdaderas razones de su persecución, contar con la clásica división marxista de modo de producción asiático, esclavista, feudal y capitalista pareciera ayudar a la unificación de esa masa de datos aparentemente inconexos.

Sin embargo, la tendencia que cada vez arece ganar mayor fuerza es la de una historia hecha totalmente desde la categoría de espacio. Lo que es coherente con esto es un incremento en la especialización, lograr un profesional que conozca mucho sobre un detalle del pasado histórico: la ciudad de Paris, por ejemplo y a través de los acontecimientos verificados en ella ignore lo que ocurrido en el resto de Francia.

Lo que se pretende, de hecho, es la anulación de la Historia. Tomemos el caso concreto del libro A bloody history of Paris, [9]en este enfoque se asume que lo acontecido en Paris ha sido siempre lo mismo, que, bajo la apariencia de periodos como Edad moderna o contemporánea, de revoluciones y guerras mundiales, se está en presencia de una estructura en su esencia inalterable. Esto responde a una tentativa filosófica, la de rechazar la visión historicista de la discontinuidad de los períodos históricos.

La consecuencia de esta perspectiva es la fragmentación del conocimiento histórico. Si las humanidades se resistían a la especialización, si se aferraban a la historia, hoy vemos lo contrario y esto ocurre cuando la física ha señalado la necesidad de incorporar la historia. [10]

Vista así la influencia del positivismo en este proceso de crisis de la educación, conviene volver a la tendencia a eliminar la Historia de la Filosofía en la enseñanza preuniversitaria y su sustitución por la matemática; asimismo la reducción de las horas dedicadas a la primera en detrimento del Critical Thinking o Lógica. Igual pudiera decirse de la reducción de la literatura por la gramática. Aquí el supuesto que subyace es que antes que conocer las grandes obras literarias del pasado, lo que siempre se ha conocido como clásico que el estudiante conozca la lengua, la estructura formal de esta, es decir la gramática. Esto es el reflejo de la creencia de que la forma es independiente del contenido, error que el pensamiento occidental arrastró de Aristóteles hasta Hegel. [11]En este sentido esta reducción “moderna” de los contenidos de literatura a gramática, de filosofía a lógica o matemática es la restauración del aristotelismo y caída en su vástago: la escolástica. Y aquí vemos que dichas reducciones son congruentes con la que previamente veíamos que reducía la historia universal a la universal.

No hay que sorprenderse entonces en que cada día el conocimiento se reduzca a una mera forma, a una cáscara vacía e indiferente que habrá de ser llenada con la disciplina escogida al arbitrio del estudiante que no puede reconocer su vocación si ignora otras ramas del saber ajenas a la de su estrecha especialización.  Y es este el momento en que desembocamos en lo importante para tener una buena educación es la calidad del conocimiento que se imparte, algo que solo puede lograrse con un docente bien formado, no con un experto en la medición del aprendizaje.

 

[1] To some extent, however, Stalin artificially boosted the nationalist emotion as a matter of policy (…). Hosts of propagandists followed him with a grotesquely immoderate glorification of Russia’s imperial past. Deutscher, Isaac: Stalin, a political biography. London:  Oxford University Press, 1961. P 487.

[2] Ya Hegel definía el idealismo como la afirmación de que: ‘lo finito es ideal”, es decir ilusorio. Lo real es solo universal, en la filosofía hegeliana.

 

[3] Tofler, Alvin: La tercera ola. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1980.

[4] La próxima gran reducción parece ser englobar las Lenguas, Antropología y otras especialidades dentro de una asignatura denominada Global Studies, es decir menos horas dedicadas a la literatura, la gramática, la historia y la antropología.

[5] Decía Sorokin con amargura: Ën la rabiosa epidemia de la quantofrenia, todo el mundo puede ser un investigador” y un indagador científico. Sorokin, Pitirim: Achaques y manías en la sociología contemporánea. Madrid: Aguilar S.A. Ediciones, 1957. p 258.  Añadimos, el maestro también, creando la apariencia de un método “científico” de evaluación del aprendizaje.

[6] Tofler, Alvin, ob cit pág. 65.

[7] Martínez Rodríguez, Tomé: Civilizaciones perdidas. Las huellas secretas del pasado remoto. Un viaje en el tiempo por los yacimientos arqueológicos más insólitos del planeta y los misterios de las grandes civilizaciones antiguas. Madrid: Ediciones Nowtilus, S.L, 2014. P.46.

[8] La misteriosa religión que veneraba cráneos humanos hace 11.500 años. Un hallazgo en la construcción megalítica de Göbekli Tepe, en Turquía, aclara las creencias durante el origen de las sociedades complejas. El País, Madrid: 29 de junio de 2017.

[9] Hubbard, Ben:  Bloody History of Paris: Riots, Revolution and Rat Pie. United Kingdom: Amber Books Ltd, 2017.

[10] Prigogyne, Illya: El orden nació del caos en Sorman, Guy, Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo, Barcelona: Seix Barral, 1991.

[11] Alexis Jardines, desde la fenomenología expone la crítica hegeliana a la oposición método-objeto. La historia es tan intencional como la conciencia, no hay historia en sí, sino siempre historia de…  Jardines, Alexis: El cuerpo y lo otro: introducción a una teoría fenomenológica de la cultura.  Pág. 26. La Habana: Ciencias Sociales, 2005.

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