José Martí: una ventana al posnacionalismo

Ángel Velázquez Callejas

 […] el hombre es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado. Así es la tierra ahora una vasta morada de enmascarados».

José Martí, Prólogo al Poema del Niágara.

 

 

La tesis de que el hombre debería ser el «pastor del ser», la hallamos –a su manera y estilo– en varios textos de la obra literaria y política de José Martí. El hombre no debería ser, como apunta Martí en «Hombre de campo», un medio para pastoreo desde el sacerdocio. Tampoco desde las políticas y las técnicas. Tampoco desde las ideologías y los nacionalismos. El hecho de que el hombre sea su propio pastor y su propio cuidado, abre desde la perspectiva martiana y el ámbito latinoamericano, una ventana al posnacionalismo.

Trascender al nacionalismo en su vertiente colectivista de la producción de hombres, es la finalidad espiritual de un proyecto nacional y latinoamericano. El nacionalismo es consecuencia del sacerdocio y de la política ascética pedagógica de donde han nacidos los hombres ilustrados y cierta escritura para edificar las ficciones nacionales. Después de Dios, ha sido el nacionalismo el que ha cuidado del hombre de la mejor manera; pero en los tiempos que corren su presentación simbólica esta desecha. El estado simbólico, el que representa la improbabilidad del destino y la certeza de la muerte, está en crisis. Sobre el hombre de hoy gravita el arbitrio del nacionalismo. ¿Qué dirá José Martí sobre esto? No se puede encontrar en su obra una respuesta explicita, pero si una labor de ejercicio artístico que yace soterrado en la inmensidad de su escritura. Veamos:

¡Ejercicios! Ahora bien, cansado de bregar –nos relata Sidney Mintz en Worker in the Cane– por la vida política y las luchas sindicales sin obtener nada a cambio que no fuese miseria material, el hambre y mala vida; las penurias que no le permitieron mantener a su familia durante la gran depresión económica del colonato puertorriqueño en la década del 30 del siglo XX, Taso, un trabajador de las cañas, dio inesperadamente un giro radical en su vida y se convirtió a la religión pentecostal. Con ese inmenso trascender, surge lo que suele llamarse en Literatura el  modelo narrativo de historia de vida, mediante la cual se explicitaba el como testimonio al antropólogo con el objetivo de  intentar descifrar el motivo de la  enigmática conversión de la política a la religión. La respuesta de Mintz tuvo que ver con el método de la historia de las mentalidades –basada en la antropología de la temporalidad– y de la ascetología. Por esa época –concluía Mintz– la religión era ya una constante en el universo imaginario y simbólico del pueblo puertorriqueño, a la que nadie, por ningún concepto, podía escapar.

¿De qué no podía escapar Taso: del concepto metafísico de religión o de la ejercitación religiosa? Para Mintz la respuesta recaía en la primera observación. Si Martí hubiese respondido a tal hecho, se inclinaría por la segunda. Todo comienza aquí: la vida es una condición esencial de la ejercitación moderna. Más que una creencia en Dios, un éxtasis contemplativo, los hombres empiezan a ejercitase para alcanzar la cumbre del poderoso Dios. Cuántas personas en Cuba no pasaron por esa convención y cuantos no pasan hoy por ella. De alguna manera, todos hemos pasado por alguna convención específica, sea filosófica, religiosa o cultural. Siempre vamos reconstruyendo el universo simbólico para realizarnos en la materia. Y Taso, que se salvó de una inaudita enfermedad, encontró en la religión pentecostal un atractivo de enorme potencial. ¿Por qué si el siglo XX, en su esfera jurídica y social propicia la aparición del micro relato individual, los hombres continúan acudiendo a la esfera simbólica y al uso de la vieja metafísica religiosa?

Traigo a colación esta historia para introducir el tema que me propongo narrar en lo adelante. Desde una perspectiva martiana, ese universo simbólico religioso, en abstracto, cumplía en su época la misma función salvar y cobijar al sujeto viviente. ¿Es la religión metafísica el medio simbólico para atenuar cualquier desastre que provenga de la naturaleza social y política? ¿Por qué la religión y no otro medio simbólico? No lo sé. La verdad es que generaciones enteras han creído en la religión metafísica; de ahí el autoanálisis de la convención en materia metafísica.

De ahí también la máscara y el personaje que da garantía y seguridad a la apatía existencial. Cuando esta máscara deja de cumplir con la exigencia del ser, comienza a verse sustituida por el mesianismo ideológico. Así fue como llegó la revolución cubana al poder: el socialismo cubano es una simbiosis entre religión e ideología en el universo simbólico del cubano.

No hay dudas de que el hombre no puede dirigir su vida si le falta el universo simbólico. Es primordial y necesario, es de vida o muerte. En este sentido, patria, PRC, la guerra necesaria no pertenecen al universo simbólico e imaginario sino al estatus jurídico. Lo que permite a los hombres estar a tono (o en forma) frente a la incertidumbre del destino, y no escaparse de la certeza de la finitud (la muerte), es mantener viva la creación de un universo simbólico, sea religioso, ideológico y cultural. Preguntarse por el sentido de la vida, es preguntase por un universo simbólico. Por eso el hombre moderno solo va pensando en la religión y en las subjetividades ideológicas y culturales. Esa es la «mascara» (el personaje), una metáfora dada por la religión para dar sentido al universo simbólico del hombre moderno. Es la máscara que representa la languidez existencial y la puesta del hombre ante el mundo sin saber por qué de su existencia. Una manera para eximirlo, por supuesto, de ese improbable sentido de la vida.

El universo simbólico crea el arte, crea una determinada técnica simbólica e imaginaria. Pero aquí no se trata del arte como una fuerza sobre lo trascendente. Martí busca ubicar al hombre fuera de toda fuerza trascendente (que tiene que ver con el universo metafísico del hombre). Habla de Homagno como un motivo esencialmente antropológico, materialmente constituido en la vida.  Habla y propone un universo simbólico basado en la poesía en actos. Y esta es una forma en que la vida se tiene que vivir bajo constante peligro «estoy todos los días en peligro de dar vida por mi país». Martí habla de las religiones y profesa un culto a Cristo, pero no constituye para él un universo simbólico aceptable para combatir las tiranías. El libro secreto, el que nunca dio a la luz, y al cual estamos haciendo referencia en este estudio, Los conceptos sobre la vida, no iba a ser un libro de reconstrucción y deconstrucción histórica, sino sobre el cambio de lugar y forma de ese universo simbólico. Martí perseguía sustituir cualquier conversión humana por un sistema simbólico de práctica vital en el sentido de conducta y ejercicio. Como aquella frase de inauguración del deporte olímpico: «Lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien».

! ¡Luchar bien!

Para evitar cualquier catástrofe social es necesario el poeta en actos. Pero la historia intelectual cubana es inmanente esa trascendencia. Se trata de ideología y religión. Lezama cree en un universo religioso. De ahí el proyecto Orígenes. En este sentido debo agregar además que por casualidad o por accidente –y que me perdone Edmundo Desnoes– la novela Memorias del subdesarrollo es, entre las obras artísticas y literarias escritas dentro de la revolución, una de las pocas que roza indirectamente, pero de una manera inequívoca, la esencia del hastío existencial. ¿Por qué? ¿Qué trae la memoria del subdesarrollo a ese hastío que domina al hombre? Habríamos de regresar a los inicios de la modernidad, al momento en que el hombre pierde la fe en la metafísica clásica y en la creencia en Dios para dar cuenta fenoménica de este asunto que ya nos alcanza como una historia de larga duración. Se trata de la angustia del ser, es decir, de una fenomenología ontológica sobre la aversión del hombre ante la certeza de la muerte y la desconfianza abierta sobre el presunto destino. Para resolver ese problema simbólico e imaginario, –dice Martí– «toca a cada hombre reconstruir su vida». Sobre el hombre dice:

«No bien nace, ya están en pie, junto a su cuna con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, las filosofías, las religiones, las pasiones de los padres, los sistemas políticos. Y lo atan; y lo enfajan». Con Los conceptos sobre la vida iba a sustituir ese universo simbólico. Iba a mirar profundamente para sacar a la luz el universo escondido, el que se enmascara detrás de cualquier metafísica clásica (filosofía, religión, sistema político, pasiones de los padres…). Iba a mirar para reconstruir el universo simbólico necesario. A esa mirada técnica –a ese ejercicio– de reconstrucción nosotros la llamamos «antropoarte». Es decir, un ir más allá de la fenomenología del espíritu y ubicarse por encima de lo oculto y lo aparente para hallar ese universo simbólico hecho de ejercicios cotidianos. Una mirada a través de lo real del cuerpo cuando se pone en riesgo la vida. Un desastre social como una guerra (la Guerra de los Diez Años en Cuba), al poner en peligro la existencia humana, devuelve la mirada hacia el cuerpo, hacia uno mismo. ¿Qué hay que cambiar?

La palabra ejercicio en la obra de Martí ha sido mal interpretada. Se ha entendido el significado lingüístico, pero no el existencial. Se ha entendido como una acción lingüística y se ha obviado la fuente. Ejercicio es la sustancia reveladora de la vida. Hacemos de la vida un ejercicio todos los días. Como La conducta de la vida de Emerson, ensayo en que estuvo inspirado Martí. Esta conducta, ese ejercicio es el concepto que abarca dentro de la tensión existencial. El observador puro en el pensar es la conducta, el ejercicio en sí. Es una especie, a no tener otro mejor término, de trascendología en la que confluye el antropoarte martiano.

«A poco que mire en sí, –afirma Martí– la reconstruye»: la vida. Pero la mirada hacia el interior del hombre, solo por ahora, en época de Martí, se deja observar misteriosa y místicamente a través de un telescopio simbólico. Porque reaparece explicito con Malabre, el rico intelectual de Memorias del subdesarrollo. El subdesarrollo es aquí la falta de ese telescopio, de ese instrumento, del antropoarte para escudriñar en la esencia de la vida ejercitante de sus riegos. Para mirar hace falta un telescopio simbólico. Lo que se construye después sobre esa base con la revolución del 59 no es reconstruir la vida, es decir, lo que ha sido dañado por la filosofía y las ideologías políticas, sino un espacio donde se ha levantado una muralla para alejar al hombre del espacio abierto ofrecido por la naturaleza orgánica y humana, para no dejarlo mirar profundamente hacia sí mismo. A la larga, en pleno campo comunicativo, el proceso revolucionario disfrazó la mirada para construir a partir de ello un gran palacio de reuniones. En ese espacio cerrado, que constituye una gran ciudad en miniatura, los cubanos decidirán cómo llevar adelante la paz y la tranquilidad de su existencia mediante un universo ideológico. La revolución se instaura bajo el mismo esquema de la metafísica clásica: un solo discurso. Para ella el individuo y el microrelato no cuentan.

Es más, el emblema material para dar significado a ese sistema simbólico e ideológico se hizo palmario cuando en 1979 se inauguró el Palacio de las convenciones de Cuba.

Si, sobre esas convenciones ideológicas y metafísicas se «deforma –decía Martí– la existencia verdadera». A partir de la inauguración de ese palacio se unificará al cubano en un solo discurso para dejar atrás completamente la idea de lucha por la dictadura del proletariado y abalanzarse hacia el progreso en el consumismo de una ideología del miedo, motivada por el fantasma de la historia. En ese palacio, o globo, o capsula simbólica –para usar una metáfora de Sloterdijk– se encierra toda la pos-historia de la ideología del socialismo cubano. Cuba vive a partir de entonces dentro de un palacio de reuniones en el que se pueden visitar hoteles, restaurantes, librerías, tiendas y disfrutar de la recreación después de una larga jornada de trabajo parlamentario y comunicativo.

Este palacio es un emblema, entre otras cosas, para ocultar en su totalidad la irritación existencial de las masas y convertirlas en consumidoras de una ideología parlamentaria y oficialista. No en balde esa institución, que fue creada por el estado cubano, se inauguró para celebrar la VI Conferencia Cumbre del Movimiento de Países No Alineados. Desde entonces ha sido el recinto de reuniones para eventos nacionales e internacionales donde Cuba, a través de sus intelectuales, artistas y políticos, ha hablado para informar al mundo acerca del socialismo, acerca de cómo los cubanos viven en una «eterna felicidad».

Lo que ve Sergio al triunfo de la Revolución (el intelectual, el burgués, el que se queda en Cuba para ver qué pasa más adelante) desde el telescopio es la en ciernes ideología revolucionaria que destruye los viejos espacios de protección simbólicos, donde se había incubado el desdén por las masas. Desde el telescopio Malabre vislumbra el deterioro del paisaje habanero, en el cual venían los cubanos viviendo una etapa ya pos-histórica. El telescopio de Malambre es un instrumento símbolo de la telecomunicación entre el espacio vivido dentro de una gran urna de cristal que fue la nación y el resquebrajamiento de esa estructura para recobrar nuevamente el curso de la historia.

     Memorias del subdesarrollo es la crítica sobre la agudización ontológica del tedio existencial visto desde el telescopio en el que se esconde un legado secreto. El telescopio simboliza la apertura de estar en el mundo los cubanos al comienzo de la revolución. El telescopio es el ojo escrutador de una memoria soterrada entre el modernismo y el posmodernismo cubano. Por ese telescopio podemos ver en retrospectiva los lineamientos de un libro secreto, de un proyecto que no perteneció a un hombre sino a varias generaciones perdidas. Martí es quien por primera vez mira desde un telescopio imaginario. Mira y ve la formación de un globo y presiente que algún día viviremos ideologizados en un palacio de reuniones. La ideología de consumo socialista será el disfraz en el cual se esconde el insondable cansancio existencial.

Martí no trata de recuperar la historia como historiografía, como discurso ideológico, como hechos fenomenológicos ocurrentes en la vida social y política, sino de empujar al hombre por los precipicios de la peligrosidad existencial: trata de redimir el sufrimiento de esa historia que se sobrelleva ante la aceptación del dilema del destino y la certeza de la muerte. Este intento de rescribir con sangre la historia del globo, se hará para dar a conocer la esencialidad de la posthistoria: el hombre como tal es un ser incompleto y sumergido en la angustia existencial.

Según una reciente teoría antropológica, considero que Martí nace en medio de la formación de un globo. El globo en el que se le da inicio a la globalización humana por medio de las redes mercantiles del capitalismo industrial. Se va inflando el globo, y en este caben todas las esferas de la vida social, entre ellas el tedio existencial. En ese globo nace la imagen y la comprensión intelectual del anti-imperialismo martiano como una manera de crear el tedio pos-histórico. Martí es, en esencia, un alfiler puntiagudo como los nefastos pistoleros del romanticismo, que busca derramar el aire, el clima, que se contienen en ese globo. Martí pincha y agujerea el globo, pero no sabe qué sucederá a posteriori. Todo hombre, a fines del siglo XIX, vive inmerso en ese globo, pero nadie sabe cuánto se agrandará. El globo es el espacio en el que nace todo hombre del siglo XIX, y su propensión a estallar, que está en su naturaleza intrínseca, reanimara los cimientos ontológicos de la angustia existencial. Ocultar esta realidad de la naturaleza humana, es el objetivo fundamental de todo nacionalismo.

¿Con qué lo oculta? Creando globos, espacios y palacios para reuniones y convivencias. De ese globo «cuidadoso» no escapa la siguiente afirmación, desde la cual arranca el presente ensayo de investigación:

¡Soy el creador del contexto del libro, de la comunicación mediante la escritura, de las ideas y las utopías históricas hiperbolizadas por la sensación y el amor, pero no puedo llegar a convertirme yo mismo en la creatividad! Como reconstruir mi vida.

Rudolf Steiner, el creador de la Antroposofía, fue uno de lo que introdujo al arte con nuevos bríos para enfrentar la vida humana en medio de ese globo, y planteó en su Friedrich Nietzsche, un luchador contra su época que las culturas debían racionalizar y economizar sus objetivos para desarrollar el experimento del hombre consigo mismo. También, por consiguiente, zafarse de las cadenas de la sumisión y el servilismo, Steiner abrió con el método «antroposófico» la elaboración de un programa pedagógico dirigido a despertar al hombre de las limitaciones de ese globo. La creatividad en este despertar se debe entender como la base esotérica de la obra de José Martí. En un sentido minimalista la obra del cubano es de tipo también «antroposófica», pero con sus peculiaridades y especificidades.

La antroposofía martiana juega con tres niveles cada uno de ellos relacionados entre sí.

  • El delegado como ente literario y artístico, o un discurso de la escritura mesiánica.
  • Una teoría política.
  • La disciplina y la acción.

 

En torno a esto, en los momentos específicos de la vida de Martí, un espectro habrá de corroer la vida y apretujar al espíritu que se desliza lacónicamente hacia al futuro, como rueda el espejo del imago hacia los conceptos de ciertas realidades escenificadas en forma de teatralidades trágicas, pero distraídas al vuelo de la resurrección. ¿La vida tiene sentido? Martí pudo intuir también sin desvelo, con la mirada fosilizada en el mundo, lo que el cuerpo de Apolo sufrió en la mutilación de su escultura, en este caso su patria. Tal y como lo ha visto Rilke en uno de sus poemas, Martí pensaría igualmente que el problema esencial de toda cultura es sobre la desavenencia existencial del hombre ante esa reconstrucción, y concluiría como Steiner, en que el humano tendrás que cambiar su estilo de vida.

La vida que no tiene sentido, la vida que no puede sujetarse a una simple contemplación, habrá de comprender Martí, no se puede basar en un discurso de la historia y la metafísica ordinaria. Para Martí lo que está pospuesto para el devenir histórico no es una «revolución social» solamente, sino unida al brote de un nuevo diseño del hombre: el Homagno, que constituye para nosotros el hombre que accederá a la creación del antropoarte.

¿Cómo cambiar de estilo de vida cuando aún el yugo del buey nos amansa? El antropoarte es una formula creativa y cognoscitiva para alcanzar el cambio, para reconstruir la vida. Por supuesto, Martí nunca pensó en una idea sobre la «eugenesia», para alcanzar ese fin, pero si pensó en una técnica de transformación social simple. Creía en la poesía como una técnica, quizás en ese momento el cinismo más petulante de toda una época del romanticismo hasta llegar a la actualidad. José Martí pudo haber dicho lo mismo con exactitud al decir de Rilke: ¡has de cambiar tu vida!; pues el significado de la frase permanece subyacente, secretamente, entre muchos de sus escritos. ¡Toca a cada hombre reconstruir la vida!

Pero era un peligro en época revolucionaria, en tiempo de colectivismo patriótico; ruinen tiempos al referirse directamente a eso, o negarse e incluso apartarse de esos filisteos embarazosos del porvenir cubano. Se trataba, por el contrario, de un proceso de «decantación» creativo que no pudo llevar a cabo en los niveles de lo más intrínseco del partho de la cultura, pero en particular en la de una poética naturalista y patriótica cubana en desarrollo. Martí aspiraba a comunicar no una teoría sobre la vida, sino una ejercitación sobre la misma. Quien lea por segunda vez su célebre Prólogo al poema del Niágara no solo se topará con ciertos conceptos habituales a la filosofía, sino con un conjunto de ejercicios, manualidades en una disciplina escritural que hace patente in situ el placer de vivir la escritura misma como algo revelador y transformador. Era ese su empeño, en aquel libro inconcluso Los conceptos sobre la vida. Una extraña configuración de hábitos sobre la escritura, lo cual podría conferirle una protección decisiva a su vida, pero al mismo tiempo un impulso para dejarla (o echarla a un lado) sin agravios y resquemores por otros ejercicios letales y peligrosos, por ejemplo, la muerte.

«Crear la creatividad» en dispensa de una actitud compensatoria en la vida era casi imposible, pues dependía de un ejercicio riguroso, no ya sumido en un hábito proscrito por la alteridad del ego escritural y «sacrificativo» (de servicio) sobre ese universo simbólico. Tendría pues que desaparecer de la vida sin dejar rastro o anular la brecha que separaba el trabajo intelectual y político con el del transcurso de la vida cotidiana que se inauguraba entonces. De hecho, no se puede explicar la tesis de Emilio Bejel, en José Martí: Images of Memory and Mourning, de que las imágenes de Martí se refuerzan en la actualidad por medio de la narrativa del discurso ideológico nacional y de que toman nuevas formas para recrear el poder absolutista cubano de hoy, sino se pretende conocer esa brecha protectora «la esfera poética del cinismo cubano» que separa al creador del infortunio de la creatividad, del sujeto creador respecto al objeto creado.

Esas imágenes, dichas desde un laconismo pedestre, que circula en la esfera o la morfología poética cubana, fue lo que el apóstol de Cuba intentó superar respecto a las generaciones revolucionarias anteriores y posteriores no con una eugenesia, sino dando un sentido práctico a la vida revolucionaria. Sin embargo, es esa una brecha, una insuficiencia, que se rellena con el lenguaje y la escritura y que creaba la tensión primordial que raya la vida de José Martí en sus últimos quince años. Martí creará la realidad de un ideal, de una tradición política, de una gran parte de las ideas que sostendrán el corpus del nacionalismo cubano hasta hoy; creará el anhelo de la independencia cubana, del antiimperialismo, del arte, la poesía y la escritura que se opone al romanticismo patriótico, pero no puede dar nacimiento a lo creativo referente a sí mismo; Martí se considera el mismísimo Apolo desgajado de una organicidad porque no puede hacer cambiar su vida si la vida política e intelectual no se convierte en un ejercicio vital en sí mismo.

No puede crear las condiciones para la discontinuidad de esa imagen a gran escala nacionalista, como tampoco puede estar en la realidad sin prescindir de la creación de un mundo externo, nacionalista, que llamaríamos una cultura nacionalista o un protectorado sobre la nación. Martí no puede estar vivo si no se imagina la vivencia de esa imagen tanto en el pasado como el futuro, envuelta en ese protectorado. Pero la tensión que se suscitará entre anhelar y estar consciente de ese anhelo es lo que hasta ahora falta por estudiar en la literatura y el arte cubano sobre la obra del Maestro. Hemos aceptado ese protectorado simbólico sin percatarnos de que hubo una necesidad martiana de abolirlo.

Debido a que todavía no ha sido reconocida esa tensión dentro del corpus de la literatura y el arte cubano, nadie ha pensado que Martí fuera, paradójicamente, un iconoclasta fundacional, un pesimista, un posnacionalista de su propia creación. Sin embargo, él fundó tanto la destrucción de una utopía para Cuba como para sí mismo. El negó la posibilidad de un entendimiento con el discurso nacional predominante, con la historia del país, y asumió el nihilismo y la duda en lo referente al posible encuentro del hombre consigo mismo. El creía en la fe y en la religión del amor. Pero los cubanos hasta entonces no habían dado prueba de esa fe y ese amor. Habían creado lo que considero la «patrifobia», un mecanismo de defensa para proteger al nacionalismo cubano como discurso filosófico y artístico, legitimándolo jurídicamente y poniendo limites a ese encierro que se le llamó la insularidad.

Martí resultó un pesimista de facto, iconoclasta en la dimensión más oculta de las palabras. En parte, –lo que más se conoce sobre su obra– lo que escribió y postuló tiende a formar parte de la tradición, la historia y la cultura sobre el discurso de la nación cubana. Pero hay espacios, ranuras casi nunca vistas que florecen debido a las ambigüedades escriturales, a los desencantos de cómo se presentaron sus deseos a través de la escritura. Esas ranuras, por lo que su obra demarca y apunta, se dirigen a expresar la discontinuidad del camino manido y a distinguir la ruptura radical con el pasado; de forma que subyace a la escritura misma, hay en su obra un ímpetu por separarse de algún modo del estado de obediencia de las culturas y por correr el riesgo de la imprudencia.

Esta parte «indeterminada» de la obra del Maestro, sigue estando lejos de la visibilidad de la razón histórica. No puede ser vista desde esos límites. Sutilmente diseminada de un modo inasible, imperceptible a los ojos del lector, siempre enmascarándose, ocultándose, pero revelándose con facilidad bajo un cuidadoso trabajo de escritura secreta, esotérica, de labor creadora y poética, esa zona tiende a producir un puente entre la naturaleza y la cultura. Martí no se hace comprender en muchas ocasiones sobre ciertos temas rigurosos (la ejercitación de la vida) porque llega a las alturas del arte: cuando el arte de la escritura es superior, –y Martí muchas veces roza, topa y regresa de esa beldad–, majestuoso, extático, entonces nada del arte se puede detectarse. Topamos con los árboles, con el bosque, pero no vemos al árbol. La escritura esotérica «de Martí es como ese árbol que se pierde a la vista en medio del bosque.

Y esta indeterminación es una condición intrínseca del arte de no detectarse cuando se privilegia la condición existencial y vital de la individualidad humana, de la fe y el amor. Solo los grandes artistas, los grandes creadores, y (Martí es uno de ellos), saben que no se pueden expresar estas experiencias de reconocimientos artísticos si no es con y a través de la ejercitación de la vida. La vida en sí misma constituye para Martí el arte que no se puede detectar con el simple arte. Por eso vive en la tensión, en la creación vacilante a veces por el influjo de la creatividad. Su último paso es con la muerte en Dos Ríos, que constituye el símbolo de la discontinuidad de esa «patriofobia». Con la muerte reduce a cero el espacio que separa al creador de la creatividad. Con la muerte aniquila la tensión y produce el mensaje simbólico de la creatividad, una forma superadora (estoica) de cualquier discurso político e ideológico que intente establecerse mediante la escritura y hoy en la actualidad mediante la «audio visualidad».

Todo el quehacer intelectual y artístico de Martí puede resumirse en esa contradicción espiritual y no propiamente intelectual: creación vs creatividad. De ahí que entre los proyectos como escritor, revolucionario y poeta que fue estaba la elaboración de un libro con el título Los conceptos sobre la vida. ¿Qué traería este libro que hablaría de conceptos sobre la vida? Martí no estaba errado en principio sobre esta labor porque primero iba a desmitificar la idea de que un concepto fuese capaz de aprehender la realidad de la vida. Lo que la tradición cultural conocía como la vida se resumía en definición de conceptos.

¿Tendría sentido para el sujeto, la idea de que la vida consiste (o se limita) a llevar a cuestas una guerra, la ideología de un partido, el discurso de una nación y de una patria? La obra secreta de Martí es la prueba de que no es así. El crea algo –un partido, un discurso ideológico– pero se da cuenta de que no es una verdadera forma de ser creativo. No puede existir un mayor sentido de la vida si faltase el sentido de la creatividad. De ser sustituido por otro sentido, la vida, la creatividad, resultaría un sin sentido, una melancolía, un sufrimiento, una angustia.

Hombres como Martí desarrollaran ideas teniendo en cuenta esta paradojal situación. Si la vida no tiene sentido, tampoco lo tiene una guerra, un partido, un discurso por la nación. ¿Qué hacer entonces? La respuesta no es fácil, está debajo de la superficie, pero con las herramientas adecuadas se puede buscar y encontrar.

Martí obró de una manera sutil tomando en cuenta la situación de su época. Al final de su vida se dio cuenta de que todo era inútil, que los cubanos no estaban preparados para enfrentar la formación de una nación con absoluta creatividad. Cuando Martí dice «yo soy conciencia» no estaba afirmando que estaba consciente respecto a todo, sino que también era inconsciente de muchas otras cosas; se identificaba con la conciencia de algo porque existía una inconsciencia detrás. Estaba consciente de la no existencia de una nación que se moviera fuera del orden de lo nacional, de lo establecido temporalmente. Es decir, apostaba por una nación que se creara bajo la creatividad, al margen del discurso tradicional y nacional que pudiera imponerse. Esa nación debería estar en perpetuo cambio y evolución de ideas, sin caer en la trampa del meta/relato ideológico. Por eso le interesaba escudriñar en los conceptos sobre la vida, en esa fenomenología que le atribuye al objeto un medio para conocerlo.

Son dos las direcciones que se proponía recorrer a lo largo de la formación de la nación cubana: a) mejorar al mundo (incluido al hombre) y b) mejorarse a uno mismo. Ambas aptitudes formaban una antropología martiana sobre el hombre que iría pareja en virtud de cualquier contradicción. La contradicción entre la posición de los hombres que son gobernados por otros y aquellos que piensan gobernarse así mismo. De ahí que hablaremos de una teoría política del misticismo martiano en este libro.

De hecho, Martí vivió esa contradicción: sintió que iba creando un cadáver, algo que quedaría como establecido y muerto, pero por otro lado se ve impedido de trascenderlo. Por eso Los conceptos sobre la vida iban a ser un proyecto grandioso, esotérico, con una consecuente acción completamente iconoclasta. Iba a criticar todo en cuanto a tradición (entendida como lo estático e inamovible) se refiere. No sabemos por qué el libro nunca apareció. Solo quedaron algunos apuntes, notas sobre el proyecto. Fue el sociólogo cubano Roberto Agramonte el único que emprendió la labor inconclusa para reconstruir ese proyecto. Martí y su concepción del mundo fue un voluminoso libro elaborado por Agramonte donde, de una manera positivista, estructuró un conjunto de ideas acerca de los conceptos sobre la vida hallados a lo largo de la obra de José Martí.

Pero el tono positivista del discurso de Agramonte nunca penetró en la esencialidad de los conceptos de la vida tal y como Martí los pretendías desarrollar. De ahí que ese proyecto martiano sobre los conceptos de la vida siguiera siendo un secreto intelectual. En esta oportunidad, yendo de lo positivo a lo natural y de este a lo existencial, intento reconstruir el esquema martiano acerca de los conceptos sobre la vida bajo el título El libro secreto de José Martí.

La mayoría de los lectores, estudiosos e investigadores de la obra de José Martí tienden por lo general a visualizar la política, la literatura, la cultura, la sociedad, pero no se fijan en los atisbos del arte superior. Por estar escondidos, soterrados detrás del arte común y ordinario, los atisbos del arte superior en la obra de Martí permanecen, a la vista del observador, como entremezclados, insolubles, como si fueran la del arte por el arte. Pero hemos visto que su obra se mueve entre el arte subjetivo, inferior, y el arte objetivo, superior: se mueve de la creación a la creatividad, aunque esta última fase deviene incertidumbre e inseguridad.

En este caso lo subjetivo depende de la voluntad, de la capacidad de hacer; lo objetivo de la gracia. El arte inferior es un modo de expresar la represión, el malestar de la cultura; el arte superior es el contacto con la divinidad. Y Martí tiene mucho que decirnos sobre esto último. Una frase como el «hombre está dormido»; «me siento leve como un niño», equivalen a esa altura de la expresión del arte. Cuando llega a objetivarse un sueño, a ser atendido por la objetividad científica, el arte se engrandece en su belleza.

Por eso la verdadera y única contradicción esencial en la vida de Martí fue redundar sobre el pesimismo; la vida tal y como se le presentaba finalmente pudo no tener sentido práctico y real. Martí criticó a Arthur Schopenhauer por su conclusión pesimista sobre la vida, la que este consideraba una fuente para alcanzar la libertad, pero paradójicamente el apóstol se vio finalmente envuelto en el pesimismo. Los hombres tienden a rebelarse sobre el pesimismo, la melancolía y la infelicidad. Carlos Ripoll fue quizás el hombre que más tiempo dedicó en vida al estudio de la obra de José Martí. Después de más de cincuenta años de estudio llego a la sencilla conclusión que el apóstol sucumbió en la melancolía. No supo por qué, pero tras una larga búsqueda en las obras completas de Martí, Ripoll llego a esa apreciación inusitada al final de sus días. El presente libro gira a partir de esa apreciación. La melancolía de Martí, añadimos, es atributo del poder de la creación.

Este es un libro que comencé a escribir hace unos años. Empecé no por curiosidad sino por necesidad. Martí hasta entonces no había sido objeto directo de mis indagaciones preferidas. Siempre que necesitaba un juicio y una referencia sobre él, sobre su obra, acudía a fuentes de segunda mano. Para qué indagar en sus obras completas, si disponíamos de una extensa bibliografía, que ya incluso se hacía repetitiva y tediosa. Para qué ir al autor de Los versos sencillos si las revelaciones venían por intermedio de alguien en «bandejas de plata». Así fue como conocí primero ciertas referencias sobre la obra del revolucionario cubano.

No había en mí como historiador interés sobre la obra del artífice del Partido Revolucionario Cubano. Sin embargo, siempre estuve presionado y sujeto a la mentalidad colectiva cubana de que no debía (o no podía) dejar de conocer, al menos superficialmente, al menos de segunda mano, las ideas que provocaron en Martí llevar a cabo la guerra necesaria.

Pero un día tuve la suerte de que llegaran a mí las obras completas. Era la primera que tenía en mis manos un tomo de las obras del periodista y el poeta. Curiosamente me detuve a hojear el tomo 21, el de los Juicios filosóficos, y después me detuve en el artículo Hombres de campo. Allí leí de pasada una frase que me impactó; Martí dice: «el hombre está dormido, el hombre es una máquina de moler». Con el mismo significado de las palabras del místico George Gurdjieff: «el hombre es un robot, es una máquina; el hombre está dormido».

¿Qué relación había entre Martí y Gurdjieff? Uno era cubano, el otro era armenio. Uno dejo su cuerpo en el siglo XIX, el otro en el siglo XX. ¿Que unía a estos dos pensadores a la misma idea? Ninguna relación directa existía. Martí no conoció a Gurdjieff; Gurdjieff no conoció a Martí; solo ambos habían bebido quizás de la misma fuente: la sufí; el primero la «intectualizaba», el segundo la experimentaba.

Fue a partir de entonces cuando empecé una indagación directa sobre su obra. Si el hombre está dormido, Martí lo sabe; o Martí sabe que él está dormido. ¿Qué quiere decir Martí con la frase «el hombre está dormido»? Fui buscando en la bibliografía martiana y no encontré respuesta satisfactoria. Es más, estas palabras nunca han sido indagadas por los estudiosos de su obra como una pregunta fundamental.

Este libro intenta reconstruir un imaginario, una era histórica, en que los cubanos no sabían nada acerca de su mundo interior. Sabían algo de política y sobre lo que se perseguía –legislativa y culturalmente– en función de establecer la nación deseada. Pero no sabían nada acerca de ellos mismos. No sabían quiénes eran. Solo Martí, en una apretada síntesis conceptual, dijo algo; sabía algo: conocía, según revelan sus escritos, de la funcionabilidad de una era, de una época, imaginada desde el prisma existencialista. Sobre una época y una imagen que yacen bajo los escombros de las políticas y las guerras. Martí experimentó que el sufrimiento también puede ser una categoría límite para el entendimiento de sí mismo, y por tanto veía la imposibilidad de que  los cubanos llegasen a ese conocimiento por falta de la voluntad de despertar. Y esa es la voluntad que falta hoy en Cuba.

Martí no era un existencialista corriente, pero tampoco fue un avezado en esa materia como lo fueron los representantes del existencialismo filosófico posterior al él. Más que una postura conceptual, también corría siempre con el riesgo de aventurarse a una idea, aquella que sostenía cierta esperanza en la formación de la nación en ciernes. Martí vivía en un subjetivismo existencial nada casual. Cada nota, cada artículo y cada reflexión que pronunció y escribió estaban sobre la base de ese sentimiento existencial (emocional).

Permítaseme decir que Martí fue un «existencialista al estilo surrealista». Los sueños describían para él una impronta necesaria para entender al ser humano de su época. Para él la vida, el sentido trágico de la vida, determinaban cada hecho y cada fenómeno en ensueño. Soñaba desde esa base y perspectiva. Todo lo que articuló en forma de pensamiento abstracto, en materia de legado histórico, llevaba implícita la angustia de asumir el acto de la vida.

Como hemos dicho, Martí dejó plasmada la idea de escribir un libro sobre los conceptos de la vida. ¿Por qué no escribió ese libro? No existe una nota de parte de él que lo explique. Nadie lo sabe. Al no contar con ese texto de cierta manera nos dejó huérfanos de una base y un sostén para enfrentar la nación. En términos de visión, Cuba no cuenta con una literatura en qué orientarse desde este punto de vista. Los conceptos sobre la vida podrían haber explicitado un gran secreto que se oculta en la memoria colectiva de la nación cubana. ¿De qué se trata?

De la vida ante la muerte. De lo vivo ante lo dogmático. Se trata de un instrumento de comprensión acerca de las profundidades inconscientes del ser cubano. ¿Es posible un concepto sobre la vida? Aquí radica la paradoja martiana: todo concepto, toda abstracción sobre este fenómeno que es la vida, mata la vida. Como en la narrativa de Kafka, Martí será una «artista del hambre», un ejercitante más que nada. Tiende a vivir bajo la tensión anhelando lo imposible, alguien que busca una meta. Por eso se hace imprescindible mirar en él. Esa es su autoridad.

Para la vida no existe –a no ser como racionalidad imaginada y abstracta– concepto posible. Pero aun así, al emprender la escritura de este libro, nos la hemos arreglado para conceptualizar y llevar a cabo una reflexión. Además, ante el fracaso a que nos abocamos, sentimos la necesidad de conceptualizar, no al estilo de la razón pura sino mediante la razón práctica.  De ahí que:

¿Existe Dios?

¿Quién soy yo?

¿Qué es la y vida y la muerte?

¿Cuál es el sentido de la vida?

¿Qué es la filosofía de relaciones?

¿Qué es lo que reencarna del hombre?

¿Por qué el hombre está dormido y es una máquina de comer?

¿Quién es el hombre Homagno y el hombre arrogante?

¿Es patria una entidad fenoménica del Ser?

¿Es la política y el PRC un procedimiento de iniciación espiritual?

¿Es la guerra necesaria una praxis para saber quién soy yo?

Todas las anteriores preguntas forman parte del sistema de enunciaciones teóricas y prácticas del trabajo esotérico de José Martí; algunas aparecen explicitas, a otras hemos arribado en este estudio. El presente libro se divide en tres partes. La primera, habla sobre una estética del silencio y la naturaleza de ser. La segunda, aborda el estudio del Prólogo al poema del Niágara. La tercera, es sobre el misticismo en la política martiana.

Debo aclarar, para concluir, que los ensayos aquí reunidos no están sujetos a un estricto orden expositivos. Muchas ideas y datos pueden verse repetidos a lo largo del libro. Nuestro objetivo ha sido más bien presentar un cuerpo textual que abarque las ideas esotéricas del Apóstol, que insistir en la coherencia expositiva de ellas. El libro secreto de José Martí es una reconstrucción sobre el tema de la existencia humana y el concepto de la vida, una visión del mundo que puede sernos útil en los días que corre.

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